VISITAR A LOS PRESOS, REDIMIR AL CAUTIVO

Por hermano Jesús Bayo M., FMS


“Acuérdense de los cautivos y presos, como si ustedes mismos estuvieran presos con ellos” (Heb 13, 3).


Introducción
La sexta obra de misericordia nos propone visitar a quien está privado de libertad. Es un gesto de amor acercarse a quien sufre por causa de sus ataduras o cadenas, para liberarlo y redimir todo tipo de esclavitud o falta de libertad. En realidad, todas las personas padecemos algún tipo de cautividad, de índole física, psicológica o moral. La peor y más generalizada de las esclavitudes humanas es el pecado porque nos impide ser felices.

Sabemos que el único Redentor que rompió todo tipo de ataduras, incluso el pecado y la muerte, fue Jesucristo. Él es el Hombre Libre que nos hace partícipes de la gloriosa libertad de los hijos de Dios para que también nosotros podamos liberarnos y redimir a otros.

Quienes visitan a las personas privadas de libertad y trabajan en la pastoral penitenciaria están ejercitando la misericordia y colaboran en la misión redentora de Cristo. La redención de un cautivo comienza cuando se le visita y se le conoce como persona humana, como un prójimo digno de ser amado. A continuación recogemos el testimonio del diácono Juan Ríos, que visita todos los meses algunas cárceles de La Habana para encontrarse con los presos que desean recibirlo.

Testimonio
Juan Ríos, ¿cómo inicio usted este servicio de visitar a los reclusos?

“Yo soy diácono permanente, estoy casado y tengo hijos… Estoy jubilado…

”Cuando me ordenaron diácono en 1990, la pastoral penitenciaria era muy débil, y me ofrecí para realizar este servicio, lo que fue bien acogido por el arzobispo.

”Antes, ya se venían haciendo algunos intentos de trabajar discretamente con los presos y sus familiares. Sor Aida, hija de la Caridad, estaba en eso cuando yo empecé. Después, el gobierno abrió un poco más las puertas para que pudiésemos entrar en las cárceles, aquí en La Habana, cuatro personas: la propia sor Aida, el padre Félix, sor Lupita, salesiana, y yo. Desde entonces permanecemos el P. Félix y yo. Sor Marta, hija de la Caridad, también iba a Quivicán, pero no pudo continuar por problemas de salud. Nosotros comenzamos a visitar los reclusos del Combinado del Este y de Valle Grande. También visitábamos, a veces, a los familiares de algunos reclusos”.

¿En qué consiste este servicio a los presos y sus familias?
“No es muy complicado. Sencillamente, nos encontramos con los reclusos que lo solicitan, ya sea personalmente o en grupo. Solemos dar una pequeña catequesis al grupo que se reúne, llevamos biblias y folletos de lectura. Les damos esperanza, les aconsejamos que tengan buen comportamiento. Los escuchamos cuando desean conversar”.

¿Son bien recibidos en las cárceles?
“Entramos con el debido permiso y nos dejan pasar en el carro hasta el edificio del penal. Suelen revisarnos el maletín, pero no tenemos problema porque los oficiales y los custodios ya nos conocen . Ellos nos tratan bien y son respetuosos, aunque al principio eran un poco desconfiados, pero ahora reciben muy bien nuestra presencia. Los mismos oficiales y custodios escuchan, a veces, las catequesis que hacemos a los presos y comentan lo que les parece. Nosotros respetamos sus reglamentos y ellos son atentos con nosotros.

”Ellos ven que no hay problema en que se junte un grupo y puedan compartir varios presos, y tampoco hay problema en que estén con ellos los oficiales. Esa es mi experiencia. Un día estábamos reunidos como de costumbre, y el general Marcos –jefe de prisiones en Cuba– llegó al grupo donde nos encontrábamos. Vio lo que hacíamos y le pareció bien, nos saludó atentamente, nos felicitó por el servicio y se despidió de todos. Fue un gesto bonito. Ellos permiten y toleran lo que hacemos porque se dan cuenta de que a los presos les hace bien; algunos oficiales escuchan lo que decimos y muestran interés por la religión. La presencia de ellos junto a los reclusos favorece el intercambio entre todos”.

¿Recuerda algún momento relevante en su experiencia visitando presos?
“Uno de los momentos más importantes fue cuando llevamos a la prisión la imagen peregrina de la Virgen de la Caridad, en el año 2011. Entramos con la imagen en el edificio, y los presos fueron a verla. En esa ocasión fue el cardenal y resultó todo muy bien . El cardenal también iba todos los años para la celebración de la misa en Navidad, el 24 de diciembre, y en Viernes Santo. El nuevo arzobispo está interesado en proseguir esa buena costumbre y visitar en esas fechas a los presos de la cárcel”.

