Las primeras comunidades cristianas

Por Texto elaborado a partir de las notas del Curso de


Volver a las fuentes de donde brota la frescura original del Evangelio 


Preámbulo

No puedo escapar a la propuesta de regresar a las fuentes de donde brota la frescura original del evangelio, la novedad de la cual nos habla, y a la cual nos invita, insistentemente el magisterio; de mirar y aprender de aquel primer encuentro de Cristo resucitado con otros pueblos y otra gente, a través de la incansable predicación de los apóstoles y la entereza de vida de sus primeros discípulos.

¿Cómo fueron aquellos primeros cristianos, y qué tendrían que enseñarnos?

Hoy, que contemplo con mucha preocupación a tantos agentes de pastoral y comunidades cristianas, cansados y aburridos, equivocar el rumbo e incluso prescindir de Jesús, no puedo hacer otra cosa que contemplar los inicios, buscar atrás; cuando las cosas no eran así.


Las primeras comunidades

Cuando los apóstoles comenzaron a predicar el Evangelio y a hacer nuevos discípulos en nombre de Jesús resucitado, tal y como Él les había dicho –con la certeza de que el Espíritu Santo les precedía y guiaba en esta enorme tarea–, lo hicieron con plena conciencia de que ellos eran, ante todo, testigos de la vida, mensaje, muerte en cruz y resurrección de Jesús de Nazaret. El eje central de todas sus predicaciones, que el libro de los Hechos de los apóstoles narra, podemos resumirlas en dos afirmaciones que reafirman con insistencia:

Jesús, a quien los judíos mataron, Dios lo resucitó y se ha convertido en salvación para todos;

esto que nosotros hemos visto y oído, no lo podemos callar.

El libro de los Hechos y las Cartas dejan ver cómo muchos judíos y gentiles aceptaban con alegría lo que los apóstoles revelaban incansablemente. Cuando leemos estos textos del Nuevo Testamento percibimos una realidad ante la cual quedamos perplejos: los nuevos cristianos intuían con facilidad que la comunidad que ellos iban formando era, a la vez, presencia real de Jesús resucitado y continuidad histórica de una fe que se multiplica y transforma sus vidas y su mundo.

Ya los primeros discípulos –fascinados por la persona de Jesús, guiados por el Espíritu Santo y custodiados en la fe por los apóstoles– gustosamente se entregaban a esta nueva vida que también hacía nacer un mundo nuevo en derredor de ellos. Recordemos qué dice el Ángel del Señor luego de abrir las puertas de la prisión a los apóstoles: “Vayan al Templo y anuncien al pueblo todo lo que se refiere a esta nueva vida” (Hechos 5, 20). Nueva vida y mundo nuevo que, al decir de Pablo, exige la manifestación (el nacimiento) de un hombre nuevo, de una nueva criatura; tres citas de Pablo ilustran este sentir:


“…ustedes se despojaron del hombre viejo y de sus obras, y se revistieron del hombre nuevo, aquel que avanza hacia el conocimiento perfecto, renovándose constantemente según la imagen de su Creador” (Colosenses 3, 9-10).

“De él aprendieron que es preciso renunciar a la vida que llevaban, despojándose del hombre viejo […] para renovarse en lo más íntimo de su espíritu y revestirse del hombre nuevo, creado a imagen de Dios en la justicia y en la verdadera santidad” (Efesios 4, 22-24).

“El que vive en Cristo es una nueva criatura: lo antiguo ha desaparecido, un ser nuevo se ha hecho presente” (2 Corintios 5, 17).


Cuando miramos a estos primeros cristianos, descubrimos lo atrayente que una fe vivida así, como nueva vida, resultaba para muchos, cada vez más y más, que conocían y creían en Jesús resucitado, se hacían bautizar y pasaban a formar parte de los elegidos, es decir de la comunidad cristiana –quizás, fijándonos en esta realidad podemos entender mejor aquello de que la Iglesia crece por atracción (por sana envidia) y no por proselitismo.

Pero, ¿cómo describir la figura de estos primeros cristianos; los rasgos que les distinguen como hombres nuevos? Veamos algunos.


