Confesiones sobre historia y ficción novelesca

Por Dr. Roberto Méndez Martínez

Fue Paul Ricoeur (1913-2005), con su especial agudeza de exégeta, el primero en advertirnos sobre la familiaridad entre el discurso narrativo de ficción y el histórico. Para él la labor del historiador era otra forma de ficción. El autor de Tiempo y narración asestó así uno de los golpes más demo-ledores al muro que intentó separar las supuestas verdades inconmovibles con las que trabajaban los historiadores de los asuntos creados por los autores de novelas y cuentos. Con esto, no solo sustraía a la ciencia histórica del culto por el dato y otros resabios positivistas, sino que le devolvía la capacidad de reconstruir un suceso o toda una época, a partir de los recursos de la fantasía tal y como hicieron, cada cual en su tiempo, Herodoto, los cronistas de la conquista de América, Michelet y otros tantos.

Pero no es de la labor del historiador profesional de la que quiero ocuparme, sino de los textos que contribuyen a conservar, evaluar y reescribir diferentes porciones de la historia. Sus aportes, hechos sin pretensión alguna de ciencia, sirven luego a los disciplinados investigadores para llenar los vacíos que aparecen en su labor.

Cuando Cirilo Villaverde dio a la luz en New York en 1882 su novela Cecilia Valdés, insertaba la intriga amorosa central en el ambiente de La Habana medio siglo antes, de modo que Cecilia, Leonardo, Chepilla, Pimienta, respiraban el ambiente de una colonia gobernada por el venal capitán general Vives y había recuerdos recientes del obispo Espada y del padre Félix Varela. La obra no solo es importante por la cantidad de detalles de la cultura material y espiritual que es capaz de acopiar, sino porque en ella se perciben y debaten los principales problemas de esa época: la corrupción del gobierno colonial, el desarrollo del sistema de plantación esclavista con todas sus consecuencias sociales, políticas y culturales. Es difícil que alguien se acerque a ese período de nuestra historia y no acuda a la novela para complementar con algún pasaje de ella sus análisis.

Algo semejante ocurre con otras obras, de calidad desigual, pero que permiten arrojar luz sobre otros momentos del devenir de nuestra Isla en el tiempo: Generales y doctores y Juan Criollo de Carlos Loveira nos ilustran sobre la vida cotidiana y los traumáticos sucesos sufridos por los cubanos en el paso del siglo xix al xx, así como Las impuras y Las honradas de Miguel de Carrión con su mezcla de naturalismo y romanticismo folletinesco nos dan la temperatura social y moral del país por los tiempos en que gobernara Mario García Menocal. Si se quiere conocer las secuelas de la revolución antimachadista en el ambiente público, basta con leer La trampa de Enrique Serpa.

Alejo Carpentier resolvió la aparente dicotomía historia-ficción con esa pregunta que es más bien afirmación, colocada justo al fin del prólogo de El reino de este mundo: “¿Pero qué es la historia de América toda sino una crónica de lo real maravilloso?”.1 Ahí estaba ya la simiente de Los pasos perdidos, El siglo de las luces y hasta de El arpa y la sombra. Ahora la relación parecía invertirse y de alguna manera se hacía preciso que los narradores se ocuparan de la historia de su país y del Continente para que este recuperara la fuerza de sus mitos.

Tal voluntad parece prolongarse en el ciclo de conferencias La expresión americana de José Lezama Lima. En la primera de ellas “Mitos y cansancio clásico”, el escritor reclama: “Una técnica de la ficción tendrá que ser imprescindible cuando la técnica histórica no pueda establecer el dominio de sus precisiones. Una obligación casi de volver a vivir lo que ya no puede precisar”.2 Se trata de recuperar la historia a partir de la actuación de la imaginación sobre el mito: “Todo tendrá que ser reconstruido, invencionado de nuevo y los viejos mitos, al reaparecer de nuevo, nos ofrecerán sus conjuros y sus enigmas con un rostro desconocido. La ficción de los mitos son nuevos mitos, con nuevos cansancios y terrores”.3 De ese modo el poeta procura que la imagen actúe en la historia, que ciertos elementos de la memoria, elaborados artísticamente, se conviertan en paradigmáticos.

