San Cristóbal de La Habana, origen y desarrollo de una ciudad portuaria

Por Arturo A. Pedroso Alés


“La vista de La Habana, a la entrada del puerto, es una de las más alegres y pintorescas de que puede gozarse en la América equinoccial.”
Alejandro de Humboldt


En el año 1514 se fundó, en un sitio aún no precisado de la ribera suroccidental de la actual provincia de Mayabeque, la villa de San Cristóbal de La Habana. Años después, sus habitantes abandonaron el bajo y malsano territorio y establecieron un nuevo asentamiento en las márgenes del río que los aborígenes llamaban Casiguaguas y los españoles La Chorrera, hoy Almendares. Sin embargo, no fue hasta el año 1519 que tuvo lugar el tercer y definitivo emplazamiento de la villa en las inmediaciones de la amplia y resguardada bahía conocida como puerto de Carenas.1 Nacía así una de las primeras siete villas de Cuba fundadas por los españoles.

Asegura la tradición que bajo una frondosa ceiba existente en aquel paraje, se celebró la primera misa y el primer cabildo de la naciente villa. A partir de este punto nació la Plaza de Armas, espacio generador, sobre el cual José María de la Torre expresó: “fue el centro de donde irradió la población. Extendiéndose desde allí primero, por las calles de los Oficios y de los Mercaderes, como más próximas al punto de desembarque de los bajeles”.

La Habana siguió el patrón urbanizador hispanoamericano que contempló el trazado en damero a partir de una plaza mayor como núcleo de la ciudad. La estrechez de sus calles caracterizó su trama y estuvo asociada a la práctica española recogida en las Leyes de Indias o Código Indiano que exigía “en lugares fríos sean las calles anchas y en los calientes angostas”.

La estratégica situación de la nueva población se consolidó con el descubrimiento, hacia 1525, de la Corriente del Golfo por el navegante español Antón de Alaminos, facilitando con ella el retorno de las embarcaciones a vela desde América a Europa. La conquista de México y la designación de La Habana y su puerto como escala principal de las flotas de las Indias Occidentales, terminó por concederle su definitivo esplendor.

La actividad comercial favoreció un rápido crecimiento demográfico de la ciudad, al punto de que para el año 1532 La Habana fue la segunda población más importante de la Isla, únicamente superada por Santiago de Cuba.

La estadía en La Habana de los valiosos tesoros que conducía la flota hacia la metrópoli provocó numerosos ataques de piratas. En 1555, el corsario hugonote Jacques de Sores incendió, saqueó y redujo a cenizas la ciudad. La necesidad de proteger la bahía y una urbe tan codiciada por todos determinó la construcción de varias fortalezas. Se erigió su primer sistema defensivo compuesto por el Castillo de la Real Fuerza y las fortalezas de los Tres Reyes del Morro y de San Salvador de La Punta.

Las primeras regulaciones urbanas de la villa se recogieron en las ordenanzas municipales, redactadas por el Oidor de la Real Audiencia de Santo Domingo Alonso de Cáceres, durante su visita a la Isla en el año 1573. Este primer código urbano, según afirma el historiador Carlos Venegas, “se correspondía con el clima de organización y madurez que se generaba dentro del imperio americano bajo la monarquía de Felipe II”.2

En 1592, la villa obtuvo el título de ciudad y en igual fecha se concluyó su primer acueducto, la Zanja Real. Finalmente, el 8 de octubre de 1607, por una Real Cédula fue declarada capital de la Isla.

Durante el siglo xvii, la arquitectura religiosa dominó la traza urbana de la ciudad. Entre las construcciones que fueron levantadas en esta centuria encontramos las iglesias del Espíritu Santo, del Santo Cristo del Buen Viaje, del Santo Ángel Custodio, de San Felipe de Neri y la Parroquial Mayor, así como los conventos de San Juan de Letrán, de la Orden de Santo Domingo, de Santa Clara de Asís, de San Agustín y el de Santa Catalina de Siena.

