GROSERAS SONRISAS

Por Antonio López Sánchez

De pie, en el ya invariable ómnibus desbordado de un lunes en la mañana, viaja una señora de más de sesenta años. A su espalda, dos tubos y tres pasajeros de por medio, atrapado en la corriente del pasillo, un muchachón en la treintena protege a una niña con pañoleta roja y mochila escolar. Por el parecido, quizás su hija. Alrededor, se aprieta más o menos el mismo número de los habitantes de Pekín, pero sin parsimonia budista. Más bien, con fervor de talibanes que llegan tarde a la guerra.

Azuzadas por el bien hundido acelerador, en el interior del vehículo ocurre el forzoso y constante cumplimiento de las leyes físicas derivadas del movimiento, empeñadas en que los cuerpos no mantengan nunca la misma posición en el reducidísimo espacio. Como el resto de los pasajeros, aunque con la desventaja manifiesta de su bolso y, más, de sus años, la señora lucha metro a metro por no ceder frente a la velocidad, la inercia, el rozamiento y otros demonios de inexorable cumplimiento, siempre presentes en los viajes en guagua, esforzados en impedir que lleguemos con vida a la próxima parada.

De pronto, se hace el milagro. El asiento que queda justo frente a la señora va a desocuparse. Se trata de una muchacha que carga un bebé. Apenas la joven mamá abandona el puesto ocurre la metamorfosis. Con ímpetu de salmón río arriba y fuerza de rinoceronte furioso, la pionerita arrolla con todo y con todos y ocupa el lugar vacío. Ante la protesta de la señora, que casi es proyectada ventanilla afuera por el avance bélico, el muchachón, que de paso se sienta y carga a la niña, responde con un par de oraciones vagas, groseras, y una sonrisa, más grosera aún. Haga memoria usted, ahora mismo, y saque cuenta de las veces en que una cola, la puerta de un taxi, un mostrador o cualquier espera más o menos ordenada con el fin de obtener algo (casi siempre escaso), es violentada por un menor. Tristemente, con el total apoyo y obvio beneficio de los padres, que casi siempre aparecen, más sonrientes que apenados.

Son incontables las ocasiones, sobre todo en la primera parada de los ómnibus, donde los verá escabullirse por entre las piernas de los que suben, correr hasta el fondo, y reservar cuatro asientos para quienes no los hubieran alcanzado si respetaran su turno. Con el consiguiente malestar, o hasta reyerta, si alguien entonces descarta la reservación del infante y toma el asiento por sus fueros. Igual lo hacen al llegar a un kiosco, a pesar de las prohibiciones explícitas, para comprar cigarros o bebidas. Conste que algunos dependientes se niegan, o al menos reprochan, “oye, dile a tu papá que venga él, que no sea tan cómodo”. Pero, por lo general, ceden y venden. Sin saber si lo vendido es de veras para el cómodo papá.

¿Que trae consigo todo esto? Además del lógico mal funcionamiento social, de la posibilidad de una riña, de malos ejemplos que constantemente se difunden, de incomodidad durante todo el día para las víctimas, hay otra consecuencia más silenciosa, pero mucho más terrible. Esa pionerita, que hoy toma como chiste el acto de empujar a una señora mayor para arrebatarle lo que le toca (incluso, más que por derecho, por mera consideración, solidaridad humana y respeto a sus canas), guardará ese comportamiento entre sus hábitos, porque es lo que le han enseñado. Tendrá en cuenta que la fuerza y la violencia son buenos medios para lograr cualquier fin, y lo coronará, incluso, con una grosera sonrisa: lo mío primero, en reafirmación del más animal de los egoísmos.

El día de mañana, ya adulta, no dudará hasta en empujar a su propio padre, que no siempre será un muchachón vigoroso, para lograr cualquier objetivo. Y, seguramente, azuzará a su hija al mismo método. O, peor, esta aprenderá por sí misma a arrebatar y a sonreír con el mismo desdén, por pura observación. Ya será un comportamiento natural, afianzado. Además, como la extinción de los mostradores con cola, los ómnibus llenos y los productos que no alcanzan, no se vaticina cercana en el horizonte, los empujones y violencias, la ley de la jungla, podrían convertirse en el pan nuestro de mañana, o de muy pronto.

