Dios que ha de venir

Por Karl Rahner

Karl Rahner (1904-1984) fue uno de los teólogos católicos más influyentes en el Concilio Vaticano II. Alumno de Martin Heidegger en la Universidad de Friburgo, sufrió la influencia de este pensador, pero su amplia cultura filosófica le permitió desarrollar un pensamiento particular, donde la teología de santo Tomás de Aquino está leída en diálogo con los pensadores europeos del siglo xx. Su ensayo La Trinidad y su Fundamentos de la fe cristiana son considerados obras imprescindibles de lo que se dio en llamar la Nueva Teología. Ofrecemos a nuestros lectores algunos pasajes de su obra que constituyen hermosas y profundas reflexiones sobre el misterio de la Navidad.


Mira, otra vez es adviento en el año de tu Iglesia, Dios mío. Otra vez rezamos las oraciones de la expectación y de la constancia, los cantos de la esperanza y de la promesa. Y otra vez toda miseria y toda expectación y todo aguardar lleno de fe se aglomeran en la palabra: ¡ven!

Extraña oración: ya has venido, pusiste tu tienda de campaña entre nosotros, has participado de nuestra vida con sus pequeñas alegrías, con su larga rutina y su amargo fin. ¿Podíamos invitarte con nuestro “ven” a algo más que a eso? Penetraste tanto en nuestra vulgaridad que ya casi no te podemos distinguir de los demás hombres. Dios, que te llamaste hijo del hombre, ¿podías acercarte más a nosotros mediante tu venida? Y, sin embargo, oramos: ven. Y esta palabra nos sale del corazón como en otro tiempo a los patriarcas, reyes y profetas que veían tu día solamente desde lejos y lo bendecían.

¿Celebramos solamente el adviento o siempre es adviento? Pero ¿es que en verdad has venido ya? Tú, a quien querríamos como Dios fuerte, padre del futuro, príncipe de la paz, luz de la verdad y dicha eterna. En las primeras páginas de la Sagrada Escritura ya está prometida tu venida y, sin embargo, en su última página, a la cual nunca debe ser agregada otra, se encuentra la oración: ¡Ven, Señor, Jesús!

¿Eres Tú el eterno adviento que siempre debe estar en camino, pero que jamás llegará, en forma tal que sea la plenitud de la espera? ¿Eres Tú el lejano inalcanzable a cuyo encuentro peregrinan todos los tiempos, todas las generaciones, las ansias todas de los corazones, por esas calles que nunca terminan? ¿Eres solamente el lejano horizonte que rodea la tierra de nuestras acciones y padecimientos, y que siempre permanece lejos a donde quiera que uno marche? ¿Eres tan solo el hoy eterno que está igualmente cerca y lejos de todo, y que encierra en sí los tiempos y todos los cambios, indiferentemente? ¿O es que no quieres venir de ningún modo porque todavía posees lo que nosotros fuimos ayer, y hoy ya no somos, o porque te adelantaste ya al más lejano futuro nuestro desde toda la eternidad?

Tú te retiras siempre a los abismos inconmensurables y los llenas con tu realidad, esa realidad que está a una distancia doblemente mayor que el camino que, con pies sangrantes, hemos recorrido en pos de tu eternidad. 

Y no sabemos si la humanidad ha logrado acercarse a ti, desde que, hace miles y miles de años, comenzó su aventura más dulce y temible: buscarte a ti. Y no sabemos si en nuestra vida hemos logrado acercarnos más a ti, o si, toda cercanía conquistada no es sino la amargura con que tu distancia embriaga nuestra alma. Y no sabemos si estamos condenados a estar siempre lejos de ti, porque en tu infinitud estás siempre cerca de nosotros, y no tienes deseos de venir. Señor, si es así, lo comprendemos, pues estás presente en todo y no existe sitio alguno al que hayas de venir.

Me dices que has venido ya en realidad: que tu nombre es Jesús, hijo de María, y que yo ya sabía en qué sitio y tiempo podría encontrarte. Señor, perdóname, pero este venir tuyo se debe llamar más bien un partir. Te has escondido en forma de siervo y te has encontrado como uno de nosotros, y Tú, Dios recóndito, penetraste como un cualquiera, inadvertidamente, en nuestras filas y has marchado con nosotros, los que propiamente estamos siempre de camino y nunca acabamos de llegar, porque todo cuanto alcanzamos solamente sirve para que consigamos lo último: el final. Estamos llamando: ven, Tú, el que nunca va, porque tu vida no tiene ocaso y tu realidad no conoce fin; ven Tú mismo porque nosotros solamente renovamos cada día el camino hacia el fin.

