Día de las Madres en el cementerio de Colón

Por Vicente Morín Aguado

“Este domingo de las madres fue grandiosa la cantidad de personas que vimos. Desde varios días antes estaban reservando misas para difuntos, respecto al año anterior la asistencia a la capilla se ha duplicado. Lo mismo la presencia en el cementerio que viene incrementándose año tras año”.

El diácono Máximo Jenes ofrece su evaluación sobre el acontecimiento que representa la mayor concentración espontánea de cubanos sin previa convocatoria por parte de institución alguna. Contando visitantes junto al amplio pórtico de la necrópolis habanera, las cifras se mantuvieron toda la mañana entre 100 y 200 por minuto. Diez horas, sin exagerar, sumarían más de cien mil congregados en el camposanto.

Un trabajador con doce años de permanencia entre la inmensa y hermosa selva de estatuas que embellecen una de las necrópolis más importantes del mundo, declaró: “Desde las seis y media de la mañana, cuando abrimos las puertas, no cesa de entrar público, mi experiencia dice que esta concurrencia supera a la del año anterior y va creciendo sin cesar, es una oleada humana”.

Desde lo alto, Fe, Esperanza y Caridad, esculpidas en mármol de Carrara por José Vilalta Saavedra dan la bienvenida, mientras la vista se pierde hacia el exterior entre la marea que avanza por la calle 12 desde 23, cerrada al tránsito vehicular.

Tal si fueran crestas de espuma entre el oleaje, esta vez las flores ganaron un protagonismo nunca antes visto, hermoso fruto de la apertura hacia formas no estatales de la economía en paulatina implantación. Una señora, pagando tres pesos convertibles por un ramo de rosas rojas y gladiolos blancos, exclamó: “Están haciendo una zafra de flores, pero no me preocupa, lo importante es alcanzarlas al gusto de cada cual sin limitaciones”.

Ciertamente, había desde ramos inmensos valorados en cinco o más pesos convertibles hasta puchas de veinte pesos moneda nacional o una simple flor. No hubo persona alguna que no pudiera llevar la delicada ofrenda al ser querido junto a su tumba.

Extremos pintorescos, la esquina de La Pelota cobijaba en su portal a un pintor gastado en años, quien ofrecía postales elaboradas al momento, sin precio previo, aceptando la voluntad de una limosna.

En el interior del cementerio, la inmensidad del lugar, junto al obligado recogimiento, dispersan la avalancha, como las aguas cuando arriban a la ansiada playa. Unos rezan, otros aprovechan para limpiar la bóveda, no faltan lágrimas aunque en general los sentimientos de tales ocasiones terminan transformándose en satisfacción por ese encuentro necesario que casi siempre conduce a saludables reflexiones.

“Creo que se ha destapado la religiosidad, las personas se sienten menos cohibidas, antes, por ejemplo, mi generación, crecimos sin visitar una iglesia, ir al cementerio, aunque no estaba formalmente prohibido, parecía algo superfluo, solamente los viejos hacían esto, para la juventud de entonces calificaban las tareas propias de la Unión de Jóvenes Comunistas”.

 

Así se confiesa un hombre de pasados cuarenta años, quien vino con su hija en una de esas motos Suzuki, cuya presencia casi siempre indica que el poseedor del vehículo es oficial de las FAR o del MININT.

El tema obliga a recordar, vuelven las palabras del diácono Máximo Jenes con su acumulada experiencia de un lustro oficiando responsos en la capilla del Cristo Resucitado, al final de la avenida de Colón, centro mismo de la necrópolis según su proyecto original:

 

“Ahora entran todos, o casi todos a la capilla, años atrás no era así, recuerdo a una capitana del MININT que con su uniforme y medallas vino a solicitar las exequias para su hermana, conmovida, se sinceró conmigo: ‘ella fue una gran revolucionaria, daba la vida por la Revolución pero también fue una ferviente católica’. La mujer entró con algunos de la familia y los reclutas que cargaban el féretro, los demás, militares en su mayoría, esperaron en el asfalto el final de la ceremonia”.

 

El diácono concluye:

 

“En la actualidad hay más libertad, las personas se expresan sin tantas inhibiciones, hasta Abel Prieto, el exministro de Cultura y asesor del Presidente, ha participado de las exequias”.

 

Los ojos de Máximo brillan sobre la piel oscura de su rostro, no parece cansado, hay satisfacción en su quehacer, la pregunta es por qué, tratándose de la muerte. No ha de serle fácil hilvanar palabras en tales momentos, frente a la consternación de los dolientes: “Siempre digo que se nos han adelantado en el camino, además, tenemos la palabra de Dios”.

