Homilía del arzobispo de La Habana Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos

Por Mons. Juan de la Caridad García / Fotos Daniel Estévez González


Somos pobres. La vida la recibimos regalada, la familia regalada, los dones, artes, habilidades regalados, y por encima de toda esta gratuidad, hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios, por el bautismo somos hijos de Dios, quien es nuestro Padre y nos ama infinitamente y nunca se cansa de perdonarnos. Nuestra pobreza nos dice que no podremos lograr, con nuestras propias fuerzas, la unidad de los cristianos, pero la riqueza que Dios nos regala nos dice que sí. En ti confiamos, Señor.

También lloramos la división de los cristianos, nuestros pecados, las traiciones recibidas, los fracasos, los proyectos no logrados. Jesucristo llora con nosotros y nos llama felices, dichosos. Desde nuestra cruz decimos al Señor: en tus manos lo pongo todo, en tus manos pongo el deseo de volver a la unidad, a la paz, a la fraternidad.

Dichosos, felices los humildes que todo lo esperamos de Dios, quien acude con su misericordia en auxilio de nuestra indigencia, quien acude compasivo en ayuda de nuestras limitaciones y aparentes impo-tencias. Con este Padre nos sentimos felices.

Dichosos los limpios de mente, sentimientos, corazón, acciones, que viven a imagen y semejanza de Dios y como lo que son: hijos de Dios y hermanos de todos. Sin dudas, así está cercana la unidad.

Dichosos los que trabajan por la paz, los que construyen puentes entre personas que piensan distinto y están en conflicto, y nunca construyen muros ni hacen separaciones. Francisco de Asís nos ayuda con su oración: “Señor, haz de mí un instrumento de tu paz”.
Dichosos los perseguidos por causa de la justicia y de la fe.

Cuántas personas criticaron a nuestra madre por llevarnos en el seno materno, defendernos y parirnos. A cuántas personas pusimos mala cara cuando personal o comunitariamente nos indicaron que andábamos por mal camino. ¡Cuántos desprecios han recibido los cristianos por practicar la fe, alabar al Señor sábados y domingos, y anunciar el evangelio, enseñar la Palabra de Dios, tener compasión y misericordia con los alcohólicos, jineteras, ladrones, personas necesitadas!

El sufrimiento y el desprecio de quienes fueron fieles a la justicia y a la fe se convirtieron en dicha para quienes permanecieron en el camino de Cristo y también para los que criticaron y dañaron al encontrar la verdad.

Con cristianos pobres, humildes, sufridos, miseri-cordiosos, limpios, pacíficos y fieles en las críticas y persecuciones se logrará la unidad por el amor.

La unidad está a las puertas cuando los evangélicos sean más fieles a la Palabra de Dios, los ortodoxos sean más fieles a la Palabra de Dios, las distintas denominaciones sean más fieles a la Palabra de Dios, los católicos sean más fieles a la Palabra de Dios. Cristo quiere la unidad, nosotros aquí presentes la queremos, todas las Iglesias y comunidades cristianas la quieren. Recemos más, vivamos más y estos deseos serán realidad.

Obrero católico de la A a la Z

Yarelis Rico Hernández

“Dos eran las formas fundamentales de influencia: las ideas y el cumplimiento del trabajo. Dentro de los ambientes laborales estábamos llamados a ser consecuentes con nuestra fe, ver a los otros como nuestros hermanos y asumir nuestro compromiso moral con el trabajo social por lo que este representa para los demás… Cristo fue obrero, trabajó para sustentarse y para servir a la sociedad”

San José obrero y el magisterio pontificio

Dr. Roberto Méndez Martínez

José, de sangre real, unido en matrimonio a la más grande y santa de las mujeres, considerado el padre del Hijo de Dios, pasó su vida trabajando, y ganó con la fatiga del artesano el necesario sostén para su familia. Es, entonces, cierto que la condición de los más humildes no tiene en sí nada de vergonzoso, y el trabajo del obrero no solo no es deshonroso, sino que, si lleva unida a sí la virtud, puede ser singularmente ennoblecido.

El servicio al prójimo en peligro

Romano Guardini

Romano Guardini fue uno de los grandes teólogos católicos del siglo xx. Nació en Verona, Italia, en 1885. Se ordenó sacerdote el 28 de mayo de 1910, tras estudiar en el Seminario de Maguncia, Alemania, donde residía con su familia. En 1915 presentó su tesis doctoral en Friburgo. Ocupó varias cátedras de Filosofía y Teología.

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