Vivir entre la gente

Por Yarelis Rico hernández


A los veinticuatro años de edad, el padre José Félix Pérez Riera decidió ser cura obrero. Y sin abandonar su atuendo clerical, se enfundó la ropa de trabajo para ir a ganar su sustento en un empleo de baja cualificación en la Fundición 2 de septiembre, en Jovellanos, Matanzas. Se había ordenado como sacerdote el 27 de diciembre de 1970 y comenzó su ministerio como vicario en la parroquia de Cárdenas. Al año siguiente lo designaron párroco en Jovellanos y los pueblos de sus alrededores. En total, tenía a su cargo cinco comunidades.

La idea de ser cura obrero le inspiraba, incluso, desde antes de su ordenación sacerdotal. Si bien le atraía aquella experiencia protagonizada por algunos clérigos franceses que, entre 1944 y 1959, vivieron como obreros sin dejar de oficiar misas y ejercer el ministerio, su deseo de estar y ser parte del mundo laboral se fomentó dentro del seno familiar. Admiraba a su padre por la estima que sentía hacia el trabajo, su responsabilidad y su voluntad por hacer bien cualquier actividad, por pequeña o insignificante que pareciera.

En su época en el Seminario, finales de los sesenta y comienzos de los setenta, participó durante un mes de sus vacaciones en el trabajo voluntario productivo al que se estuvo convocando durante algunos años en la casa de estudios religiosos. Después, siendo sacerdote, también en una ocasión, se unió a los seminaristas en esta etapa.

Hoy, a la distancia de los años, el padre Pepe Félix, secretario de la Conferencia de Obispos Católicos de Cuba por más de veinte años, rememora con gran cariño su experiencia como cura obrero. Y aunque reconoce que ahora su vida no tiene mucho o nada que ver con lo que el hermano Carlos de Foucauld encarnó, la espiritualidad de este religioso, fundador de los Hermanitos de Jesús, hoy beato de la Iglesia, le ayudó a cultivar sobremanera su deseo de hacerse sacerdote en el mundo obrero. Su espiritualidad aún le nutre, pero en aquel momento de la vida –según nos testimonia–, “fue muy determinante”…

Esto hizo que cuando ya estaba de vicario en Cárdenas quisiera trabajar junto a las personas que se reunían cada día en el parque de la Iglesia para ir a cortar caña durante la famosa e infructuosa zafra de los “diez millones” del año setenta. Recuerdo que me presenté en las oficinas del Partido y hablé con el primer secretario. Yo era un sacerdote de veinticuatro años y le dije: “Mire, quiero ir también a cortar caña”. Se sorprendió porque creyó que yo no podría cumplir con lo que quería hacer y altivamente me respondió: “Bueno, si usted quiere ir, vaya mañana temprano al parque”. Me presenté con mi machete y mi sombrero. A partir de ahí, fui todos los días. Establecí relaciones muy hermosas de amistad, de cordialidad con mucha gente de la ciudad de Cárdenas. Se daba la peculiaridad de que yo, junto con el camionero, el normador y dos o tres personas más, íbamos diariamente a la siete de la mañana y regresábamos a las tres o cuatro de la tarde. Éramos los “fijos”; el resto del personal cambiaba de acuerdo con la empresa o el organismo que le tocara asistir. Todo el mundo me decía “el cura”, “el cura”… Estuve haciendo eso durante tres o cuatro meses. Después cumplía con mis deberes en la parroquia, atendía al grupo de jóvenes, la celebración de la misa… las clases que daba.

Cuando terminó la zafra, el obispo me envió a Jovellanos. Una vez iniciada la próxima contienda, fui a ver al primer secretario del Partido en el municipio y ahí noté que no resultaría tan fácil. Comencé a hacer gestiones para incorporarme a algún empleo como obrero fijo. Fui al Ministerio del Trabajo y presenté una carta en la que dejaba claro mi deseo de trabajar (todo esto lo hacía con la anuencia de mi obispo; desde el primer momento Mons. José Maximino Domínguez lo supo, no creo que la idea le gustara mucho, pero nunca me puso objeción alguna). En la carta decía quién era yo, aunque todo el mundo sabía que era el sacerdote del pueblo. Ahí sí me dieron largas, me dijeron que consultarían. Como para el mes de septiembre me dijeron: “Bueno, si lo que usted quiere es trabajar, pues trabaje; díganos qué quiere hacer”. Aclaré que no me interesaba ningún trabajo de oficina ni cargo de dirigencia. Pedí trabajar de obrero. Me dieron una plaza en la fundición, de ayudante de pailería: cargar carretillas y mover hierros de un lado para otro. Me presenté el 7 de octubre del año 1974, la fiesta de la Virgen del Rosario; ese día comencé a trabajar en la Fundición 2 de septiembre en Jovellanos, una entidad grande, con más de 200 trabajadores, donde había tres talleres juntos: fundición, pailería y maquinado.

