José Martí, pensar, traducir y enseñar idiomas

Por Carmen Suárez León


A partir de 1881, José Martí se establece en Nueva York. Muchas veces tuvo que trabajar en tareas de tenedor de libros en casas comerciales, pero siempre que pudo lograrlo se dedicó a trabajos editoriales, de traducción y también a la enseñanza, como medios de subsistencia.

Simultáneamente, ejerce como corresponsal para periódicos de Hispanoamérica: La Opinión Nacional (Caracas), La Nación (Buenos Aires) y El Partido Liberal (México). Describirá y analizará en sus Escenas norteamericanas toda la complejidad de la vida política, cultural y social de Estados Unidos. En no pocas ocasiones centra su atención en el tema de la enseñanza en las escuelas y universidades, y entre muchos de sus aspectos, de tanto en tanto, se dedica a reflexionar sobre los idiomas y su enseñanza.

Una de las polémicas que se desplegaba por entonces se refería a cuánto tiempo debía emplearse en el estudio de las llamadas lenguas muertas, y si era más importante estudiar las lenguas modernas. Esta discusión se inscribía dentro del gran debate internacional acerca de las reformas educativas que se daban en Europa, en busca de una adecuación de la enseñanza a las urgencias de un mundo cada vez más industrializado y dependiente de la ciencia y de la técnica. José Martí tenía una formación clásica y siempre admiró las culturas antiguas y sus lenguas no habladas ya. Del hebreo nos dice: “Aquella lengua raizal, como fue hecha en tiempos raíces, de que han venido estos pueblos de ahora, como frondosísimo ramaje, es conservada con pasión, cual joya de familia, en la casa de los judíos […]”.1 Y del griego y el latín apunta: “Unos mantienen que el griego y el latín son de cabo a rabo inútiles. Ni el griego ni el latín han saboreado; ni aquellos capítulos de Homero que parecen primera selva de la tierra, de monstruosos troncos; ni las perfumosas y discretas epístolas del amigo de Mecenas, los que dicen esto”.2 Lo cual no le impide continuar de este modo: “Pero este es saber de gala, y regocijo de la mente dada a letras y nacida para ellas; este es cierto saber aristocrático y de desocupados, que al que viene predispuesto a adquirirlo, le irá inevitablemente, porque deseará tenerlo, y al que no tenga afición a él no le quedará impreso, porque se lo quitarán de la memoria, las tumultuosas ocupaciones modernas”.3
Resumiendo su posición frente al dilema, Martí se atiene a lo que considera el papel fundamental de la educación moderna:

“La educación tiene un deber ineludible para con el hombre,–y no cumplirlo es un crimen: conformarle a su tiempo–sin desviarle de la grandiosa y final tendencia humana. Que el hombre viva en analogía con el universo, y con su época: para lo cual no le sirven el latín y el griego”.4

Está convencido, y así lo expresa, de que las lenguas se han de estudiar por lo que hay escrito en ellas, y que esa utilidad se evidencia en el estudio comparativo de las lenguas: “Si reglas tiene una lengua, reglas tiene otra; y quien haya estudiado griego y latín, no se atreverá a decir que son lenguas más regulares que las que ahora hablamos ni que obliguen a mayor atención, comparación y deducción que el estudio de las lenguas modernas”.5 Abogará, pues, definitivamente, por la necesidad del hombre de los nuevos tiempos de estudiar las lenguas modernas, porque aprecia que “para vivir, apréndase lo vivo en las lenguas vivas, donde se contiene hoy lo nuevo y lo viejo, y no en las lenguas muertas, donde solo lo viejo está, que es menos de lo que se debe aprender…”.6

Este criterio de uso social predomina en José Martí como educador, ya que con criterio pedagógico debe poner en primer lugar la necesidad de todo ser humano de encontrar en la lengua un medio para vivir útil y dignamente, en el servicio suyo y de los demás. Esta prioridad hecha por hombre de tantos latines y griegos, que se fue al combate en el que cayó bajo el fuego enemigo con un libro de Cicerón en la mochila de campaña, habla con sobrada elocuencia de su personalidad y su pensamiento integrador, de batalla de pensamiento y acción siempre orientada a trabajar por lo que llamó “el bien mayor del hombre”.

Por otra parte, la labor traduccional de Martí nos ilustra muy bien sobre esa disposición privilegiada para el aprendizaje de diversas lenguas que lo distinguía. Aprendió, como es natural, dentro de la formación humanística de su época, latín y griego, y realizó traducciones de esas lenguas “troncales” en sus cuadernos de estudio. También tradujo por placer, pero sobre todo para ganarse el pan, obras del francés, del inglés y del portugués. Su primera traducción publicada en 1875, a los veintidós años –el texto Mes fils, de Victor Hugo– aparece encabezado por un artículo7 de suma importancia donde argumenta sus criterios sobre la actividad traductora, que define como “transpensar”, con clara conciencia, asombrosamente adelantada para su época, de que la traducción literaria de un idioma a otro, lleva a cabo un cambio de sustancia expresiva cuya diferente forma arrastra cambios de sentido que deben ponderarse cuidadosamente.

Trabajó como traductor para la casa editorial Appleton en Nueva York y en su periodismo aparecen reseñas críticas que enjuician trabajos de traducción y opinan sobre la necesidad de esa labor de traspaso para lo que llamó “la propagación de la cultura”. Al evaluar una traducción del alemán al español de su amigo Francisco Sellén, escribe: “…era faena recia, porque el alemán es rosado y azul, y el castellano amarillo y punzó, y los rayos de la luna se le iban por entre los dedos, sin que hubiera siempre modo de aprisionarlos en el encaje”.8 Siguiendo esa misma reflexión por imágenes nos dice del inglés que es un “idioma preciso y áspero”; al comparar los libros franceses con los ingleses anota: “La frase inglesa, como bestia de acero se escapa de la mano del potente domador; y la frase francesa, como blanca paloma de cinta azul al cuello, se le posa en la mano”.9 Se trata, claro está, de juicios poéticos, condicionados por una concepción de la cultura y del sujeto lírico, cuya sensibilidad lingüística le permite tratar a los idiomas como objetos artísticos. Ese discurso martiano que entrelaza hondamente la ciencia y la poesía en los umbrales de la modernidad nos sorprende hoy en un mundo de “especialistas” que saben cada vez más de cada vez menos.

