San José obrero y el magisterio pontificio

Por Dr. Roberto Méndez Martínez

Desde los inicios del cristianismo, san José ha ocupado un lugar muy especial dentro del santoral católico. San Ireneo de Lyon en su tratado Adversus haereses afirma que al igual que este cuidó amorosamente a María y se dedicó con empeño a la educación de Jesucristo, también custodia y protege su cuerpo místico, la Iglesia, de la que María es figura y modelo. Asimismo, exaltaron su figura, a partir de los breves pasajes evangélicos referidos a él, otros Padres de la Iglesia como san Juan Crisóstomo, san Jerónimo y san Agustín.

A partir del siglo xiii, los franciscanos tomaron al santo como modelo de fidelidad, humildad, pobreza y obediencia y en el xvi, santa Teresa de Ávila, en el Libro de la vida, recomienda encarecidamente la devoción a él, con un personalísimo testimonio de sus bondades. No es extraño, pues, que el Papa Pío IX lo declarara patrono de la Iglesia Universal y que unos años después, en 1889, su sucesor León XIII le dedicara su encíclica Quamquam pluries. Allí, a propósito de la época en que escribe, marcada por los conflictos sociales, los ataques a la Iglesia y el ascenso de un laicismo que dejaba al margen la expresión de lo religioso, recomienda encomendarse al Carpintero de Nazaret:

“Él se impone entre todos por su augusta dignidad, dado que por disposición divina fue custodio y, en la creencia de los hombres, padre del Hijo de Dios. De donde se seguía que el Verbo de Dios se sometiera a José, le obedeciera y le diera aquel honor y aquella reverencia que los hijos deben a sus propios padres. De esta doble dignidad, se siguió la obligación que la naturaleza pone en la cabeza de las familias, de modo que José, en su momento, fue el custodio legítimo y natural, cabeza y defensor de la Sagrada Familia. Y durante el curso entero de su vida él cumplió plenamente con esos cargos y esas responsabilidades. Él se dedicó con gran amor y diaria solicitud a proteger a su esposa y al Divino Niño; regularmente, por medio de su trabajo consiguió lo que era necesario para la alimentación y el vestido de ambos; cuidó al Niño de la muerte cuando era amenazado por los celos de un monarca, y le encontró un refugio; en las miserias del viaje y en la amargura del exilio fue siempre la compañía, la ayuda y el apoyo de la Virgen y de Jesús. Ahora bien, el divino hogar que José dirigía con la autoridad de un padre, contenía dentro de sí a la apenas naciente Iglesia”.1

A título seguido, propone a la humanidad que los padres de familia, la gente de origen noble, los ricos y también los trabajadores y artesanos tomen como modelo al varón ejemplar:

“Pues José, de sangre real, unido en matrimonio a la más grande y santa de las mujeres, considerado el padre del Hijo de Dios, pasó su vida trabajando, y ganó con la fatiga del artesano el necesario sostén para su familia. Es, entonces, cierto que la condición de los más humildes no tiene en sí nada de vergonzoso, y el trabajo del obrero no solo no es deshonroso, sino que, si lleva unida a sí la virtud, puede ser singularmente ennoblecido. José, contento con sus pocas posesiones, pasó las pruebas que acompañan a una fortuna tan escasa, con magnanimidad, imitando a su Hijo, quien habiendo tomado la forma de siervo, siendo el Señor de la vida, se sometió a sí mismo por su propia libre voluntad al despojo y la pérdida de todo”.2

De allí deriva que, frente a aquellos que los invitan a la violencia y los empujan a la “lucha de clases”, los trabajadores cristianos deben buscar el progreso por vías pacíficas y marcadas por el espíritu cristiano:

“Por medio de estas consideraciones, los pobres y aquellos que viven con el trabajo de sus manos han de ser de buen corazón y aprender a ser justos. Si ganan el derecho de dejar la pobreza y adquirir un mejor nivel por medios legítimos, que la razón y la justicia los sostengan para cambiar el orden establecido, en primera instancia, para ellos por la Providencia de Dios. Pero el recurso a la fuerza y a las querellas por caminos de sedición para obtener tales fines son locuras que solo agravan el mal que intentan suprimir. Que los pobres, entonces, si han de ser sabios, no confíen en las promesas de los hombres sediciosos, sino más bien en el ejemplo y patrocinio del bienaventurado José, y en la maternal caridad de la Iglesia, que cada día tiene mayor compasión de ellos”.3

