Reflexiones sobre el ecumenismo católico romano

Por Dr. Adolfo Ham Reyes


Dedicado a la feliz memoria de los padres R. Machado, C. M. de Céspedes, R. David, del abate Couturier y del cardenal J. Willebrands, quienes fueron apóstoles del ecumenismo católico romano.

Sabemos que la historia del ecumenismo católico romano se divide en dos grandes etapas: antes del Concilio Vaticano II y a partir de él. Suele considerarse la Conferencia Misionera de Edimburgo de 1910 (esencialmente protestante) como el origen del movimiento ecuménico. Sus organizadores no invitaron, a propósito, ni a las Iglesias ortodoxas orientales ni a la Iglesia católica. En 1914 la Iglesia episcopal en los EE.UU. quiso convocar a una Conferencia de Fe y Constitución,1 e invitó a la Santa Sede a participar. El cardenal Pietro Gasparri, secretario de Estado del Papa Benedicto XV dio una respuesta vaga, pero los sucesos de la Primera Guerra Mundial (1914-1918) dieron al traste con tales planes. En 1917 el Papa Benedicto XV promulgó el Código de Derecho Canónico, que en una de sus partes “prohibía la participación con no católicos en disputas o reuniones, especialmente públicas, excepto con permiso de la Sede Apostólica o en casos urgentes con permiso del Ordinario local”.

Una representación de la Iglesia episcopal se reunió con el Papa Benedicto XV en 1919 para lograr la participación católica, pero el Pontífice declinó en un documento escrito. Igualmente, en 1921, el mismo Papa rechazó enviar una participación católica a la Conferencia de Vida y Obra de Estocolmo a celebrarse en el año 1925.

El Papa Pío XI, poco tiempo después de la celebración en Lausana en 1927 de la primera Conferencia Mundial de Fe y Constitución, promulgó su encíclica Mortalium animos, fechada el 6 de enero de 1928, en la que expresa: “al participar los católicos con no católicos en la búsqueda de la unión religiosa se considera a la Iglesia católica como una entre varias y no como la verdadera Iglesia de Cristo”. Esto causó también que se interrumpieran las Conversaciones de Malinas (1921-1926), en las cuales el cardenal Joseph Mercier proponía la unión con la Iglesia anglicana, conservando esta última su tradición, disciplina y jerarquía. En 1948 se prohibió la participación católico-romana en la fundación del Consejo Mundial de Iglesias (CMI) en Amsterdam.

Es bueno reconocer que ya desde León XIII (1878-1903) la Iglesia católica buscaba la reunión con otras Iglesias, especialmente las ortodoxas orientales, pero sobre la base de un retorno a Roma. En 1946 el arzobispo católico alemán Lorenz Jaeger creó junto al obispo luterano W. Stählin un grupo de trabajo sobre cuestiones ecuménicas. En 1950, después de Amsterdam, el Santo Oficio reconocía en Ecclesia Sancta (diciembre de 1949) que, a pesar de que el movimiento ecuménico provenía de disidentes de la Iglesia católica, creían en Cristo el Señor y que, con la gracia inspiradora del Espíritu Santo, podrían ser motivo de santo gozo para los hijos de la verdadera Iglesia: “hay otros cristianos que se preocupan profundamente por la unidad de la Iglesia y la Iglesia católica debe tomar estos esfuerzos seriamente en caridad y oración”. No obstante, la Iglesia católica seguiría manteniendo su eclesiología.

Por ese entonces se añadían otros factores que propiciarían el cambio de clima que vendría con Juan XXIII, entre ellos: 1) la exégesis bíblica conjunta; 2) las investigaciones más objetivas sobre Lutero y los otros reformadores realizadas por historiadores católicos; 3) el movimiento litúrgico dentro de la Iglesia católica romana (ICR); 4) los diálogos interconfesionales anteriores. Crecía en todas las tradiciones e Iglesias un sentimiento de escándalo por la división del Cuerpo de Cristo.

