Mención CRÓNICA-Una iglesia mambisa y tres niñas a misa los domingos…

Por María del Carmen Ruisánchez Regalado


Era la tradición: en las mañanas de domingo, no había nada mejor que hacer que ir a misa; así había sido con mi abuela, así con mi madre y yo no debía ser menos, así con mi hija y… por eso, aunque estuviera cansada, aunque remoloneara, la ropa de ir a la iglesia estaba al lado de mi cama desde temprano… y yo sabía que las normas de disciplina para mi mamá eran invariables, aunque con algunas diferencias. Sí, había matices, quizás algunas cosas podría evadirlas, algunas podían ser “intercambiables”, “perdonables” –pocas– pero en ese “rubro” no estaba para nada la asistencia a la iglesia los domingos, como no estaba tampoco el estudio del piano o la escuela: eran obligaciones “sembradas” en mi “plan de trabajo”, que podía completarse ad libitum, estudiando; tengo como uno de mis recuerdos más agradables aquellas interminables sesiones en la silla del buró de mi papá, “olvidada” por todos en la última habitación de la casa… creo que la belleza radicaba en la libertad para escoger qué hacer, a qué dedicarme, a solas mi imaginación y yo. Pero eso podía hacerlo otro día, así como andar descalza por el barrio, jugando con mis amigas, o convertir mi portal abierto en centro de juegos, donde se reunían niños de todas clases… eso era cualquier otro día, porque el domingo, el domingo había que ir a la iglesia. Las campanas tocaban tres veces; en el primer toque, aún estaba durmiendo, del primero al segundo “sonaban” los avisos de mi madre y me dada tiempo para vestirme: con zapaticos negros de charol y “manguito” o carterita de fieltro en invierno; en verano, con zapaticos blancos, sombrerito de flores, carterita donde guardaba el libro de misa que nunca usaba, un pañuelito y mi abanico, porque sí había calor en la iglesia, sobre todo porque cuando comenzaba la misa, ya había corrido bastante en el parque y alguna que otra vez mis pobres zapatos ya estaban rayados y sabía que me esperaba un buen regaño –aunque siempre pensé que valía la pena–; cuando empezaba la misa me sobrecogía la música y mis ojos se iban a pedir algo a mi Virgencita del Carmen o, si era más importante, al san Juan Bosco poderoso, al que mi madre tanto invocaba… Sin embargo, pensaba muchas veces en las campanadas, en aquel llamado que oía todos los domingos: aquel sonido llegaba a mí como algo misterioso, venido de un personaje al que nunca oí hablar ni le vi cambiar de expresión; en mi infancia lo recuerdo siempre cerca del padre Ciro, solícito, atento, humilde, en el rostro como el comienzo de una sonrisa, que la timidez impedía terminar de desarrollar; en la calle, cuando me lo tropezaba, también andaba así, como concentrado, demasiado ocupado en sus cosas, como para mirar a niñas revoltosas, “no demasiado devotas”; creo que siempre lo vi con la misma ropa, durante toda la vida. Era como si solo fuera él mismo junto a sus campanas, a las que sabía imprimir vida; hasta los “toques” eran diferentes: el primero, para desperezar a los durmientes en la mañana de domingo; el segundo, era más rápido, como para recordarnos que no debíamos perder demasiado tiempo; el tercero era la apoteosis del llamado, como de celebración, el comienzo de un día hermoso, a través de Dios… Hasta los dobles por los muertos eran para César también importantes: se sentía el lamento por la pérdida, “lloraban” las campanas, acariciadas, como si tuvieran voz propia… cuando César murió, nunca más las campanas hicieron música, no sé quién lo sucedió, pero ya nunca fue igual, era el fin de una época, de una manera de ver las cosas, de un mundo que nunca volvería a ser el mismo y con cuya ausencia había que aprender a vivir. En mi familia, las cosas se repetían: mi abuela también se levantó todos los domingos para ir a misa y nunca dejó de rezar al dormirse; pero un día, ya mayorcita, se decepcionó cuando la misa no comenzaba porque se había tardado la esposa del hombre más rico, la dueña del reclinatorio más cómodo de la iglesia; guardó sus creencias en privado y creo que ella comenzó en la familia “la comunicación con las Alturas sin intermediarios”; quizás nunca se lo dijo a mi madre, también la mandó a misa todos los domingos, con la variación del color de los zapatos según la estación del año y la misma pureza en el corazón, pero no la acompañaba; solo ella sabía lo que costaba sobrevivir, sobre todo en la época de Machado, cuando los maestros cobraban cada dos o tres meses o no cobraban y a su trabajo debía unir las tareas de la casa y además “inventar” bordando puñitos, tejiendo mantas o miles de variantes para ganar algo, cuando una peseta daba de comer; su hija creció viéndola así, con la sonrisa de escudo y un optimismo que tampoco yo supe de dónde sacaba. Mi madre también creía “sin intermediarios”: porque sí, porque la atraía aquel san Juan de su infancia, por quien se sintió protegida siempre, por el que no abandonó su casa ni su pueblo, a pesar de todo; era el oyente de todas sus plegarias, con quien siempre conversaba aunque estuviera rodeada de gente; la iglesia fue para ella uno de los lugares más importantes de su vida; cuando se apagaron las grandes luces que la iluminaban –cuando murieron mi papá y mi abuela– la iglesia quedó indemne, el velo la siguió acompañando, aunque nadie más lo llevara y ningún domingo dejó de asistir a misa, aunque las campanas no sonaran igual; allí siguió encontrando paz, consuelo y quizás luz, aunque ya ni sus ojos del rostro pudieran recibir toda la del día, y bordar y tejer, como mi abuela, ya no fuera posible. La tercera generación, que soy yo, crecí yendo todos los domingos a misa, el parque de la iglesia fue siempre sitio preferido para divertirme, pero después conocí otros parques y comencé a saber que no todo en la vida podía tenerse como los juguetes de Reyes… también para mí el tiempo pasó y un día dejé mi sagrada costumbre de los domingos: tenía miedo de que alguien dijera en la Universidad que yo era practicante y cuando bauticé a una primita, sufrí toda la ceremonia como una condenada… Recuerdo la vieja iglesia, cuya torre es la única sobreviviente del incendio mambí de mi pueblo cuando la Guerra del 95: la conocí muy estropeada, un día el coro tuvo que cantar desde abajo, porque el piso del entresuelo donde estaba el piano tenía huecos en la madera; entonces vi de cerca a aquellas mujeres que para mí eran mágicas, porque su música lo era; subieron de nuevo cuando arreglaron la iglesia, no recuerdo en qué año, creo que en mi adolescencia; conservo el sentimiento de seguridad que me embargaba allí adentro, la sensación de “mi casa”, de protección, que siempre sentí, envuelta en lo espiritual del oficio de la misa; disfruté del nuevo techo de la iglesia, la belleza del pulido altar, desde donde san Juan siempre saludaba mi presencia y perdonaba mis travesuras, de pequeña y de grande. Aunque alejada de la iglesia, ese lugar era como algo entrañable, fundido para siempre en el rincón de mis más puros afectos, donde nos refugiamos en tiempos de ciclón; solo con pasar y mirarla, una sensación de paz y sosiego me invadía enseguida; la profesión familiar, maestra, compensaba carencias de todo tipo. Un día, me fui de San Juan, de mi casa, lloré cuando vi partir mi piano, que vendí para garantizar en alguna medida mis nuevos planes de vida; no me despedí de la iglesia, no fui para explicarle a san Juan que mi madre había muerto y yo podía darle a mi vida un vuelco, garantizarle a mi hija un futuro diferente; me mudé a una ciudad con mar, donde esa imagen azul ayuda a curar heridas. Pasaron los años y volví, después que se disiparon las nubes del recién estrenado horizonte, para tirar fotos de lugares entrañables y traerlas al nuevo sitio de vida, al nuevo mundo que me había construido, donde era feliz, donde al fin era feliz, aunque creía que me faltaba algo… fui a la iglesia… allí estaba san Juan, tan paciente como siempre, me senté en el banco de antes, comprobando para mi bien, que nada de eso había quedado atrás; las fotos eran inútiles, todo iba conmigo, todo estaba conmigo: san Juan, el piano, los zapaticos rayados, mi portal abierto, y hasta las niñas, cada una de ellas con su propia carterita, su pasito corto, apuradas porque ya iban a tocar las campanas, en su propio mundo, con sus propios sueños, que son suficientes para vivir.