Elegidos por Dios

El pueblo de Israel era el escogido, el Pueblo de la Alianza, propiedad exclusiva de Dios; esto lo sabían los israelitas, era parte de su ADN religioso y cultural; pero ahora la predicación de los apóstoles se extendía más allá de los confines de Israel. Jesús había encargado a los apóstoles ir a todas las naciones a predicar la Buena Noticia y superar las barreras sociales y culturales de la época. Tres citas de Pablo nos ilustran:

“…todos ustedes, por la fe, son hijos de Dios en Cristo Jesús, ya que todos ustedes, que fueron bautizados en Cristo, han sido revestidos de Cristo. Por lo tanto, ya no hay judío ni pagano, esclavo ni hombre libre, varón ni mujer, porque todos ustedes no son más que uno en Cristo Jesús. Y si ustedes pertenecen a Cristo, entonces son […] herederos en virtud de la promesa” (Gálatas 3, 26-29).

“Por eso, ya no hay pagano ni judío, circunciso ni incircunciso, bárbaro ni extranjero, esclavo ni hombre libre, sino solo Cristo, que es todo y está en todos” (Colosenses 3, 11).

“…todos hemos sido bautizados en un solo Espíritu para formar un solo Cuerpo –judíos y griegos, esclavos y hombres– y todos hemos bebido de un mismo Espíritu” (I Corintios 12, 13).


Experimentar cotidianamente que ellos eran elegidos por Dios, que el Dios del cristiano no hace excepción de personas y que su amor se manifiesta a todos de igual manera, constituye el fértil humus sobre el cual crece y se expande la Iglesia de los primeros siglos.

Ahora los cristianos formaban un nuevo pueblo elegido y entendían aquello que sus padres en la fe cantaban desde antiguo: “¡En ti, Señor, está la salvación, y tu bendición sobre tu pueblo!” (Salmo 3, 9). 

Y de este saberse elegidos y bendecidos por Dios, nacía un agradecimiento enorme que se convertía en júbilo, en recóndita alegría que los primeros cristianos mostraban con su vida totalmente consagrada a su Señor; una vida que contagiaba y que expresaban a través de bellas y sencillísimas celebraciones, adornadas por cantos, himnos y oraciones de alabanza, en torno a la fracción del pan.


Una nueva expresión religiosa

Los pueblos llamados paganos, a los que llegaban los cristianos y exponían su fe, tenían expresiones religiosas dominadas sobre todo por un panteón (muestrario) de dioses múltiples que cada ciudad y familia acogía como tutelares y a los cuales rendían culto.

En el sentir popular, mientras más dioses se reverenciaban más posibilidades existía de ser escuchados y mayor seguridad divina podía obtenerse.

En cada ciudad había ceremonias religiosas que eran consideradas obligatorias y no participar en ellas suponía hacerse señalar, ser condenado a la soledad, a vivir sin patria, sin familia y sin religión, lo que suponía que muchos, aun cuando dejaban de creer en sus dioses, se mantenían practicando su culto según las reglas fijadas.

El Estado era siempre el encargado de introducir nuevos dioses al panteón, si lo consideraba necesario. Cuando un pueblo era vencido, sus dioses eran añadidos a los de los vencedores para conceder protección a sus nuevos fieles. Cuando llegaba la derrota, los dioses propios eran mirados con desconfianza y a menudo se abandonaban y se recurría a otros.

Los dioses paganos eran extremadamente celosos, impúdicos, adúlteros, guerreros, prontos a la cólera, al desenfreno y a los insultos.

En época de Jesús, los dioses de las religiones orientales, también invadían la cuenca del Mediterráneo y gozaban, entre los romanos, de una simpatía declarada. Las llamadas religiones mistéricas eran muy seguidas, porque aseguraban la posesión de la salud a través del conocimiento de la medicina, la astrología, numerosos conjuros y otros elementos naturales.

Y, particularmente en territorio del Imperio romano, el afecto a la ciudad y al Emperador como expresión de lealtad civil, se igualaba a la fidelidad religiosa y muchas veces ambas se solapaban en las ceremonias organizadas en la ciudad. 

