Beato Sebastián de Aparicio, el Santo de las Carretas

Por Juan Manuel Galaviz,SSP

En aquel barco salido de Sanlúcar de Barrameda, con destino a la Nueva España, la mayor parte de los viajeros eran personas de mediana edad en busca de fortuna. Iba entre ellos un labriego de apenas treinta y un años, pero con mucha experiencia de las faenas agrícolas en varias regiones de España: en su natal Galicia (él había nacido en La Gudiña); en las tierras castellanas de Salamanca; en los campos extremeños de Zafra, y finalmente en Sanlúcar, donde abordó la nave, después de haber enviado a sus padres el dinero reunido para que sus dos hermanas pudieran contar con la dote que requerían para casarse. Los pasajeros de la nave veían a Sebastián con extrañeza y también con admiración pues, sin apartarse del ambiente bullanguero con que los viajeros ahuyentaban el tedio, aquel labriego era más serio y reflexivo que todos, muy correcto en sus palabras y en su conducta, solícito en ayudar en lo que fuera necesario, y de buen ejemplo en su religiosidad.

El amor al trabajo lo había heredado de su padre, Juan de Aparicio; la sensibilidad religiosa, de su madre Teresa del Prado. De ambos había aprendido a ser virtuoso por convicción y generoso sin reservas.

El barco que lo llevó a México –entonces Nueva España– llegó a la antigua Veracruz en 1533, doce años después de haberse consumado la conquista del inmenso señorío de los aztecas. Al pisar tierra, Sebastián presenció un espectáculo que influiría mucho en su vida: la mercancía llegada en el barco, era cargada y transportada sobre las espaldas de indígenas que cumplían con la tarea que en otros lugares es asignada a las bestias.

Después de una breve temporada en Veracruz, Sebastián de Aparicio se instaló en Puebla de los Ángeles. Aprovechando las facilidades que la Audiencia Real concedía a los españoles inmigrados, se dedicó primero a labrar la tierra, pero muy pronto se propuso mejorar el camino de Veracruz a la Ciudad de México, para que pudieran desplazarse por esa ruta carretas haladas por bueyes. De ese modo se resolvió un problema de transporte de mercancía y de personas, y se liberó a los indígenas de la aplastante tarea de cargar sobre sus espaldas bultos pesados y hasta individuos.

El propio Sebastián de Aparicio, con la ayuda de otros inmigrados, construía las carretas. A él se debe también la habilitación del camino entre Zacatecas y la Ciudad de México, así como el que enlaza Guanajuato con Zacatecas. Las ganancias que le generaba el negocio de las carretas propiciaban la práctica de la caridad a que era muy inclinado.

Sin vocación para el matrimonio
No le faltaron a Sebastián, ni en España ni en México, provocaciones de parte de mujeres livianas, ni oportunidades para establecer una alianza matrimonial conveniente. Con relación a lo primero, se comportó siempre como un cristiano cabal, y supo escapar de los asedios, no por timidez o indiferencia, sino por genuina virtud y santo temor de Dios. Cuando aún estaba en España y andaba en los veinte años, se fue de mayordomo a una hacienda propiedad de una viuda. Llegó el momento en que la mujer, ardiendo de pasión por él, trató de hacerlo caer en sus redes. Una noche despidió a toda la servidumbre, menos a Sebastián. Lo mandó por una lámpara y empezó a desnudarse en su presencia; él, lleno de turbación, pero resuelto a no sucumbir, le dijo: “Señora, de estas cosas no deben ser testigos los hombres; sería bueno que entraran las sirvientas que tiene y que son mujeres como usted […]”. Ella comprendió el rechazo y manifestó su despecho con una expresión vulgar. Sebastián, conocedor del peligro que corría si continuaban los asedios, dejó ese trabajo.