Pausa necesaria

Me gustaría detenerme en la persona del dominico padre Yves M. J. Congar (1904-1955), quizás el más grande de los paladines del ecumenismo católico romano, a quien admiro y estudio, ya no solo en sus libros sobre ecumenismo, sino en su teología del laicado y su obra sobre pneumatología Je crois en l’Esprit Saint (París, Éd. du Cerf, 1980), que considero la mejor en este tema. En 1937 publicó su famoso libro Chrétiens Désunis (Cristianos desunidos, principios de un ecumenismo católico). Con este título, el padre Yves es el primero en hablar de “ecumenismo” y en corregir el lenguaje tradicional al no designar a los protestantes como “herejes”, sino como “hermanos separados”. Había asistido no oficialmente a las conferencias ecuménicas en 1937 de Vida y Obra en Oxford, y de Fe y Constitución en Edimburgo. Su libro de 1950 Vraie et Fausse Réforme dans l’Église (Verdadera y falsa reforma en la Iglesia) fue retirado de circulación por el Vaticano, porque se trataba de una lectura más objetiva de la Reforma Protestante, y tuvo que esperar una segunda edición revisada en 1969 para poderse distribuir. Bajo graves amenazas de disolver la orden en Francia, a Congar y a otros colegas se les prohibió enseñar y reunirse con protestantes. Congar se trasladó a Jerusalén, Cambridge, y luego en Estrasburgo bajo “estricta vigilancia”. A este tiempo le llamó “de paciencia activa”.

El padre Congar fue miembro de la Conferencia Católica para Cuestiones Ecuménicas, una comisión creada por Pio XII e integrada por unos setenta eruditos, que celebró nueve reuniones desde 1950 a 1963. El presidente fue el padre Willebrands –más tarde cardenal– y, a instancias de su amigo, el reformado holandés W. A. Visser ‘t Hooft, primer secretario general del Consejo Mundial de Iglesias, ayudó a redactar la Declaración de Toronto del Consejo Mundial de Iglesias en 1959 (uno de los documentos más importantes del Consejo). El Papa Juan XXIII (1958-1963) rehabilitó personalmente a Congar y lo asignó a la comisión teológica que debía preparar los documentos sobre la Iglesia, su presencia en el mundo moderno, la revelación, la libertad religiosa, la actividad misionera y el ecumenismo. Ha escrito unos 1 300 libros y artículos sobre diferentes temas, pero su obra cumbre es la ya mencionada sobre el Espíritu Santo, al que presenta como la fuente e imagen de la unidad de la Iglesia. Para él, el movimiento ecuménico es un movimiento del Espíritu del cual nunca puede hacerse un ídolo. El Papa Juan Pablo II lo hizo cardenal en 1994, pero le decía a sus amigos que Pablo VI le había conferido un honor mayor al pedirle que concelebrara con él en la Basílica de San Pedro, en la clausura del Vaticano II en diciembre de 1965.

Quisiera también comentar aquí la importante contribución hecha al ecumenismo católico romano por el grupo de Dombes, creado por el abate Paul Couturier (1881-1953) en la abadía cisterciense de Les Dombes, cerca de Lyon, donde un grupo de alrededor de unos cuarenta miembros, amigos católicos y protestantes, franceses y suizos, se reunían anualmente para rezar y dialogar acerca de la unidad de la Iglesia, en un clima de amor. Como resultado fueron tornándose desde la confrontación a la colaboración en la búsqueda de elementos para conformar una teología común y dejar atrás el método de la teología comparada. Después de 1971, con la entrada oficial de la Iglesia católica en el ecumenismo, comenzaron a producir documentos de gran importancia y valor y se constituyeron en una organización autónoma: “Hacia una misma fe eucarística” (1971); “Por una reconciliación de los ministerios” (1972) ; “El ministerio episcopal” (1976); “El Espíritu Santo, la Iglesia y los sacramentos” (1979); “El ministerio de la comunión en la Iglesia universal” (1985); “Por la conversión de las Iglesias” (1991); “María en el designio de Dios y la comunión de los santos” (1997), entre otros.

El método se basa en la convicción de que la reconciliación entre las Iglesias solo se puede producir mediante un proceso de conversión por el cual las diferentes confesiones se conviertan a Dios y a Cristo y entre ellas, distinguiendo el pluralismo legítimo de las áreas de unanimidad en la fe, cómo hacer justicia a la verdad común frente a nosotros con una fe espiritualmente más pura e intelectualmente más demandante pero equilibrada. El padre de origen francés, René David, quien durante mucho tiempo fue profesor del seminario de La Habana y misionó en Cuba, había pertenecido a este grupo, de ahí su compromiso ecuménico que supo trasmitírnoslo.


Al abate Couturier le debemos el cambio en el espíritu y la motivación de la celebración del Octavario de Oración por la Unidad de los Cristianos. Recordemos que esta semana fue comenzada por el padre Paul Watson que, convertido del anglicanismo, abogaba por un retorno a la ICR. Así instauró, en 1908, durante el tiempo entre la Confesión de san Pedro (18 de enero) y la Conversión de san Pablo (25 de enero) un Octavario de Oración para pedir la vuelta de los “hermanos separados” al seno de la Madre Iglesia. Sin embargo, el abate Couturier cambió el sentido de la conmemoración con la oración: “¡Que llegue la unidad visible del Reino de Dios como Cristo la desea y por los medios que quiera!”.