En el mundo que los cristianos encontraron, la religión consistía, literalmente, en practicar con exactitud las ceremonias impuestas; al final, todas eran religiones que creaban iniciados, pero nunca conversos. Se hacía énfasis en la pureza ritual que exigían los dioses, pero no en la vida. 

Otros personajes importantes, en estos primeros siglos, eran los filósofos que tenían como esencia dar una explicación clara y fiable del mundo y enseñar a los que les seguían cómo vivir y morir. Los filósofos presentaban una explicación de la naturaleza, ofrecían una regla de vida, ayudaban al buen morir y enseñaban el camino de la salvación (sanación) que para ellos suponía, ante todo, ser preservados de las ruinas y los peligros inherentes a las enfermedades, la pérdida de bienes, las guerras, el bandidaje y las injusticias; y suponía la fecundidad de la tierra, el rebaño y el hogar.

Por su parte, el mundo judío, presente en todo el Imperio romano, tenía una conducta singular y su culto se basaba en el cumplimiento estricto de todas las prescripciones, sutilezas y minucias contenidas en la Toráh. 

Desde épocas de Tiberio –cuando en Roma, de 800 000 habitantes unos 60 000 eran israelitas– los romanos toleraban a los judíos y les permitían vivir, sin dificultades mayores, su propia religión; de hecho, muchos romanos eran temerosos de Dios y se habían acercado con aprecio a las tradiciones de Israel, aun cuando los judíos no les permitían ir más allá de la puerta de la sinagoga, por lo cual se les conocía como prosélitos de puerta.

¿Cuál sería, entonces, la experiencia religiosa que definiría a estos hombres nuevos que tenían la certeza de estar formando un pueblo nuevo de razas, costumbres e historias diversas y que, como ríos de diverso caudal, iban desembocando en la Iglesia?

Nada podía definir la semblanza religiosa de los nuevos cristianos más que aquellas frases que Pablo escribe a sus comunidades recordándoles que: “ustedes son de Cristo” (1 Corintios 3, 23); “ustedes pertenecen a Cristo” (Gálatas 3, 26-29) y que aluden a la bella alegoría de la vid y los sarmientos, conocida como relato desde los primeros tiempos, cuando Cristo propone a sus discípulos: “permanezcan en mí como yo permanezco en ustedes” (Juan 15, 4).

Era desde aquí que brotaba, en los primeros cristianos, la certeza que ser de Cristo, pertenecerle, no es como pertenecer a una organización, familia, clase o institución, por más digna que esta sea, sino que esto supone una manera nueva de creer, de ser religiosos, que transforma toda la existencia y la orienta permanentemente hacia lo divino.

El ser/pertenecer a Cristo suponía para aquellos nuevos cristianos, optar siempre por Cristo con la convicción de que solo a Él debían seguir, porque solo Él salva; porque solo Él tiene palabras de vida eterna. Suponía aceptar que toda la vida, desde el amanecer y hasta el final del día, estuviera orientada y consagrada a Él; que no quedaran minutos del día, trozos de la existencia, que no fueran consagrados al Señor y en los cuales Él no pudiera entrar y permanecer. Se trataba de una aspiración a vivir lo que el apóstol Pablo, con humildad, decía de sí: “ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí: la vida que sigo viviendo en la carne, la vivo en la fe en el Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí” (Gálatas 2, 19-20).

Ser/pertenecer a Cristo implicaba estar muy atentos a lo que Él iba indicando cuando hablaba y actuaba directamente a través del Espíritu Santo, que se manifestaba en circunstancias muy concretas, o por medio de los apóstoles que convocaban, guiaban, educaban y animaban a la comunidad. Implicaba vivir en comunidad, en comunión; participar de la fracción del pan, compartir las enseñanzas, socorrer a los más necesitados, hacer el bien, difundir la fe que habían recibido, orar juntos y compartir los bienes.

Y, sobre todo, presumía saber que la vida, con Él, estaba destinada a ser más vida.

Pero ¿cómo la joven comunidad sabía que aquello que habían recibido de los primeros testigos no era una fantasía, que aquello a lo que se entregaban, no desembocaría en una esquizofrenia colectiva o en un equívoco? Lo sabían porque vivir de este modo los cambiaba para bien; y renacía en ellos los tres grandes signos que hacían que todos los miraran con admiración: la alegría, la paz y la fraternidad, que siguen siendo los signos visibles de la vida de un cristiano.

