Martí en Vitier

Por Darío García Luzón


Al ofrecernos la imagen de aquel hombre que obliga “a poner en tensión todas nuestra fuerzas intelectuales y afectivas”,1 el humanismo de Cintio Vitier descubre al lector lo que constituye la cualidad esencial de sus continuas aproximaciones a José Martí. El orden afectivo señala una más honda entrega a esa presencia significativa en la exigente sombra de la patria; diálogo que halla su vivo fondo común en la matriz universal de lo cubano. La indagación vitieriana no se reduce entonces al conocimiento histórico de lo que fue, sino que busca en Martí la actualidad de su propuesta, como centro mismo de su libertad, en la plenitud protoplasmática de la nación.2

Es difícil corresponder a las palabras martianas de Vitier, hechas de una vibrante sensibilidad que atraviesa sus juicios iluminadores. No es solo una pasión intelectual ceñida a una bibliografía crítica de por sí relevante (Lo cubano en la poesía, Temas martianos –en coautoría con Fina García Marruz–, Ese sol del mundo moral, Diálogo sobre José Martí, el Apóstol de Cuba –junto a Daisaku Ikeda–, Vida y obra de José Martí, etc.). Vitier es un martiano íntimo y confeso que reconoce agradecido cómo el esfuerzo temerario que supuso Lo cubano en la poesía no hubiera podido escribirse sin la provocación que representó la mirada integradora del autor de los Versos sencillos en la tradición lírica cubana.
Si puede afirmar en la séptima lección de Lo cubano… que “Martí significa para nosotros el arribo a la plenitud del espíritu”,3 es porque ha leído, en la profunda comunión de esa poética, el encuentro con un modo original de nuestro ser al que debiera aspirarse; un modo de ser definido por una dinámica de “abierta frontalidad, que va derecho al grano, a la cepa, a la sustancia”,4 que no solo tiene la capacidad de replantear de manera radical el contacto de su cubana escritura con las fuentes hispánicas (lo que “resuelve genialmente”, según nota Vitier, “por vía de la incorporación y la trascendencia”), sino también de expresarse, de modo similar, en los planos ético y político de su fecunda actividad espiritual.

Unos quince años después, en el contexto de su estudio sobre la eticidad cubana, Vitier ahondará más en el alcance martiano de la libertad: “Martí encarna un nuevo tipo de revolucionario que no se resigna a partir de los postulados del colonizador (el desprecio, la represalia, el odio) sino de postulados propios y originales; que no se conforma con la conquista de la libertad desde la esclavitud, sino que aspira a la destrucción de la esclavitud desde la libertad”.5 Esta superación eficaz del resentimiento es acaso el signo mayor de su liberación, que Vitier remite a la “insólita completez de sus capacidades”,6 por la que “una vez dijo que no quería seguir más carrera que la de hombre, como si todas las otras especialidades en que se fragmenta la vocación humana implicaran el rebajamiento de una dignidad que reside en la integridad del ser, en la indivisible unidad de la imagen que el hombre debiera proyectar de sí mismo”.7

La aproximación que prefiere Vitier, de la que surgirán sus impresiones imperecederas sobre Martí, es la que se concentra en la relación entre vida y obra, la que le permite valorar desde la “integridad del ser” ese misterio acompañante con que Lezama ponderaba el significado de esa vida para Cuba. No es una biografía (género que consideró falso en uno de sus apuntes) lo que intenta Vitier en sus escritos martianos, sino una comprensión que no prescinda de la coherencia profunda de la persona como fundamento de la letra y del acto.

La mirada de Vitier sobre Martí, si bien rigurosa, se distingue de la del historiador; es la de un “poeta sencillamente enamorado de su patria”,8 abierta a la conmoción filtrada por el dato, capaz de alcanzar un ángulo relacional por momentos cercano al del amigo, en tanto lo que se atiende es preferencialmente a la persona. Esto, unido a la disposición valorativa, crea un ámbito cercano al diálogo. No prevalece una motivación puramente epistémica, sino más bien la ética, que en Vitier tiene su origen en el patriotismo de aroma doméstico inspirado por la impronta de su padre, el importante filósofo Medardo Vitier, quien fuera, además, un adelantado de los estudios martianos en Cuba (José Martí: su obra política y literaria; Martí, estudio integral).

En una ocasión, cuenta Vitier, había escuchado pronunciar a su padre un discurso encendidamente antimachadista cuya vehemente fibra martiana lo había dejado temblando. Esa impresión le enseñó, ya en su infancia, que Martí no era solo el tema de sosegadas lecciones en el colegio que era su casa. Su experiencia posterior lo confirmó en esta pasión, avivada entre amigos entrañables, y especialmente en compañía de su esposa, la destacada poeta y ensayista Fina García Marruz, con quien publicara Temas martianos e iniciara las labores de la edición crítica de las Obras completas de José Martí.

La presencia martiana en la obra del intelectual origenista no se limita, sin embargo, al ensayo de carácter investigativo, en que ha dejado páginas de exégesis memorable, sino que se extiende a zonas de su obra ciertamente menos frecuentadas, pero que sitúan a Vitier en la prestigiosa tradición de creadores para quienes Martí constituye un motivo privilegiado. En este sentido, pudiera señalarse el primer capítulo de su novela De Peña Pobre como ejemplo revelador de esa presencia fascinadora y convocante:

“‘Chispeaba por los corredores de las aulas un criollo dadivoso y fino, el bozo en flor y el pájaro en el alma, ensortijada la mano, como una joya el pie, gusto todo y regalo y carruaje, sin una arruga en el ligero pensamiento…’

”Violeta bebía embelesada; aquellas palabras como disueltas en el aire mismo del peligro y de la noche, dichas con fervorosa delectación, entre el aromático humo de la sobremesa, por aquel joven esbelto y pulcro, de sonrisa blanca, que inesperadamente había llegado con su hermano después que el húngaro y los dos mulatos. Estos últimos, pretextando ayudar a Violeta en los quehaceres de la cocina, no se sentaron a la mesa y solo volvieron al grupo cuando el nuevo conspirador inició el relato de su conocimiento del Maestro cuatro años atrás, en un taller de tabaquería regenteado por un tío suyo, en Tampa.