En 1674 se inició la construcción de la Muralla, dilatada obra defensiva concebida por el ingeniero Cristóbal de Roda, que concluyó hacia 1797. Una década después tuvo lugar la primera división de la ciudad en ocho secciones o distritos para su ordenamiento urbano y policial.
Al finalizar esta centuria, La Habana era una urbe policéntrica con un sistema de plazas y plazuelas bien definido, aunque su retícula exhibía una heredada falta de ortogonalidad.

La evolución de la ciudad y su puerto durante el siglo xviii tuvo un parteaguas en el año 1762, con la invasión y ocupación inglesa de La Habana. Luego de este importante acontecimiento, se desarrollará en la urbe un notable proceso de renovación urbana.

La Plaza de Armas recobró su carácter de centro cívico con las obras emprendidas en ella por el mariscal de campo Felipe de Fondesviela y Ondeano, marqués de la Torre. A su vera se levantaron dos notables edificios públicos: la Casa de Correo o Palacio del Segundo Cabo, cuyos trabajos se iniciaron en 1771, y la Casa de Gobierno o Palacio de los Capitanes Generales inaugurada en 1791.

Durante el último tercio del siglo xviii y como parte de las reformas borbónicas, inspiradas en la Ilustración, acontecieron importantes transformaciones en el urbanismo habanero. Se colocó el empedrado y las aceras a las principales calles, se prohibió edificar casas de tablas con techos de guano en los barrios de intramuros y se construyeron los primeros paseos públicos de la ciudad, la Alameda de Paula y el Paseo de Extramuros o Nuevo Prado.

Asimismo, se iniciaron las calzadas que salían de la ciudad hacia los barrios de extramuros. Se ensanchó el muelle principal y se acometió la limpieza del puerto. Sin embargo, por su envergadura y monumentalidad las nuevas fortalezas abaluartadas construidas –el Castillo de Santo Domingo de Atarés (1767-1769), la Fortaleza de San Carlos de La Cabaña (1763-1774) y el Castillo del Príncipe (1767-1779)– conformaron el nuevo triángulo defensivo de la urbe y transformaron la expresión de la ciudad.

Durante los primeros años del siglo xix se consolidó el ensanche urbano iniciado durante las últimas décadas de la anterior centuria. En 1807 se dividió la ciudad en dieciséis barrios y en 1817, mediante una Real Orden, se dispuso la delineación de los barrios de extramuros.

Entre los grandes hitos urbanos de este período destacó el vasto plan de obras públicas, ornamentación y saneamiento urbano emprendido por el capitán general Miguel Tacón y Rosique durante su mandato (1834-1838). Entre las obras más sobresalientes legadas a la ciudad hallamos el Gran Teatro Tacón, la Pescadería, los Mercados del Santo Cristo, Fernando VII y Tacón, la rotulación de las calles, el Campo Militar o Campo de Marte, la Cárcel, la Residencia de Verano de los Capitanes Generales y la fuente de Nep-tuno.3

Según transcurría la centuria, se gestaba una ciudad que buscaba ser símbolo de progreso. En 1855, durante el gobierno de José Gutiérrez de la Concha, se emitieron las Ordenanzas Municipales de la ciudad de La Habana, y en octubre de 1861 entraron en vigor las Ordenanzas de Construcción. Esta última normativa jurídica jerarquizó las calzadas y calles de la ciudad en diferentes órdenes, reguló las alturas de los edificios y la distribución de los pisos con arreglo a una escala y rango de la calle.

Mediada la centuria, la expansión urbana llegó a la Calzada de Galiano y el área urbanizada totalizó cuatro kilómetros cuadrados, mientras su población rebasó los 140 000 habitantes. En 1863 se inició el derribo de las antiguas murallas, inoperante cinturón pétreo que ceñía la ciudad y apenas cumplía funciones defensivas. La amplia faja de terreno dio paso a una moderna urbanización4 conformada por edificios monumentales que cumplieron funciones administrativas, productivas y comerciales.