Vivir así, no se trataba de un esfuerzo personal, moral, voluntarista de ellos que querían exhibir lo que no eran; ser de Cristo era el fruto de una auténtica conversión, de un cambio de vida en el cual el centro era Él. Solo quien se encontraba con Jesús, y no con una idea, lograba cambiar su vida y expresarse humana y religiosamente de una manera nueva que llamaba la atención a muchos otros que seguramente “envidiaban” ser como ellos. Porque para los primeros cristianos, Jesús era descubierto, siempre, como una presencia cercana y benéfica en quien se podía confiar.

Sin embargo, ante un mundo que reverenciaba el pasado de sus creencias, el cristianismo se presentaba como una religión sin historia, lo que les hacía ser despreciados. Las instituciones y costumbres de la época los excluía, y la opinión pública los condenaba y era extremadamente hostil contra ellos. Todas las censuras que se dirigían contra los cristianos eran tenidas como válidas; todo, absolutamente todo, era considerado legítimo procurando argumentos en contra de ellos. 

Los cristianos eran señalados, se burlaban de ellos por predicar entre las clases más bajas de la sociedad, se les ridiculizaba en obras de teatro y se inventaban actas llenas de blasfemias contra ellos. Y como, por adherirse a Cristo, los cristianos renunciaban a todo tipo de idolatría y a participar en las fiestas de la ciudad, se decía que, por su culpa, los dioses no respondían y eran ellos, pues, los responsables de cuantas calamidades (sequías, malas cosechas, guerras, tempestades y terremotos) estaban ocurriendo. Esto, y que los cristianos declararan públicamente no tener patria sobre esta tierra, era lo que más incomodaba a los paganos.

No pocos cristianos se replegaban ante el peligro y finalmente apostataban de su fe; otros muchos, desde el momento de su bautismo, aceptaban gustosamente la posibilidad de entregar su vida, y morir si fuera necesario, por Cristo.

Este ser/pertenecer a Cristo, hacía de cada cristiano un apóstol que se aprovechaba de cualquier pequeña ocasión para convertir a aquellos con los cuales convivía –los esclavos entre sí y con sus amos, los comerciantes con sus clientes, las esposas con sus maridos e hijos, los militares entre ellos y con sus jefes; estos eran los ambientes naturales en los cuales se hacían nuevos cristianos– y para dar razón pública de su fe, aprovechaban cualquier posibilidad que se les presentaba, incluida la que se les ofrecía antes de firmar su sentencia de martirio. 

El martirio era su testimonio mayor, el más eficaz y mejor escuchado; martirio que a veces consistía en las mazmorras o el exilio, el trabajo forzado en canteras y minas, o la entrega suprema de la vida.


Un humanismo cristiano

Es una novedad la mirada que los primeros cristianos desarrollan, a partir de la fe y del mensaje que Jesús les ha confiado, del mundo en el cual viven y de su quehacer en el mismo.

Es innegable que del cristianismo surge un nuevo humanismo que revaloriza lo humano, pues tiene como premisa el amor de Dios a los hombres y la nueva filiación lograda por Jesús, lo cual genera nuevos valores e introduce a los creyentes en la realidad de un modo adecuado.

Valores como la igualdad, la honestidad, la lealtad, la equidad, el respeto, la tolerancia, la libertad y la solidaridad, así como otros más relacionados con los sentimientos, como la piedad, la ternura, la compasión, el cariño, el perdón y la misericordia, considerados como fundamentales para la humanidad, son consecuencia del ser de Cristo y “el nuevo traje de fiesta” con el cual se ataviaron estos primeros cristianos.

De aquí surge, también, lo que muchos han señalado como un optimismo cristiano, que mira con simpatía lo humano y al mundo como un sitio de esperanza en el cual Dios hace germinar su Reino y planta su nueva viña. Una mirada que se esmera más por atender que por entender el mundo que la fe les iba descubriendo.