¿Cómo son las reuniones cuando va el arzobispo?
“En esos días hay una misa y el arzobispo les habla a todos. Como el grupo es más numeroso, ponen más oficiales vigilantes, pero no suele haber problema. Los oficiales también prestan atención, y parece que es buena esa relación entre reclusos y oficiales”.

¿Qué actividades realizan con los familiares?
“A veces los visitamos, pero casi siempre son ellos quienes nos preguntan por su familiar. Algunas personas nos piden bolígrafos, jabón y artículos de limpieza para llevar a los presos. Otros familiares no piden nada, solo desean que les acompañemos. No falta alguno que escribe una carta y agradece. La mayoría viene a vernos o nos escribe. Alguna vez solicitan asesoría jurídica, y hay un abogado que les ayuda gratuitamente”.

¿Guarda algún recuerdo desagradable o ha tenido alguna dificultad particular?
“En estos veinticinco años de visita a las cárceles hay también alguna anécdota desagradable, pero no es lo frecuente. Personalmente, me resultó difícil el encuentro con el joven que asesinó al padre Mariano Arroyo. Recuerdo que un oficial nos dijo: ‘¿Ustedes van a ver a ese que mató a uno de los suyos?’. Le respondimos que Jesús desde la Cruz perdonó a sus verdugos y que nosotros debíamos visitarle. De todas formas, fue fuerte para nosotros aquel encuentro. Yo creo que también fue difícil para el joven y para los oficiales… Nosotros respetamos el principio de no preguntar nunca a los presos por qué están allí. A veces, después que adquieren confianza, ellos mismos nos lo cuentan, pero nosotros nunca les preguntamos eso. La justicia divina y humana tienen su función y la conciencia de cada uno también tiene que estar a salvo. Podría ser también que alguno esté allí y sea inocente”.

¿Cómo le afecta psicológicamente a usted las visitas a la cárcel?
“Solemos ir una o dos veces al mes. Yo lo hago como servicio, lo cual no significa que no me cueste ponerme frente a quien carece de libertad. Los días que voy, procuro prepararme desde por la mañana con la oración. Después vamos y pasamos con el carro hasta dentro de la prisión y nos facilitan la visita, lo cual nos anima.

”Para ser fuertes hay que tener paciencia, perseverancia y constancia. Para no deprimirme yo me preparo con la oración. Nosotros no llevamos nada personal a nadie cuando vamos, ni recibimos nada de los presos. A veces los reclusos nos piden conversar; otras veces, también los oficiales desean aclarar algún problema personal”.

¿Cómo hace usted para redimir al cautivo?
“Mi experiencia allí es ejercer la misericordia, lo cual es positivo. Me siento satisfecho, lo hago con amor y libertad. Ellos aprenden a tener misericordia entre oficiales y reclusos… A veces se odian entre los mismos reclusos, o entre oficiales y reclusos, pero van cambiando cuando se dan cuenta de que el odio mata al que lo ejercita. En ocasiones también hay odio entre familiares y reclusos. El perdón es lo más necesario y difícil. El mismo preso pierde la autoestima y necesita tener compasión consigo mismo sin odio. Procuramos llevarles un poco de misericordia que les ayude a reconciliarse y perdonarse. El que odia conoce su corazón y sabe lo que siente hacia la persona odiada, pero quien es odiado no lo sabe. Por lo tanto, el mal deseo solo trae amargura a quien odia. Quien odia se mata a sí mismo. Entonces, yo procuro mitigar el odio con la misericordia”.

¿Qué actitudes cultiva usted y recomendaría para visitar a los presos?
“Tener mucha humildad, paciencia, constancia, respeto, oración, discreción, ser capaz de respetar a un asesino, a un violador, a un delincuente… Y ser capaz de escucharlos. Lo más importante es que les escuchemos, aunque ellos no escuchen lo que decimos nosotros. Y hay que ser humildes, porque cualquier barbaridad que otro haya hecho también puedo cometerla yo, porque es frágil la condición humana”.

¿Qué características tienen los presos y personas privadas de libertad?
“Pierden la autoestima, son desconfiados con todos, son duros y agresivos. Suelen tener un sentimiento natural de egoísmo y de envidia entre ellos, porque algunos tienen más cosas y otros menos, porque a unos vienen a visitarlos y otros nunca tienen visitas. Algunos son crueles y se muestran indiferentes, pero nadie deja de ser humano y susceptible de mejorar”.

