Obrero católico de la A a la Z

Por Yarelis Rico Hernández


A los setenta y siete años de edad, Manuel Díaz Páez rememora su militancia en la Juventud Obrera Católica (JOC) con la satisfacción de haber pertenecido a uno de los grupos más dinámicos y de más hondo compromiso social en la historia de la Iglesia cubana, y aún se identifica como un “jocista”.1 Manolo el Negro –como todos le llaman– conoció de aquella experiencia cuando tenía dieciséis años. Para esa fecha ya trabajaba y la posibilidad de incorporarse a una asociación de jóvenes obreros, con preocupaciones e intereses parecidos, le resultaba sumamente atractiva.


Según refiere a Palabra Nueva, la JOC surgió el 23 de enero de 1947 bajo la dinámica ver-juzgar-actuar y con el objetivo de evangelizar a los jóvenes del mundo obrero. En el año 1967, los obispos decidieron disolver la Acción Católica Cubana (ACC)2, a la cual sustituyen por el Apostolado Seglar Organizado;3 la JOC, como una de sus ramas, también desapareció. Con el paso de los años, ya iniciada la década de 1990, el espíritu que acompañó a aquellos militantes de la Juventud Obrera Católica quiso ser rescatado para impregnarlo en lo que es hoy el Movimiento de Trabajadores Cristianos (MTC),4 pero sin mucho éxito pues “aquellas circunstancias que propiciaron la efectividad de la JOC, unidas al fuerte compromiso de sus miembros, no es hoy una realidad palpable en Cuba ni en su Iglesia”, afirma Díaz Páez, quien se define a sí mismo como “obrero católico de la A a la Z”.

 

¿Cómo llegó usted a la Juventud Obrera Católica?


“Un compañero me invitó a participar en un círculo de estudio del grupo que se reunía en un local anexo a la capilla del barrio de Pogolotti, donde yo vivía, exactamente en la calle 59, e/ 90 b y 90 d. Esta capilla tenía, además, un dispensario. En el encuentro vi gran preocupación por la juventud, y eso me impactó. Me fui y estuve fuera como seis meses, tiempo que pasé leyendo, sobre todo el Evangelio. Jesús era un desconocido para mí, pero en la medida en que leía sobre él, su figura me atraía muchísimo. Yo venía de un medio muy sincrético. Mi abuela era santera. Me crié en un ambiente de guapería y de fumar marihuana. Había empezado a trabajar siendo todavía un niño. Primero aprendí carpintería en mi propia casa con mi padrastro, después estuve en una tintorería y así, sucesivamente, fui pasando por diferentes ocupaciones y empleos para ganar mi sustento”.

 

Si no era católico, ¿cómo es que logra integrar la JOC?


“Como te dije, estuve seis meses preparándome, en ese tiempo estudiaba y leía mucho. Yo era, como le decían entonces, un aspirante a militante jocista. Ya estaba bautizado y había recibido la comunión, pues en el barrio se comentaba que el niño que tomaba estos sacramentos se hacía mejor persona: pura tradición. Así que solo tuve que confirmarme y, por supuesto, comenzar a vivir desde y para la fe cristiana. A Cristo lo convertí en mi modelo, en mi patrón de vida, y eso sí me hizo mejor persona. Si bien continuaba siendo un obrero de trabajo duro, era, también, un activo y práctico militante de la JOC”.

 

¿En qué sentido esa militancia le hizo asumir de manera diferente su condición de obrero?


“El trabajo nunca me asustó, pero desde mi militancia dejé de verlo solo como fuente de sustento. Era el ambiente donde también podía crecer como persona y dar a conocer a Cristo. La Juventud Obrera Católica, como rama de la Acción Católica que fue, constituyó una forma del apostolado seglar de la Iglesia para ese momento de su historia. Dentro de esa misión, la JOC se fundó con la dinámica de ver-juzgar-actuar y, a partir de la realidad del mundo del trabajo, evangelizar”.

 

Es el apostolado de lo semejante por lo semejante…


“Así es. La fundación y posterior servicio de la JOC respondió al interés de la Iglesia de crear movimientos especializados para evangelizar: cada ambiente debe ser evangelizado desde dentro y nadie lo hará mejor que aquellos que se desenvuelven en el mismo; los apóstoles inmediatos de los obreros deben ser obreros”.

 

¿Qué distinguía aquella JOC a la que se acercó con dieciséis años?


“Su empeño por enraizar a la Iglesia en el mundo obrero. Este era el sentido de toda su acción, lo mismo en los ambientes de reuniones y círculos de estudio que en el mundo laboral”.

 

¿Cómo se organizaba la JOC para su ejercicio?