Es interesante ver cómo la tradición cristiana que tiene su génesis en estas primeras comunidades en torno a los apóstoles y primeros discípulos, desde los albores del cristianismo, decide desechar la idea del hombre indigno e inútil, del tiempo sin sentido y del acto puramente banal y ofrece una experiencia que corresponde con lo humano. 

Todo esto brota en las primeras comunidades con una incidencia social, caritativa y educativa enorme, que siempre acompañará y definirá el quehacer del cristianismo. Un humanismo y un quehacer social nuevo que, como columnas, sustenta a la humanidad que se levanta, pero que, sin Cristo, verdadero aglutinador de esta formidable mixtura, corre el riesgo de quebrarse.


La comunión

Cuando definimos estos rasgos distintivos, asistimos a un atrayente modo de ser y de vivir de los primeros cristianos. Pero no podemos obviar algo que es esencial en estos momentos y sin lo cual la obra de Jesús, confiada a los apóstoles, se hubiera desvanecido y el cristianismo hubiera sido, quizás, aceptado solo como una corriente filosófica más: la nueva comunidad de discípulos, la Iglesia, la comunión de fe y vida que se establecía entre todos los que se hacen bautizar y experimentan la presencia real de Jesús resucitado.

No podemos olvidar que las primeras comunidades estaban constituidas por gente que provenía de diversas culturas, razas, clases sociales y ocupaciones –en verdad un grupo muy especial– que cada vez más se dejaban ver públicamente juntos, que eran reconocidos por su cohesión y por un tenor de vida desconocido pero admirable. Un grupo identificable que mantiene un nexo muy estrecho y particular entre sí.

Para el pueblo de Israel existía una palabra que definía la asamblea o reunión que, por cualquier motivo u ocasión, se convocaba; era la palabra ecclesia. Y vemos que cuando los primeros cristianos comienzan a reunirse en el Templo o en casas de familias, Pablo les escribe para saludarlos, alentarlos o corregirlos, nombrándolos de una forma muy interesante y novedosa que comienza a definirlos colectivamente: la ecclesia Dei (la Iglesia de Dios), título que denomina no a una asamblea cualquiera que se reúne para tratar un asunto menor, sino a la Asamblea (la ecclesia) convocada por Dios, que preside Jesús y que a Él pertenece. Es este el nuevo nombre a través del cual se identifican grupalmente los que pertenecen a Cristo y que actualiza aquello que el propio Jesús había prometido a Pedro: “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia” (Mateo 16, 18).

Iglesia de Dios, Asamblea de elegidos y Asamblea de los santos, son otros títulos que los apóstoles confieren a esta nueva comunidad que crece y se expande, y que Hechos de los apóstoles describe con sublime hermosura: “La multitud de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma. Nadie consideraba sus bienes como propios, sino que todo era común entre ellos [… y] Ninguno padecía necesidad”. (Hechos 4, 32-34).

Es sumamente confortable ver que la palabra Iglesia siempre define la realidad de aquellas nuevas comunidades que surgen y se expanden por todos lados. Los apóstoles hablan de la Iglesia de Jerusalén o de Tesalónica, de la Iglesia que se reúne en casa de Filemón o en casa de Aquila y Priscila, o de las Iglesias (en plural) que crecen en Galacia, Macedonia, Judea y de las de origen pagano; e igualmente, cuando se refieren a todas ellas, sin mencionar a ninguna en particular (en términos genéricos) le llaman la Iglesia. Es decir, que los primeros cristianos no inventaron nuevos términos para diferenciar la particularidad de cada Iglesia, porque todas, sin importar sus rasgos propios, participan de igual modo de la misma llamada y representan por entero el don de una única convocación divina; es decir, que la Iglesia es convocación y no congregación, y tienen igual valor una pequeña o distante, como todas las otras.

Pero la Iglesia, en ese mismo proceso de expansión, pasaba por situaciones muy difíciles creadas por la fragilidad y el pecado de sus miembros. Pablo alentaba continuamente a las comunidades para que no fueran “…motivo de escándalo ni para los judíos ni para los paganos ni tampoco para la Iglesia de Dios” (1 Corintio 10, 32). 