Desde 1926, el movimiento de Fe y Constitución sugirió a las Iglesias su práctica y, a partir de 1957, seprepara un texto común que se pide a un país diferente, donde hay presencia católico-romana. Este programa se distribuye por las Conferencias Nacionales de Obispos católicos y entre las Iglesias miembros del Consejo Mundial de Iglesias. Pero también le debemos al abate la distinción entre el “ecumenismo técnico” (los problemas doctrinales) y el “ecumenismo espiritual”, al que le daba mayor importancia. Gustaba el lema ex igne lux (del fuego surge la luz), la idea de una emulación espiritual, el trabajo ecuménico como “una elaboración paralela”. Debemos entrar todos en un “clima de Pentecostés”, la purificación y el equilibrio por la devoción.

Después del Concilio Vaticano II

En 1958 fui el primer cubano en participar de la Escuela Graduada del Instituto Ecuménico del Consejo Mundial de Iglesias en Ginebra, que ese año, precisamente, se dedicaba al tema “El ecumenismo católico-romano”. Allí tuve de profesores por la parte católica a los padres Willebrands y Villain (el biógrafo del padre Couturier) y, por la parte ortodoxa, al gran teólogo y ecuménico griego Nikos Nissiotis. ¿Quién habría pensado que precisamente en esos días moriría Pío XII, elegirían al Papa Juan XXIII (el 28 de octubre de 1958) para sucederle y mi profesor Willebrands se convertiría en uno de los principales protagonistas del movimiento ecuménico católico? Encontrándome en Ginebra pude participar en los momentos iniciales de la creación del Consejo Mundial de Iglesias, visitar su sede muchas veces, y contar también como profesor al pastor W. Visser ‘t Hooft, uno de los principales creadores y su primer secretario general, así como a otros patriarcas como el pastor reformado francés M. Boegner.

Con la elección del Papa Juan XXIII, se crea, en 1960, un Secretariado para la promoción de la unidad de los cristianos (ahora Consejo Pontificio) y se designaba como primer presidente al cardenal Agustín Bea (1881-1968) y a monseñor Johannes Willebrands como su secretario, quien fungió después como su presidente hasta 1989, en que fue seguido por el cardenal Edward Cassidy, hasta 2001, cuando le sucedió el cardenal W. Kasper. El nuevo Papa aprobó, además, la delegación de observadores a la Asamblea General del Consejo Mundial de Iglesias de Delhi en 1961 e invitó como observadores del Concilio a ortodoxos, anglicanos y protestantes. Su primera encíclica Ad Petri Cathedram de 1959 se dedicó al tema de la unidad de la Iglesia. Así convoca un concilio para “la actualización (aggiornamento) de la Iglesia”, lo que a su juicio incluía también la causa ecuménica, que se efectuó entre 1962 y 1965. Y aunque falleció en 1963, antes había dicho: “Al menos he lanzado al agua este gran barco, otros lo conducirán al puerto”. Su sucesor Pablo VI convocó de nuevo el Concilio y lo llevó hasta sus conclusiones.

El Vaticano II dio un gran impulso al ecumenismo católico-romano: 1) el concepto eclesiológico de “Pueblo de Dios” le dio una mayor amplitud a la idea de Iglesia; 2) el Concilio afirmó que la Iglesia de Cristo “subsiste” en la ICR e indicó así que podría subsistir también en otras comunidades; 3) se admite también la responsabilidad de los católicos en las divisiones; 4) se postula una “jerarquía de verdades” y se distingue, por ende, entre las afirmaciones teológicas, lo que favorecía el entendimiento ecuménico; 5) se admite que fuera de la Iglesia católica puede haber “elementos de santificación y de verdad” (constitución dogmática Lumen gentium), el bautismo y la fe crean una comunión que, aunque imperfecta aún, exige el reconocimiento mutuo como hermanos/as; 6) se constata que la catolicidad de la Iglesia no está completa mientras subsista la división en el Cuerpo de Cristo. La integralidad de la Iglesia exige la reunificación de sus miembros.