“A la JOC pertenecían los jóvenes trabajadores católicos que querían afiliarse a ella. Los grupos se estructuraban desde la base; estos, a su vez, pertenecían a una organización regional supeditada a la directiva provincial. Toda esta organización era coordinada por el grupo nacional. El grupo de Pogolotti, en el que yo estaba, pertenecía al Regional Marianao, al que también se sumaban los jocistas de Buena Vista y Nogueira.


”Las actividades en nuestro local y por iniciativa del grupo de base no se limitaban solo a los católicos; participaban muchísimos jóvenes, pues Pogolotti es un barrio eminentemente obrero. Nosotros no dejábamos de asistir a las actividades cívicas: celebraciones del 24 de febrero por la fundación de la barriada, competencias deportivas y hasta fiestas de quince. Cuando alguien moría, aunque el muerto fuera sincrético, íbamos a rezarle el rosario. Esta actitud nos hizo ganar muchos simpatizantes y seguidores”.

 

¿Qué función tenía el joven militante jocista?


“La primera y fundamental ya la dije: evangelizar en medio de nuestro propio ambiente, el mundo del trabajo. Ahora bien, ¿cómo lo hacíamos? Trabajábamos de manera personalizada con nuestros allegados. Estos eran también simpatizantes de nuestro actuar. Los tratábamos de instruir pero sin proselitismo de ningún tipo, pues por lo general eran personas no católicas que encontrábamos dentro de nuestro mapa de influencia”.

 

Para quien tenga a Cristo como referente, la acción o el actuar debe convertirse también en una forma de influencia, ¿era así con los jocistas?


“Dos eran las formas fundamentales de influencia: las ideas y el cumplimiento del trabajo. Dentro de los ambientes laborales estábamos llamados a ser consecuentes con nuestra fe, ver a los otros como nuestros hermanos y asumir nuestro compromiso moral con el trabajo social por lo que este representa para los demás… Cristo fue obrero, trabajó para sustentarse y para servir a la sociedad”.

 

El método ver, juzgar y actuar, el cual parte del análisis de la realidad para contrastarla con el evangelio y transformarla, si es necesario, implica un gran compromiso social. ¿Hasta qué punto esta dinámica influyó en la relación de los jocistas con sus simpatizantes o seguidores en medio de los ambientes laborales?


“Te hablaré de manera muy personal, a partir de mi experiencia que parte desde mi condición de obrero en una fábrica privada hasta trabajar, después del triunfo de la Revolución, en una empresa estatal socialista. En ambos empleos llegué a ser el representante del sindicato, un cargo creado, si de verdad se asume como se debe, para velar por los derechos de los trabajadores, pues es la voz y la persona que los representa ante el propietario o jefe del negocio. Mi método siempre fue mirar la situación, analizarla a la luz de la Doctrina Social de la Iglesia y actuar. En ambas formas de empleo, el privado y el estatal, me hice eco de las insatisfacciones e inconformidades de mis compañeros, denuncié abiertamente cualquier injusticia cometida contra uno o más trabajadores, pero lo hice desde el análisis cristiano, desde una mirada de fe que situaba en el centro de todo a Jesús. Si de algo me vanaglorio al recordar esas etapas, no es de mi cargo, sino de haberme convertido, de una persona normal y corriente como soy, a ser el confesor de muchos, incluidos militantes del Partido Comunista. Recuerdo cómo una y otra vez daba consejos, pero siempre con la mira puesta en la fe. Y sí, tuve detractores, pero ante las realidades adversas, seguí siendo el mismo, el que nunca negó su fe católica. Siempre me acompañó el convencimiento de que de la actitud de nosotros como cristianos jocistas y del acercamiento a Dios, dependería la salud y estado de la agrupación”.

 

Existe hoy en Cuba el Movimiento de Trabajadores Cristianos (MTC) al cual usted pertenece, ¿cómo trabaja esta organización y cuánto de la experiencia de la JOC se ha incorporado a ella?


“De hecho, la recomendación para fundar el Movimiento en Cuba fue buscar a un jocista; esto prácticamente se convirtió en un eslogan para su creación en la Isla. Empezamos por reunirnos un pequeño grupo integrado por algunas personas de Marianao y La Lisa, después pasamos seis meses leyendo documentos de la Doctrina Social de la Iglesia, instruyéndonos al estilo jocista. En el año 2007 creamos el Instrumento Normativo del MTC por el cual nos regimos. En el 2009 fui a un congreso mundial de obreros católicos en Francia y me percaté –con gran alegría– de que, a pesar de regirnos por viejos estilos, estábamos en sintonía con lo que ocurría en países donde el Movimiento sí es fuerte, como por ejemplo, Corea del Sur, Haití (tiene 800 miembros) y Bangladesh”.

 

¿Quiénes se incorporan al Movimiento y cuál es su situación actual en Cuba?