Te llamamos porque desesperamos de nosotros mismos; sobre todo cuando, tranquilos y presos en nuestra finitud, nos juzgamos sabios. Hemos llamado a tu infinitud y hemos esperado una vida interminable, fiados en la venida de tu infinitud. Porque nosotros, los hombres, al menos aquellos a quienes Tú has regalado la última sabiduría de esta vida, comprendimos la inutilidad de lo que pretendíamos: huir de nuestra propia existencia con nuestro propio esfuerzo, azuzados por la asfixiante angustia de nuestra impotencia e inconstancia, por medios siempre nuevos, y así ser poseedores de lo eterno. Y porque no nos podemos ayudar, porque no podemos librarnos de nosotros mismos, hemos conjurado sobre nosotros tu plenitud de vida, tu realidad y tu verdad, y hemos apelado a tu sabiduría y justicia, a tu misericordia y bondad, para que Tú mismo vinieras y arrancaras las cercas de nuestra limitación, para que hicieras riqueza de la pobreza, para que convirtieras nuestro tiempo en eternidad.

Y nos has prometido que vendrías y viniste. Pero ¿cómo viniste y qué hiciste? Tomaste una vida humana y la hiciste tuya, en todo igual a nosotros: naciste de mujer, padeciste bajo Poncio Pilato, fuiste crucificado, muerto y sepultado. Tú has alcanzado aquello de lo que huimos […]. Hiciste nuestra vida, vida tuya, tal como nuestra vida es. La dejaste correr, tal como la nuestra corre sobre esta tierra […].

En este mundo existe un solo tiempo: tu adviento. Y cuando este último tiempo llegue a su término ya no existirá el tiempo, sino Tú en tu eternidad.

Si las obras son las que maduran, y no es el tiempo el que hace durar las cosas y las realidades; si una nueva realidad hace surgir una nueva época, con tu encarnación ha despuntado una nueva y última época. Pues ¿qué podía ya venir que este tiempo no lleve en su seno? ¿Que nosotros lleguemos a ser partícipes de ti? Sí, pero esto ha tenido lugar ya, porque Tú te dignaste a participar de nuestra naturaleza. Se dice que Tú vendrás de nuevo. Es cierto. Pero propiamente no se trata de “volver de nuevo”, pues Tú nunca nos abandonaste en tu naturaleza humana, que escogiste como tuya eternamente. Se trata solo de que, cada vez que vienes realmente, se manifieste con mayor claridad que se ha transformado el corazón de las cosas; que se han transformado porque tú las has tomado en tu corazón.

Señor, debes venir más y más, para que se manifieste con claridad lo que ha sucedido en el fondo de todos los seres, para que se deshaga en el interior de cada uno toda falsedad, pues nuestra finitud ha quedado ya liberada desde que tú la has tomado para ti, infundiéndole vida. Mira, Tú vienes. Esto no es el pasado ni el futuro, sino el presente que se va llenando a sí mismo. La hora de tu venida siempre está presente y, si alguna vez llega a su término, también nosotros nos daremos cuenta de que Tú realmente has venido. Haz que viva esta hora de tu venida, y así viva en ti, ¡oh Dios que has de venir! Amén.


Oraciones de Vida

Navidad 

(Fragmentos de meditaciones)

En este día, en esta santa noche, se trata del Niño, del único Niño. Del Hijo de Dios que se hizo hombre, de su nacimiento. Todo lo demás o vive de ello o bien muere y se convierte en ilusión. Navidad quiere decir: Él ha llegado, ha hecho clara la noche. Ha hecho de la noche de nuestra oscuridad, de nuestra ignorancia, de la noche de nuestra angustia y desesperación una noche de Dios, una santa noche. Eso quiere decir Navidad. El momento en que sucedió, realmente y por todos los tiempos, debe seguir siendo realidad, a través de esta fiesta, en nuestro corazón y en nuestro espíritu.

Si decimos con fe decidida, escueta y, por encima de todo, valiente: “Es Navidad”, entonces estamos diciendo que en el mundo y en mi vida ha irrumpido un hecho que ha transformado todo eso que llamamos mundo y vida nuestra, que ha acabado con el “nada nuevo bajo el sol” del orador antiguo y con el cruel eterno retorno del filósofo moderno; hecho por el cual nuestra noche, la terrible, fría y desierta noche, puesto que el cuerpo y el espíritu esperan morirse de frío, ha llegado a ser la noche de Dios, la santa noche.