En 1890 el área urbanizada alcanzó la Calzada de Infanta, y cubría un área de diez kilómetros cuadrados con una población de 200 000 habitantes. Al concluir la ocupación norteamericana (1898-1902) e instaurarse la República (1902), La Habana comenzó un progresivo crecimiento favorecido por un período de bonanza económica, que transformó el viejo rostro de una urbe colonial y su precaria infraestructura urbana, en una ciudad moderna.

Incentivado por las grandes inversiones de capital norteamericano, se inició un auge constructivo sin precedentes. La ciudad se vio favorecida con la pavimentación de sus calles, la ampliación de repartos, la recogida de la basura, la instalación del alumbrado público y del tranvía eléctrico.

Fue promulgada la Ley Orgánica de los Municipios (1908). Comenzaron las obras del Malecón en su primera etapa. Asimismo, se generalizó el uso de la electricidad, el teléfono y, en menor medida, del automóvil.

En este contexto modernizador y en torno a las calles Aguiar, Amargura, O´Reilly, Obrapía y Cuba, se levantaron grandes edificaciones destinadas a las oficinas de importantes instituciones bancarias extranjeras que conformaron el llamado Distrito Bancario o “pequeño Wall Street” habanero. Otras construcciones destacadas fueron la Lonja del Comercio (1909), la Estación Central de Ferrocarriles (1912), la Aduana (1914). Al mismo tiempo, se consolidó la actividad hotelera en las áreas centrales de la ciudad.

Durante el gobierno del general Gerardo Machado (1925-1933) se impulsó un amplio plan de renovación urbana. Invitado por su ministro de Obras Públicas, el doctor Carlos Miguel de Cépedes, arribó a La Habana el arquitecto y paisajista Jean Claude Fores-tier, quien elaboró el primer plan director integral de La Habana.

El plan de embellecimiento y ampliación de La Habana de Forestier, aunque ejecutado de manera parcial, planeó una amplia red vial que unía los focos más activos de la ciudad, establecía nuevas directrices para las nuevas áreas de desarrollo y creaba un sistema verde a escala metropolitana. Apegado a los códigos de Beaux Arts, del academicismo francés, diseñó una ciudad de grandes avenidas que permitía la visión escenográfica de los edificios representativos de la administración pública: el Capitolio Nacional, el Palacio Presidencial, la Plaza Cívica, entre otros.

Las décadas de 1940 y 1950 estuvieron marcadas por un ciclo de expansión urbana y la explosión de nuevos repartos. Hacia el oeste: Barlovento, La Coronela, Flores y Havana-Biltmore, para la más rancia burguesía. Hacia el este y muy próximo al litoral: Alamar, Celimar, Tarará, Brisas del Mar, Residencial Vía Túnel, entre otros. Mientras hacia el suroeste nacían los repartos de Nuevo Vedado, Altahabana, Fontanar y Santa Catalina.5

Señala el profesor Sergio Guerra: “ese vertiginoso proceso de inversiones inmobiliarias sin precedente –en muchos casos mediante una turbia utilización de fondos públicos– culminó a fines de los cincuenta con la aparición de las grandes torres de propiedad horizontal en El Vedado, de los que son exponentes el Retiro Médico de la Rampa, […] el Someillán y el descomunal FOCSA (1956) –con 28 pisos, que lo hicieron el edificio más alto de la ciudad […]”.6

Mientras tanto, en la ciudad antigua, el deterioro de su fondo constructivo ganaba terreno y viejos monumentos sucumbían ante la piqueta del progreso.

Hacia mediados de los años cincuenta, el gobierno del presidente Fulgencio Batista impulsó un plan de obras públicas y embellecimiento de la ciudad. Con la fundación de la Junta Nacional de Planificación de Cuba, en 1955, se iniciaron los estudios de un Plan Nacional y de planes pilotos para La Habana, Varadero, Trinidad e Isla de Pinos. El Plan Director de la ciudad se le encomendó al estudio de arquitectura y urbanismo Town Planning Associates, que dirigía el arquitecto catalán José Luis Sert, e integraban Paul Schulz y Paul Lester Wiener. El nuevo plan buscaba una puesta en valor de la ciudad con fines de ocio y turísticos. Afortunadamente, las propuestas de este plan no llegaron a ejecutarse, con lo cual, gran parte del tejido urbano de La Habana colonial pudo sobrevivir a una red de vías rápidas que favorecerían al automóvil en detrimento de la memoria histórica y los valores tradicionales.

