José Martí

Por Fina García Marruz

Desde niños nos envuelve, nos rodea, no en la tristeza del homenaje oficial, en la cita del político frío, o en el tributo inevitable del articulista de turno, sino en cada momento en que hemos podido entrever, en su oscura y fragmentaria ráfaga, el misterioso cuerpo de nuestra patria o de nuestra propia alma. Él solo es nuestra entera sustancia nacional y universal. Y allí donde en la medida de nuestras fuerzas participemos de ella, tendremos que encontrarnos con aquel que la realizó plenamente, y que en la abundancia de su corazón y el sacrificio de su vida dio con la naturalidad virginal del hombre. Acaso por esto, siempre nos parece que los demás nos lo desconocen o fragmentan, porque cada cubano ve en él, un poco, su propio secreto. Y así lo vemos como el hermano mayor perdido, el que tenía más rasgos del padre, y al que todos quisiéramos parecernos porque contiene nuestra imagen intacta a la luz de una fe perdida. Pensamos que si estuviera entre nosotros todo sería distinto, lo cual es a la vez lo más sencillo y lo más misterioso que se pueda decir de alguien. Desconfiados por hábito o malicia, creemos en él a ciegas; enemigos de la rigidez de todo orden, aun del provechoso y útil, nos volvemos a este austero en quien la libertad no fue una cosa distinta del sacrificio; burlones y débiles, buscamos, como a invisible juez, la gravedad de este hombre, poderoso y delicado. Él es el conjurador popular de todos nuestros males, el último reducto de nuestra confianza, y olvidadizos por naturaleza, rendimos homenaje diario, profundo o mediocre, a aquel hombrecillo de cuerpo enjuto, de frente luminosa y ojos de una penetrante dulzura, que tiene esta irresistible fuerza: la de conmover.

Conmueve si escribe, si habla, si vive, si muere. ¿Cuál es su secreto? Él no actúa: obra. Todo lo que hace está como tocado de un fulgor perenne.

Diez pensamientos del Papa Francisco

Papa Francisco

Diez pensamientos del Papa Francisco nos convidan a abrir nuestros corazones para vivir la Navidad como una fiesta de bondad y mansedumbre, con la disposición a compartir afectos y donarnos a los demás.

Dios que ha de venir

Karl Rahner

Karl Rahner (1904-1984) fue uno de los teólogos católicos más influyentes en el Concilio Vaticano II. Alumno de Martin Heidegger en la Universidad de Friburgo, sufrió la influencia de este pensador, pero su amplia cultura filosófica le permitió desarrollar un pensamiento particular, donde la teología de santo Tomás de Aquino está leída en diálogo con los pensadores europeos del siglo xx.

Dios hecho hombre

Jean Paul Sartre

Jean Paul Sartre (París, 1905-1980) es internacio-nalmente conocido como un pensador existencialista. Su novela La náusea (1938) y la pieza teatral A puerta cerrada (1944) son ejemplos de una filosofía desencantada de la existencia, que rechaza toda noción de trascendencia y apuesta por una libertad total, al margen de toda preocupación por el prójimo pues “el infierno son los otros”. 

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