Beato Manuel Lozano Garrido, Lolo, periodista y santo

Por Juan Manuel Galaviz, SSP

La vida de Manuel Lozano fue simple y a la vez heroica… Seguía con asiduidad la información de cuanto acontecía en el mundo. Su espiritualidad de comunicador cristiano se nutría de evangelio, de eucaristía y de tierna devoción a la Virgen María. Fundó una Pía Unión a la que llamó “Sinaí”, para que los enfermos incurables se asociaran en el ofrecimiento de los propios dolores y de la oración cotidiana, por la prensa católica.

Un moderno Tarsicio

En 1936, apenas iniciada la Guerra Civil Española, Lolo –como lo llamaban casi todos– vio caer a su hermano Agustín, asesinado a causa de sus convicciones religiosas. Esa dramática experiencia hizo más ardiente su anhelo de dar testimonio de su fe hasta el extremo  si le fuera pedido. Dios le tenía reservada otra forma de martirio.

Se hizo miembro de la Acción Católica juvenil de Linares, su ciudad natal, y comenzó a cuidar mucho su formación religiosa, tanto en lo doctrinal como en la práctica; se esmeró en el estudio y asimilación de la doctrina social de la Iglesia y en el conocimiento de los mejores escritores de su tiempo, en especial los católicos.

Cuando la Guerra Civil asumió un carácter de adversaria y perseguidora de las creencias religiosas, se estableció entre los fieles más convencidos una atmósfera de catacumbas. Los dirigentes locales de la Acción Católica encomendaron a Manuel Lozano –entonces de apenas dieciséis años– la delicada tarea de distribuir la comunión a determinados grupos de creyentes, amigos y familiares. El hogar de Lolo se transformó entonces en un clandestino santuario, pues allí se tenía escondido el sagrario con hostias consagradas. El moderno Tarsicio fue denunciado y pagó su audacia cristiana con tres meses de cárcel.

Liberado de la prisión, pudo pasar una temporada en la tranquilidad de su casa, hasta que fue llamado al Frente Republicano, en Almería y en Granada. De la sección de artillería pasó a una sección menos conflictiva para su conciencia: la del servicio de emitentes. Las instalaciones se hallaban en el interior de una gruta; la intensa humedad de ese sitio le provocó dolores reumáticos de los que jamás se recuperó. Al desarrollarse más su enfermedad, fue trasladado al hospital de Linares, de donde ya no regresó al frente de batalla sino a la vida civil.

El tiempo sucesivo fue determinante para su forja como joven apóstol. A la par con la evolución de su enfermedad, que lo iba doblegando físicamente, tomaba fuerza su temple apostólico en el cumplimiento fiel del triple objetivo que tenía asumido como miembro de la Acción Católica: piedad, estudio y acción. En el Centro de Linares fungió como vocal de propaganda y muy pronto como secretario general. Colaboró asiduamente en la revista Cruzada, publicada mensualmente por el Centro de Acción Católica, de la cual fue director desde mayo de 1941. Además de prestar este servicio, impartía catecismo en los barrios pobres, propagaba la doctrina social de la Iglesia y realizaba obras de beneficencia a favor de los más desvalidos.

De nuevo al servicio de la patria

Llamado a prestar el servicio militar, Manuel Lozano tuvo que trasladarse a Madrid. El 1ro. de enero de 1942 lo comenzó en un cuartel que tenía la encomienda de distribuir víveres a otros. Con la fuerza de su ejemplo y con su trato afable, logró que varios jóvenes más entraran en la Acción Católica y vivieran el servicio militar con la conciencia de ser, ante todo, soldados de Cristo.

Las faenas del cuartel no eran extenuantes, pero algunas jornadas sí llegaron a serlo, como aquella en que se le pidió limpiar una calle de la nieve que había caído profusamente. Fue esa vez cuando Lolo sintió dolores tan intensos que casi le impedían el movimiento. Como esos dolores continuaron, Lolo fue internado en el Hospital Militar de Carabanchel. Prosiguió su vida alternando su presencia en el cuartel con períodos de recuperación en la casa de una de sus hermanas; finalmente fue exonerado por completo del servicio militar y pudo regresar a Linares, donde habría de pasar los años de mayor sufrimiento corporal, pero también los de más intensa alegría espiritual.

