Juan Miguel Dihigo, ¿un humanista desconocido?

Por Elina Miranda Cancela


Un bajorrelieve con la imagen de Juan Miguel Dihigo y Mestre, quien un año antes de morir en 1952, luego de una larga y fructífera dedicación académica, pusiera la primera piedra del edificio de la Universidad de La Habana que lleva su nombre, preside el vestíbulo de la actual Facultad de Artes y Letras. Sin embargo, hace unos pocos meses escuché a una recién graduada declarar que muy pocos de sus coetáneos identifican el asentamiento de esta entidad universitaria con el nombre del ilustre profesor y le asignan otros, vinculados con aspectos pictóricos, transitorios, pero bien visibles para quienes se aproximan a la sede, especialmente construida en los años cincuenta del pasado siglo para acoger los estudios de la entonces carrera de Filosofía y Letras.

Aunque el olvido del nombre del edificio pudiera deberse a una mera impronta visual que se sobrepone a cualquier otra imagen o conocimiento, lo cierto es que, al conmemorarse los ciento cincuenta años del nacimiento de quien marcara pautas en la vida intelectual de la primera mitad del siglo xx, ocurrido en La Habana el 5 de mayo de 1866, muy pocos lo recuerdan y aun la frase que acompaña su figura esculpida en mármol “Una vida consagrada a la universidad”, si bien es cierta, parece circunscribir la repercusión de su obra a un ámbito limitado de la cultura cubana.

Sobrino del filósofo y jurista José Manuel Mestre (1832-1886) y de Antonio Mestre (1834-1887), destacado médico, hombre de ciencias y amante de las Letras –ambos notables no solo por su saber sino por su actitud cívica y por su contribución al desarrollo de la vida cultural y científica del país–, Juan Miguel cursó su enseñanza media en el Colegio de Belén con excelentes calificaciones, al tiempo que ya comenzara a destacarse en el dominio de otras lenguas. Se doctoró en Filosofía y Letras en la Universidad de La Habana en 1888 y una década después obtuvo el doctorado en Derecho Civil y Canónico. Muy pronto, en 1890, se incorporó al claustro universitario como catedrático auxiliar interino de Lengua Griega, dos años después ocupó el cargo de catedrático sustituto y en 1899 recibió la categoría máxima de profesor titular de Lengua Griega, al tiempo que durante la guerra de 1895 colaboró, bajo el seudónimo de Lincoln, en distintas labores vinculadas con la lucha emancipadora. En aquellos años tuvo a su cargo no solo la enseñanza de la lengua griega, sino también la de sánscrito, árabe e Historia de la Filosofía, entre otras disciplinas, como prueba de la amplia gama de sus conocimientos, al tiempo que en sus textos para la enseñanza del griego dejó constancia de su preocupación e interés tanto por que la enseñanza en nuestro país se beneficiara con el aprovechamiento crítico de la tendencias más actuales, como por que los estudiantes contaran con instrumentos adecuados para un mejor entendimiento de los conocimientos brindados en las asignaturas matriculadas como parte de su carrera universitaria.

Al término de la guerra de independencia, mediatizada por la intervención norteamericana, y en medio de los proyectos de reestructuración de la enseñanza que encabezara Enrique José Varona, apoyó al entonces rector de la Universidad, el Dr. Rodríguez Lendián, en la idea de que todos los catedráticos debían demostrar su idoneidad mediante la presentación a nuevas oposiciones en el comienzo de una nueva etapa en la vida universitaria. Como el Dr. Dihigo tuviera noticias de que un buen amigo suyo se propusiera optar por la Cátedra de Griego, entre otras razones, decidió aspirar a la recién creada de Lingüística y Filología, de la cual fue el primer titular a partir de 1900.