En esta misma línea, más de medio siglo después, otro pontífice, Pío XII, instituye el 1ero. de mayo de 1955 la festividad de San José Obrero. Esto viene a insertarse en un contexto social todavía más complejo. Tras la Segunda Guerra Mundial, Europa se recupera de las heridas de la lucha contra el fascismo y el nazismo, pero el comunismo que se ha expandido desde la Unión Soviética hacia varias naciones vecinas, ha ganado influencia en sindicatos, grupos intelectuales y políticos del resto del mundo. El Papa está preocupado por la posibilidad de que los comunistas lleguen a gobernar en Italia y que con ellos se extiendan el ateísmo y los ataques a la moral cristiana. Ofrece su apoyo a la ACLI (Asociación Cristiana de Trabajadores de Italia) frente a los gremios de inspiración marxista y los convoca a la Plaza de San Pedro, para que, mientras otros celebran el Día Internacional del Trabajo, ellos lo vivan a partir de ese día como la fiesta católica de San José Obrero:

“Aquí, en este día 1ro. de mayo, que el mundo del trabajo se ha adjudicado como fiesta propia, Nos, Vicario de Jesucristo, queremos afirmar de nuevo solemnemente este deber y compromiso, con la atención de que todos reconozcan la dignidad del trabajo y que ella inspire la vida social y las leyes fundadas sobre la equitativa repartición de derechos y de deberes.

”Tomado en este sentido por los obreros cristianos el 1ero. de mayo, recibiendo así, en cierto modo, su consagración cristiana, lejos de ser fomento de discordias, de odios y de violencias, es y será una invitación constante a la sociedad moderna a completar lo que aún falta a la paz social. Fiesta cristiana, por tanto, es decir, día de júbilo para el triunfo concreto y progresivo de los ideales cristianos de la gran familia del trabajo.

”A fin de que os quede grabado este significado, nos place anunciaros nuestra determinación de instituir, como de hecho lo hacemos, la fiesta litúrgica de San José Obrero, señalando para ella precisamente el día primero de mayo ¿Os agrada, amados obreros, este nuestro don? Estamos seguros que sí, porque el humilde obrero de Nazaret no solo encarna, delante de Dios y de la Iglesia, la dignidad del obrero manual, sino que es también el próvido guardián de vosotros y de vuestras familias”.4

 

Aunque es innegable que estas palabras estaban marcadas por las circunstancias de la llamada Guerra Fría, la decisión resultó beneficiosa, en tanto ayudó a hacer visibles las necesidades pastorales del sector laboral en la Iglesia y a fomentar una espiritualidad de los trabajadores, muy necesaria, en la misma medida en que este grupo crecía exponencialmente con el desarrollo industrial en el mundo moderno. Gracias a esto, fueron posibles experiencias muy positivas como el crecimiento de la rama obrera dentro de la Acción Católica y la experiencia de los sacerdotes obreros a mediados del siglo xx.

San Juan Pablo II, en su encíclica Redemptoris custos, dedicada al Santo en 1989, profundiza en las ideas de sus predecesores y expone con gran belleza el papel del trabajo en el contexto familiar y social y su nexo con el misterio de la redención:

 

Expresión cotidiana de este amor en la vida de la Familia de Nazaret es el trabajo. El texto evangélico precisa el tipo de trabajo con el que José trataba de asegurar el mantenimiento de la Familia: el de carpintero. Esta simple palabra abarca toda la vida de José. Para Jesús estos son los años de la vida escondida, de la que habla el evangelista tras el episodio ocurrido en el templo: ‘Bajó con ellos y vino a Nazaret, y vivía sujeto a ellos’ (Lc 2, 51). Esta ‘sumisión’, es decir, la obediencia de Jesús en la casa de Nazaret, es entendida también como participación en el trabajo de José. El que era llamado el ‘hijo del carpintero’ había aprendido el trabajo de su ‘padre’ putativo. Si la Familia de Nazaret en el orden de la salvación y de la santidad es ejemplo y modelo para las familias humanas, lo es también análogamente el trabajo de Jesús al lado de José, el carpintero. En nuestra época, la Iglesia ha puesto también esto de relieve con la fiesta litúrgica de San José Obrero, el 1ero. de mayo. El trabajo humano y, en particular, el trabajo manual tienen en el Evangelio un significado especial. Junto con la humanidad del Hijo de Dios, el trabajo ha formado parte del misterio de la encarnación, y también ha sido redimido de modo particular. Gracias a su banco de trabajo sobre el que ejercía su profesión con Jesús, José acercó el trabajo humano al misterio de la redención”.5

