La diversidad no es conflicto

Por Yarelis Rico Hernández


La amistad, el diálogo y el trabajo por la paz son premisas que identifican la obra de la Comunidad de San Egidio a nivel internacional. Mediante ellas, sus integrantes viven la fe, expresan anhelos y estilos de labor y pensamiento. Desde el nacimiento mismo de esta comunidad seglar, en la Italia de la década de 1960, más que evidente ha sido el interés de sus miembros por unir a los cristianos de diversas denominaciones por medio de la escucha, el respeto a las diferencias y la búsqueda incesante de lo que une.

En Cuba, esta labor ecuménica también forma parte del carisma de la Comunidad, está dentro de su misión. “Se trata de un camino, a través del cual se puede transformar la sociedad, se puede crear una red de solidaridad para ayudar a los pobres y se puede dar un mensaje de paz al país, al mundo”, según expresa su presidente, el Dr. Rolando Garrido, quien accedió a conversar con Palabra Nueva sobre el tema.

¿Por qué el interés manifiesto de la Comunidad por promover la unidad entre los cristianos?

“El testimonio de unidad entre los cristianos en una sociedad es la levadura humilde frente a la diversidad y las diferencias. Solo a través de la unidad, los cristianos pueden cumplir su misión de aportar un alma a la sociedad en un mundo secularizado y poscristiano. Todos nuestros servicios giran y se fundamentan en este respeto de unos por los otros, en el ver al otro como un hermano y no como una amenaza, en vivir la diversidad como una riqueza y no como un peligro.

”La situación actual del mundo es un grito desesperado que obliga a los cristianos a no detenerse en las diferencias y concentrarse en dar respuestas concretas a la sociedad demandante”. ¿A través de qué formas de encuentro promueve la Comunidad de San Egidio la unidad entre los cristianos de diversas denominaciones?

“Organizamos, primeramente, la Oración por la Paz. Se trata de un gran evento en el ‘espíritu de Asís’ (la primera Jornada Mundial de Oración por la Paz la impulsó el Papa Juan Pablo II en 1986 en la ciudad de San Francisco) que reúne a miembros de diferentes manifestaciones religiosas (católicos, musulmanes, budistas, judíos, ortodoxos…), a personalidades de la política, la cultura, académicos y pueblo en general, para rezar por la paz mundial. Todas estas voces se alzan como un nuevo sujeto, como eco para que todos escuchen y contribuyan a la construcción de la paz. Es la fuerza que se opone a la violencia con respuestas concretas y factibles para transmitir al mundo un mensaje de convivencia pacífica entre religiones y culturas diferentes.

”Otro encuentro que promueve la Comunidad es la organización anual de la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos, evento que junta a hermanos y hermanas de diversas denominaciones para trabajar en un clima de respeto y de intercambio enriquecedor, sin protagonismos y en un ambiente de aporte colectivo para transmitir, justamente, una unidad visible de las Iglesias.

”Durante el año organizamos conferencias y encuentros religiosos como festivales ecuménicos, encuentros entre mujeres de diversas religiones, colaboración en los servicios que se ofrecen dentro de las diversas comunidades religiosas, intercambios con miembros de otras Iglesias, etcétera.

”Es una amistad que no es un paréntesis ni se limita solo a eventos públicos o religiosos; es una relación que pasa a través de la vida cotidiana. Es una comunión real con un compromiso visible en el testimonio y el servicio. Promovemos momentos de ayuda, acompañamiento y servicio a los necesitados (por ejemplo, el almuerzo de Navidad), en los que de una forma u otra, todos participamos. La caridad nos une y en estos espacios de servicio y de colaboración estamos unidos. La caridad hace reconocer la identidad de la fe más allá de las diferencias de vocabulario. Realizamos también conciertos y festivales ecuménicos, momentos culturales que permiten a las denominaciones cristianas y también a las diversas religiones exponer sus riquezas culturales y mostrar aspectos importantes de sus raíces”.

“Comunión, reconciliación y unidad son posibles”, afirmó el Papa Francisco al iniciarse la semana de oración por los cristianos en el mes de enero de 2017. Dada la experiencia vivida por los miembros de San Egidio, ¿qué realidades, prácticas y hasta deseos comunes pudiera propiciar esta unidad entre todas las iglesias cristianas?