Es una desproporción enorme que comienza a mostrarse en la Iglesia primitiva y que aún cuestiona, ¿cómo lo humano, precisamente desde su fragilidad, puede ser vehículo de lo divino?, ¿cómo puede Dios exponer su mensaje de salvación haciendo uso de nuestra miseria?

Los primeros que extendieron el cristianismo por el mundo tenían claridad de que ellos estaban desprovistos de palabras brillantes, eran frágiles, sus comportamientos inadecuados y su condición humana miserable, pero por medio de lo que decían y hacían, lo divino resplandecía en el mundo. 

Pablo recordaba a los Corintios: “cuando los visité para anunciarles el misterio de Dios, no llegué con el prestigio de la elocuencia o de la sabiduría […] me presenté ante ustedes débil, temeroso y vacilante. Mi palabra y mi predicación no tenían nada […] de la sabiduría humana, sino que eran demostración del poder del Espíritu, para que ustedes no basaran su fe en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios” (1 Corintios 2, 1-5) e insistía en que “nosotros llevamos ese tesoro en recipientes de barro, para que se vea bien que este poder extraordinario no procede de nosotros, sino de Dios” (2 Corintios 4, 7).

Es el Apóstol enérgico y laborioso, que visitaba y guiaba a las nuevas comunidades, el primero que no tiene reparos en presentarse como un hombre extremadamente frágil, débil y desprovisto de grandes habilidades; y que, en la carta a los Romanos, confiesa que ante la humana imposibilidad de arrancar de su carne una espina que le lacera y con la cual Satanás le hiere, el propio Señor le responde: “Te basta mi gracia, porque mi poder triunfa en la debilidad” (2 Corintios 12, 9), mostrando a los nuevos cristianos la fórmula, el proceder, el antídoto, a la fragilidad: no apartarse –ni un segundo, ni un milímetro– del amor de Cristo; porque es lo único que asegura su Gracia. 


Testigos de Cristo

Ser testigo, atestiguar o dar testimonio, significa referir lo que uno ha visto y oído; es decir, que el testimonio siempre remite a una experiencia personal que, por debidas cuestiones, se narra, se confiesa y se hace pública. Muchas veces ese testimonio se brinda en un contexto de incomprensión, hostilidad e incluso odio por parte de los que no comparten la misma causa, lo que hace que el testigo tenga que sortear obstáculos que a menudo pueden acarrearle sufrimientos e incluso pone en peligro su identidad y su vida. Cuando así ocurre, el testigo forma una sola cosa con lo que dice, lo que le convierte en alguien sumamente creíble y para tener en cuenta.

Precisamente, esos criterios fueron los que permitieron a los discípulos y primeros cristianos saber que Jesús es el testigo fiel, por excelencia. El Evangelio de Juan relata que Él vino al mundo para dar testimonio de la verdad, de lo que había visto y oído al lado del Padre, y de lo que Él mismo era. Su testimonio, para las primeras comunidades no significó un dato más, sino la verdad misma (revelada) sobre Dios y los hombres. 

Y los apóstoles tenían plena conciencia de que ellos eran testigos de Jesús a quien Dios resucitó de entre los muertos y había convertido en salvación para todos. No eran testigos de una doctrina, sino testigos de Alguien a quienes ellos habían conocido y después de haber convivido con Él, le vieron morir y resucitar, y del cual habían escuchado decir que estaría con ellos hasta el final de los tiempos.

Pablo, quien no conoció a Jesús como los otros, cuenta de su conversión camino a Damasco: “Yo respondí: ¿Quién eres, Señor? Él me dijo: Soy Jesús, a quien tú persigues. Levántate y permanece de pie, porque me he aparecido a ti para hacerte ministro y testigo de las cosas que has visto y de aquellas en que yo me manifestaré a ti” (Hechos 26, 15-16).