 

En esta misma línea, Benedicto XVI insistió en la homilía de la misa que celebró el 19 de marzo de 2006 ante un grupo de trabajadores:

 

“La actividad laboral debe contribuir al verdadero bien de la humanidad, permitiendo ‘al hombre individual y socialmente cultivar y realizar plenamente su vocación’ (Gaudium et spes, 35). Para que esto suceda no basta la preparación técnica y profesional, por lo demás necesaria; ni siquiera es suficiente la creación de un orden social justo y atento al bien de todos. Es preciso vivir una espiritualidad que ayude a los creyentes a santificarse a través de su trabajo, imitando a san José, que cada día debió proveer con sus manos a las necesidades de la Sagrada Familia, y por eso la Iglesia lo propone como patrono de los trabajadores. Su testimonio muestra que el hombre es sujeto y protagonista del trabajo. Quisiera encomendarle a él a los jóvenes que con esfuerzo logran insertarse en el mundo del trabajo, a los desempleados y a todos los que sufren las dificultades debidas a la crisis laboral generalizada. Que junto con María, su esposa, san José vele sobre todos los trabajadores y obtenga serenidad y paz para las familias y para toda la humanidad. Que al contemplar a este gran santo, los cristianos aprendan a testimoniar en todos los ámbitos laborales el amor de Cristo, manantial de solidaridad verdadera y de paz estable”.6

 

En la actualidad, el Papa Francisco ha hecho énfasis en la atención al mundo del trabajo como una prioridad eclesial. Lo ha iluminado desde la urgencia de los grandes problemas actuales. En el capítulo segundo de su exhortación apostólica Evangelii gaudium, insiste en la urgencia de ciertos problemas contemporáneos como la inequidad social que coloca en situaciones precarias a muchas familias y la economía de la exclusión:

 

“Como consecuencia de esta situación, grandes masas de la población se ven excluidas y marginadas: sin trabajo, sin horizontes, sin salida. Se considera al ser humano en sí mismo como un bien de consumo, que se puede usar y luego tirar. Hemos dado inicio a la cultura del ‘descarte’ que, además, se promueve. Ya no se trata simplemente del fenómeno de la explotación y de la opresión, sino de algo nuevo: con la exclusión queda afectada en su misma raíz la pertenencia a la sociedad en la que se vive, pues ya no se está en ella abajo, en la periferia, o sin poder, sino que se está fuera. Los excluidos no son ‘explotados’ sino desechos, ‘sobrantes’”.7

 

Asimismo, rechaza la teoría neoliberal del “derrame” económico que se supone debe generar una prosperidad general y en realidad propicia “una globalización de la indiferencia”. Denuncia el culto al dinero y reclama una reforma económica que no ignore la ética. Con tono profético advierte: “El Papa ama a todos, ricos y pobres, pero tiene la obligación, en nombre de Cristo, de recordar que los ricos deben ayudar a los pobres, respetarlos, promocionarlos. Os exhorto a la solidaridad desinteresada y a una vuelta de la economía y las finanzas a una ética en favor del ser humano”.8

Todo esto se hace más grave en tanto la sociedad contemporánea, con un feroz secularismo, desplaza los valores religiosos y no solo pone en peligro los empeños de socorro a los necesitados, sino que lleva la crisis cultural al seno mismo de las familias. Los desafíos son, pues, mucho más complejos:

 