El diácono cita de memoria extensos pasajes bíblicos, conmueve la experiencia de Jesús con la familia de Lázaro antes del milagro: “Le dijo Jesús: Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá” (SJ 11, 25).

La gran necrópolis habanera es por origen y tradición católica. Su dedicación al más famoso navegante de la historia se remonta a 1796, cuando el ejército de Toussaint Louverture amenazaba a Santo Domingo y las autoridades españolas decidieron salvar sus preciadas reliquias. Entonces decidieron trasladar a Cuba los restos de Colón.

En la catedral de La Habana fue “enterrado” nuevamente el Gran Almirante de la Mar Océana, ocasión en que el padre José Agustín Caballero pronunció una memorable pieza oratoria. Posteriormente, al proyectarse un nuevo cementerio en sustitución al fundado por el obispo Espada en 1806, la impronta colombina determinó un necesario monumento donde descansaría definitivamente el Descubridor. Investigaciones recientes indican que nunca tales reliquias estuvieron entre nosotros, sin embargo nos quedó el feliz capricho histórico de la única necrópolis en el mundo dedicada a Cristóbal Colón.

Volviendo a la crónica actual, las concurrencias incrementadas cada día de las madres en el inmenso camposanto habanero justifican ampliamente la discreta satisfacción compartida entre el diácono y el periodista.

Aunque el Día de las Madres es un asunto del alma, la gente financia totalmente los considerables gastos de la memorable ocasión, las familias juntan esfuerzos, dinero incluido, para irse hasta el encuentro con el sitio venerado.

No tendría sentido intervenir en la decisión que inspira irse al cementerio un segundo domingo de mayo, es una convocatoria del espíritu, sin embargo, cada año decenas de miles de ciudadanos toman los autobuses habituales, acuden a todas las variantes a su alcance para llegar, mostrando la mejor presencia personal sin olvidar una ofrenda, por eso es lamentable la escasa respuesta de las empresas estatales ante tal empuje popular.

Salvo las flores, lideradas por cuentapropistas y cooperativas, lo demás parecía un día cualquiera. La gastronomía movilizó sus limitados recursos junto a La Pelota, en tanto regresar fue para muchos una odisea, dado el insuficiente aporte del transporte público. Únicamente la policía respondió con su acostumbrada profesionalidad controlando el tránsito.

 “Felizmente esta vez, no instalaron equipos de música en los alrededores, porque un número grande de personas terminaban bebiendo, bailando en la calle, desvirtuando lo esencial de la celebración”. Con su última intervención, el diácono Máximo Jenes acerca las conclusiones de un fenómeno social digno de constancia escrita, de análisis sereno, y sobre todo de seguimiento como ejemplo mirando hacia el horizonte de los próximos tiempos.

El espíritu ha roto sus ataduras de antaño, la familia va recomponiéndose, las generaciones recobran memorias perdidas, sanan heridas, se desvanecen cicatrices.

Bien lo dijo el Predicador:

 

 “Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora. Tiempo de nacer, y tiempo de morir; tiempo de plantar, y tiempo de arrancar lo plantado” (Ecl 3, 1-2).

 

Dialogar, dialogar

Alfredo Guevara

Durante los últimos años de su vida, Alfredo Guevara (Premio Nacional de Cine) realizó diversos encuentros con jóvenes intelectuales, artistas, profesores y estudiantes de diversas especialidades universitarias. Como resultado de estos intercambios se compiló el texto Dialogar, dialogar (Escuchar, enseñar, afirmar, aprender).

Del amor, el bloqueo y el final feliz

Antonio López Sánchez

Hay dos o tres, allá, que tendrían que buscar algún nuevo sonsonete para recabar votos y cabildear en la política y los negocios derivados de la causa contra el comunismo en Cuba. Hay dos o tres, aquí, que no tendrían temas ni noticias que analizar, ni habitual totí culpable al que endilgar sus propias ineficiencias y resultantes prebendas. Todos esos tendrían que aprender a subsistir haciendo algo nuevo y diferente que hablar mal del “enemigo”.

Comer es crecer

Jorge Fernández Era

Fíjate que acabábamos de desembarcar en aquel lugar y Yanitface me halaba ya el brazo derecho enseñándome lo bien que se veían los contramuslos asándose a la parrilla, mientras Yanotmail me desencajaba el izquierdo clamando por los lomos ahumados, que más que ahumados parecían tiznados de tanta humareda apestosa que subía por entre las pencas de guano.

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