“La unidad entre las Iglesias cristianas tiene gran influencia en todas las esferas de la sociedad. Posibilita:

·    organizar una red de solidaridad y de colaboración que ayuda a transformar la vida de un barrio, una ciudad; unos pueden tener los recursos, otros la disponibilidad, de lo que se trata es de poner esto a favor de los necesitados; un ejemplo significativo son los corredores humanitarios, donde la Comunidad de San Egidio, junto a Iglesias hermanas, salva la vida de tantos emigrantes, permitiéndoles llegar al país que desean sin que corran peligro; es un acto de solidaridad que nace de la unidad de las Iglesias;

·    colaborar en la transformación de sectores de la sociedad, a través de la construcción y creación de espacios de humanización (talleres, cursos, eventos culturales); este trabajo de las Iglesias actúa en las expresiones externas del hombre y en las formas de su promoción individual y comunitaria;

·    introducir una nueva cultura que fomenta la construcción de una civilización de la convivencia; la efectividad del diálogo propicia la transmisión de una cultura de la no violencia y esto prepara a la sociedad para construir y sostener la paz;
·    crear espacios de práctica de la caridad”.

En su opinión, ¿hasta qué punto es posible esa unidad de los cristianos de la que habla el Papa Francisco hoy y en su momento impulsaron otros pontífices, en el intento común de fijarnos más en lo que nos une y no en lo que nos divide?

“Esta unidad puede llevar hasta el punto de darse, de donarse totalmente por el otro, como sucedió en los campos de concentración, cuando estaba una persona al lado de otra sin importar qué religión practicaban o a qué Iglesia pertenecían. La necesidad de comunicar el evangelio y de ayudar a los otros a no perder la esperanza, era más fuerte que aquellas divisiones. La unidad de los cristianos puede llevar a que en un país no estalle una guerra, porque todos los cristianos unidos abogan por la paz y no participan en esta decisión violenta, como sucedió en la India y su testimonio habla de que es posible estar uno al lado del otro. Esta unidad puede llevar al punto de que no se utilicen las religiones para desatar la guerra y mucho menos emprenderla en nombre de ellas, es evidente que no hay relación entre las religiones y las guerras. Esta unidad puede llevar al punto de que se cree una conciencia profunda del papel y la vocación de los cristianos.

”Creemos en los frutos de la unidad entre los cristianos porque a pesar de las dificultades y de los fracasos en este itinerario, hoy vivimos resultados muy concretos de esta unidad que parecía imposible en los primeros años”.

¿Por qué si Cristo empuja hacia la reconciliación, las divisiones entre cristianos se mantienen ya avanzado el siglo xxi, o sea, a más de dos mil años de historia cristiana?

“Las raíces de las divisiones tienen más de nueve siglos y han sido traumáticas en muchos sentidos. Esto ha hecho que se pierda la comunión en la misma fe y, desde hace unos tres siglos, las cristiandades del tercer mundo han heredado irremediablemente las divisiones de unos y otros. Esta respuesta es muy compleja; debemos reconocer, primeramente, que hay razones doctrinales, aunque esto no es suficiente. Además de la espiritualidad y la teología, en la división han influido la política, la cultura, la geografía, las comunicaciones… por tanto, hay factores teológicos y no teológicos. Demasiada polémica frente a los tímidos intentos de diálogo.

”Un factor dominante en el mantenimiento de las divisiones como resultado de esta polémica es el desconocimiento mutuo, la indiferencia entre las Iglesias, lo que desemboca en la costumbre de vivir separados. Otro factor, quizás el más importante, es la llegada de las Iglesias al tercer mundo con el trasplante de sus propias divisiones internas a las nuevas cristiandades, lo que se conoce como eurocentrismo.

”En los últimos tiempos, las divisiones se mantienen por la desconfianza, una polémica que no favorece y que las Iglesias han heredado. Siempre han existido contactos informales, aislados, intentos fracasados, porque en el fondo existe una necesidad de esta unidad dentro de las Iglesias. Las Iglesias cristianas sienten esta división como un escándalo para el mundo, como dice la Biblia.

”Otro motivo de las divisiones es la resistencia ante el cambio de mentalidad y el miedo a aventurarse a lo nuevo, el temor a ser instrumentalizado por el otro, el no ser capaces de descifrar que este diálogo, este intercambio, no pone en riesgo, todo lo contrario, confirma.