¿Qué frase de la Biblia o mensaje de Jesús le ayuda en esta misión?
“‘El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo’ (Rom 5, 5). Dios es misericordioso con todos. En un mundo tenebroso, frío y hostil, yo puedo iluminar con un rayito de luz llevando respeto y escuchando. El calor humano del respeto al preso y de la cercanía en una visita es liberador. El preso también es sensible al desinterés, y si nos ven que vamos como servidores bajan las armas y se tornan agradecidos”.

Muchas gracias, Juan, por su testimonio de misericordia y servicio a los presos.

Reflexión
Los presos, aunque estén entre rejas privados de libertad, no pierden su dignidad humana. Nadie está exento de llevar cadenas, porque hay muchas formas de esclavitud; nadie puede arrogarse la inocencia total, porque todos somos pecadores y podemos cometer cualquier delito. Nadie puede presumir de ser justo y santo por los propios méritos. Incluso, podría ocurrir que los jueces condenatorios de un reo tengan el corazón más sucio que los mismos condenados, aunque esos jueces no estén sometidos a proceso penal. También podría suceder que los que obran bien se crean perfectos y actúen como fariseos despreciando a los demás. Entonces, Jesús volverá a decir lo mismo que en otro tiempo dijo a los fariseos: “hasta las prostitutas les aventajarán en el reino de los cielos” (Mt. 21, 31). No debemos olvidar que fue un ladrón condenado a la pena capital quien primero llegó al paraíso mediante un acto de fe y arrepentimiento, acogido por Cristo crucificado junto a él. Solo Jesús, Redentor universal, puede liberarnos y salvarnos a todos de nuestras cadenas.

El ser humano es libre por naturaleza. La privación de libertad temporal solo se justifica para dar oportunidad al delincuente de reflexionar sobre su delito y cambiar su conducta, al mismo tiempo que se protege a la sociedad y se evitan las venganzas personales. Privar de libertad perpetuamente a un ser humano podría tener justificación, pero no deja de ser una especie de sentencia de muerte anticipada, porque cierra la puerta a su esperanza y libertad.

En general, los condenados privados de libertad experimentan la soledad, aunque estén abiertos al arrepentimiento. Ahora bien, la soledad y el desamparo crónicos no son curativos, mientras que cuando tienen visitas y experimentan que alguien se preocupa por ellos, pueden sentirse redimidos. Por otra parte, podemos pensar: ¿De qué parte de un delito es responsable exclusivo el condenado? ¿Qué circunstancias le condujeron en su acción? ¿No habrá cómplices, en algunos casos? ¿No podemos ser cada uno de nosotros y la misma sociedad generadores de violencia y delincuencia? ¿Acaso Jesucristo no quiso estar junto a publicanos y prostitutas para perdonarlos cuando mostraron arrepentimiento?

Por lo tanto, es una obra de humanidad y de caridad visitar a los presos. Es un gesto de misericordia acercarse a delincuentes y criminales porque también ellos son personas humanas y no es justo que se pudran en la cárcel soportando la mísera soledad. Visitar a los presos es una obra de piedad y compasión. Es cierto que las víctimas necesitan justicia, pero también es verdad que los victimarios necesitan compasión y remisión, el perdón con arrepentimiento. Cristo murió para que todos tengamos redención y liberación plenas.

A veces, las personas privadas de libertad se ven aborrecidas y condenadas no solo por la ley penal sino por ellos mismos, por su familia y por la sociedad. Esa constatación suele generar odio, amargura y desesperación. Por el contrario, el amor implica exigir justicia, reconocer los derechos y los deberes del prójimo, y también exige practicar el perdón con misericordia, evitando el odio, el rencor y la venganza.

Cervantes, que tuvo experiencia de cautiverio, puso en boca de don Quijote un hermoso pensamiento sobre la capacidad de autodeterminación humana: “La libertad, Sancho, es uno de los más preciados dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida; y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres”.1

“Para ser libres nos libertó Cristo” (Ga 5, 1) y hemos recibido el Espíritu Santo para llegar a la gloriosa libertad de los hijos de Dios (Rm 8, 21). Dios nos dio la capacidad para decidir y adherirnos libremente a su voluntad, pues la libertad alcanza su plenitud cuando se ordena al Bien supremo. Es propio del hombre actuar deliberada y responsablemente.

También es cierto que nuestra libertad está trizada por el pecado original y que la responsabilidad de una acción puede quedar disminuida por la ignorancia, la violencia, el temor, etcétera. Hay más libertad cuando hay más caridad, y el ejercicio de la libertad no implica el derecho de hacer o decir cualquier cosa, porque el pecado y la mentira nos encadenan2.


Nota

1 Miguel de Cervantes Saavedra: El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, Madrid, Ed. Aguilar, 1957, parte II, cap. LVIII, p. 1622.

2 Catecismo de la Iglesia Católica, 1743-1748, México, 2da. edición, 1993, p. 450.

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