Como casi no podía con la carretilla ni con los hierros, poco a poco fui haciéndome de amigos que me ayudaron. Entre ellos y yo se estableció una relación que recuerdo con mucho cariño. Allí estuve siete años. En ese tiempo fui adquiriendo capacidades. Pasé a tornero, gracias a cursos que hicieron en la fábrica y a los que me permitieron incorporar; de tornero C, pasé a la categoría B, y cuando iba a presentarme para la categoría A, me pidieron trabajar en el taller de maquinado como fresador.

En el mes de junio de 1981, mi obispo me informó que la Conferencia Episcopal solicitaba mi servicio como formador en el Seminario. Mons. Alfredo Petit había sido nombrado rector y él, a su vez, me elegía como su vicerrector. Terminó en ese momento la experiencia obrera y vine para La Habana, tres años de vicerrector y nueve después como rector del Seminario.

El tiempo en la fábrica me ayudó a conocer el mundo del trabajo. Yo empezaba a las siete de la mañana, almorzaba en el comedor con el resto de los trabajadores y salía a las cuatro de la tarde. Si movilizaban para el campo, también iba.

Debo decir que cuando me presenté en el Ministerio del Trabajo y me dijeron que podía ir a trabajar, puse mis condiciones. Solo dos. Pedí no trabajar en oficina (eso, dentro de la espiritualidad de los Hermanitos de Jesús, se explica); y lo otro, no implicarme en guardias ni en milicias; ni siquiera la guardia que hacían los trabajadores. Al sindicato sí me afilié, de hecho lo pagaba mensualmente y participaba de una comisión de historia que había en la fábrica.

¿Cuántos recuerdos tengo? Infinitos. Uno de mis compañeros me dijo en cierta ocasión: “Mira, el domingo es el cumpleaños de mi niño y tú no puedes faltar”. Me disculpé diciéndole que no podría asistir porque tenía la misa de domingo. “No importa –precisó–, cambiamos la hora del cumpleaños y empezamos cuando tú llegues”. Esa y otras cosas de más envergadura dramática experimenté en aquel ambiente. Recuerdo que me pedían consejos y hasta hablar con las esposas cuando se creaba algún conflicto matrimonial. Claro, esto se fue haciendo a lo largo del tiempo, no empezó desde el primer día. Todos me decían José. Por ejemplo, una cosa simpática y que se relaciona con el lenguaje fuerte, duro, de estos ambientes de trabajo, más en una fundición, allí cualquier palabra se decía a cualquier hora, pero si yo estaba presente y alguien expresaba alguna de estas palabras, otro replicaba enseguida: “Oye, no digas eso, que José está delante”. Cuando había que hacer un trabajo muy forzado, siempre venía uno de ellos a ayudarme. Eso mostraba un cariño especial.

Hubo una época en que varios compañeros de trabajo procuraron mejorar sus casas y me invitaban para tirar la placa o levantar alguna pared. Y yo iba a trabajar con ellos, siempre salvando las obligaciones de la parroquia, misa diaria, formación de adultos, catecismo, las misas en las comunidades vecinas. En el pueblo andaba en bicicleta, ya para moverme a las localidades más alejadas, lo hacía en mi carro, que lo heredé del hoy cardenal Jaime.

Para poder hacer todo eso, además de la Gracia de Dios, no puedo dejar de agradecer a la gente buenísima de la parroquia que me apoyó. Estamos hablando de la década de 1970, difícil, pero que tenía sus encantos y sus virtudes. Nunca tuve que pagar un centavo ni porque se limpiara la Iglesia ni porque lavaran los ornamentos, las albas… ni por mi comida siquiera. Yo almorzaba en la fábrica y por la tarde siempre había alguien de la parroquia que me traía algo de comer. Esto hay que decirlo porque si no me hubieran apoyado, yo no habría podido hacer tantas cosas.

No puedo decir, de ninguna manera, que los sacerdotes me rechazaran. Yo participaba de todas las reuniones del clero. Ese día tenía que arreglarme en la fábrica y empezar más temprano o acumular horas el día antes o el siguiente para pagar las ocho horas de la jornada laboral e ir a la reunión, la cual se hacía, por lo general, los segundos martes de cada mes en la ciudad de Matanzas. Siento que los demás curas me querían y tal vez si alguno no estaba muy de acuerdo, se limitó a decir algo así como: “Vamos a dejarlo; al pobre, le dio por eso”. Aquellos sacerdotes eran hombres muy buenos, yo era un muchacho entre ellos. Me acuerdo de los padres canadienses, el padre Campos que me ayudó mucho… el padre Machado. Hombres que me querían. Y quizás, aunque no entendieran del todo mi actitud, tampoco la rechazaban.