El mejor ejemplo de este “método mítico” es su propia novela Paradiso que lo mismo nos acerca a la cultura cotidiana de una familia de la pequeña burguesía habanera en las primeras décadas del siglo xx, que recrea ciertas manifestaciones estudiantiles ocurridas durante los mandatos de los presidentes Alfredo Zayas y Gerardo Machado, o se retrotrae a los recuerdos de la emigración revolucionaria en Estados Unidos por los días en que José Martí era el Delegado del Partido Revolucionario Cubano. A pesar de la imaginación desatada del escritor y del barroquismo de su lenguaje, las memorias contenidas en el libro son una poderosa contribución al imaginario histórico nacional.

Si alguien quisiera conocer de primera mano un período todavía poco desarrollado por los historiadores, el correspondiente a la Revolución que triunfa en 1959 y el proceso siguiente que se prolonga hasta hoy, tendría que acudir primero a las obras que se ubican en su etapa de gestación, piezas tan diversas como Bertillón 166 de José Soler Puig, Gestos de Severo Sarduy, Tres tristes tigres de Guillermo Cabrera Infante, La situación y En ciudad semejante de Lisandro Otero, así como la paradigmática La consagración de la primavera de Alejo Carpentier. Esto tendría que prolongarse en obras como Las iniciales de la tierra  y La piel y la máscara de Jesús Díaz, Informe contra mí mismo y Caracol Beach de Eliseo Alberto Diego, Antes que anochezca y El color del verano de Reinaldo Arenas, el cuento El  bosque, el lobo y el hombre nuevo de Senel Paz y la mayor parte de las novelas de Leonardo Padura, y eso por solo ofrecer una lista muy restrictiva. Se trata de un discurso polifónico donde se va desde el apego a lo documental hasta el delirio absoluto, pasando por las opiniones dictadas por el fervor, el ansia de justificación, el temor, el rencor, el difícil distanciamiento. Precisamente esa diversidad y hasta dispersión de juicios es la que da más valor a tal conjunto.

Por mi parte, debo confesar que en mi obra convive la labor del historiador con la del narrador de ficción y a veces no reconozco demasiado los límites entre ellas. En mi ciudad natal, Camagüey, trabajé casi una década junto al historiador Gustavo Sed Nieves, él avivó en mí el interés por la historia local, abrió sus archivos para que conociera esos detalles que el devenir del tiempo casi siempre sepulta, y juntos investigamos la cultura –con un sentido muy amplio– de aquella ciudad durante la etapa colonial y las primeras décadas republicanas.

Eso influyó en varios de mis libros. Así, en Leyendas y tradiciones del Camagüey4 quise volver a contar esos relatos fabulosos. Coloqué en contrapunto lo verificado por el dato histórico y lo que era al parecer puramente imaginativo, pero con la voluntad no de desmentir lo que la tradición conservaba sino, por el contrario, de demostrar que en esos relatos estaban los amores, aversiones y temores que mejor retrataban el ser local.

En Amalia Simoni, una vida oculta5 me ocupé de una vieja deuda con una figura injustamente relegada. Todo camagüeyano asegura que Amalia fue una gran mujer, una patriota, pero si se le pide que argumente, apenas dirá que fue la fiel esposa del mayor general Ignacio Agramonte. Trabajé durante años en archivos, obtuve cantidades enormes de investigación y elaboré una biografía para demostrar que ella tuvo valores personales, vida y ejecutoria propia. Como suele suceder, había muchísimos datos sobre ciertos momentos de su existencia y en otros casos baches de varios años. Entonces tuve que acudir a las estrategias del narrador, enlazar unos y otros pasajes, crear escenas, dibujar ambientes, según los datos que tenía y lo que resultaba verosímil y aun lo que era enigmático y no siempre tenía la respuesta. El resultado final es un libro fuertemente apoyado en la investigación, pero que puede leerse como una novela, a la manera de María Antonieta o Fouché de Stefan Zweig.

