Con el cielo por techo

Por Olga Sánchez Guevara


Para Roberto Méndez, que me animó a escribir estos apuntes.


“La iglesia de San Carlos”, dice el guía, “fue construida por el arquitecto Johann Fischer von Erlach, a quien se deben otros dos templos en Viena: el de los Escolapios o de la Virgen Fiel, y el de los Escoceses”. Al salir a la plaza con sus arces dorados me separo del grupo: quiero irme caminando hasta el hotel, más bien una pensión, cerca de los museos, y ver sin compañía un poco más de la ciudad.

Los mármoles rosados y los angelotes en las paredes de San Carlos me han hecho recordar el sueño recurrente que terminaba en una iglesia como esta, pero sin techo. Una cámara fotográfica para captar imágenes oníricas: esa sería una invención genial. Y si existiera un artificio para calcular cuántos templos por cada dos o tres kilómetros cuadrados hay en Viena y en Camagüey, me parece que la Villa de los tinajones se llevaría la palma.

Como ya he comentado en otra ocasión, tal vez el derrumbe del techo en la camagüeyana iglesia del Carmen haya sido el origen de aquel sueño. Las rendijas en la puerta de madera preciosa, deteriorada por la lluvia y la intemperie, permitían ver algunos trozos de los muros bañados por el sol; siempre quise mirar al cielo desde allí adentro, pero no pude entrar al templo hasta después de su total restauración.

Una iglesia semejante a la de mi sueño, con el cielo por techo, la encontré largo tiempo después en Berlín (por rara coincidencia, bajo la advocación de san Miguel Arcángel, como la parroquia del municipio habanero donde vivo desde hace treinta años). Recuerdo que al preguntar en la calle por la iglesia de San Miguel, el amable desconocido a quien le pedí orientación me contestó que no existía ninguna iglesia en las cercanías, sino solo unas ruinas a pocas cuadras de donde estábamos. Era cierto y a la vez no lo era. El ábside se salvó de los bombardeos en 1945, y allí se celebra la misa; pero la nave principal quedó sin techo, y a falta de recursos para restaurarlo, los feligreses decidieron crear allí un original jardín, entre las paredes cubiertas por la hiedra.

Era una fría mañana primaveral, y el viento había dejado una alfombra de flores bajo los castaños que rodean el antiguo edificio de ladrillos. Al lado hay un parque infantil, y unas muchachas se hacían fotos en la pequeña plaza con adoquines rojos. Terminada la misa, yo también hice fotos de la iglesia y su nave transformada en jardín: por fin estuve dentro y miré al cielo como en sueños.

La catedral católica de Santa Eduvigis,1 en Berlín, es una sola nave circular, y el techo de cristal deja pasar el sol. En la mañana de Pentecostés, el coro canta una misa de Mozart: serenidad, belleza donde una vez hubo devastación. Sentada en un banco cercano, una niña con grandes ojos negros y mejillas rosadas (es casi inevitable pensar en Blancanieves) me mira y me sonríe.

Otras ciudades europeas sufrieron el azote de los bombardeos durante la Segunda Guerra Mundial, y quedaron dañados, total o parcialmente, numerosos templos que han sido rescatados gracias al empeño y la dedicación de muchas personas. Un ejemplo cimero de solidaridad y comunión cristiana es la iglesia de Nuestra Señora (Frauenkirche) en Dresden: donativos hechos desde diferentes países permitieron volver a levantarla en su esplendor de antaño. En Viena, el techo de la catedral de San Esteban tuvo que ser reconstruido en su totalidad. Quien haya visto fotos del estado en que se encontraba en 1945, admirará todavía más esa increíble filigrana devuelta a su belleza original.

Algunos templos han quedado sin cubierta por motivos que poco o nada tienen que ver con una guerra. Es el caso de la parroquia habanera de Nuestra Señora del Rosario, en la intersección de las calles 15 y 16, en El Vedado. En el parque situado enfrente hay un busto del sacerdote que ideó la construcción; el proyecto se le fue de las manos, y por falta de fondos nunca llegó a concluirlo.

En Barcelona, la Basílica y Templo Expiatorio de la Sagrada Familia estuvo más de un siglo sin techo y es, no solo por eso sino en muchos sentidos, un reto a la imaginación. La primera piedra fue colocada en 1882; al año siguiente entraría a dirigir las obras Antoni Gaudí i Cornet (1852-1926), tal vez el arquitecto catalán más famoso de todos los tiempos, cuya ejemplar virtud y espiritualidad han sido reconocidas por la Iglesia al abrirse, en el año 1998, el proceso de su beatificación, autorizado por la Santa Sede en el 2000.

Gaudí se consagró a su labor en la edificación del templo durante cuarenta y tres años, hasta que en 1926 murió en un accidente de tránsito. En esa fecha solo se habían terminado una torre, la fachada del Nacimiento2 y la cripta, donde luego fue enterrado Gaudí. Lo construido después de 1926 ha estado a cargo de varios equipos técnicos, cuyo trabajo se ha guiado por las pautas gaudinianas.

En 1982, a un siglo de colocada su primera piedra, la iglesia de la Sagrada Familia fue visitada por san Juan Pablo II, y el 7 de noviembre de 2010 Benedicto XVI la consagró al culto y la proclamó Basílica Menor. Por el carácter universal de su arquitectura, algunos la llaman la catedral de Europa. Todavía está en construcción, y su nave central vino a ser techada en el 2000, al cabo de 118 años de iniciadas las obras.

Se prevé que estas concluyan en el 2026, coincidiendo con el centenario de la muerte de su arquitecto principal. Ojalá que algún día, en esa misma iglesia cuya creación pensó como “un himno de alabanza a Dios, en el que cada piedra es una estrofa”, Antoni Gaudí sea declarado santo.


Notas

1 En Berlín hay dos catedrales, una católica y otra evangélica.

2 Las otras dos fachadas corresponden a la Pasión y la Gloria, respectivamente.

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