En los dominios de Marta Rojas

Por Daniel Céspedes


Cuando terminemos de leer la novela podríamos hacer un análisis de forma, pues están escuchando un texto del género más libre de la literatura que no parece tener otra regla que no sea la de interesar.
Marcos Marfán

¿Cómo se presenta un libro ante un auditorio diverso y tal vez retenido en principio por el cumplimiento de un horario laboral, en una fábrica de tabacos, por ejemplo? No solo el lector de tabaquería, sino el presentador o promotor de una obra literaria tienen que poseer unas cualidades que pueden soslayar la erudición y les permitan aterrizar y hasta reinsertarse en un público a fin de conquistarlo. ¿Cuál es la clave de fondo para presentar bien un libro? Un lugar común: comunicar, mas no por ello se ha aprehendido lo suficiente.


Cuán difícil viene siendo convidar a la lectura porque desde antes se tienen prejuicios con un objetivo que puede presentarse añadido al de recomendar un autor, una obra. Vender. Sí, vender. Y aquí podría surgir otra pregunta: ¿cómo se vende un libro vendiendo de antemano algo de sus páginas? Lo sabe Marta Rojas, pero ella deja que el habilidoso, carismático y conocedor Marcos Marfán, lector de tabaquería, se encargue de precisar en el capítulo II de Las campanas de Juana la Loca (Santiago de Cuba, Editorial Oriente, 2015) que él mediará entre una nueva edición de la novela ya aludida y lo que puede ir apareciendo, no por gusto las informaciones, verídicas y quizá exageradas, que ofrece este pícaro personaje, quien comienza a compartirlas interrumpiendo una narración aparentemente convencional. A decir verdad, son indudables incentivos que recomiendan esta novela de autor anónimo y le pueden garantizar a su promotor que se hable de él en otros centros laborales afines. Las dobles intenciones son válidas si son ¿nobles? No, creativas. Eso basta.

Rojas, o mejor Marfán, te ubica como lector y como escucha (porque no eres más privilegiado que un torcedor del ramo) y acaso fragmenta los capítulos a su antojo y a uno solo le queda esperar para saber sobre Juana la Loca (1479-1555) y qué otros personajes y hechos tremendos se entrecruzarán. Nada menos que Juana I de Castilla, la tercera por nacimiento, pero primera por sobrevivir inusualmente a sus padres los Reyes Católicos y a sus cuatro hermanos; la paridora por excelencia: madre entre otros de Carlos V, abuela de Felipe II; recluida por su padre y por su hijo, el continuador del Sacro Imperio Romano Germánico; escéptica a ratos con la cristiandad, pero lectora curiosa de todo; apasionada y resentida con su esposo, Felipe I de Habsburgo, el Hermoso. ¿Más pasional que racional? Sí, aunque, no se dude, fue una mujer inusual, entre otros detalles, por su cultura.

Amén de la narración, donde sobresale la prosa suelta, limpia y elegante, la autora compone y describe, a veces desde el aparente marasmo de una continuidad de escenas mortuorias representadas en un tapiz o un mural. Otras, se atreve a revaluar con la mirada y expandir con la imaginación un retrato conocido de Carlos V y así no solo superpone1 algunas imágenes sobre otras, sino que muestra proposiciones de continuidad y hasta de causas probables,2 sin regirse por la verdad más estricta, en la que la historia de manuales y “oficial” no tiene por qué salir siempre ganando ante pasados olvidos, desatenciones y lagunas culturales aún existentes; “no usar la imagen para ilustrar el texto, sino el texto para ilustrar la imagen”,3 diría Eliseo Diego. En Las campanas de Juana la Loca (con)vence su trama armada con referencias destacadas, donde historia e invención se compenetran.

Partiendo de referencias verdaderas (Juana la Loca, Ramón Pané y otras figuras referidas), sin ser novela biográfica, Las campanas… se apropia de los recursos de la literatura epistolar, de la crónica, la reseña y hasta los recuerdos. De ahí que no demerite lo especulativo e incluso las constantes aclaraciones del Lector que, además de informar, tienen la clara intención de trabajar el suspense.

Contrario a lo que insinúa y certifica el título de la novela de Marta Rojas, el protagonismo de Juana la Loca representa solo un enorme telón de fondo, en el que la reina se menciona más de lo que entra directamente en la trama de Las campanas… Se diría que a nivel temático y desde una mirada europeizante todo transcurre en los fueros de esta soberana. Sin embargo, presencias como la de Aparecido Cosme, el flamenco Lomans, Cristóbal, Altagracia Victoria, Rudger Jünger, el propio huracán, Marcos Marfán… hacen de Las campanas de Juana la Loca una crónica de peripecias, un concurso de aspiraciones y pasiones, de celos y recelos, una aventura más insular que continental, más del Nuevo Mundo que del Viejo, pero con las repercusiones caprichosas y epocales de este último.

¿Periodista, investigadora, historiadora, novelista, intelectual? No cabe limitar a la responsable de Las campanas de Juana la Loca a una sola de estas clasificaciones: ella las engloba todas. Acaso no le quedaría ninguna mejor que la de escritora, pues desde hace años andamos como lectores por los dominios autorales de Marta Rojas.




Notas

1 Sobre la estética de superposiciones, léase el ensayo de Antón Arrufat: “Casal joven, exótico, aficionado a los retratos”, en El hombre discursivo, Santiago de Cuba, Editorial Oriente, 2015, pp. 129-155.

2 Párrafos de las páginas 60 y 61 del capítulo II pudieran remitir a un cuadro reconocido de la autoría de Tiziano (¿Carlos V a caballo en Mühlberg?). Marta Rojas viene procediendo intertextualmente desde el inicio de esta novela con la correlación interpretativa donde se legitiman además literatura y pintura, hasta compenetrarse y expandir no solo los supuestos límites de lo representado en un discurso plástico pictórico, sino la propia narración, a consecuencia de la esclavitud que puede suponer circunscribirse a relatar lo que se sabe de una figura y un acontecimiento históricos por materiales de archivos o investigaciones ya conformadas. Véase a propósito, cómo el arte cinematográfico también homenajea de vez en cuando a la pintura en algún que otro fotograma. Así tenemos, por ejemplo, para no salirnos del tema de marras, al director Jordi Frades en su película La corona partida (2016) rememorando en una escena –sin mero alarde y en un indudable homenaje– al famoso cuadro Doña Juana “la Loca” (1877), de Francisco Pradilla y Ortiz.

3 Eugenio Marrón: “La poesía es una experiencia esencial” (Entrevista a Eliseo Diego), en El sabor del instante, Ediciones Holguín, 2016, p. 25.

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