CONVIÉRTETE Y CREE EL EVANGELIO

Por Redacción

El primer día de marzo, la Iglesia universal celebró el Miércoles de Ceniza con el que se da inicio a la Cuaresma. Durante cuarenta días que nos recuerdan las cuarenta jornadas en que Cristo ayunó en el desierto y venció las tentaciones, antes de iniciar su vida pública, tendremos que acoger esa invitación que acompaña el rito de imposición de la ceniza: “Conviértete y cree el Evangelio”.

La tradición cristiana consagró formas de practicar la penitencia que provenían de rituales judíos: la pobreza en el atuendo, el recogimiento en el hogar, el abstenerse de alimentos en ciertos horarios o reducir la alimentación habitual y desterrar de la mesa lo placentero o superfluo y distanciarse de toda fiesta pública. Eran signos externos que debían ayudar a separar a la persona de sus dependencias y vicios, y facilitar que se volviera hacia su interior con un espíritu de conversión. El propio Cristo advirtió a sus discípulos del peligro de practicar exteriormente esos ritos sin procurar una transformación profunda del corazón: “Cuando ayunéis, no pongáis cara triste, como los hipócritas, que desfiguran su rostro para que los hombres vean que ayunan; en verdad os digo que ya reciben su paga. Tú, en cambio, cuando ayunes, perfuma tu cabeza y lava tu rostro, para que tu ayuno sea visto, no por los hombres, sino por tu Padre que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará” (Mt 6, 16-18).

No es infrecuente que caigamos en una actitud pietista y consideremos que lo que corresponde a Cuaresma y Semana Santa es asistir al Vía Crucis de la parroquia, intentar tener pescado en la mesa cada viernes y hacer unos minutos extra de oración personal. Nada de eso está mal, pero no hay que olvidar que el llamado a la conversión tiene una dimensión que va más allá de lo individual. De nuevo el Maestro nos advierte: “Misericordia quiero y no sacrificios” (Mt 9, 13).

El tiempo cuaresmal y la Semana Santa son un momento privilegiado para meditar sobre la Pasión de Cristo, no para complacernos en el dramatismo de una historia de tintes trágicos, sino para que ella interpele nuestras vidas como cristianos y como ciudadanos. No basta con rechazar a Herodes y a Pilatos, tenemos que preguntarnos qué hacemos para que en nuestra sociedad haya más justicia; Simón de Cirene no es solo un personaje incidental del Evangelio, es el llamado a cada uno para que ayude a cargar las cruces de otros. Nuestros deberes sociales no se satisfacen con dar una pequeña limosna a un necesitado, hay que conceder tiempo y recursos para promover la dignidad humana, padecer con los demás y tener un solo corazón con los que sufren violencia. Más allá de las puertas de nuestras casas están los leprosos, los publicanos, los ciegos de hoy. ¿Qué tenemos para ellos? Se supone que no solo palabras, sino actos que demuestren la misericordia.

Podríamos mirar el tiempo cuaresmal como un túnel en nuestro camino: por un momento no vemos el paisaje, tenemos que desplazarnos en una sola dirección, concentrarnos en el camino hacia adelante, del otro lado está la luz.

Cuando esta revista llegue a manos de los lectores muy probablemente haya pasado el Domingo de Ramos con ese oficio que nos recuerda que los triunfos populares duran muy poco y que muchos de los que aclamaban a Jesús con hosannas a su entrada en Jerusalén, apenas cinco días después gritaban: “¡Crucifícale!” (Mc 15, 13). El Triduo Pascual nos habrá mostrado otra vez ese paso de las tinieblas que cubren al mundo a la hora de la muerte del Redentor en la cruz, pasando por el ansioso paréntesis del sábado, hasta que se enciende el fuego nuevo, se hace la luz y puede pregonarse: “Esta es la noche / en que, rotas las cadenas de la muerte, / Cristo asciende victorioso del abismo” (Pregón pascual). Las campanas se echarán al vuelo anunciando la Resurrección. En medio de las felicitaciones mutuas deberíamos preguntarnos a quiénes hemos ayudado a resucitar en este tiempo, a quién hemos procurado acercar al Reino, como hizo Cristo con el Buen ladrón y entonces nuestros festejos tendrán más sentido.

MIGRACIÓN ES MÁS QUE POLÍTICA, HAY QUE PROCURAR MISERICORDIA

Roberto Méndez Martínez

El pasado 12 de enero los gobiernos de Estados Unidos y Cuba formularon una declaración conjunta sobre temas migratorios cuyo núcleo central era la eliminación de “la política especial de parole para los ciudadanos cubanos que llegan a territorio de los Estados Unidos (comúnmente llamada política ‘pies secos-pies mojados’), así como el programa de admisión provisional (parole) para profesionales cubanos de la salud”.

La Madre de Dios ha socorrido a Cuba

Redacción

La Iglesia cubana celebró este año la festividad de Nuestra Señora de la Caridad, Patrona de Cuba, en circunstancias muy especiales. Precisamente el 8 de septiembre comenzaban a percibir las provincias más orientales del país los efectos del huracán Irma. 

SUSCRIBETE A NUESTRO BOLETIN
TE SUGERIMOS...
LENTE CURIOSO