Uno de los resultados del Concilio fue la conducción por parte de la ICR de grupos de trabajo mixtos, y diálogos bilaterales y multilaterales con otras tradiciones. Muchos de ellos empezaron cuando hubo observadores de las diferentes tradiciones cristianas protestantes en el Vaticano II. Con los anglicanos, después de la visita del arzobispo Ramsey de Canterbury a Pablo VI, en 1966, hubo un primer informe que cubría los años 1967-1968 y otras reuniones y documentos hasta el presente. Con los bautistas se iniciaron desde las primeras conversaciones 1984-1988 (con la Alianza Mundial Bautista); con los luteranos (La Federación Mundial Luterana), en una Comisión Unida de Estudios desde 1967, con una serie de documentos importantes. Pero el acontecimiento más extraordinario se produjo el 31 de octubre de 1999 cuando en Augsburgo, ¡el Día de la Reforma!, se suscribió por ambos cuerpos la “Declaración conjunta sobre la doctrina de la justificación”, que resolvió la disputa que había motivado la reforma luterana. Con los Metodistas (el Consejo Mundial Metodista) desde 1967 se comenzó un diálogo internacional que ha producido importantes documentos. Con los Pentecostales ha habido diálogos de períodos de cinco años (el primero fue de 1972 a 1976), teniendo en cuenta el gran número de organizaciones pentecostales que son reacias al ecumenismo. Los encuentros con las Iglesias reformadas se han realizado a través de la Alianza Mundial de Iglesias Reformadas, hoy Comunión Mundial Reformada. En las primeras reuniones no se buscó tanto un consenso como enumerar los puntos de acuerdo y desacuerdo que habían surgido. Los últimos temas de debate han abordado los cambios en las relaciones entre la ICR y los protestantes, desde el Vaticano II, y el fundamentalismo.2

Naturalmente que con las Iglesias ortodoxas es una relación dificultosa más larga en el tiempo, desde las mutuas excomuniones en el 1054 que se dispensaron el Patriarca de Constantinopla Miguel Cerularius y el cardenal Humbert por la Santa Sede, y que no fueron levantadas hasta el 7 de diciembre del 1965, cuando el Papa Pablo VI y el Patriarca Atenágoras, en una Declaración Conjunta, las invalidaron: “las borraron de la memoria de la Iglesia”. En l967, ambos dignatarios intercambiaron visitas en Roma y Estambul (ex Constantinopla).

Anteriormente, los Concilios de Lyon (1274) y Florencia (1438-1939) no tuvieron éxito en solucionar el Gran Cisma de Oriente. En 1976 se decidió crear una Comisión Conjunta y el 30 de noviembre de 1979, el Papa Juan Pablo II y el Patriarca Dimitrios I hicieron el anuncio formal de su instauración. Las relaciones se han dificultado por la incidencia de factores políticos. La Iglesia ortodoxa rusa ha seguido un proceso separado con intervalos irregulares hasta 1987 cuando se han celebrado más regularmente. Imagino que haya tesis académicas con un análisis teológico de contenido que podría indicar el alcance ecuménico de todo este inmenso e importante trabajo.

En cuanto a la relación entre el Consejo Mundial de Iglesias y la ICR, aparte de las cuestiones ecle-siológicas, de la parte católica existen problemas técnicos de cómo se produciría tal membresía, ya que esta es sobre una base nacional. Sin embargo, hay representación católica oficial en casi todos los departamentos y resulta de particular importancia su participación en el Programa de Fe y Constitución, donde ha hecho una contribución muy importante. Existe también el Grupo Conjunto de Trabajo (Joint Working Group) con el Consejo Pontificio para la promoción de la unidad cristiana, que se creó en 1965 y se reúne y produce informes anualmente. Por otra parte, la ICR es miembro oficial en unos sesenta consejos nacionales y regionales en el Caribe, el Medio Oriente y el Pacífico.

El Concilio Vaticano II aprobó tres documentos importantes que dieron un gran impulso a la causa ecuménica: Orientalium ecclesiarum (sobre las Iglesias orientales católicas), Dignitatis humanae (sobre libertad religiosa) y Unitatis redintegratio (sobre el ecumenismo), que ahora no tenemos espacio para comentar. Luego el Vaticano publica el Directorio para la aplicación de los principios y normas del ecumenismo, en dos partes, en 1967 y 1970, con otra edición en 1993.