Por manido que parezca decirlo, o porque de modo trillado se difunde, la educación es un acto de todos los días, de cada hora y cada minuto, de la cuna a la tumba. Y su falla, sus caminos torcidos, al final resultan en inexorable pase de cuenta en el futuro, tanto para las personas, las maleducadas y las víctimas, como para las sociedades. No puede funcionar bien un conglomerado humano donde se pierda el civismo, el respeto, donde las reglas se conviertan en chiste.

Aunque este escriba todavía no es padre, entre amigos y familiares es fácilmente notable cómo los niños absorben, aprenden, y luego reproducen. Y no siempre imitan lo que se les enseña directamente. Muchas veces, cuando ni siquiera uno imagina que ellos escuchan, y graban, los niños están aprendiendo, como esponjas que no descansan ni se apagan. Los ejemplos, lo que ven hacer, todo lo que les rodea, es justo lo primero que intentan recrear.

De hecho, a veces la educación huye de la casa y hay que rescatarla, ir tras ella. Recuerdo a un padre llamando desesperado a los amigos, en busca de todo el Elpidio Valdés posible. Un amiguito de la escuela de su hijo organizaba exhibiciones de largas compilaciones de animados de Disney. “Sí –me decía mi amigo–, que sepa quién es Mickey Mouse y que lo disfrute, pero también lo quiero gritando ‘Viva Cuba libre’”. ¿Exageración? ¿Nacionalismo barato? Saque usted cuenta de la cantidad de animados foráneos a que se exponen nuestros niños en la televisión y en cualquier otro sitio, y dígame si no nos hace falta, de vez en cuando, una buena carga al machete. Incluso, mientras antes los niños imitaban las voces de las ratas de huerto (malas, pero simpáticas al fin y al cabo), a Resoples o a la cotorra del indito Tabey, ahora se les escucha hablar con acento de Dora y raros melismas de indigesto y ajeno doblaje mexicano.

Hace un par de Ferias del Libro, hicimos una entrevista a esa excelente escritora infantil que es Nersys Felipe. Una de las respuestas, a propósito de lo que ven, oyen y leen los niños y niñas de Cuba, de esa educación que sobrevuela alrededor, nos aportaba esta reflexión, útil ahora:

“Del mérito que tenga lo que el niño oiga, lea y vea, dependerá en gran parte el enriquecimiento o no de su espiritualidad y de su sensibilidad. Esto es complicado. Si en la casa del niño se oye mala música –mala para nosotros, pero buena para sus mayores–, esa música será la que el niño cante y baile. Si en su casa no hay libros y nadie lee, tal vez pueda aficionarse a la lectura gracias a su maestro, a su bibliotecario.

Bien por ello, magnífico. Pero con respecto a la música, haría falta un programa de Educación Musical, con una discografía escolar que pusiera al niño en contacto con la música llamada culta y con la popular de valía; mas, no creo que ahora podamos echarlo a andar, sobre todo por razones económicas. En cuanto a la televisión, se derrochan a veces recursos y dinero y al final lo logrado nos entristece; otras, el talento, él casi solito, consigue satisfactorios resultados. En cuanto a lo que leen las niñas y los niños, entre muchas obras medianamente buenas y menos buenas, lograrán encontrar las excelentes, las imprescindibles, nuestras y extranjeras, actuales y clásicas. Pero será necesaria la orientación familiar, escolar y de la biblioteca –de las tres, de dos, o aunque sea de una–, para que lean lo valioso. Los que producen y difunden la obra literaria y artística dirigida a los más pequeños, podrían mejorar su trabajo creativo y de difusión, solicitar ayuda y arrimar hombro para contribuir a recuperar los valores perdidos, tarea impostergable, tarea de todos”.

La parte más triste, en materia de música y literatura sobre todo, es que en el caso de las producciones infantiles, sí hay material válido. Por fortuna, en ambos rubros hay cultivadores de valía. ¿Pero dónde están los discos de Teresita Fernández, de Liuba María Hevia, del Dúo Karma, entre otros? ¿Dónde usted ha visto divulgarse las preciosas décimas infantiles de Josefina de Diego (Décimas del gato Simón) que musicalizaron varios de nuestros mejores artistas, por solo poner un ejemplo de altísima factura? ¿Es tan complicado acordar con las disqueras que se destine alguna parte de sus productos a las escuelas y se hagan audiciones en clases, fiestas estudiantiles o en matutinos? Con tanto que el Estado subvenciona en bien del pueblo, bien podría lograrse, sin afectar los derechos de autor del artista, ni las ganancias de la disquera, una producción a precios módicos o algún otro acuerdo.

