PALABRAS DE PRESENTACION DEL LIBRO ENCUENTRO, DIÁLOGO Y ACUERDO

Por Dr. Roberto Méndez Martínez / Fotos Daniel Estévez González

Pocos cubanos han podido olvidar aquel 17 de diciembre de 2014, cuando, rodeadas por un halo de asombro, se transmitieron las alocuciones televisivas de los presidentes de Estados Unidos y Cuba, que anunciaban la común voluntad de poner fin a un diferendo de más de medio siglo entre ambas naciones. Ambos mandatarios tuvieron en sus discursos una mención de agradecimiento para el Papa Francisco por su participación en el proceso conciliatorio. Entonces, casi todos creímos que la actuación del Sumo Pontífice había tenido lugar a través de las vías tradicionales que emplea la Santa Sede en sus mediaciones, es decir, conducidas por la Secretaría de Estado y utilizando como canal privilegiado la red de nunciaturas apostólicas afirmada en diversos puntos del orbe. Mucho después fue que pudo saberse de la participación de un emisario especial de Su Santidad en estas labores, quien respetó el necesario secreto de su misión no solo mientras la desempeñaba sino mucho después de que esta diera sus primeros frutos, hasta encontrar el momento adecuado para hacer pública su labor.

Precisamente el libro Encuentro, diálogo y acuerdo. El Papa Francisco, Cuba y Estados Unidos, de Su Eminencia, el Cardenal Jaime Ortega Alamino, es el testimonio de esa labor conciliadora, redactado por un participante directo en ella, que no busca resaltar su protagonismo personal y que, con gran habilidad diplomática y pastoral, se desmarca de las posiciones particulares de los gobiernos implicados para insistir en la dimensión humana y espiritual del acercamiento.

No se espere de este volumen una colección de indiscretas revelaciones; tampoco  hay en él un juicio sobre las razones históricas del prolongado diferendo entre Estados Unidos y Cuba, ni un pronóstico sobre la manera en que pudiera ponérsele fin. En último caso de lo que se trata es de dar fe, desde la Iglesia, de cómo es posible con discreción y caridad buscar la paz entre gobiernos enfrentados, no para favorecer a un bando o a un sistema político, sino para obtener, en bien de todos, el don mayor de la reconciliación y la armonía. Y esto nos remite, no solo al pensamiento del Papa Francisco, sino a quien ha sido un modelo para él: San Francisco de Asís aquel que procuraba poner la paz entre príncipes y reinos de su tiempo, revestido de humildad y con la palabra de Cristo como único instrumento.

Lo singular de este libro, lo que le otorga una ardiente originalidad, es que está redactado no con las pretensiones del experto político, ni las del periodista especializado en relaciones internacionales, sino que asume el método “Ver, Juzgar, Actuar”, reformado por el entonces Cardenal Jorge Mario Bergoglio en la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano celebrada en Aparecida, Brasil, en 2007: “Ver, sí, pero con la mirada de Dios”. Esa mirada, asumida por el Papa en su labor cotidiana y también por su auxiliar el Cardenal Ortega, es la que viene a marcar estas páginas.

En primer término, este es un libro centrado en las personas. En él se procura informarnos sobre los participantes en el proceso, no por sus funciones, ni por los estereotipos con que se les mira en los grandes medios de comunicación, sino en su condición de personas. Eso explica el éxito de una labor que procuró echar a un lado canales habituales, mecanismos de gobierno, organismos internacionales, para centrarse en un encuentro entre personas.

Así mismo, se hace evidente esa actitud desprejuiciada que no nace directamente de la relación sentimental del escritor con la materia de la que se ocupa, sino de la voluntad de elevarse por encima de ella y mirarla desde lo alto, desde la mismísima mirada divina, empeñado en verla como un conjunto, del que se renuncia a resaltar las pequeñeces, las flaquezas humanas, para centrarse en lo que un pintor llamaría la composición general, el conjunto. Precisamente por esto, se trata de una obra que, aunque aluda a cuestiones sociales y políticas, es sobre todas las cosas un escrito espiritual de gran pertinencia, pues aunque el reino que busca la Iglesia no es el “de este mundo”, solo a través del anuncio de la Palabra evangélica a la humanidad será posible cooperar con el advenimiento del Reino prometido.