“En las filas del Movimiento ingresaron, en un principio, antiguos jocistas, algunos están, otros no. Se sumaron otras personas, no muchas, pero siento que es un movimiento de viejos y, para pesar nuestro, se sigue envejeciendo día a día. Tenemos alrededor de treinta miembros en seis grupos solo de La Habana, única diócesis donde el Movimiento existe; en Camagüey fracasó. Es necesario renovarlo, pero pocos jóvenes quieren pertenecer a él, no asumen el compromiso. En mi opinión, habría que crear un movimiento de jóvenes, solo, independiente, porque los lenguajes y las dinámicas de trabajo son distintos”.

 

A pesar de estas dificultades, ¿cree que el movimiento deba permanecer?


“Por supuesto. El compromiso es fundamental. Creo que la apatía hacia el trabajo, el cual no es reconocido hoy en Cuba como fuente de sustento ni estímulo para el bien común, repercute en el ánimo que acompaña a los cubanos, incluido a los católicos. Es un mal de fondo, curable si ponemos la mirada en Cristo y si, a la luz de nuestra doctrina cristiana, vemos, juzgamos y actuamos”.

 

 

Notas

1 Nombre con el que eran conocidos los miembros de Juventud Obrera Católica.


2 Movimiento católico que se encargaba de la coordinación de los distintos sectores del laicado y de su apostolado. Quedó canónicamente erigido en una carta pastoral colectiva de los obispos cubanos fechada en 1939. Se organizó en cuatro ramas fundamentales a nivel nacional, diocesano y parroquial: la Federación de la Juventud Católica Masculina, la Asociación de Caballeros Católicos, la Liga de Damas Católicas y la Liga de la Juventud Católica Femenina.


La Federación de la Juventud Católica Cubana (FJCC) se convirtió más tarde en las Juventudes de Acción Católica Cubana (JACC). A finales de la década del cuarenta, se produce la especialización en el seno de las JACC. En octubre de 1945 surge el primero de los movimientos especializados, la Juventud Universitaria Católica (JUC). El 23 de enero de 1947, se funda la Juventud Obrera Católica (JOC). En 1949 se crea la Juventud Estudiantil Católica (JEC), para integrar a los estudiantes de segunda enseñanza. Por último, queda la Juventud de Acción Católica (JAC), que tenía un apostolado específicamente parroquial.


3 En 1967 una ley de asociaciones ya vigente pero aplicada ahora a la Acción Católica Cubana, resulta limitativa para sus actividades, por lo que se decide disolverla y sustituirla por el Apostolado Seglar Organizado con otro cariz y organización. En su representación, seis dirigentes seglares de Cuba asisten a Roma al III Congreso Mundial de Apostolado Seglar, acompañados por el obispo auxiliar de La Habana Fernando Azcárate.


4 Movimiento de educación, de formación y de evangelización con reconocimiento de la Iglesia católica a nivel nacional y de la Santa Sede. Con la especificidad de ser un movimiento evangelizador en el mundo laboral y popular, funda su compromiso sobre la fe en Jesucristo, el evangelio y la Doctrina Social de la Iglesia.

San José obrero y el magisterio pontificio

Dr. Roberto Méndez Martínez

José, de sangre real, unido en matrimonio a la más grande y santa de las mujeres, considerado el padre del Hijo de Dios, pasó su vida trabajando, y ganó con la fatiga del artesano el necesario sostén para su familia. Es, entonces, cierto que la condición de los más humildes no tiene en sí nada de vergonzoso, y el trabajo del obrero no solo no es deshonroso, sino que, si lleva unida a sí la virtud, puede ser singularmente ennoblecido.

El servicio al prójimo en peligro

Romano Guardini

Romano Guardini fue uno de los grandes teólogos católicos del siglo xx. Nació en Verona, Italia, en 1885. Se ordenó sacerdote el 28 de mayo de 1910, tras estudiar en el Seminario de Maguncia, Alemania, donde residía con su familia. En 1915 presentó su tesis doctoral en Friburgo. Ocupó varias cátedras de Filosofía y Teología.

El trabajo y los trabajadores

Hno. Jesús Bayo Mayor, FMS

Según la Doctrina Social de la Iglesia, el trabajo humano es fuente de progreso y felicidad, garantiza la dignidad, la igualdad y la libertad cuando se vive en fraternidad, lo cual supone reconocernos como hijos de un mismo Padre. La virtud de la laboriosidad genera un potencial magnífico para la realización de la persona y el progreso de la sociedad. El trabajo, combinado con el descanso, nos permite servir y amar, es cauce seguro para alcanzar la felicidad.

SUSCRIBETE A NUESTRO BOLETIN
TE SUGERIMOS...
LENTE CURIOSO