La Navidad: paz y justicia

Por Dr.Roberto Méndez

Una vez más la Iglesia universal aclama el nacimiento de Jesús. El Hijo de Dios viene al mundo y se hace hombre en medio de los hombres.    Como Mesías tiene una misión divina, pero va a cumplirla desde la fragilidad humana: vivirá en la pobreza, conocerá el hambre, la sed, la persecución, la injusticia, el desamparo. No se trata de una persona divina que toma la apariencia humana, pero conserva poderes extraordinarios, es Dios mismo que baja de su altura por amor para levantar al hombre sometido a la muerte y al pecado. El Hijo de Hombre debe sujetarse primero a la obediencia familiar, estudiar, trabajar con sus manos, asumir las normas y rituales de una sociedad, pero cuando comience su vida pública, aunque jamás ataque a las autoridades ni simpatice con métodos violentos, su prédica en favor de los menos favorecidos, su rechazo del egoísmo de los poderosos y de las prácticas religiosas formalistas y rutinarias, se convierten en un auténtico escándalo que lo conduce directamente a la cruz.

Cuando nace en Belén, en un establo, el ángel anuncia su advenimiento a unos pastores. La llegada del Redentor es la Buena Noticia por excelencia. Por eso la acompaña la aclamación de los coros celestiales: “¡Gloria a Dios en lo alto y en la tierra paz a los hombres amados por él!” (Lc 2, 14). Verdaderamente Cristo es el Príncipe de la Paz, pero ella viene sobre aquellos que aceptan el vínculo de amor con Él. Tanto esos sencillos cuidadores de ganado, como después los magos de Oriente y más tarde el anciano Simeón, sentirán sus corazones movidos por una paz que conforta y otorga una plenitud espiritual.

Sin embargo, el Verbo hecho carne resulta un escándalo para los poderosos del mundo. Su sola presencia luminosa contrasta con las ambiciones, la rapacidad y la violencia de los que viven entregados a sus intereses e ignoran a Dios o emplean su nombre para cubrir sus deseos. Mientras los magos siguieron la luz celestial que los condujo a Belén, Herodes no dudó en hacer matar a los recién nacidos de aquel pueblo para tratar de torcer el designio del Cielo y eliminar a tan peligroso rival (Mt 2, 16). Más tarde, otros seguirán expresando ese rechazo al anuncio del Reino: los fariseos que dominan el Sanedrín, Poncio Pilatos, los Sumos Sacerdotes. En medio de su torpeza están convencidos de que ese que se hace llamar Hijo del Hombre, es un peligro radical para sus poderes temporales. Aun las turbas excitadas ante el Pretorio el Viernes Santo clamarán para que se absuelva a un sicario, un criminal violento, Barrabás y se condene al Salvador a morir en la cruz (Lc 23, 17). El mensaje de paz y justicia predicado por Jesús era mucho más peligroso que la acción de un asesino de soldados romanos.

Cada Navidad renueva sobre el mundo la efusión de paz que viene de lo alto, pero es preciso recordar que el concepto de paz de Cristo no significa ni indiferencia, ni enajenación, ni falta de compromiso. Él advirtió a sus discípulos: “La paz les dejo, les doy mi paz, y no como la da el mundo” (Jn 14, 27). No trata de la paz engañosa de los jefes de las naciones, que encubre muchísimas injusticias y deja intactos los intereses de los poderosos. La paz es un fruto otorgado por el Espíritu Santo, conjuntamente con el amor, la bondad, la fidelidad (Gal 5, 22-23). La auténtica paz no es un estado individual de tranquilidad en el que se cierran los ojos a lo que nos rodea, tampoco es una fórmula que se obtenga en libros de autoayuda. Siempre deriva de lo que hagamos por cumplir el precepto: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.

Roguemos para que este tiempo de gracia despierte en nuestras comunidades un sincero deseo de trabajar por la paz, a partir del conocimiento de la responsabilidad de cada cual para con sus hermanos; que se busque en la sociedad una auténtica justicia, como nos recuerda el Papa Francisco en su Exhortación Apostólica Evangelii gaudium:


“Ya no se puede decir que la religión debe recluirse en el ámbito privado y que está solo para preparar las almas para el Cielo. Sabemos que Dios quiere la felicidad de sus hijos también en esta tierra, aunque estén llamados a la plenitud eterna, porque Él creó todas las cosas ‘para que las disfrutemos’ (1 Tm 6, 17), para que todos puedan disfrutarlas. De ahí que la conversión cristiana exija revisar ‘especialmente todo lo que pertenece al orden social y a la obtención del bien común’.

”Por consiguiente, nadie puede exigirnos que releguemos la religión a la intimidad secreta de las personas, sin influencia alguna en la vida social y nacional, sin preocuparnos por la salud de las instituciones de la sociedad civil, sin opinar sobre los acontecimientos que afectan a los ciudadanos. ¿Quién pretendería encerrar en un templo y acallar el mensaje de san Francisco de Asís y de la beata Teresa de Calcuta? Ellos no podrían aceptarlo. Una auténtica fe –que nunca es cómoda e individualista– siempre implica un profundo deseo de cambiar el mundo, de transmitir valores, de dejar algo mejor detrás de nuestro paso por la tierra” (Evangelii gaudium, 182-183).

La Iglesia nos invita en este tiempo a avivar el espíritu de conversión, a ser mejores cristianos, lo que significa inevitablemente, ser también mejores ciudadanos. Escuchemos la voz de Cristo que nos advierte: “Busquen primero el Reino y su justicia, y lo demás lo recibirán por añadidura” (Mt 6, 33).

MIGRACIÓN ES MÁS QUE POLÍTICA, HAY QUE PROCURAR MISERICORDIA

Roberto Méndez Martínez

El pasado 12 de enero los gobiernos de Estados Unidos y Cuba formularon una declaración conjunta sobre temas migratorios cuyo núcleo central era la eliminación de “la política especial de parole para los ciudadanos cubanos que llegan a territorio de los Estados Unidos (comúnmente llamada política ‘pies secos-pies mojados’), así como el programa de admisión provisional (parole) para profesionales cubanos de la salud”.

CONVIÉRTETE Y CREE EL EVANGELIO

Redacción

El primer día de marzo, la Iglesia universal celebró el Miércoles de Ceniza con el que se da inicio a la Cuaresma. Durante cuarenta días que nos recuerdan las cuarenta jornadas en que Cristo ayunó en el desierto y venció las tentaciones, antes de iniciar su vida pública, tendremos que acoger esa invitación que acompaña el rito de imposición de la ceniza: “Conviértete y cree el Evangelio”.

La Madre de Dios ha socorrido a Cuba

Redacción

La Iglesia cubana celebró este año la festividad de Nuestra Señora de la Caridad, Patrona de Cuba, en circunstancias muy especiales. Precisamente el 8 de septiembre comenzaban a percibir las provincias más orientales del país los efectos del huracán Irma. 

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