Muchos miran la unidad como sincretismo, debilidad. Las Iglesias miran como un peligro la verdad que puede desprenderse de las otras Iglesias. Y ecumenismo es admitir que el otro tiene también la razón aunque afirme cosas distintas a las tuyas. Entonces podemos asegurar que hay resistencia en admitir que el otro también es cristiano, no a pesar de su confesión sino en ella y por ella.

”Mientras se continúe con un diálogo enteramente teológico, no se llegará muy lejos. La unidad de las Iglesias no quiere decir uniformidad”.

¿Qué responsabilidad podemos tener como católicos en el mantenimiento de esta segmentación?

“Como católicos la responsabilidad es grande y sinceramente tenemos una deuda con la historia del ecumenismo, porque la conciencia de mantener con toda fidelidad el ‘depósito de la fe’, es decir, de todo aquello que ha recibido del Señor y de ser la única Iglesia fundada por Cristo, está en la raíz de la primera negativa y de la resistencia que Roma opuso para entrar en el movimiento ecuménico. Ciertamente, la Iglesia católica fue desconfiada ante la invitación de esta práctica de manera sistemática. Fue el Concilio Vaticano II quien la hizo entrar oficialmente en este movimiento ecuménico y a partir de ese momento inicia una experiencia inédita en su historia. El diálogo comienza a sustituir la polémica, origen de las divisiones. Surge un nuevo clima. Hoy la Iglesia católica romana se siente responsable y trabaja para sanar el desmembramiento de este cuerpo, viviendo su vocación ecuménica. Está comprometida en manifestar la unidad que tienen las Iglesias en Cristo y ha expresado su nostalgia por la hermandad. Todavía hoy existen problemas eclesiológicos que dificultan el diálogo y la unidad en cuanto a las Iglesias de la Reforma y afectan el camino de la reconciliación cristiana. En medio de este camino no hay que desesperarse. Si nos desesperamos, nos cerraríamos de manera autosuficiente en el propio mundo confesional y dejaríamos de lado el ecumenismo como si se tratase de una diplomacia eclesiástica de buenas maneras. La historia misma interpela a las Iglesias sobre la unidad.

”Por otra parte, hoy la Iglesia católica es consciente de que de esta unidad de las Iglesias cristianas emerge una inmensa energía que conocemos poco, que hemos explorado o experimentamos muy poco. Es una realidad que hay que vivir de manera profunda, hay que redescubrirla siempre”.

¿Cuáles pudieran ser las experiencias positivas y también negativas que se han desprendido de esta labor ecuménica de la Comunidad en Cuba?

“Empecemos por las experiencias positivas. Hoy nos descubrimos menos diferentes y aumentan siempre más nuestras afinidades. Descubrimos que en la raíz de nuestras Iglesias y también en la génesis de las diversas religiones presentes en Cuba está la paz y el llamado a vivir la misericordia. Junto a los hermanos de otras denominaciones hemos podido dar soluciones concretas a problemáticas que hemos encontrado en nuestro trabajo con las personas necesitadas, porque hemos descubierto una comunión en la caridad.

”La amistad y el diálogo iniciado han restablecido una comunicación y una circulación de dones, que son necesarios para nuestra misión en Cuba.

”La Oración por la Paz ha dado frutos concretos en cuanto a la aceptación y el respeto por el otro. Estos encuentros de oración e intercambio rompen con la ignorancia y el desinterés por las demás realidades. Se ha construido una red de amistad que sale de los encuentros eventuales para acontecer en la vida cotidiana, apoyándonos unos a otros en nuestro trabajo por los necesitados y podríamos decir, también, en nuestra vida personal; somos amigos.

”Han surgido situaciones de procesos de reconciliación. Todos recibimos continuas invitaciones a exponer, compartir y transmitir nuestras visiones sobre el trabajo que realizamos, siempre en un clima de tolerancia, de simpatía y de acoger experiencias que pueden ser vividas también en cada Iglesia. Fundamentalmente se ha creado un movimiento espiritual (pensando también en otras religiones).