Claro, mi experiencia era diferente a la de aquellos curas obreros franceses de las décadas del cuarenta y cincuenta del siglo xx. Algunos de ellos se insertaron tan hondamente en el mundo laboral que se desvincularon de lo que era la vida pastoral, la vida, incluso, sacramental. Quizás eso fue lo que despertó reticencias en la jerarquía de la Iglesia, no solo en Francia, también en Roma. Mi práctica difería de la de un cura obrero clásico. Yo celebraba misa todos los días, predicaba, visitaba enfermos. Cuando había un enfermo grave me venían a buscar a la fundición. Yo estaba lleno de tizne y de grasa, con la ropa de un trabajador y así salía para el hospital. De igual manera me iba al cementerio a despedir un duelo. Después volvía para la fábrica. Mi jefe siempre me autorizó; había esa consideración. En Semana Santa, por ejemplo, entraba a las cuatro de la madrugada a la fábrica, a las doce terminaba y me iba a las distintas comunidades a hacer los oficios. La salud me lo permitía y la gente que me rodeaba me ayudaba mucho también.

Por eso creo que mi experiencia es un poco peculiar y diferente con respecto al cura obrero francés de los años cuarenta y cincuenta. Aunque quizás la mística tiene en común el querer hacer presente a Jesús en el mundo del trabajo. Eso es importante y es lo que me movía. Recuerdo que cuando el primer secretario del Partido en Jovellanos me preguntó por qué quería trabajar, se me ocurrió decirle: “Porque yo me quiero parecer a Jesucristo”; me salió del alma. Pero también porque quería vivir de lo que ganaba, no quería ser mantenido por la Iglesia. Y, efectivamente, eso fue así durante todos esos años.

Fue una vida intensa, hermosa. Le agradezco a Dios que me haya permitido tocar el corazón de aquellas personas para acercarlas a Él. Si lo logré, eso lo sabe Dios nada más. Rezaba cada día por la evangelización de mis hermanos en el trabajo, pero sabía que las presiones políticas en el país eran muy fuertes. Yo no pude lograr que vinieran a la Iglesia, a misa dominical, pero algunos de ellos me llevaron a sus hijos para que los bautizara. Me atrevo a pensar que mi encuentro con ellos contribuyó a derribar prejuicios respecto a lo que es un sacerdote, a lo que es la Iglesia y a lo que es la fe en Jesucristo.

Luego de dos o tres años de haber iniciado mi trabajo como obrero, el gobierno permitió trabajar a dos sacerdotes Hijos de la Caridad, comunidad religiosa que también tiene como mística la inserción en el mundo laboral. Después formamos un equipo muy hermoso, nos reuníamos dos veces al año, Hermanitos de Jesús, Hijos de la Caridad, Oblatas, que también tienen esa mística, laicos y algunas Hijas de la Caridad que trabajaban en asilos y pidieron unirse a aquel grupo que vivía su fe en Cristo en medio del mundo obrero.

Como movimiento no creo que hoy existan curas obreros. Quizás exista alguno que, como yo, decida de manera muy personal vivir esta experiencia. Pero aunque no lo digan explícitamente, hay muchos sacerdotes insertados en ambientes muy marginados, no con la mística de décadas pasadas, pues eran otras las circunstancias que mucho tuvieron que ver con la propuesta del Concilio Vaticano II de acercar la Iglesia al mundo del trabajo. Hoy es otra realidad pastoral.

Mi experiencia en el mundo del trabajo me dejó mucho en la vida espiritual, en el sentido de poder incorporar a la oración a todas estas personas, su mentalidad, las situaciones que viven, ya sean económicas, morales, de frustraciones, también de alegrías y de esperanzas. Todo eso te da un gran contenido para la oración. Además, la disciplina. Yo agradezco mucho el haber comido con una cuchara, en una bandeja abollada por todas partes y compartir el alimento con los obreros. Eso me hizo mucho bien para forjar la voluntad, comprender las necesidades de la gente en todos los sentidos y procurar vivir con un estilo de vida y con un lenguaje digno, pero al mismo tiempo sencillo: vivir entre la gente.

Obrero católico de la A a la Z

Yarelis Rico Hernández

“Dos eran las formas fundamentales de influencia: las ideas y el cumplimiento del trabajo. Dentro de los ambientes laborales estábamos llamados a ser consecuentes con nuestra fe, ver a los otros como nuestros hermanos y asumir nuestro compromiso moral con el trabajo social por lo que este representa para los demás… Cristo fue obrero, trabajó para sustentarse y para servir a la sociedad”

San José obrero y el magisterio pontificio

Dr. Roberto Méndez Martínez

José, de sangre real, unido en matrimonio a la más grande y santa de las mujeres, considerado el padre del Hijo de Dios, pasó su vida trabajando, y ganó con la fatiga del artesano el necesario sostén para su familia. Es, entonces, cierto que la condición de los más humildes no tiene en sí nada de vergonzoso, y el trabajo del obrero no solo no es deshonroso, sino que, si lleva unida a sí la virtud, puede ser singularmente ennoblecido.

El servicio al prójimo en peligro

Romano Guardini

Romano Guardini fue uno de los grandes teólogos católicos del siglo xx. Nació en Verona, Italia, en 1885. Se ordenó sacerdote el 28 de mayo de 1910, tras estudiar en el Seminario de Maguncia, Alemania, donde residía con su familia. En 1915 presentó su tesis doctoral en Friburgo. Ocupó varias cátedras de Filosofía y Teología.

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