Mirando la vida de estas primeras comunidades y la prédica de los apóstoles, podemos deducir y resumir algunas notas esenciales que constituyen el concepto cristiano de testigo y testimonio y que abreviamos de este modo: 

el testigo es depositario de una llamada, de una elección, que lo dispone y habilita para ser tal; el testimonio no se circunscribe a unos hechos esporádicos o contingentes; al contrario, afecta al sentido definitivo de la existencia toda del testigo y de toda su vida;

el testimonio no es una estrategia, es el fruto que se exhibe como resultado de una vida nueva y una forma distinta, peculiar, de estar en la realidad y de afrontar la vida; aún contra la corriente; 

el testimonio siempre se ofrece al otro para provocarlo a la fe o a la reflexión, por eso se convierte en una proclamación, a veces silenciosa, otras explícita, pero siempre elocuente; 

el testimonio es un compromiso concreto de vida que se realiza a través de las modalidades comunes de la existencia personal, por lo que puede decirse que es la vida del testigo la que atestigua; 

el testimonio es fruto de la Gracia; el testimonio es de Cristo en nosotros, es Cristo quien da testimonio de sí mismo a través de nosotros.

Cuando leemos los Hechos de los apóstoles, encontramos que los que se acercaban a la comunidad, los que conocían la fe, en su inmensa mayoría, quedaban fascinados por la belleza, la verdad, la alegría y la paz que desde allí se propagaba. 

La manera como presentan las primeras comunidades la fe, es aleccionadora. 

El testimonio que ofrecen los primeros cristianos no tiene como fin cambiar directamente el rostro del mundo en que vivían, resolviendo sus problemas; su fin era llevar a Cristo que es la semilla que porta en sí, la solución a los problemas. Pensemos en cómo, en un mundo marcado por la esclavitud, presenta Pablo a su amigo Filemón el regreso de su esclavo Onésimo a quien ahora debe acoger “no ya como un esclavo, sino como algo mucho mejor, como un hermano querido” (Flm 1, 16); o como, en un mundo en el cual las mujeres poco valen, presenta el amor de los esposos al decir a los maridos que “amen a su esposa, como Cristo amó a la Iglesia y se entregó por ella, para santificarla” (Efesios, 5, 25-26).

Los primeros cristianos hicieron experiencia de que el contenido de la fe tiene que estar siempre antecedido y acompañado de una vida que “hable a la cara”. En aquellos primeros siglos de cristianismo la gente tomaba en serio el cristianismo, si lo percibían –pese a las duras pruebas que le acompañaban– como respuesta a sus preguntas y necesidades fundamentales y a sus deseos de felicidad, belleza, libertad, justicia y plenitud. Cualquier respuesta no bastaba. ¿Y qué ofrecían los primeros cristianos a los sitios adonde llegaban? Se ofrecían ellos mismos y contaban, a través de sus vidas cambiadas, la verdad de Jesús resucitado, quien tiene en sus manos lo que el corazón humano ansía. Y solo así, mirándoles, la gente captaba la certeza de lo que predicaban.

El testimonio de estos primeros cristianos es un testimonio que permanentemente remite a Cristo. Un testimonio de vida basado solo en el buen ejemplo, es un testimonio incompleto. Para ellos era imprescindible que, a través de su testimonio, Cristo pudiera revelarse, darse a conocer o simplemente suscitar un nuevo interés por la vida. El cristiano no da testimonio de sí, sino de Cristo (o mejor aún: es Cristo quien da testimonio de sí mismo a través de los cristianos). 

El testigo auténtico siempre encontrará modos para hacer que los que le conocen no se aferren a él sino a Cristo; no sigan al testigo, sino a Cristo. Los apóstoles no se predicaban a sí mismos, sino a Cristo resucitado y sabían que la comunidad de discípulos se convocaba no en nombre de ninguno de ellos en particular, sino en nombre de Cristo, Sumo sacerdote, y no de Pablo, Apolo o Cefas (ver 1 Corintios 12-13). En la vasta enseñanza de los apóstoles no se encuentra indicio alguno de autorreferencialidad, sino solo de humildad y total dependencia a Cristo: “en cuanto a mí, solo me glorío de mis debilidades […] [y] me abstengo de hacerlo, para que nadie se forme de mí una idea superior a lo que ve o me oye decir […] me gloriaré de todo corazón en mi debilidad, para que resida en mí el poder de Cristo […] porque cuando soy débil, entonces soy fuerte” (1 Corintios 12, 1-10).