“El individualismo posmoderno y globalizado favorece un estilo de vida que debilita el desarrollo y la estabilidad de los vínculos entre las personas, y que desnaturaliza los vínculos familiares. La acción pastoral debe mostrar mejor todavía que la relación con nuestro Padre exige y alienta una comunión que sane, promueva y afiance los vínculos interpersonales. Mientras en el mundo, especialmente en algunos países, reaparecen diversas formas de guerras y enfrentamientos, los cristianos insistimos en nuestra propuesta de reconocer al otro, de sanar las heridas, de construir puentes, de estrechar lazos y de ayudarnos ‘mutuamente a llevar las cargas’ (Ga 6, 2). Por otra parte, hoy surgen muchas formas de asociación para la defensa de derechos y para la consecución de nobles objetivos. Así se manifiesta una sed de participación de numerosos ciudadanos que quieren ser constructores del desarrollo social y cultural”.9

 

En su exhortación apostólica postsinodal Amoris laetitia, ha insistido en el tema del trabajo, con una fundamentación teológica más amplia. En su primer capítulo se detiene no solo en su papel para el sostenimiento de la familia y el desarrollo de la sociedad, sino que además de denunciar la precariedad laboral y el franco desempleo que son males que afectan a la sociedad contemporánea, hace énfasis en la dimensión ecológica en tanto rechaza “la degeneración que el pecado introduce en la sociedad cuando el ser humano se comporta como tirano ante la naturaleza, devastándola, usándola de modo egoísta y hasta brutal”,10 lo que causa un daño apreciable a lo creado por Dios y aumenta los desequilibrios económicos y sociales.


La clave para comprender el pensamiento del actual pontífice sobre el trabajo está en que este no se limita a ser creador de riquezas y sostenedor de familias, ni siquiera generador de una espiritualidad particular, sino que él es la base de la dignidad humana, tal y como aseguró ante un grupo de trabajadores y empresarios en el aula magna de la Universidad de Molise, Italia, en julio de 2014:

 

“No tener trabajo no significa solo no tener lo necesario para vivir, no, porque nosotros podemos comer todos los días, porque vamos a la Cáritas, a aquella asociación, vamos al club, allá, y nos dan de comer. Ese no es el problema, porque el problema es no llevar el pan a casa, porque eso quita la dignidad. Y el problema más grave no es el hambre sino la dignidad. Sobre esto tenemos que trabajar y defender nuestra dignidad que la da el trabajo”.11

 

Estas enseñanzas del magisterio pontificio, tanto las que tienen ya una respetable trayectoria histórica como las de ardiente actualidad son las que deben iluminar nuestra visión del trabajo en el contexto cubano, e inculturar su aplicación a nuestras circunstancias particulares. San José obrero tiene todavía mucho que enseñarnos.


Notas

[1] León XIII: Quamquam pluries, carta encíclica sobre la devoción a san José, 15 de agosto de 1889, en Internet: Sitio web oficial del Vaticano, consultado el 6 de abril de 2017.

2 Ibídem.

3 Ibídem.

4 Pío XII: “Discurso en la institución de la fiesta de San José Obrero el 1ero. de mayo de 1955”, en Acta Apostolicae Sedis, no. 47, 1955, p. 406. (Traducción de PN).

5 San Juan Pablo II: Redemptoris custos, exhortación apostólica sobre la figura y la misión de san José en la vida de Cristo y de la Iglesia, 15 de agosto de 1989, en Internet: Sitio web oficial del Vaticano, consultado el 6 de abril de 2017.

6 Benedicto XVI: “Homilía durante la concelebración eucarística para los trabajadores en la fiesta de san José, 19 de marzo de 2006”, en Internet: Sitio web oficial del Vaticano, consultado el 3 de abril de 2017.

7 Papa Francisco: Exhortación apostólica Evangelii gaudium, 24 de noviembre de 2013, (53), en Internet: Sitio web oficial del Vaticano, consultado el 27 de marzo de 2017.

8 Ibídem (58).

9 Ibídem (67).

[1]0 Papa Francisco: Exhortación apostólica postsinodal Amoris laetitia, 19 de marzo de 2016, (26), en Internet: Sitio web oficial del Vaticano, consultado el 27 de marzo de 2017.

[1]1 Papa Francisco: “Discurso en el aula magna de la Universidad de Molise, Italia, el 5 de julio de 2014”, en Internet: Sitio web oficial del Vaticano, consultado el 10 de abril de 2017.

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