”Hoy se habla más de las cosas que tenemos en común y no se entra en polémicas teológicas o doctri-nales. El diálogo ha ayudado grandemente a la eliminación de los prejuicios y de actos de discriminación hacia el otro. Muchos, durante los encuentros, han expresado sus descubrimientos ante las riquezas que no conocía del otro.

”Por otra parte, y aquí menciono las experiencias negativas, sentimos la incapacidad de vivir el ecumenismo de pueblo. Muchas veces estos encuentros se mueven, no en la base, sino en los representantes y los líderes, como si el rebaño debiera ser protegido porque no está preparado para estar frente al otro; no es una realidad de pueblo, de las masas de creyentes.

”Existe una resistencia a la comunión real, quedándose en algunos la experiencia como un paréntesis o un hecho aislado que no atraviesa la vida. Asimismo, encontramos cierta oposición a trabajar junto al otro o de hacerlo marcar la diferencia, como si se buscara un consenso religioso o una negociación de convicciones. Se desperdician oportunidades que pueden ser significativas para estos pasos en el ecumenismo en Cuba. Existe una gran ignorancia sobre aspectos religiosos y esto hace que con frecuencia se simplifique la riqueza del encuentro e igual pierda elocuencia y fuerza el testimonio de la unidad”.
 
¿Qué expectativas tienen como Comunidad para la labor ecuménica en Cuba?

“Hay una nueva etapa en cuanto a las Iglesias cristianas, que es aquella de un ecumenismo de pueblo y un diálogo auténtico de la vida, de la amistad, que sana distancias teológicas, psicológicas e históricas. Existe un problema inmediato: las relaciones de las Iglesias cristianas con las grandes religiones no cristianas. Sentimos la exigencia de abrir nuevas reflexiones sobre el hecho religioso en sí y sus múltiples manifestaciones en nuestro país. Frente al mundo y nuestras sociedades es peligroso y arriesgado aislar una identidad de las otras. La exclusión es la clave del fundamentalismo. En la actualidad, las religiones han vuelto a ser importantes y hay un creciente papel público de ellas. Hoy todos saben que en Cuba hay musulmanes, hebreos, budistas. No existe una religión universal que busque los elementos comunes de cada una de ellas; son diversas. Las religiones mantienen sus diferencias sustanciales de teología, de relaciones con la sociedad, de formas de vivir, cuestiones que en algunos países han producido conflictos. Ese es un reto para la Comunidad de San Egidio hoy, un reto para el cual ya nos hemos puesto en camino: el diálogo interreligioso.

”La diversidad no debe representar conflicto en ninguna sociedad. Debemos vivir juntos, uno al lado del otro. La historia y los últimos acontecimientos en el mundo, los atentados terroristas, los medios de comunicación, pueden crear prejuicios hacia otras religiones y sentimos una gran responsabilidad en este sentido. Debemos dotar a Cuba de una visión articu-lada del mundo, iluminada por la conciencia de que es posible vivir juntos, trabajar juntos y orar unos al lado del otro por sueños comunes como es la paz. Nos preocupa, fundamentalmente, cómo se mira el Islam, pues en encuestas realizadas notamos que muchos piensan en el Islam como un obstáculo, quizás no mirando a Cuba sino al mundo, pero es así como comienza la cultura del adversario y la información aproxima lo que está lejos, es decir, el rechazo a otras realidades religiosas. Pensemos también que a lo largo de la historia, los cristianos han tenido dificultad para relacionarse con el Islam, pero también por mucho tiempo con el hebraísmo, por tanto, encaminarnos en esta labor es trabajar por el futuro de Cuba. Las grandes religiones presentes en Cuba pueden educar a vivir juntos, como un pacto entre los hombres en el respeto y en la responsabilidad hacia el otro. Queremos decir no al desconocimiento sobre el otro para no hacernos cómplices de la intolerancia y del racismo”.


Espíritu de comunión

Alrededor del año 2009 comencé a liderar la Comisión Bíblica del Arzobispado de La Habana. La provisión de Escrituras y de otros materiales de trabajo es siempre una prioridad en esta pastoral, por lo que me acerqué a la Comisión Bíblica del Consejo de Iglesias buscando apoyo logístico. Conocí al Rev. Alain Montano Hernández, pastor de la Iglesia del Nazareno, que había asumido por estas mismas fechas el secretariado general de esta Comisión.