Sin embargo, mi gran mano a mano con la historia fue la novela Callejón del infierno.6 Partí de un hecho real: el asesinato en la ciudad de Puerto Príncipe, durante la Guerra de los Diez Años, de un matrimonio, primero el esposo Esteban Varona Gelabert y luego su consorte Ana Josefa Agüero Varona. Eran sucesos cruentos, que ni siquiera sus descendientes se interesaron en esclarecer. Busqué en archivos parroquiales y civiles, en la prensa de la época. Los años de investigación de la cultura camagüeyana, mis propios archivos, me ayudaron muchísimo, pero aun así elaboré todo un andamiaje: tracé árboles genealógicos de los personajes, revisé en álbumes las maneras de vestir y adornarse en esa época, averigüé hasta los precios de los víveres por aquellos días. La obra tuvo éxito, se vendió enseguida, la mayoría de sus lectores y de quienes la comentaron en los medios disfrutaron el suspenso dramático de la anécdota central y apreciaron el virtuosismo de reconstruir al detalle una época, pero mi objetivo fundamental se les escapó: quise mostrar el precio que pagaba la gente común en las grandes confrontaciones históricas, eran (son) las víctimas que no aparecen en los libros, no son héroes tal y como los concibe “la gran historia”, pero las guerras, las masa-cres, las carestías, los exilios, pesan sobre ellos. Es la historia que habitualmente no se escribe.

En sentido inverso, cuando me propuse escribir Música nocturna para un hereje,7 no me interesaba reconstruir una época, sino elaborar una especie de divertimento a partir de la vida azarosa del poeta y sacerdote Tristán de Jesús Medina y su gran pasión, el compositor Mozart. Busqué lo que había de la vida de ese autor y encontré un material estrecho y lleno de contradicciones, pero precisamente este material me permitió reelaborarlo según yo lo descubría en aquellos fragmentos dispersos y en su obra no menos deshilachada: imaginativo, sensual, apasionado y también inconsecuente, superficial, curioso de todo, disperso, romántico hasta los tuétanos. Allí, la historia para mí fue punto de partida. Estoy convencido de que el verdadero Medina, el que vieron o creyeron ver sus contemporáneos ya no es posible mostrarlo: está el personaje que según su talante reinventaron Cintio Vitier, Roberto Friol, Jorge Ferrer y el mío que tiene algo del de ellos y otros rasgos particulares. De lo que sí estoy seguro es que, imaginación mediante, ahora se le conoce un poquito más en la cultura cubana.

En los últimos años, frente a la historia de Cuba contada como historia oficial, como manual escolar con peligrosa vocación teleológica, se ha ido desarrollando un grupo de estudios que reevalúa épocas, figuras, procesos, con una originalidad apreciable, así lo demuestran las obras de María del Carmen Barcia, Marial Iglesias, Oscar Zanetti, sin olvidar a Rafael Rojas. Junto a ellos, los escritores cubanos, aquí o en cualquier parte del mundo que residan –el ya citado Padura, Abilio Estévez, Reinaldo Montero, Arturo Arango y otros que no acierto a recordar ahora– están legando páginas de ficción que contribuirán a fijar de otro modo nuestra escurridiza historia.


Notas

1 Alejo Carpentier: “Prólogo” a El reino de este mundo. Consultado en http://www.lajiribilla.cu/2001/n32_diciembre/859_32.html el 27 de octubre de 2016.

2 José Lezama Lima: “Mitos y cansancio clásico”, en La expresión americana, La Habana, Ministerio de Educación, Instituto Nacional de Cultura, 1957, p. 12.

3 Ibídem, p. 14.

4 Roberto Méndez Martínez: Leyendas y tradiciones del Camagüey, Camagüey, Editorial Ácana, 2003. Hay reediciones en 2004 y 2005 y una corregida y aumentada en 2014.

5 Roberto Méndez Martínez y Ana María Pérez Pino: Amalia Simoni, una vida oculta, La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, Colección Biografía, 2009.

6 Roberto Méndez Martínez: Callejón del infierno, La Habana, Editorial Letras Cubanas, Colección La Novela, 2010.

7 Roberto Méndez Martínez: Música nocturna para un hereje, La Habana, Editorial Unión, 2015.

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