Si la enfermedad ganaba terreno, el impulso de comunicación iba creciendo en él. Obligado a transcurrir su vida clavado en una silla de ruedas, en el reducido espacio que acabó siendo su oficina y recámara, su capilla y su sala de encuentros, la actividad de escritor de Manuel Lozano Garrido continuaba viento en popa, por más que sus dedos casi tullidos se resistían a sostener la pluma, y su vista iba disminuyendo de manera alarmante, hasta extinguirse por completo.

El regalo de una máquina de escribir por parte de un amigo, le ofreció nuevos canales de expresión; recurrió luego al dictado; también una pequeña grabadora le fue de mucha ayuda; pero ningún apoyo como el de su hermana Lucía, que lo asistía en todo, y el de otras personas benévolas que tomaban nota de cuanto les dictaba, o le hacían las lecturas que él solicitaba, como la del periódico diario.
El 10 de septiembre de 1962, el obispo de Jaén, gracias a la mediación de un amigo suyo sacerdote, le concedió el privilegio de que, en su recámara, en un altar portátil, se celebrase la eucaristía todos los días que fuese posible.

Las estrellas se ven de noche

Entre 1961 y 1971, año de su muerte, Manuel Lozano Garrido publicó nueve libros. Sus artículos, aparecidos en diversas revistas y diarios, fueron más de 300. ¿Y de qué escribía Lolo? De la belleza de la vida, de los valores profundos de la persona, de la grandeza de lo pequeño, de la cercanía de Dios en toda circunstancia, del carácter redentor del sufrimiento, de la ternura de María.

Fueron muchos los galardones otorgados a Lolo, uno muy significativo fue el Primer Premio Bravo de Periodismo que recibió en 1969. Se le reconoció también como poeta, pues lo era; el aliento poético se percibe aun en su prosa, rica en metáforas, en sentencias, en asociaciones de imágenes. Basta leer los nombres de algunos de sus libros para captar ese aroma de poesía que los invade: Las golondrinas nunca saben la hora, Mesa redonda con Dios, Las estrellas se ven de noche…

A propósito de su máquina de escribir, vale la pena conocer un episodio que tuvo lugar cuando el sacerdote Pedro Cámara, amigo suyo desde la infancia, llegó para celebrar por primera vez la misa en su recámara. Apenas escuchó su llegada, Manuel Lozano le pidió que colocara su máquina de escribir bajo el altar portátil donde iba a celebrarse la eucaristía. El sacerdote se sorprendió de esa petición y le preguntó para qué le pedía eso. Lolo le dio sus razones: puesta allí la máquina de escribir y celebrándose la misa sobre ese altar, el tronco de la cruz echaría allí sus raíces, plantado en el centro mismo de su recámara, unificando todos los vínculos de su vida y abriendo sus ramas como brazos bendicientes sobre el mundo entero.

La espiritualidad de Lolo era viva y llena de imaginación. Él seguía con permanente interés la suerte del mundo, tanto en las grandes vicisitudes como en los pequeños sucesos. No se limitaba a retener los hechos en su memoria: los interpretaba desde una perspectiva de creyente; los “leía” con los ojos de Dios. De la sorprendente memoria de Lolo, el sacerdote y también escritor y periodista José Luis Martín Descalzo, en el disco “Palabras a los que sufren” (Paulinas, Madrid 1972), ofrece varios ejemplos, como aquel de decirle Lolo ciego a su hermana: “Busca en la carpeta 4: hacia la mitad de la carpeta hay un artículo del periódico Ya, a tres columnas; trata de la muerte de Juan XXIII”. Concluye Martín Descalzo: “¡Lolo era admirable! Pero lo era sobre todo por su estremecedora alegría”.

Por esa alegría irradiante, Lolo contaba con innumerables amigos. Quienes lo visitaban, aunque llegaran sin haberse anunciado, eran recibidos con extrema cordialidad; cuando se retiraban, partían con la fundada sensación de haber sido beneficiados.

Tras una dolorosa pero serena agonía, Manuel Lozano Garrido, Lolo, murió el 3 de noviembre de 1971. Una placa colocada en la puerta de su casa lo califica como “EL HIJO PREDILECTO DE ESTA CIUDAD” –es decir, Linares–, y lo reconoce como el escritor y poeta que desde su silla de ruedas, le abrió a los hombres de hoy un camino hacia Dios.

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