Para los que amamos la extraordinaria humanidad de José Martí, por encima de cualquier otra de sus dimensiones, ninguna de sus relaciones con el lenguaje nos parece tan conmovedora y radicalmente tierna como la de su ejecutoria cuando fue maestro de español como lengua extranjera, en la Escuela Central Nocturna de Nueva York en los años de 1890 y 1891. Según lo que cuenta uno de sus discípulos, el norteamericano Víctor Hugo Paltsits, Martí se desempeñaba como instructor de español, tenía veintitrés alumnos con un promedio de edad de veinte años, y era muy reconocido por su método original de enseñanza y por su caballerosidad y simpatía. También eran instructores de español y amigos de Martí, Federico Edelman, Luis Baralt y Lincoln Zayas; todos interesados en la enseñanza de idiomas y en las leyes del lenguaje. En el informe que hace el director de la escuela, José Martí da cuenta de su método:

“Se enseñó el idioma utilizando la pronunciación y la ortografía, dictando cada noche diversas clases de oraciones a los estudiantes y después haciendo cada vez más elaborado el método, a medida de las muestras de progreso encontradas.
”La relación de los modos verbales españoles con los otros idiomas fue plenamente expuesta”.10

Ese era su método comparativo que seguía aquella premisa suya que tanta satisfacción le había dado encontrar en el Appleton Journal, experiencia de la que escribe: “Longfellow enseñaba como yo enseño español a la clase de la calle 30. A la gramática por la lengua; no a la lengua por la gramática. Modelos y no reglas”.11 Siguiendo esta técnica observa que “del buen método de comparar continuamente una lengua con otra, para señalar sus identidades y describir sus diferencias, resulta que la clase es también de inglés para los que hablan español.”.12
Ya se sabe que José Martí nos lega en muchos de sus textos una doctrina ético-pedagógica encaminada a formar al hombre moderno de Hispanoamérica, capacitado para construir repúblicas nuevas, donde fueran demolidas las estructuras coloniales persistentes. Se trataba de descolonizar las mentalidades con reformas educativas profundas, donde la enseñanza de las lenguas modernas, tanto la materna, como las extranjeras, desempeñaba un papel de suma importancia para la elevación de una cultura científico-técnica, pero regida por un criterio de justicia, preñada de valores que permitieran acceder a una modernidad nueva, a la que llamó un “orbe nuevo”. Con su visión analógica del universo –de lo uno en lo diverso–, veía en los idiomas espejos de las culturas que expresaban, y les otorgaba valores distintivos con su prosa poemática:

“El lenguaje es la forma del espíritu. Pueblo imaginativo, lenguaje abundoso. Pueblo pensador, lenguaje sobrio. El inglés es el silbido de una máquina; el alemán es la profundidad de una sombra, o el áspero rodaje de un cañón. El italiano es un beso, el francés un himno precipitado, y el español una energía. El desarrollo de la historia está en el desarrollo de las lenguas. Un gran etnólogo será un gran filósofo. El hebreo es recto en su escritura, porque es macizo en sus conceptos. El sánscrito imita troncos con sus letras, porque sus ideas son cimientos, rocas y raíces. El árabe es curvo, porque el carácter árabe es muelle.

”La escritura alemana es una serie de ornamentos góticos. La analogía es la gran ley humana: de lo creador a lo humano, se desciende de un vértice altísimo a los extremos de un estrecho ángulo agudo: el progreso es tan lento como el ángulo es estrecho: así el desenvolvimiento entre los hombres va haciéndose entre dos líneas casi paralelas de una amplificación progresiva imperceptible. ¡Quién sabe dónde volverá este inmenso ángulo, colosal rumbo, a su vértice!”.13


Notas

1 José Martí: “La Jánuca”, en Obras completas, edición crítica, La Habana, Centro de Estudios Martianos, t. 9, p. 207. [En lo adelante se cita como OCEC].

2 José Martí: “Reforma esencial en el programa de las universidades americanas…”, en OCEC, t. 19, p. 38.

3 Ibídem, p. 37-38.

4 Ibídem, p. 38.

5 José Martí: “Fragmento 395”, en Obras completas, La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 1975, t. 22, p. 276. [Esta edición se citará en lo adelante como OC, para los textos no publicados aún en edición crítica].

6 José Martí: “Por las lenguas modernas y por Browning”, en OC, t. 13, p. 58.

7 José Martí: “Traducir Mes fils”, en OCEC, t. 20, p. 11-14.

8 José Martí: “Francisco Sellén”, en OC, t. 5, p. 183.

9 José Martí: “En casa, 9 de marzo de 1894”, en OC, t. 5, p. 425.

10 Victor Hugo Paltsits: “José Martí, maestro y caballero”, en Carmen Suárez León, Yo conocí a Martí, La Habana, Centro de Estudios Martianos, 2012, p. 126.

11 José Martí: “Cuaderno de apuntes no. 18”, en OC, t. 21, p. 406.

12 José Martí: “En casa, 9 de marzo de 1894”, en OC, t. 5, p. 425.

13 José Martí: “El libro de García Cubas”, en OCEC, t. 3, p. 196.

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