En un mundo tan dispar como el greco-romano, pero siempre dispuesto a la búsqueda de la verdad, el testimonio de vida fue la modalidad idónea para comunicar la fe ofreciendo una síntesis convincente de dos aspectos que se suelen, a menudo, contraponer: la verdad mostrada y el respeto a la libertad de los otros. Esto es algo que entendieron muy bien los apóstoles y los primeros cristianos. Ellos supieron comunicar la verdad que porta la fe, de una manera razonada, desde la novedad y experiencias que vivían, con contenidos comprensibles, sin manipular a los que les escuchaban, y de tal manera que el mensaje expuesto lograra transmitir, desde esa misma verdad, el sentido de una nueva vida.

Y desde esa sana visión del testimonio, que no excluía la posibilidad de entregar la vida por Aquel en quien se cree, nacía también una atinada visión de qué es ser misionero y hacer misión.


Epílogo (a modo de actualización)

Por supuesto que al mirar hacia atrás no pretendemos quedarnos allí como ociosos soñadores que creen que “todo tiempo pasado fue mejor”. Se trata de sacar provecho de cuando el cristianismo debutó en el mundo en el cual aún vivimos, simplemente porque los primeros discípulos estaban convencidos de que Aquel que les elegía y les enviaba estaba vivo y habitaba entre ellos, lo que hacía todo más fácil al Espíritu Santo que, antes como ahora y siempre, aletea entre nosotros.

Y quizás, precisar que estos rasgos distintivos que hemos mencionado no se manifestaron de forma aislada en los primeros discípulos (tampoco aspiramos a que así sea en nosotros) sino que todos se amalgamaban en la única vida de los que entonces se dejaban seducir, fascinar y guiar por Jesús resucitado.

¡Cuánto nos queda por vivir! Ω


Texto elaborado a partir de las notas del Curso de Espiritualidad (seis encuentros) sobre las primeras comunidades cristianas, impartido por el propio autor en noviembre de 2017.



Bibliografía

Bardy, Gustave: La conversión al cristianismo durante los primeros siglos, España, Ediciones Encuentro, 1994.

Bentué, Dr. Antonio: Introducción a la historia de las religiones. Judaísmo, cristianismo e islamismo, Universidad Católica de Chile, en formato digital.

Carrón, Julián: La belleza desarmada, España, Ediciones Encuentro, 2016.

Giussani, Don Luigi: ¿Por qué la Iglesia? Curso básico de cristianismo, España, Ediciones Encuentro, vol.3, 2004.

María Zambrano y la enfermedad de la envidia

Dr. Roberto Méndez Martínez

Hace más de cuatro décadas, en una visita que hiciera a Cintio Vitier en su cubículo-celda de la Biblioteca Nacional, este me dijo, no recuerdo a propósito de qué asunto: “Unamuno decía que el mal nacional de España es la envidia, en cambio, el de Cuba es el resentimiento”. Por entonces, yo era casi un adolescente y no reflexioné demasiado sobre la frase, mas, por algún motivo, no la olvidé. Solo ahora, más cerca del fin de mi vida que de sus comienzos, vuelvo sobre las razones que asistían al autor de Niebla y al de Lo cubano en la poesía, a propósito de haber hallado en las páginas de Orígenes un ensayo de María Zambrano titulado “Los males sagrados: la envidia”.

Los males sagrados: la envidia

María Zambrano

Existen males sagrados, antiquísimos males que azotan al cuerpo mortal del hombre. La lepra, la epilepsia y algunos otros que la medicina científica no ha logrado todavía reducir al concepto de enfermedad, sustrayéndolos de ese territorio en que el alma humana siente la maldición, el estigma. 

La Academia Cubana de la Lengua

Sergio O. Valdés Bernal

La Academia Cubana de la Lengua fue constituida oficialmente en 1926 como la decimosegunda academia correspondiente de la Real Academia Española.1 Su primer director fue Enrique José Varona; su vicedirector, Fernando Ortiz Fernández. La intención fue agrupar a personalidades de las ciencias sociales y humanísticas del país dedicadas al estudio, cultivo y desarrollo de la lengua española, ya fuesen escritores o lingüistas.

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