Acta del XXI Concurso de Periodismo Palabra Nueva, revista de la Arquidiócesis de La Habana

Palabra Nueva

 A los quince días del mes de junio del año 2017, se reunió en el Centro Cultural Padre Félix Varela, en La Habana, el jurado del Concurso Palabra Nueva, en su vigesimoprimera edición, integrado en esta ocasión por el Pbro. Elixander Torres Pérez (presidente), el Sr. Daniel Céspedes Góngora, miembro del Consejo de Redacción de la revista, la Sra. Iyaimi Palomares Mederos, licenciada en Comunicación Social, el Sr. Iván Batista Cadalzo, diseñador gráfico, y el Sr. Mario Vizcaíno Serrat, periodista y colaborador de la revista, quienes acordaron por unanimidad otorgar los siguientes premios y menciones:

PREMIO CRÓNICA-Un viajero, una ciudad, un valle y una ermita

Anabel Candelario Carmona

En Cuba hay iglesias que destacan por sus milagros, como El Rincón, en Santiago de las Vegas; o por su belleza arquitectónica, como la catedral de La Habana; o por resguardar entre sus sagrados muros uno de nuestros tesoros nacionales: la Virgen de la Caridad del Cobre, en Santiago de Cuba; pero hay una que, sin carecer de milagros, belleza arquitectónica y tesoros, destaca por su humildad.

PREMIO ARTÍCULO-Enaltecer la virtud

Julio Jesús Cubría Peregrino

La modestia enaltece la virtud. Puede ser de una persona, organización, institución o algún país. Eliminar el egoísmo en nuestra actuación, servir al prójimo sin pedir o exigir nada a cambio requiere de un alto grado de altruismo.

SUSCRIBETE A NUESTRO BOLETIN
TE SUGERIMOS...
LENTE CURIOSO