Palabras pronunciadas por S.E.R. Cardenal Jaime Ortega Alamino, Arzobispo emérito de La Habana, en la presentación del libro “Encuentro, Diálogo y Acuerdo”.


 

Aula Magna del Centro Cultural “P. Félix Varela”,

La Habana, 16 de junio de 2017.

 

Queridos amigos y hermanos:

Ante todo deseo expresar mi complacencia por dar a conocer mi libro: “Encuentro, Diálogo y Acuerdo” en un lugar tan emblemático como este Centro Cultural, donde se fraguó el pensamiento nacional cubano cuando el Seminario San Carlos ocupaba estos sitios y el P. Félix Varela caminaba por sus claustros en diálogo con sus alumnos. Este libro tiene para mí una especial significación por haber participado yo en los hechos que relata, pero sobre todo por haberlos vivido al impulso y la sombra del Papa Francisco, que es el verdadero forjador de este camino de encuentro y diálogo que culminó en acuerdo.

Quiero también en esta ocasión agradecer al Padre Gerardo Emilián, director de la editorial San Pablo de México, donde primeramente fue editado el libro por la rápida y bella edición que nos ha entregado y a los Padres Paulinos de La Habana, por haberla propiciado. Gracias también al Dr. Roberto Méndez por haber aceptado, dentro de sus múltiples ocupaciones como profesor y destacado escritor, introducir al auditorio en el deseo de conocer el contenido de este pequeño volumen.

Muchos esperan, por haber tenido algún conocimiento, a veces aproximado, pero siempre admirativo, de los hechos que originan la escritura de este libro, que estos sean relatados en él. Y así será ciertamente. Pero ese no es mi propósito fundamental. Este pequeño volumen quiere ser, ante todo, un homenaje al Papa Francisco, admirable en su modo de vivir y presentar lo que es el amor cristiano con su constante llamado e invitación al diálogo.

El Papa Francisco, en su discurso al Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede el día 12 de enero del año 2015, dijo: “Un ejemplo que aprecio particularmente de cómo el diálogo puede verdaderamente construir y edificar puentes, es la reciente decisión de los Estados Unidos y Cuba de poner fin a un silencio reciproco que ha durado medio siglo, y de acercarse por el bien de sus ciudadanos”.

En esa ocasión, no vaciló el Papa en pedir que otras naciones envueltas en cualquier tipo de conflicto siguieran el ejemplo de Cuba y de Estados Unidos en el uso de la diplomacia y el diálogo. El Papa estaba haciendo una propuesta a escala mundial ante embajadores y otros diplomáticos de diversas naciones acreditados ante la Santa Sede. Entre algunas de ellas persistían o se daban conflictos antiguos o recientes.

Se presenta hoy ante ustedes este libro por la decisión del Papa Francisco de hacerme partícipe de un proceso de negociación que se había iniciado ya entre Cuba y los Estados Unidos, pues el Santo Padre se dirigió a mí para asignarme un rol específico en la evolución de aquellas negociaciones, de las cuales yo tenía noticias por las visitas al Arzobispado de Legisladores norteamericanos y otros funcionarios del gobierno de Estados Unidos.

No es de extrañar que, estando en proceso negociaciones secretas entre Cuba y Estados Unidos, ya desde antes del año 2013, llegados a un punto de su desarrollo, los gobiernos de Cuba y Estados Unidos pidieran al Papa, a través de los canales diplomáticos adecuados, una intervención suya a favor del mejoramiento de las relaciones entre los dos países.

En este contexto la figura del Papa Francisco, avalada por la tradición mediadora de la Iglesia, y la misión propia del papado para procurar la paz, emergía como la instancia ética capaz de llevar adelante aquel proceso negociador, sobre todo teniendo en cuenta las dotes personales de este Papa empeñado en promover el diálogo y facilitar el encuentro entre hombres y pueblos.

Este talante del Papa y la relevancia de la diplomacia para superar conflictos fueron explicados limpiamente por el Sustituto de la Secretaría de Estado, Mons. Angelo Becciu, autor del prólogo de este libro, para quién tengo siempre un recuerdo afectuoso y agradecido. Lo hizo poco tiempo después de hacerse público el acuerdo entre Cuba y Estados Unidos en entrevista concedida a TV2000 a pocas horas del regreso del Papa Francisco de Cuba en septiembre de 2015 (entrevista referida por Luis Padilla en Vatican Insider el 16 de marzo de 2016). Dijo Mons. Becciu: “El Papa encantó a los representantes del pueblo cubano y estadounidense… son ellos los que le pidieron al Pontífice que fuera garante de este deseo de negociación, diálogo y encuentro”. “Concretamente vinieron aquí a la Secretaría de Estado a firmar los dos respectivos documentos delante del Secretario de Estado, casi como garante de la palabra que se habían dado entre ellos”. “La acción diplomática, palabra que va más allá del significado tradicional, es comprendida en el sentido del hombre y líder que se ha comprometido con su palabra, con su carisma para conquistar a los dos jefes de estado, ellos pidieron expresamente que el Papa los ayudara. En esto el Papa no se echó para atrás. Y luego, él se sirvió de algunas personas que pudieran cumplir el deseo del diálogo y del encuentro” (Hasta aquí Mons. Becciu).

Pues bien, yo fui una de esas personas. Para cumplir esta tarea tuve un encuentro inicial y sorpresivo con el Papa Francisco, quien me explicó en una conversación llana y clara que él deseaba enviar cartas personales al presidente Castro y      al presidente Obama y me pedía a mí que fuera el portador de ambas a los respectivos presidentes. El Santo Padre deseaba que su propósito fuera ejecutado con rapidez. Me dijo muy familiarmente: “Tú sabes el modo de llegar a Raúl Castro, busca la manera de llegar al Presidente Obama”.   