”No veía el tío con buenos ojos la presencia en el taller de aquel ‘agitador’, en torno a cuya imantadora silueta se reunían los obreros, ávidos de patrióticas noticias y de ese misterioso alimento que parecía estar en su rostro iluminado y triste. Uno al llegar le preguntó: ‘¿Cómo le va, Martí?’. ‘Aquí, arrastrando el alma’, respondió sonriendo, y al hablar y sonreír se le vio el estropeo de los dientes, el polvo de los zapatos, el viso del traje negro muy planchado. Entonces otro le pidió un pasaje de su oración sobre los estudiantes de Medicina y él dijo que nunca se aprendía de memoria sus discursos. Insistieron otros, todos; y al cabo, haciendo una pausa en que pareció venir un silencio distinto, proveniente de la fiera dulzura que emanaba de sus ojos, de nuevo sonriendo como un padre ante sus niños pedigüeños, comenzó: ‘Chispeaba, por los corredores de la aulas…’, recitando todo el milagroso párrafo, punteado por exclamaciones que electrizaban y conmovían a sus oyentes, más aún en aquella versión íntima del discurso que en la sala encendida y embanderada del Liceo Cubano de Tampa, como si estuviera comunicando a cada uno allí, al oído, un secreto maravilloso, revelador y redentor: ‘¡y el que marchaba a paso firme a la cabeza de la procesión era el niño travieso y casquivano de las aulas felices, el de la mano de sortijas y el pie como una joya!’. ‘¡Así, en los alzamientos por venir, del pecho más oscuro saldrá, a triunfar, la gloria! ¡Así, del valor oculto, crecerán los ejércitos de mañana!’”.9

La escena que se narra no solo tiene el propósito de mostrar al personaje Martí, de quien resalta la apariencia humilde y la belleza redentora del verbo, sino también la resonancia de su expresión, representada por la continuidad que se establece entre el taller de Tampa y el ámbito conspirativo habanero. Vitier ofrece la atmósfera y el carácter, esencial y secreto, de la palabra del Maestro, no conocido del todo. Es un Martí abrazado por la memoria, cotidiano, vivo. El Martí de Vitier es extraño a la muerte, como testimonian las primeras estrofas de “La tumba de Martí”, uno de los intensos pasajes en que la poesía vitieriana ha podido testimoniar su sincera conmoción ante la inmarcesible vitalidad del apóstol.

Detenido en el umbral
sagrado,
ante la urna
cubierta por la bandera y por las rosas,
cándidas y frías en el sol
indiferente, quedé absorto
mirando lo increíble.

¿Dónde, allí, su palabra
frente a la cual el fuego palidece,
dónde la dulzura de sus ojos
paternos y filiales, dónde el rayo,
la miel, el alba
de su arrasante amor?

La no respuesta
de la urna, los escudos,
las flores, la bandera,
la ligereza de la luz
jugando áurea en torno a sus despojos,
emitía una palabra
que me atravesaba silenciosa
y honda.10


Notas

1 La expresión de Vitier continúa: “Estas últimas son desde luego las primeras en acudir, porque la persona de José Martí, excepcionalmente dotada del don de conmover y mejorar, se nos entra en el alma mucho antes de que hayamos podido comprender a cabalidad la trascendencia de su obra”. Cintio Vitier: Vida y obra del Apóstol José Martí, La Habana, Centro de Estudios Martianos, Fondo Cultural del Alba, 2006, p. 9.

2 “Sería difícil citar otro caso de identificación de un país con un hombre, que alcance la magnitud de la encarnación de Cuba en la persona y obra de José Martí. Todo lo que él hizo y escribió, por alejado que en ocasiones parezca del menester ceñidamente patriótico, parte siempre, ya sea en el plano moral, filosófico o estético, de su agónica preocupación fundamental: conquistar la libertad de Cuba, abrirle vías decorosas a su futuro, situarla justicieramente en el equilibrio del mundo, que él vislumbraba cada vez más inestable y amenazador; todo lo cual se resumía en una toma de conciencia histórica, íntima y trascendente, del país en su contexto americano”. Cintio Vitier y Fina García Marruz: Temas martianos, La Habana, Centro de Estudios Martianos, 2011, p. 9.

3 Cintio Vitier: Lo cubano en la poesía, La Habana, Letras Cubanas, 2002, p. 168.

4 Ibídem, p. 170.

5 Cintio Vitier: Ese sol del mundo moral, La Habana, Editorial Félix Varela, 2006, p. 74.

6 Cintio Vitier: Vida y obra del Apóstol José Martí, La Habana, Centro de Estudios Martianos, Fondo Cultural del Alba, 2006, p. 10.

7 Ídem.

8 Cintio Vitier: Ese sol del mundo moral, La Habana, Editorial Félix Varela, 2006, p. 7.

9 Cintio Vitier: De Peña Pobre, La Habana, Letras Cubanas, 1980, pp. 14-15.

10 Cintio Vitier: La fecha al pie, La Habana, Ediciones Unión, 1981, p. 23.

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