Sin embargo, la triste realidad nos muestra que las actividades escolares, de todas las edades, también sufren la metástasis de los ritmos machacones y las letras vulgares que nos asaltan a toda hora, porque eso es lo que se oye, lo que se usa, lo poco que conocen incluso muchos de los propios maestros. Observe, como ejercicio de prueba, a los adolescentes, y hasta niños, con los que se cruza en la calle y escuchan sus móviles y bocinas portátiles a todo volumen. Fíjese en lo que oyen. Y no se asombre si luego se comportan del mismo modo.
Los libros tienen otro talón de Aquiles. Se hacen, existen, son todavía posibles de adquirir a precios asequibles (no como en años anteriores de bonanza pero al menos mucho más baratos que los discos), pero la promoción falla. Mucha obra buena queda en los estantes de las librerías porque el público no la conoce. De hecho, resulta una contradicción ver las enormes colas en las Ferias detrás de los títulos infantiles extranjeros en divisas (algunos magníficos pero otros de muy dudoso mensaje), cuando hay tanto libro propio, y bueno, repito, en precios mucho más favorables.

Desde hace años, como consecuencia del deterioro físico, económico, y de valores, comportamientos y pensares que ha tenido que sufrir nuestro país, hay ya no pocas señales perceptibles. La violencia, la insolencia, el avance del comportamiento salvaje y del irrespeto social se manifiesta día a día y de las más disímiles maneras. Pongamos un ejemplo, no inofensivo pero quizás menos trascendental para la historia en mayúsculas.

Mire cómo se manejan los autos en nuestras calles y compare cuánto se parece el tránsito a la vida diaria. Note la abundancia de mínimas o graves violaciones, el perenne desacato a las disposiciones, el yo primero, a cualquier precio, el no ceder, la ofensa, el obtener beneficios, el mínimo beneficio de una senda o de llegar primero a un pasajero en la acera, pero a la fuerza. Cuando una de esas acciones falla y se proyecta, literalmente, una contra otra, hay muertos, lesiones, daños materiales. Cuando no se respetan las reglas, hay siempre (malas) consecuencias.

Cuando la educación, el comportamiento, la vida total de un país marcha de infracción en infracción, sin respeto a pautas y a normas, y eso se infiltra en el aprendizaje y el actuar diario de los adultos de mañana, cuando se asume desde la niñez que lo habitual es violar todas las reglas, esas escritas y las elementales que dictan el sentido común y la humanidad, el choque se avecina inevitable; y las consecuencias, los daños al alma, a la vida total de una nación, a sus raíces y proyectos, al hoy y al mañana, pueden ser de magnitudes impredecibles, siempre en saldos negativos, sin que quede lugar para las sonrisas, ni siquiera para las groseras.

Dialogar, dialogar

Alfredo Guevara

Durante los últimos años de su vida, Alfredo Guevara (Premio Nacional de Cine) realizó diversos encuentros con jóvenes intelectuales, artistas, profesores y estudiantes de diversas especialidades universitarias. Como resultado de estos intercambios se compiló el texto Dialogar, dialogar (Escuchar, enseñar, afirmar, aprender).

Del amor, el bloqueo y el final feliz

Antonio López Sánchez

Hay dos o tres, allá, que tendrían que buscar algún nuevo sonsonete para recabar votos y cabildear en la política y los negocios derivados de la causa contra el comunismo en Cuba. Hay dos o tres, aquí, que no tendrían temas ni noticias que analizar, ni habitual totí culpable al que endilgar sus propias ineficiencias y resultantes prebendas. Todos esos tendrían que aprender a subsistir haciendo algo nuevo y diferente que hablar mal del “enemigo”.

Comer es crecer

Jorge Fernández Era

Fíjate que acabábamos de desembarcar en aquel lugar y Yanitface me halaba ya el brazo derecho enseñándome lo bien que se veían los contramuslos asándose a la parrilla, mientras Yanotmail me desencajaba el izquierdo clamando por los lomos ahumados, que más que ahumados parecían tiznados de tanta humareda apestosa que subía por entre las pencas de guano.

SUSCRIBETE A NUESTRO BOLETIN
TE SUGERIMOS...
LENTE CURIOSO