Aunque el libro está redactado con una lógica y una claridad meridianas, algunos asegurarán no comprender las razones del Cardenal y por extensión las del Papa, muy probablemente porque en nuestro tiempo batallan en el ambiente público dos posiciones extremas: el fundamentalismo y el laicismo y los partidarios del primero no comprenderán que la Iglesia pueda mediar en un asunto de política internacional si no es para obtener algo pro domo sua; mientras que los del segundo negarán toda pertinencia a labor de los miembros de la jerarquía religiosa en el espacio político. A ambas partes habría que recordarles que el llamado de la Iglesia a la paz y la reconciliación no es una cuestión coyuntural e interesada, sino una obligación que nace del centro mismo de su misión y que en la historia de la humanidad hay una serie de ejemplos en los que la palabra cristiana ayudó a evitar catástrofes sociales, recuérdese no solo al citado Santo de Asís, sino a San León I El Magno, Santa Catalina de Siena, a San Juan XXIII y más recientemente a San Juan Pablo II y a la Santa Madre Teresa de Calcuta.

Aun así, el Cardenal Ortega ha corrido, sin preocuparse, el riesgo de no lograr complacer a todos, porque sencillamente su labor no ha estado marcada por la vanidad de hacer más notorias sus habilidades y valores, sino para acercar a muchos la enseñanza moral de estos acontecimientos e invitar a inclinarse sobre estas páginas con voluntad de reflexión y hasta de conversión.

Y al tomar para sí esta cruz, seguramente puso su mirada en otros que le precedieron en la historia cubana: ante todo, el Venerable Padre Félix Varela, que entre estas mismas paredes buscó forjar ciudadanos desde su cátedra de Constitución y que, como diputado a las Cortes españolas buscó el bien de Cuba y la difícil armonía con España, aunque para ello pusiera en riesgo su salud y hasta su vida; pero también habría que recordar al obispo Pedro Agustín Morell de Santa Cruz, no solo mediador entre los humildes mineros del cobre y las autoridades coloniales, sino única autoridad legítima frente los ocupantes británicos de La Habana y, más cerca de nosotros, a las labores de mediación que debieron realizar en diferentes circunstancias históricas sus antecesores en la cátedra habanera: Su Eminencia Manuel Arteaga y Betancourt, Monseñor Evelio Díaz y Monseñor Francisco Oves. Aunque vino a corresponderle a él la misión de mayor alcance internacional, porque sus consecuencias, muchas o pocas, no solo atañen a los habitantes de Cuba y Estados Unidos sino que tiene vastas implicaciones para el resto del mundo, con ella, Su Eminencia ha realizado un importante servicio cívico que debe recoger la historia y a la vez es uno de sus más relevantes servicios a la Iglesia universal.

Encuentro, diálogo y acuerdo es un libro que puede leerse por curiosidad la primera vez, pero que exige una segunda lectura con una exégesis más profunda. Sería preciso preguntarse al cerrarlo: ¿Qué tengo yo que hacer, cristiano o no, por la paz, la reconciliación, la misericordia social? ¿Cómo puedo completar la misión aquí enunciada? Muchos dirán que esta obra es un documento para la historia, un texto que deben conservar y estudiar las instituciones sociales de Cuba y el resto del mundo, yo diría más, es un escrito muy valioso para la espiritualidad de nuestro tiempo. Al repasar estas páginas en las que se descubre al Papa Francisco y al Cardenal Ortega como mensajeros de la paz de Cristo no pude dejar de recordar la célebre oración atribuida a San Francisco y que todos, sin excepción, deberíamos frecuentar:

Señor, haz de mí un instrumento de tu paz:

donde haya odio, ponga yo amor,

donde haya ofensa, ponga yo perdón,

donde haya discordia, ponga yo unión,

donde haya error, ponga yo verdad,

donde haya duda, ponga yo la fe,

donde haya desesperación, ponga yo esperanza,

donde haya tinieblas, ponga yo luz,

donde haya tristeza, ponga yo alegría.

Oh Maestro, que no busque yo tanto

ser consolado como consolar,

ser comprendido como comprender,

ser amado como amar.

Porque dando se recibe,

olvidando se encuentra,

perdonando se es perdonado,

y muriendo se resucita a la vida eterna.

Muchas gracias.

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