En cuanto a contraer un matrimonio honesto, tampoco le faltaron oportunidades, tanto en España como en México. Se podría pensar que, por su intensa dedicación al trabajo, no se concretaron esas posibilidades; pero es más exacto afirmar que él no sentía la vocación al matrimonio y que en lo más íntimo de su persona estaba presente, desde sus años jóvenes, el anhelo de consagrarse por entero a Dios y al servicio del prójimo. Aun en sus años de prosperidad económica, era reconocida su marcada religiosidad y su ayuda constante a los menesterosos.

No obstante su inclinación al celibato, Sebastián de Aparicio sí contrajo matrimonio, incluso dos veces. Cumplidos los sesenta años de edad, cuando empezaba a disminuir el vigor de su cuerpo y a mostrarse los primeros achaques de la edad, el padre de una familia amiga le ofreció como esposa a una de sus hijas, haciéndole ver que no era conveniente que él siguiera viviendo solo. Según Juan de Torquemada, primer biógrafo del beato (Vida y milagros del santo confesor de Christo, fray Sebastián de Aparicio, Valladolid, 1605), Sebastián se comportaba con su joven esposa como un papá; con frecuencia la llevaba a casa de una anciana, para que aprendiera a cocinar y a realizar otras tareas domésticas. Él dormía en el suelo, sobre una simple estera, y le dejaba a ella la cama. Los papás de la jovencita, al tener noticia de esa conducta respetuosa, pero no de esposo, pretendieron que se declarara nulo el matrimonio, y en ese pleito estaban cuando la jovencita murió.

Tres años más tarde, el futuro franciscano aceptó la propuesta de otros vecinos y se casó con una hija de ellos. Se llamaba María Esteban y era, como su precedente esposa, muy joven. Sucedió que algunos meses después del matrimonio, Sebastián tuvo una enfermedad tan grave que pensó llegado el fin de sus días; llamó, pues, a un notario y declaró, entre otras cosas: “Para mayor gloria y honra de Dios, mi mujer queda virgen como la recibí de sus padres, porque me desposé con ella solo para tener algún regalo en su compañía, por hallarme ya mal solo, y por ampararla y servirla con mi hacienda […]”. Sebastián se recuperó perfectamente, pero María Esteban murió poco tiempo después, a causa de haberse caído de un árbol.

Luego de la muerte de esa segunda esposa, se intensificó en Sebastián la convicción de no estar llamado a la vida conyugal, sino a la total entrega al servicio de Dios y del prójimo. Pasaron todavía unos años, en los cuales, sin dejar de trabajar sus tierras y enseñar a unos indios los secretos de una buena labranza, se volvió más asiduo en la oración y más entregado a las obras de caridad. Se mantenía mientras tanto en comunicación con un director espiritual, al que había confiado sus deseos de ingresar en la Orden Franciscana.

Con el beneplácito de su guía, resolvió donar sus bienes a las religiosas de Santa Clara de México y se incorporó a la Orden de San Francisco con carácter de “donado”. Con manifiesta humildad, estuvo sirviendo a las religiosas de ese convento como un simple mozo.

Tenía ya setenta y un años y lo seguía alentando el deseo de ser religioso. Una dificultad para ser admitido era su edad, pero tenía como recomendación sus reconocidas virtudes. Fue finalmente admitido en el convento de San Francisco de México, donde hizo su noviciado y profesó como hermano lego el 13 de febrero de 1575.

Un parteaguas en su vida
Su profesión como religioso franciscano marcó el inicio de un período todavía largo –¡veinticinco años!– en la vida que tanto había anhelado. Las virtudes de san Francisco florecieron en fray Sebastián en grado sorprendente: su humildad sin afectación; su amor a las criaturas; su pobreza intachable; su obediencia pronta, a menudo heroica; su alegría espiritual; su servicio a los desvalidos; su devoción a María; su amor a la Pasión de Cristo… Esos atributos le ganaron el aprecio de los demás frailes, incluso de aquellos que inicialmente lo veían con poca simpatía a causa de su edad.