El triunfo de la Revolución, el 1ro. de enero de 1959, marcó el inicio de una nueva etapa. Las leyes del Gobierno Revolucionario –Ley de Reforma Urbana, Ley de Reforma Agraria, Nacionalización de las empresas norteamericanas, la expropiación de los bienes malversados– impactaron, sin dudas, sobre la ciudad, aunque alcanzaron una mayor resonancia hacia el interior del país.

Con el propósito de contener las profundas asimetrías sociales y económicas, se edificaron grandes conjuntos de viviendas. El primer barrio popular construido en la ciudad fue la unidad vecinal La Habana del Este integrada por 2 300 apartamentos.

El centro histórico se encontraba sumergido en una profunda degradación urbana, con un alto grado de hacinamiento y sensibles pérdidas en su patrimonio arquitectónico. Este panorama se revirtió con el rescate de la zona antigua de la ciudad, a partir de 1967, por la Oficina del Historiador bajo el liderazgo de Eusebio Leal. Se promovió una estrategia para la salvaguarda de los valores históricos y patrimoniales del territorio.

Pronto rindió sus frutos. En 1978, la Comisión Nacional de Monumentos emitió la declaratoria de Monumento Nacional para el centro histórico de La Habana y en 1982, durante la Sexta Reunión del Comité Intergubernamental de la Convención del Patrimonio Mundial, se acordó declarar Patrimonio Cultural de la Humanidad a La Habana Vieja y su sistema de fortificaciones coloniales.

En la década de los ochenta, el Estado cubano asignó un presupuesto para la rehabilitación y restauración del centro histórico, y se identificó a la Oficina del Historiador como la entidad coordinadora del proceso de rehabilitación.

Con la aprobación en 1993 del Decreto Ley 143 por el Consejo de Estado se reconoció a La Habana Vieja como Zona Priorizada para la Conservación, al mismo tiempo, se dotó a la Oficina del Historiador de un fuero legal y un aparato empresarial e institucional para ejecutar sus funciones. Poco tiempo después, el Acuerdo No. 2951 del año 1995, emitido por el Consejo de Ministros, declaró el área protegida Zona de Alta Significación para el Turismo.

El nuevo modelo de gestión autofinanciado y sostenible aplicado a la ciudad patrimonial contempló a la cultura como eje principal del desarrollo y a sus pobladores como actores y beneficiarios de este proceso.

Sobre este gigantesco e infatigable desafío restaurador, ha dicho su conductor y principal artífice, el destacado intelectual e historiador de la ciudad doctor Eusebio Leal: “Cuando conservamos el patrimonio, estamos salvando la memoria de nuestros pueblos”; y ha precisado: “Hay que ir al pasado para proyectarse con fuerza hacia el futuro”.


Notas

 1 Sobre el puerto de La Habana precisó el historiador Jacobo de la Pezuela: “[…] no consta que hubiese sido reconocido por los españoles sino diez y seis años después de descubierto por el gran Colón el Nuevo Mundo. En 1508 fue cuando fondeó en él Sebastián de Ocampo que carenó sus dos carabelas con el betún o petróleo llamado chapapote y derivó de este incidente que durante algunos años se le designase con el nombre de puerto de Carenas”.

2 Carlos Venegas Fornias: Plazas de Intramuro, La Habana, Consejo Nacional de Patrimonio Cultural, 2003, p. 21.

3 Para conocer en detalle la obra constructiva de Tacón, véase Felicia Chateloin: La Habana de Tacón, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 1989.

4 Consúltese Carlos Venegas: La urbanización de las Murallas: dependencia y modernidad, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 1990.

5 Sergio Guerra Vilaboy: “La Habana: breve recorrido por su historia”, en La Habana /Veracruz, Veracruz/ La Habana. Las dos orillas, México, Universidad Veracruzana, 2010, p. 60.

6 Ibídem. p. 59.

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