“Defiéndame mi vida”: la muerte de José Martí

Por Teresa Díaz Canals


¡Yo soy bueno, y como bueno,

Moriré de cara al sol!
…………………………
…Ya es hora de empezar a morir.
La noche es buena para decir adiós.
José Martí

“Solo ante la muerte nuestra vida es realmente vida. En el ahora nuestra muerte no está separada de nuestra vida: son la misma realidad, el mismo fruto”. Estas palabras escritas por Octavio Paz en Los hijos del limo quizá compendien de manera concisa el misterio de la vida y la muerte martianas, pues como expresó el propio José Martí en esos versos que sirven de exergo, con el camino tomado por él sabía muy bien que iba directo a su prematura desaparición física.

El 19 de mayo de 1895, el Apóstol tocó con la mano el hombro del joven Ángel de la Guardia y lo invitó a adelantarse con él en medio de un ataque de los españoles, recibió un balazo en el cuello y cayó al suelo. Al caer, Martí sacó su revólver y lo mantuvo en la mano derecha, sin sombrero, la ancha frente al descubierto. Existe una versión de que fue ultimado por un práctico cubano nombrado Antonio Oliva.1 No tuvo ni tan siquiera el respeto que debe tener el héroe y el jefe caído en la batalla; fue ultrajado, robaron las pocas pertenencias que llevaba consigo no como reliquias, sino como botín, cargado como un bulto al lomo de un caballo, sepultado primero en una fosa común. Al tercer día de enterrado fue exhumado su cadáver, exhibido, profanados sus huesos, embalsamado en Remanganaguas y conducido por las fuerzas del ejército español a Santiago de Cuba. Un grupo de mambises intentó rescatar el cadáver, pero todo fue inútil.

Tal vez ese fin martiano fue la demostración suprema de lo injusto y cruel de una acusación publicada en el periódico habanero La Lucha acerca de que lo más probable –cuando recomenzara la guerra– era que Martí estuviera ausente del territorio cubano, pues seguro iba a mantenerse en EE. UU., dando lecciones de patriotismo a los emigrados. Su respuesta al agravio fue: “Si mi vida me defiende nada puedo alegar que me ampare más que ella. Y si mi vida me acusa, nada podré decir que la abone. Defiéndame mi vida”.

No es fácil aportar nuevas ideas a la significación de la muerte del cubano más universal, después que lo hiciera con una lucidez extraordinaria nuestra “cubana secreta”, la española María Zambrano, quien recibió como regalo de sus amigos Fina García Marruz y Cintio Vitier –cuando residió por un tiempo en nuestro país– la primera edición del Diario de campaña: de Cabo Haitiano a Dos Ríos. El gesto de la pareja al otorgarle semejante texto tuvo como objetivo acercarla a quien había escrito: “Pensar es servir”. Ellos sintieron cierta vergüenza con semejante obsequio, por el hecho de que la poetisa andaluza precisamente buscaba huellas afortunadas de España entre los cubanos2 y no la rememoración de la desarmonía y el desencuentro. Sin embargo, no hubo mejor presente, pues cuando leyó el tercer y último Diario…, la que elevó el ambiente de la filosofía en Cuba en ese tiempo, sintió que era como leer un texto sagrado.

La Zambrano coincidió con Vitier cuando este último destacó que semejante testimonio martiano es “la fraternidad en el peligro”, es “el fervor de la guerra”, es la mirada que “lo ve todo, hasta el fondo: la solicitud cariñosa, el pudor de los hombres, la pena callada; y también la corrupción, la miseria, el recelo”.3 Su lectura inspiró la aparición de un artículo titulado “Martí, camino de su muerte”, publicado en la revista Bohemia en febrero de 1953; en él expresa que ese Diario… resultó ser… “más que un testamento, cosa del pensar: un itinerario de su morir, cosa del ser”.4 Le impresionó cómo un poeta tuvo que convertirse también en hombre de acción, y al no tener vocación guerrera, fue a la guerra por destino. No hay que olvidar que ese trágico acontecimiento sucedió en el siglo xix. En el cumplimiento de ese destino, se hizo a sí mismo en contra de sí, de sus gustos.5

También la conmovió en esa pequeña publicación íntima esta bella frase: “la lluvia pura sufrida en silencio”. Martí vivió, sufrió la intemperie, describió cómo la lluvia calaba hasta sus huesos, sin albergue, sin morada. Todo ese sacrificio para construir no su propia casa, sino la Casa de todos. He ahí el legado martiano, su trascendencia universal, porque anheló con ello una forma de ser habitante del planeta.