El Señor está aquí. El Señor de la creación y de mi vida. Ese Dios no mira ya, desde el eterno “todo en uno y de una vez” de su eternidad, el eterno cambio de mi vida destrozada. La eternidad se hace tiempo, el Hijo se hace hombre, la eterna razón del mundo, lo que da sentido a toda realidad, se hace carne, humano. Y, por ello, se transforman el tiempo y la vida del hombre, porque Dios mismo se ha hecho hombre. No en cuanto que hubiera dejado de ser el mismo Verbo eterno de Dios con toda su gloria y felicidad incomprensible. Pero se ha hecho verdaderamente hombre. Y ahora a él mismo le interesa este mundo y su destino. Ahora no es solo su obra, sino un trozo de él mismo.

Desde este momento está él también sobre la tierra, y las cosas no le son a él más propicias que a nosotros. No se le otorga ninguna concesión especial, sino que comparte la misma suerte con todos nosotros: hambre, fatiga, enemistad, la amargura de la muerte y de una muerte miserable. Y lo más inverosímil es que la infinitud de Dios reciba y acepte la limitación humana, que la felicidad suprema reciba la tristeza de la tierra, la vida y la muerte. Pero solo ella, esa oscura luz de la fe, hace nuestras noches claras, ella sola hace las noches santas.

Cuando decimos: “Es Navidad”, afirmamos que Dios ha dicho al mundo su última, su más profunda y bella palabra en el Verbo hecho carne; una palabra que ya no se puede retirar, porque es la obra definitiva de Dios, porque es Dios mismo en el mundo. Y esta palabra dice: “Te amo, a ti, mundo, a ti, hombre o mujer”. Es una palabra completamente inesperada, inverosímil.

Y ahora reina una silenciosa tranquilidad en el mundo, y todo el ruido, que se llama orgullosamente historia del mundo y propia vida, es solo el ardid del eterno amor, que quiere hacer posible una libre respuesta del hombre a su última palabra.

Desde el centro vital de la realidad, que es el Verbo hecho carne, todo tiende, con la inflexibilidad del amor, hacia Dios, sin que ante Él tenga que quedar el mundo reducido a cenizas por el ardiente fuego de su santidad y justicia. Todo tiempo queda abrazado por la eternidad, por esa eternidad que se convirtió en tiempo. Toda lágrima queda ya enjugada en lo más íntimo, porque Dios mismo la ha llorado y la ha enjugado en sus propios ojos. Toda esperanza está ya en posesión, porque Dios es ya poseído por el mundo.

Navidad es la fiesta en la que se celebra, no un acontecimiento pasado que ocurrió una vez y pasó, sino algo presente que es, al mismo tiempo, comienzo de un futuro eterno que se nos acerca. Es la fiesta del nacimiento de la eterna juventud. Nos ha nacido un niño. Pero no es un niño que comienza ya a morir en el momento en que empieza a vivir. Es el niño en el que se injerta definitiva y triunfalmente… la eterna juventud de Dios.

Meditaciones breves (pp. 13-20)


¿Qué sería el mundo sin la Navidad?


Hoy, mejor que una explicación de los textos litúrgicos de la noche de Navidad, mejor también que una homilía de la Navidad, os propongo hacer una reflexión serena, una pequeña, pero profunda, meditación de la Navidad.

Ponte en silencio, recógete. Aíslate del mundo exterior que te rodea. La vivencia teológica de la Navidad no está en las fiestas, en el árbol, en los regalos, en el nacimiento o belenes, ni en los alegres brindis hogareños de unas copas. Todo eso es Navidad, pero es lo puramente periférico de la Navidad. La vivencia espiritual profunda de este misterio solo puede vivirse en el silencio del corazón.

Por favor, acéptate a ti mismo como eres. No te evadas, no huyas acusándote de tus infidelidades con Dios, ni supervalorándote por tus virtudes. Ni la infravaloración ni la soberbia son más que un intento de evasión. Toma con paz, sin amargura, tu pasado, con realismo tu presente, y tu futuro condicionado por ese pasado y presentes tuyos. Acéptate tal cual eres, pobre, limitado, imperfecto. Acéptate a ti mismo como eres en realidad ante Dios.

Sentirás dentro de ti un vacío grande. Te lo producen tu pasado y tu presente, condicionando ambos tu futuro. Ese vacío de tu corazón, el único que lo puede llenar es ese Niño, que es Dios. Deja que el silencio de tu retiro te hable de Dios. Que hable solo Él. Tú escucha en silencio.

