Una llamada al 18820

Por Jorge Fernández Era

Guardo entre las joyitas del acontecer cubano contemporáneo una nota que transcribí de un P 13 y que aparece en varios ómnibus articulados de la línea capitalina Metrobús. Es como para exhibir en un museo del absurdo. Dice lo siguiente:

Información a los pasajeros
Este ómnibus trabaja bajo un nuevo sistema de gestión empresarial cuyo principal objetivo es brindarle un servicio de transporte con la calidad que usted merece. Como parte del mismo, la tripulación está autorizada a manipular el efectivo de la recaudación durante el proceso de pago del pasaje y no es obligatorio el uso de la alcancía para la custodia del mismo, ni fraccionar importes para devolución.

El precio del pasaje se mantiene en 40 centavos CUP por pasajero.

Para cualquier sugerencia, aclaración o queja del servicio, por favor, nos pueden contactar a través del teléfono 18 820, agradeciendo de antemano el haberse comunicado con nosotros.
“El pago del pasaje es una obligación social”.

Primera acotación: el principal objetivo del nuevo sistema de gestión empresarial no parece ser el de brindarnos un servicio con la calidad que merecemos; si alguien lo siente así que me lo cuente. No es secreto que el estrenado método de recaudación se impuso ante la necesidad de encontrarle solución al desvío de dinero que iba a parar no precisamente a las arcas del Estado. Ahora los choferes están obligados a entregar una cifra fija por viaje; de ahí que las calles habaneras se han convertido en pistas de carrera donde los conductores pugnan por llevarse consigo el mayor número de pasajeros, y estos tienen que sufrir impávidos los frenazos y acelerones que tal proceder lleva implícito, además de las broncas entre choferes para dilucidar quién va adelantado y quién no (¿puede decirme usted para qué sirven los inspectores?).

A correr se ha dicho
El transporte, para desdicha de todos, sigue siendo ese mal que tenemos que sufrir sin otra opción que acudir a él con el sobresalto cotidiano.
El cubano de a pie emplea –seré conservador– no menos de tres horas diarias para transportarse hacia o desde el trabajo. Llegar a una parada significa esperar un espacio ilimitado de tiempo sin saber a ciencia cierta cuándo y en qué condiciones llegará el ómnibus, ni siquiera si parará aquí, allá o acullá. En la mayoría de los casos tendremos que correr hacia acullá porque la guagua viene repleta o porque el chofer –he aquí uno de los “logros” de la nueva gestión empresarial– decide dejar a los embarcados pasajeros cincuenta metros a babor o a estribor, no importa si el P viene lleno o vacío, según él para asegurar que nadie monte sin cumplir su deber social. En el mejor de los casos, se respeta la parada, pero los pasajeros, para apearse, deben esperar a que la totalidad de los nuevos inquilinos aborden por la puerta delantera y al conductor le dé la gana de abrir la trasera. Nos convertimos así en rehenes de un capricho, y el tiempo, el implacable, pasa, el chofer se toma el suyo y viola a conciencia el de sus congéneres. Y no pasa nada, o pasa, pero a nadie le importa.

Caminar para atrás
Los ómnibus urbanos de la capital cubana –me atrevo a asegurarlo– son los más hediondos del mundo. Subirse a ellos es exponerse a un abanico de olores, manchas e invasión visual inimaginable en otras urbes foráneas. No es obligación de la tripulación –la realidad lo demuestra– mantener limpio el equipo, como tampoco respetar el derecho de cada cual a no oír la música que agrede a sus tímpanos. Los que han viajado saben que en otros países está estrictamente prohibido someter al viajero a sonidos ajenos a su voluntad, mucho menos a los decibeles que soportamos en nuestras criollas Yutong. El fundamento es sencillo: no hay basamento legal para violar el derecho de uno solo de los pasajeros. Pero ya es sabido que en nuestra sociedad los derechos individuales se diluyen en los colectivos.