A pocos meses de su profesión religiosa, la obediencia lo hizo trasladarse al convento de Tecali, cercano a Puebla. Allí se ocupó de las faenas más humildes. Llamaba la atención la prontitud y alegría con que prestaba sus servicios. Sus hermanos de la Orden comenzaron a percatarse de tener entre ellos a un santo. Al cabo de una breve permanencia de fray Sebastián en Tecali, los superiores lo destinaron a otro convento: el de las Llagas de San Francisco, en la ciudad de Puebla de los Ángeles. Allí le fue dado el cargo de “limosnero” y con ello comenzaron a irradiar sus virtudes fuera del convento.

Fray Sebastián hacía grandes recorridos para recaudar alimentos y otras provisiones para el centenar de religiosos que llenaban el convento. Un campesino le obsequió unos bueyes y él mismo construyó una carreta para el desempeño de su oficio. Con su bondad y sencillez obtenía de la gente abundantes víveres y prendas para el convento. Al regreso de sus correrías, repartía alimentos y otras ayudas a familias necesitadas; no obstante eso, siempre llegaba al convento con la carreta llena. A veces el prior lo mandaba a llevar o traer una mercancía a algún lugar distante. En tales casos, no era raro que pasara la noche a medio camino, durmiendo sobre su manto debajo de la carreta. Eso no le parecía un excesivo sacrificio. La gente decía que “el fraile de la carreta” tenía “una fe de acero”, lo cual era cierto. Su única preocupación era “no perder a Dios de vista”. Así lo confió en varias ocasiones a sus hermanos del convento.

Fueron muchos los hechos prodigiosos que se registraron durante las correrías del fraile carretero. Menciono solo uno, del que fueron numerosos los testigos. El superior lo había mandado a un sitio lejano, con la orden estricta de recoger ciertas provisiones y regresar de inmediato “sin detenerse por ningún motivo”. Pero aconteció que, en el momento de emprender el regreso, debido a la pesada carga, se rompió el eje de una de las ruedas. Fray Sebastián lo resolvió todo con una confiada encomienda a san Francisco e hizo el viaje de regreso sin percance. Llegado al convento, los frailes se percataron de la condición desastrosa de la carreta y le preguntaron cómo había sido posible hacer así el largo recorrido. Fray Sebastián les respondió con desarmante sencillez: “Yo tenía que obedecer la orden recibida. Así que invoqué a nuestro padre san Francisco y le dije: ‘esto es necesario para tus hijos; sostén tú esa rueda y caminemos’[…]”.

Luego de veinticuatro años como “limosnero del convento”, fray Sebastián sintió la cercanía de la “hermana muerte” y anunció a los frailes: “Moriré pasado mañana”. Llegado ese día, los religiosos se congregaron dentro y fuera de la celda del hermano Sebastián, quien les pidió que lo colocaran en el suelo, y así murió: con un crucifijo entre sus manos y repitiendo el nombre de Jesús, mientras los frailes cantaban el Credo. Era el 25 de febrero de 1600.

También después de su muerte siguieron registrándose prodigios, como la exhalación de un aroma que perfumó todo el convento, y el hecho de la incorrupción de su cuerpo, comprobada en sucesivas exhu-maciones, las primeras de las cuales fueron el 7 de julio de 1602 y el 30 de abril de 1632. Actualmente, su cuerpo se encuentra en una urna de plata con cristales que permiten verlo.

La fama de la santidad de fray Sebastián de Aparicio llegó muy pronto al viejo mundo, donde vieron la luz sus primeras biografías. El 17 de mayo de 1789, el Papa Pío VI lo declaró beato. El pueblo creyente ya lo “canonizó”, pues son muchos los que lo invocan como san Sebastián de Aparicio.

En México, “el santo de las carretas” es, con san Cristóbal, patrono de los conductores, y se le reconoce como uno de los defensores de los indígenas.

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