La dicha de la Navidad no es para oírla de un hombre, sino para vivirla personalmente. La dicha y el gozo de la Navidad no se pueden decir desde un púlpito. Mis palabras son incapaces de darte a vivir la Navidad. Deja que te hable la luz navideña que viene a visitar las tinieblas de este mundo, tú también estás en oscuridad y no hay más luz que la que viene a traer este Niño. Él vino al mundo cuando todo el mundo estaba en paz y en el alto silencio de la medianoche. Tú también tienes que esperar esa paz y esa oscuridad de medianoche para que venga a ti.

Tu silencio y el mensaje sin palabras que trae el Verbo es lo único que puede darte la realidad navideña. Dios viene a tu corazón. Quiere acunarse en él. En ese corazón tuyo distinto de todos los demás e irrepetible. Él, que hizo tu corazón personal e irrepetible, quiere venir a él como lo hizo en el pesebre.

El Niño que nace es la Palabra, el Verbo de Dios, y sin embargo no habla. Los recién nacidos no hablan. Pero el silencio de este recién nacido vale tanto como el sermón de la Montaña. Dios se ha hecho hombre. No es que se ha revestido de hombre, ni es un hombre endiosado. Es tan hombre como tú y tan Dios como el Padre. Es el Niño-Dios. Ese va a venir a tu corazón. No importa que tu corazón sea pobre. Él también era pobre y vino buscando especialmente a los pobres. Tu corazón es tan pobre como el pesebre, y las pajas tienen tan poco valor como tu pasado, presente y futuro previsible.

El Niño calla, pero ¡dice tanto! También cuando todos los días nace en el Altar, guarda silencio de recién nacido. Si quieres conocerte, fíjate en el Niño. La antropología nace del conocimiento de Dios, más que del conocimiento directo del mismo hombre. Conociendo al Niño empezarás a conocerte a ti mismo y a los demás hombres. El hombre es el “proyecto” y el Dios-hombre es el “ante-proyecto”. Pudo no ser así. Adán pudo ser el proyecto del Niño-Dios. Pero no lo quiso Dios. Ese Niño que debes recibir en tu corazón es tu “anteproyecto”. Tú eres una copia inspirada en Él.

Si es así, lo más cerca de Dios es la carne, la naturaleza humana, el hombre, tú. Él y tú debéis formar un “nosotros” de amor. También puede haber equidis-tancias, si en tu silencio, en tu corazón, vives profundamente la teología de la Navidad. Lo más cercano a ti puede ser Dios. Si entiendes a ese Niño, Dios puede hacerse más cercano, más próximo.

El mundo sería otro sin Navidad. ¿Qué sería de ti sin este nacer de Jesús? ¿Qué sería el mundo sin la Navidad? Otro mundo, otra cosa mucho más fría y sin sentido. ¡Cómo andaríamos los hombres! Por el contrario, si vivimos hoy, esta noche, la experiencia íntima de la Navidad, nos será más fácil encontrar a Cristo en la Iglesia, en la eucaristía y en nuestros hermanos, en el mismo Cosmos, sobre todo en el pobre pesebre de nuestro corazón.




Diez pensamientos del Papa Francisco

Papa Francisco

Diez pensamientos del Papa Francisco nos convidan a abrir nuestros corazones para vivir la Navidad como una fiesta de bondad y mansedumbre, con la disposición a compartir afectos y donarnos a los demás.

Dios hecho hombre

Jean Paul Sartre

Jean Paul Sartre (París, 1905-1980) es internacio-nalmente conocido como un pensador existencialista. Su novela La náusea (1938) y la pieza teatral A puerta cerrada (1944) son ejemplos de una filosofía desencantada de la existencia, que rechaza toda noción de trascendencia y apuesta por una libertad total, al margen de toda preocupación por el prójimo pues “el infierno son los otros”. 

La Academia Cubana de la Lengua

Sergio O. Valdés Bernal

La Academia Cubana de la Lengua fue constituida oficialmente en 1926 como la decimosegunda academia correspondiente de la Real Academia Española.1 Su primer director fue Enrique José Varona; su vicedirector, Fernando Ortiz Fernández. La intención fue agrupar a personalidades de las ciencias sociales y humanísticas del país dedicadas al estudio, cultivo y desarrollo de la lengua española, ya fuesen escritores o lingüistas.

SUSCRIBETE A NUESTRO BOLETIN
TE SUGERIMOS...
LENTE CURIOSO