Mi visita a Dulce María

Por Olga Sánchez Guevara


Después de restaurada la casa de 19 y E en El Vedado, hoy convertida en centro cultural, he visto el oratorio y los vitrales, las flores y la fuente. Aquella tarde no. Era como la mansión de Jardín, detenida en un tiempo indefinible, poblada por ensueños. El 16 de diciembre de 1996 me pareció que entraba a un castillo encantado, como en los cuentos de Andersen o Grimm, y me vi por única vez frente a la leyenda viviente que fue Dulce María Loynaz Muñoz. La hija del general, la poeta consagrada y con fama de poco accesible, me recibía de igual a igual, como a una amiga.

Para mí fue un enigma cómo un cuerpo tan frágil podía albergar aquel espíritu vital y enérgico, que la mantuvo lúcida hasta el fin.
Conversamos de su poesía, de la lírica y centelleante prosa de Jardín, de las memorias de su padre, el general Enrique Loynaz del Castillo, y la historia de Cuba. Le regalé un libro de poemas que acababa de traducir, y mis Cartas de la nostalgia, aún inéditas por entonces. Ella, en el ejemplar de Alas en la sombra que llevaba conmigo, escribió unas breves palabras: “A Olga Sánchez, que debe intervenir por los poetas olvidados. Dulce María Loynaz”. En algún texto sobre Dulce María se aduce que se marginó voluntariamente de la vida intelectual y literaria de su momento y lugar: pienso que esa dedicatoria, y la petición que me hizo su autora, desmienten tal hipótesis.

“Sé que mis obras son leídas, la gente me lo dice, y yo quisiera que se publicaran de nuevo y se leyeran más. Usted trabaja para el Instituto del Libro: se lo pido, trate de convencer a algún editor. A mí no me interesa el dinero, no quiero derechos de autor, solo que el público tenga acceso a mi obra”, me dijo.

Y en realidad, el público cubano había tenido pocas oportunidades de acercarse a sus libros: desde Versos, editado en 1938 por la Imprenta Úcar García, en La Habana, hasta las Poesías escogidas publicadas en 1984 por la Editorial Letras Cubanas, hay un largo vacío de casi medio siglo, si se exceptúan, claro está, sus trabajos periodísticos. Poemas sin nombre, uno de sus libros fundamentales, debió esperar hasta el año 2000 (centenario del nacimiento de la poeta, fallecida en 1997) para ver la luz en Cuba por las Ediciones Loynaz, de Pinar del Río, y por la Editorial Letras Cubanas, incluido en el título Poesía, que abarca varios libros de este género. La novela Jardín, por su parte, tuvo su primera edición en Cuba en 1993, bajo el sello de Letras Cubanas, en La Habana, cuando el Premio Cervantes que mereció Dulce María en 1992 motivó que se publicaran varias obras suyas.

Después de mi visita, hablé con más de un editor; no tuve éxito. Escasez de recursos, de papel, años difíciles para las editoriales cubanas: en fin, no hallé alguna posibilidad, y no quería regresar hasta tener una respuesta positiva a su aspiración. Pasaron varios meses, y la noticia de su muerte me tomó por sorpresa: ya no podría visitarla de nuevo. Me quedan dos pesares: no haberla conocido antes, y no haber vuelto a conversar con ella como en esa ocasión.

Aquella tarde no vi los salones a cada lado del vestíbulo, ni las lámparas de cristal, ni la estatua de mármol a la entrada. Solo el águila real, en su roca de bronce, solitaria como la dueña de esa casa que no es igual en mi memoria: una ancianita acogedora que me habló de poesía y me escuchó leer sus propios versos.

Las sucesivas reediciones que ha tenido la obra de Dulce María en los últimos años, son cumplimiento póstumo del deseo de la autora. Esperemos que en 2017, a los veinte años de su muerte, se presente de nuevo alguno de sus libros.

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