Comenzamos a trabajar en conjunto en varios proyectos, auspiciados por las Sociedades Bíblicas Unidas y por el Consejo Episcopal Latinoamericano. No solo era la adquisición de Escrituras, sino también distintos talleres de temas bíblicos, de lectio divina, de proclaimer que me pusieron en contacto a su vez con los pastores de distintas Iglesias cristianas.

En un momento, llegó a ser tan importante la presencia constante de la Iglesia católica que fui nombrado miembro de la junta de esa comisión bíblica, entidad que en la práctica funciona como una sociedad bíblica nacional, y lugar donde se toman todas las decisiones en materia de Biblia para Cuba. Actualmente, también soy el responsable para la Iglesia católica en Cuba del proyecto Lectionauta (una colaboración entre SBU-CELAM) y del proyecto La fe viene por el oír (LFVPO) del grupo Hosanna, dedicado a evangelizar a través del uso del proclamador y del nuevo testamento en audio. Hago notar estas responsabilidades porque son un signo de confianza y deseos sinceros de colaboración en espíritu de comunión.

En estos años he podido conocer y trabajar con pastores nazarenos, presbiterianos, anglicanos, bautistas, metodistas, pentecostales, entre otros, en un clima de fraternidad y deseo de unidad. He participado en reuniones con miembros de las Sociedades Bíblicas de EE. UU., España, Noruega, Japón, China, Holanda, Canadá, Corea, por mencionar algunos países, compartiendo nuestro trabajo y exponiendo nuestras necesidades de materiales.

El más importante fruto de esta colaboración mutua es el acercamiento genuino entre esta institución evangélica y la Iglesia católica en Cuba, y la amistad que se ha ido forjando con el tiempo. Personalmente, he aprendido mucho de estos hermanos, y sé que ellos también de la Iglesia católica. Tenemos muchas cosas en común: la Biblia, la fe en la Santísima Trinidad, la esperanza en la vida eterna, el bautismo como nuevo nacimiento, la comunidad como familia de los hijos de Dios, el ardor misionero, ¡tantas cosas y tan importantes!, que parece realmente ridículo lo que nos separa. La actual fractura entre todas las Iglesias cristianas las sustentan antiguos prejuicios, fruto de la ignorancia mutua. Doy testimonio de que he experimentado este trabajo como un signo sensible de ecumenismo, y eso me da mucha esperanza en el futuro.

Diácono Orlando Fernández Guerra

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El ecumenismo del tú al tú

Somos desde hace cuarenta y siete años un matrimonio ecuménico. Mi esposa es bautista y yo católico. Nos conocimos en la segunda mitad de la década de los sesenta, cuando éramos teleprofesores. Desde que me sentí “flechado” por ella le pregunté: ¿eres cristiana? En aquel entonces tocar el tema de la creencia religiosa entre personas que apenas se conocían y que, además, trabajaban en el Ministerio de Educación, era entrar en campo minado, pero mi conciencia no me dejaba soñar con hacer un proyecto de vida con alguien con quien no pudiera compartir para siempre la fe en Jesucristo. Algo que veía en ella me decía que la respuesta sería sí, porque a quien vive el evangelio le es imposible ocultarlo, pero lo que no me esperaba es que me dijera: “soy bautista”. Por supuesto, me asaltaron entonces los sentimientos más contrapuestos. ¿Será posible seguir adelante una relación que comenzaba a gestarse?, nos preguntamos muchas veces cada uno a solas. Rezamos, consultamos cada uno con el sacerdote o pastor de más confianza…, hablamos nosotros dos de lo que, en cuanto a la fe, nos unía y nos separaba y del gravísimo deber de trasmitir la fe cristiana a los hijos que Dios nos regalara. Todo esto al tiempo en que humanamente nos identificábamos más y crecía el amor en todas sus dimensiones, pero sin desconocer que ninguno de los dos aceptaría perder la identidad que habíamos recibido en nuestras confesiones cristianas.

Con sentimientos de orgullo por mi esposa, confieso que ella fue la que allanó el camino con dos planteamientos contundentes. Primero, me aseguró que ella comprendía lo mucho que teníamos en común respecto a la fe cristiana y que no veía problema en que yo creyera en la Transubstanciación y ella no; y, segundo, que a ella le importaba mucho más que sus hijos fueran verdaderos cristianos a que fueran bautistas o católicos.