En 1995 el Papa Juan Pablo II da a conocer su importante encíclica Ut unum sint (“Que todos sean uno”). Entre otras afirmaciones, el Papa sentenció: “El compromiso ecuménico debe basarse en la conversión de los corazones y en la oración, lo cual llevará incluso a la necesaria purificación de la memoria histórica” (2). “Con el Concilio Vaticano II la Iglesia católica se ha comprometido de modo irreversible a recorrer el camino de la acción ecuménica, poniéndose a la escucha del Espíritu del Señor que enseña a leer atentamente ‘los signos de los tiempos’”(3). Una afirmación extraordinaria es admitir que el oficio del papado ha constituido una causa de división entre las Iglesias y afirma resueltamente:

“Estoy convencido de tener al respecto una responsabilidad particular, sobre todo al constatar la aspiración ecuménica de la mayor parte de las comunidades cristianas y al escuchar la petición que se me dirige de encontrar una forma de ejercicio del primado que, sin renunciar de ningún modo a lo esencial de su misión, se abra a una situación nueva” (95). El Papa, durante su visita a Cuba, se reunió con un grupo de representantes protestantes en la Nunciatura Apostólica el 25 de enero del 1998, ¡precisamente durante el Octavario de Oración por la Unidad!, y nos entregó un valioso documento titulado “Hacia la unidad plena”, donde decía: “Esta circunstancia me ofrece la oportunidad de reafirmar en esta tierra sellada por la fe cristiana, el irrevocable compromiso de la Iglesia de no cejar en su aspiración a la plena unidad de los discípulos de Cristo, repitiendo constantemente con él ‘Padre que todos sean uno’ […] ninguna contingencia histórica, ni condicionamiento ideológico o cultural, deberían entorpecer esas relaciones, cuyo centro y fin ha de ser únicamente el servicio a la unidad querida por Jesucristo”.3

Importancia de los consensos para el ecumenismo católico-romano

Anteriormente, nos referimos a la “Declaración conjunta sobre la doctrina de la justificación” entre la Iglesia católica romana y las Iglesias luteranas (Augsburgo, 31 de octubre de 1999), pero hay otro documento muy importante, “Bautismo, eucaristía y ministerio” (Lima, 1982), que fue ratificado en la Conferencia Mundial de Fe y Constitución en Santiago de Compostela en 1993, con presencia católico-romana, y luego ha sido adoptado formalmente por el Vaticano (el Papa Juan Pablo II en su encíclica Ut unum sint hace referencia favorable a este y otros documentos de Fe y Constitución del CMI –notas 28, 71, 76, 129, 144 y 148– y las Iglesias ortodoxas). Al presente hay un nuevo documento de Fe y Constitución en proceso de discusión por las Iglesias: “Naturaleza y misión de la Iglesia. Una etapa en el camino hacia una declaración común”. El profesor protestante A. Birmelé del Centro Ecuménico de Estrasburgo ha escrito un importante libro que evalúa la importancia eclesiológica de estos consensos.

¿Vamos hacia un nuevo concilio universal verdaderamente ecuménico? ¿Qué podemos esperar de este nuevo Papa Francisco?
Estoy convencido de que con él, el ecumenismo católico romano continuará avanzando para la gloria de Dios y la unidad del Cuerpo de Cristo.


Notas

1 Se llama así al movimiento y a los esfuerzos por dilucidar los obstáculos doctrinales que separan, o a los consensos que pueden unir a las diferentes tradiciones/iglesias.

2 Referencia a estos procesos en la encíclica Ut unum sint, nota 149.

3 “Que Cuba se abra al mundo, que el mundo se abra a Cuba”, Vaticano, Cuadernos de L’Osservatore Romano, 1998, 83 (documento que tristemente sigue engavetado por la parte católica y por la protestante).


Bibliografia consultada
Birmelé, A.: La Communion Ecclésiale, Paris, Éd. du Cerf, 2000.
Bouyer, L.: Du Protestantisme a l’Eglise, Paris, Éd. du Cerf, 1955.
Buss, Th.: El movimiento ecuménico, Quito, Hisbol, 1996.
Concilio Vaticano II. Documentos (varias ediciones).
Congar, Y.: Chrétiens Désunis, Paris, Éd. du Cerf, 1937.
_________: Chrétiens en Dialogue, Paris, Éd. du Cerf, 1964.
_________: Vraie et Fausse Réforme dans l’Église, Paris, Éd. du Cerf, 1969.
Lossky, N., et al.: Dictionary of the Ecumenical Movement, 2nd. Ed., Geneva, WCC, 2002.
Meyer, H. y L. Vischer (Eds.): Growth in Agreement. Ecumenical Documents II, Geneva, WCC, 1984.
Nash, M.: Ecumenical Movement in the 1960s, Johannesburg, Ravan, 2001.
Thils, G.: Histoire Doctrinale du Mouvement Oecuménique, Paris, Desclée, 1962.
Villain, M.: L’Abbé Paul Couturier, Tournay, Casterman, 1957.
_________: Introduction a l’Oecuménisme, Tournay, Casterman, 1958.

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