Una guagua –gracias, Zumbado, por definirlo hace tantos años– sigue siendo el monstruo con patas de caucho donde no hay más remedio que subirse, pero del cual se ignora cómo habrá uno de bajarse, no importa incluso si entra en el grupo de personas a las que la sociedad está obligada a proteger, léase ancianos, limitados físicos, embarazadas y niños.

Abrir las puertas… y las entendederas
La inmensa mayoría de los cubanos ha vivido con el sambenito de que la transportación nunca ha satisfecho la demanda, y aquí entra a jugar el hecho cierto –ajeno a bloqueos o a precios de equipos, piezas y combustible– de que para el Estado el transporte sigue constituyendo un gasto y no una inversión. Sería interesante investigar cuánto de nuestro producto interno bruto se escapa al éter por concepto de trabajadores que llegan –o no llegan– machucados a cumplir su jornada diaria, impedidos de rendir lo que deben rendir. ¿Puede haber productividad tras el agobio de un viaje donde no ha faltado ninguno de los componentes de esa “calidad en el servicio” que nos ofrece la Empresa de Ómnibus Urbanos? ¿Qué cantidad de equipos, piezas de repuesto y combustible se pudieran comprar cada año si nosotros, los trabajadores, llegáramos a nuestros centros frescos, rebosantes de energía y con deseos de laborar por el futuro luminoso que –como las guaguas– nunca acaba de llegar?

Un chance, por favor
Dar por sentado –con pegatina incluida– que bajo el nuevo sistema de gestión empresarial la tripulación no está obligada a “fraccionar importes para devolución” –el pago del pasaje es una obligación social, el vuelto no– es una bofetada al sentido común y otorga visos de legalidad al robo. Si los bancos son tan estatales como la empresa que rige el transporte urbano, el Estado –ese que supuestamente existe porque nosotros lo elegimos con nuestro voto– está obligado a exigir a ambos que encuentren los mecanismos –so pena de aplicar justicia– para asegurar que a cada persona le sean devueltos esos sesenta centavos que sudó y que no tienen por qué ir a parar al bolsillo de nadie, mucho menos por un “servicio merecido” que es una burla anunciar, porque está muy lejos de ser ofrecido.

Por lo pronto, el único chance que puedo pedir es de denunciarlo, en espera de que algún día montarse en un ómnibus no redunde en una odisea y nuestro modesto peso, ese desde el cual el Apóstol nos mira, entre en la categoría de cosas que hagan cumplir aquello de “cambiar todo lo que deba ser cambiado”.

Dialogar, dialogar

Alfredo Guevara

Durante los últimos años de su vida, Alfredo Guevara (Premio Nacional de Cine) realizó diversos encuentros con jóvenes intelectuales, artistas, profesores y estudiantes de diversas especialidades universitarias. Como resultado de estos intercambios se compiló el texto Dialogar, dialogar (Escuchar, enseñar, afirmar, aprender).

Del amor, el bloqueo y el final feliz

Antonio López Sánchez

Hay dos o tres, allá, que tendrían que buscar algún nuevo sonsonete para recabar votos y cabildear en la política y los negocios derivados de la causa contra el comunismo en Cuba. Hay dos o tres, aquí, que no tendrían temas ni noticias que analizar, ni habitual totí culpable al que endilgar sus propias ineficiencias y resultantes prebendas. Todos esos tendrían que aprender a subsistir haciendo algo nuevo y diferente que hablar mal del “enemigo”.

Comer es crecer

Jorge Fernández Era

Fíjate que acabábamos de desembarcar en aquel lugar y Yanitface me halaba ya el brazo derecho enseñándome lo bien que se veían los contramuslos asándose a la parrilla, mientras Yanotmail me desencajaba el izquierdo clamando por los lomos ahumados, que más que ahumados parecían tiznados de tanta humareda apestosa que subía por entre las pencas de guano.

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