Así comenzamos nuestra andadura tomados de la mano. Nos casamos en la parroquia de la Caridad sin imaginar que años después nuestro hijo sería el párroco de esa comunidad. El entonces padre Alfredo Petit recibió nuestro mutuo consentimiento; el pastor bautista de la Iglesia de la que mi esposa era miembro, en un gesto casi impensable en aquella época, nos honró asistiendo a la ceremonia, pero declinó tener una oración de bendición explicando que no era costumbre hacerlo, que no había precedentes. Desde el noviazgo ninguno de los dos ha sido un extraño en la comunidad cristiana del otro; pastores y sacerdotes fueron y son amigos y guías espirituales con una delicadeza exquisita. Desde entonces, hemos estado en misas católicas y en cultos bautistas viviendo juntos, cada cual desde su sensibilidad, la alabanza y acción de gracias al Dios uno y trino. El diario vivir nos ha ido ayudando a ambos, y a muchos de nuestros conocidos, a “derrumbar” equivocadas visiones del catolicismo y del protestantismo (o del evangelismo, como muchos prefieren decir) y hacer realidad en nosotros lo que sabíamos en teoría: que el matrimonio, cuando se asume cristianamente, es un estado de santificación para los esposos y de bendición para los hijos.

Somos padres de tres hijos, uno sacerdote católico. Mi esposa bautista leía la Biblia cada noche con ellos cuando eran pequeños, rezaba el Padrenuestro y también el Ave María y les enseñaba a hacer oración espontánea, los acompañaba al catecismo, hacía mucha fiesta cuando alguno recibía la primera comunión y qué decir cuando uno nos dijo que quería ser sacerdote… Tanto ella como yo siempre hemos sido laicos comprometidos en nuestras “Iglesias” y, en la medida de lo posible, hemos participado en cuanta iniciativa ecuménica nos han convocado. Los dos somos conscientes de que a teólogos y peritos corresponde abordar las diferencias doctrinales entre las denominaciones cristianas y que a nosotros nos toca el ecumenismo del tú a tú, del orar junto a otros cristianos y vivir la fraternidad evangélica con ellos. Eso, modestamente, intentamos hacer cada vez que se propicia la ocasión.

No quisiera concluir sin confesar que, desde el primer día de nuestro noviazgo, sufrimos la división de los cristianos con un sentimiento mucho más profundo que el que nos animaba antes. Damos muchas gracias a Dios por tantos dones que nos ha dado y por el modo en que ha permitido que vivamos la unidad en la diversidad, en el hogar y fuera de él, y esperamos con fe viva el día bendito en que todos los creyentes cristianos, sentados en una única mesa, participemos del mismo pan eucarístico para que el mundo, viendo nuestra unidad, crea que Jesucristo es el Señor.

Jorge Suárez Blanco
Secretario Instituto P. Félix Varela




Obrero católico de la A a la Z

Yarelis Rico Hernández

“Dos eran las formas fundamentales de influencia: las ideas y el cumplimiento del trabajo. Dentro de los ambientes laborales estábamos llamados a ser consecuentes con nuestra fe, ver a los otros como nuestros hermanos y asumir nuestro compromiso moral con el trabajo social por lo que este representa para los demás… Cristo fue obrero, trabajó para sustentarse y para servir a la sociedad”

San José obrero y el magisterio pontificio

Dr. Roberto Méndez Martínez

José, de sangre real, unido en matrimonio a la más grande y santa de las mujeres, considerado el padre del Hijo de Dios, pasó su vida trabajando, y ganó con la fatiga del artesano el necesario sostén para su familia. Es, entonces, cierto que la condición de los más humildes no tiene en sí nada de vergonzoso, y el trabajo del obrero no solo no es deshonroso, sino que, si lleva unida a sí la virtud, puede ser singularmente ennoblecido.

El servicio al prójimo en peligro

Romano Guardini

Romano Guardini fue uno de los grandes teólogos católicos del siglo xx. Nació en Verona, Italia, en 1885. Se ordenó sacerdote el 28 de mayo de 1910, tras estudiar en el Seminario de Maguncia, Alemania, donde residía con su familia. En 1915 presentó su tesis doctoral en Friburgo. Ocupó varias cátedras de Filosofía y Teología.

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