En realidad se estaba dando una modalidad especial en esta mediación, cuyo escenario era el de dos eventuales interlocutores no comunicados entre sí y a quienes el Santo Padre quería poner en contacto. Y lo hacía por medio de cartas personales enviadas a cada uno de los presidentes y llevadas por un mismo portador, que al mismo tiempo debía explicar el pensamiento del Papa en relación a cuanto los separaba y al modo de superar esa distancia.

En la elección de un mensajero personal para ambos envíos, había una especial intención del Santo Padre en lo que pudiéramos llamar la “estrategia dialogal” del Papa Francisco: que a través del portador de las cartas se produjera también un puente de comunicación entre los dos receptores del mensaje papal. Es lo que digo en la contraportada del libro que hoy les presento.

Por este extraordinario servicio al Santo Padre, no solo tuve la extraordinaria posibilidad de ser portador de una carta del Papa a cada uno de los presidentes sino también de conocer y transmitir a ambos el mensaje que el otro le enviaba. Se estaba produciendo así un encuentro triangular, cuya línea primordial y básica era el Papa Francisco, quien, con su actuar, estaba poniendo en contacto en un alto vértice dos líneas que se abrían como paralelas. Para mí fue este uno de los grandes momentos de mi vida sacerdotal; porque pude constatar privilegiadamente que siempre es posible el acercamiento y el diálogo, y era eso lo que mi fe cristiana me había inspirado siempre en mi ministerio como Pastor.

Al mismo tiempo, al escuchar a estos dos importantes interlocutores en sus mensajes del uno al otro, llegué a la convicción de que, sin estos tres hombres: el Papa Francisco, el presidente Obama, y el presidente Raúl Castro no se habría dado nunca este acuerdo.          

Queridos hermanos y hermanas:

Les reitero que no es la intención focal de este autor desvelar ante ustedes los misterios de una trama que tiene un clímax y un desenlace. Esto haría de mi relato un texto narrativo del género novelesco y quasi policiaco.

El hilo conductor de esta narración es la acción providencial de Dios por medio de acontecimientos y personas concretas, siguiendo un designio dictado por el amor cristiano que puede expresarse aproximadamente en las tres palabras que sirven de título al libro: “Encuentro-Diálogo-Acuerdo”. Llega a sus manos este libro cuando tiene especial vigencia en nuestro mundo el modo eficaz y luminoso de hacernos conocer el valor del encuentro y del diálogo el pastor universal de la Iglesia, el Papa Francisco, que cree firmemente en la fuerza aglutinadora del amor. Realmente se trata de un Pontífice, de un hacedor de puentes.

Es esto lo que quiero dejar en las manos de mis lectores, con una invitación a cada uno para que en este mundo, donde proliferan los conflictos, no perdamos la confianza en el diálogo, llamado por el Beato Pablo VI “el nuevo nombre del amor”. Aceptar esta verdad es repetirle al mundo de hoy, estremecido por tanto odio acumulado y ansioso de venganza, que hay un camino antiguo y nuevo para superar las crisis y las divisiones por medio del ejercicio de la reconciliación y el diálogo que fluyen del amor cristiano. Nosotros somos los abanderados de ese amor y podemos repetir lo dicho por el evangelista San Juan: “Nosotros hemos conocido el Amor y hemos creído en él” (1Jn 5,16).

Estas serían hoy mis palabras finales si estuviera presentando el libro en el momento histórico en que terminé su redacción, pero la hora que vivimos me obliga a insistir sobre la naturaleza del acuerdo entre Cuba y los Estados Unidos y del diálogo que lo propició.

El resultado de la intervención del Papa Francisco fue un acuerdo en el cual se instaura el diálogo entre Cuba y Estados Unidos como un medio duradero para afrontar los problemas persistentes y los que puedan surgir. El diálogo es el espacio de comunicación que se ha abierto y en el que deben resolverse todos los problemas, antiguos o actuales. Hay que evitar que viejas o nuevas cargas añadidas por cualquiera de las dos partes puedan minar este diálogo. Si se mantiene la calidad de ese diálogo habrá fidelidad al pensamiento del Papa Francisco y a sus propuestas.

Pero el cambio de los actores principales, o la recurrencia a viejos modelos para aplicarlos de nuevo a Cuba, o las respuestas fuertemente formuladas con implicaciones de orden práctico por nuestra parte, pueden ensombrecer o retardar mucho la obtención de resultados aceptables por todos en la solución de los conflictos, y digo retardar porque hay pasos que tienen características, aunque sean mínimas, de durabilidad.

Vivimos un momento de nuestra historia nacional en que es imprescindible creer en el poder de la oración para que nada de esto suceda, y ante algo que aparezca frustrante de este noble camino, trabajosamente emprendido, seguir creyendo en el diálogo, porque el triunfo final es siempre de las fuerzas del bien y del amor.

Ahí está nuestra esperanza.

Muchas gracias.

Veinte años sembrando amor

Daniel Estévez González

Con el objetivo de defender el primer derecho que tiene todo niño, el derecho a nacer, las Hermanas del Amor de Dios han dado respuesta a las necesidades que se les presentan a diario en la Oficina de Asistencia Social del Arzobispado de La Habana.

Procesión y Santa Misa de Vigilia por la festividad de San Cristóbal de La Habana

Daniel Estévez González

Luego de que el año pasado y después de medio siglo sin realizarse, las autoridades locales autorizaran la antigua y acostumbrada procesión del también patrono de los choferes por varias arterias habaneras, la de este 15 de noviembre apenas alcanzó la esquina de las calles Habana y Chacón, lugar donde se ubica la sede arzobispal de la arquidiócesis, para luego retornar por la calle Empedrado hasta la catedral.

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