Aquí interrumpo lo que nos deja siempre asombrados, estremecidos. Deseo tomar este mensaje del Diario…, de sus últimos instantes, donde no refleja una ambición de poder, de cargos, de espectáculo, y repensar de nuevo en su muerte, para destacar con especial énfasis que el Héroe Nacional sacó un revólver que nunca disparó, otro de los signos fulgurantes de su fin. Lo paradójico también de su vida es que fue a la guerra contra un enemigo que amó, más que odió, “que deseaba más redimir que derribar”.6 Cuánto nos hizo falta en todos estos años conocer, recordar, materializar este simbólico despliegue del final de Martí, aprender de sus gestos postreros. No por gusto es el autor de la genial oración: “Por el amor se ve. Con el amor se ve, el amor es quien ve”.

Pienso en el presente de la Isla. Hace unos pocos días leí algunas noticias que me llegan de manera sistemática, una de ellas me paralizó, pues me produjo, en primera instancia, una amarga impresión de hostilidad. Se trata de una preocupación de algunos cubanos donde piden que los nacionales que abandonen Cuba se olviden del sistema de salud nuestro, porque ello “repercute en los que viven aquí”. Exigen leyes regulatorias para que “esos” no se sirvan de las ventajas cubanas, de los médicos cubanos, de su país. Así, de manera tajante manifiestan un egoísmo que es totalmente antimartiano, un ultranacionalismo peligroso, además de resultar una incoherencia total con un sistema que brinda su atención, su apoyo, a países extremadamente necesitados. ¿Cómo es posible que Cuba entonces le dé la espalda a sus propios hijos?
Cuba, como bien dijera Martí, es patria de todos, dolor de todos y no feudo ni capellanía de nadie. Cuando escucho ciertas ideas de esperanza condensadas en violencia, cierto amor irreconocible, me siento en un “baile extraño”, creo que tal y como en ciertas ocasiones el propio Martí sintió.

Si brindamos nuestro territorio para la firma de la paz en Colombia, por qué nuestro territorio no puede hacerse diálogo para todos los cubanos y cubanas. De los ciudadanos que parten, muchos lo hacen con un dolor infinito: por su tierra, por su familia, por sus tradiciones, por su cultura. Los que regresan son nuestros parientes, nuestros amigos, nuestros compatriotas. De nuevo María Zambrano nos recuerda: “no es posible elegirse a sí mismo como persona sin elegir, al mismo tiempo, a los demás”.7 También añadiría a esto que mudar de tierra no significa mudar de alma.

La ciudadanía es un estatuto jurídico, más que una exigencia de implicación política, una base también para reclamar derechos. Los seres humanos necesitan ser autónomos, decidir dónde desean vivir, eso es una de las diferencias entre ser ciudadano y ser súbdito. La solidaridad como valor moral, no es grupal, sino universal. Se supone que nuestro país, sobre todo en medicina, practica la solidaridad universal, es una gran contradicción negarle a sus propios nacionales este derecho. Esa solidaridad universal de la que el país se enorgullece y que aparece diariamente proclamada en los medios de comunicación, está reñida con una “moral de establo” –como destaca Adela Cortina–, con los comunitarismos excluyentes.

Con su muerte, Martí marcó que lo posible es posible, porque es imposible. Fue al encuentro con los humildes, con los oscuros. Hoy es la semilla más dura y más pura de nuestra realidad, nuestro tesoro mayor, no es esa estatua desvencijada, que no llama, que no impulsa, que incluso hace desviar la mirada por el cansancio de la rutina y el absurdo. Esa no es la esencia martiana, su figura –más que un frío plástico o un desvencijado yeso– está en el aire, en el mar, en el río, en la tierra, en el alma de la nación, en lo leve, en la fineza de lo cotidiano, en la obra creadora, en la generosidad infinita, en la pobreza irradiante y no en la miseria que espanta, en el anhelo verdadero de la paz, en el todavía sueño de conciliación cubana de lograr una República “con todos y para el bien de todos”.
 

Notas

1 Véase Ezequiel Martínez Estrada: Martí revolucionario, La Habana, Casa de las Américas, 1974, pp. 287-308.

2 Consúltese Fina García Marruz: “María Zambrano, entre el alba y la aurora”, en Ensayos, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 2008, pp. 250-251.

3 Cintio Vitier: Lo cubano en la poesía, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 1998, p. 197.

4 María Zambrano: “Martí, camino de su muerte”, en Islas, Madrid, Editorial Verbum, S.L., 2007, p. 150.

5 Ibídem.

6 Cintio Vitier: Martí en Lezama, La Habana, Centro de Estudios Martianos, 2000, p. 89.

7 María Zambrano: Persona y democracia, Madrid, Ediciones Siruela S.A., 1996, p. 208.


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