El joven profesor, por tanto, no solo había dado muestras de rigor científico en sus investigaciones sobre el árabe en la historia de España, en la elaboración de textos destinados a la enseñanza, así como en conferencias y artículos publicados; sino también de su probidad moral y académica. Al comenzar un nuevo siglo y una nueva etapa marcada, según él mismo observara, por sentimientos encontrados al no lograrse por entero el ideal por el cual se había luchado,1 disponía Dihigo y Mestre de una notable formación para enfrentar los retos existentes al establecer una enseñanza superior acorde con las necesidades del momento. La renovada universidad no solo requería de un claustro reconocido y un estudiantado presto a colaborar para alcanzar los fines propuestos, sino también de un nuevo emplazamiento, pues el vetusto y lóbrego caserón de la calle O’Reilly carecía de las condiciones indispensables. Por ello, no parece mera casualidad el que precisamente fueran Enrique José Varona, Juan Miguel Dihigo y su primo, el también profesor universitario y ya reputado biólogo, Arístides Mestre, quienes hayan escogido para que se erigiera la nueva casa de altos estudios la colina ocupada por la antigua Pirotecnia desde la cual, entonces, se divisaba a lo lejos la ciudad. La propuesta fue aceptada y comenzaron a edificarse en tan tranquilo y aislado lugar las paredes, muros y dependencias del actual recinto universitario.

Mas, era evidente que la universidad también necesitaba un medio para proyectarse en la vida académica y cultural del país. Por ello ambos primos, Juan Miguel y Arístides, hacen suya una idea de Nicolás Heredia y fundan en 1905 la Revista de la Facultad de Letras y Ciencias, con el objetivo expreso de “mantenerse en comunicación con todas las corrientes intelectuales, dentro y fuera de Cuba” y se anuncia en su primer número que se publicarán “estudios originales de nuestros colaboradores, lecciones de los profesores de la Facultad, conferencias de la serie iniciada por ella a los fines de extensión universitaria, notas bibliográficas de obras recientes y que se publiquen en lo sucesivo, y cuanto pueda contribuir a la difusión de la cultura y a despertar y sostener el amor a la ciencia… para modificar el mundo” (vol. 1, 1905).

En efecto, durante los años en que se publicó la Revista…,2 de la cual el Dr. Dihigo primero fue redactor-jefe, luego director y siempre colaborador constante, la firma de reconocidos intelectuales prestigian sus páginas. Ofrecen estas un buen índice de las preocupaciones científicas y culturales del momento, al tiempo que recogen testimonios únicos sobre creadores y sucesos significativos. Se procura, en todo momento, contribuir a la actualización de estudiosos y profesores con reseñas y notas sobre obras e investigadores sobresalientes en las distintas disciplinas, tanto en Cuba como en el extranjero, sin olvidar nunca las implicaciones de extensión universitaria, de manera que la publicación no se quedara confinada en el recinto académico, sino que se implicara en el quehacer intelectual de la nación.

Aunque Enrique José Varona había fijado el principio, en vista de la reforma educacional que necesitaba el país, de solo establecer las cátedras necesarias, lo cual implicaba una reducción de las existentes, no fue remiso a desgajar de la Cátedra de Lengua Griega la enseñanza de Lingüística y Filología que poco antes se había integrado al plan de estudios universitario, pero que no se había ofrecido todavía de acuerdo a un proyecto asentado. Así se creó la cátedra que el Dr. Dihigo pasó a ocupar por oposición a principios del siglo xx.

Sin embargo, el hasta entonces profesor de griego, ferviente interesado en el estudio de las lenguas y en los avances del conocimiento lingüístico, estaba consciente de que si bien en un principio la filología comprendía distintas disciplinas necesarias para una mejor comprensión de los textos clásicos, entre las que eran indispensables aquellas enfocadas en los problemas en torno a la lengua, en la modernidad, y sobre todo en el momento en que se funda la mencionada cátedra, la lingüística constituía por sí misma una ciencia con sus propias especificidades, mientras que también en el campo filológico habían surgido interesantes propuestas sobre sus objetivos y métodos. Por ello, desde un principio, expuso la necesidad de separar ambas materias y dotarlas con programas acordes con las perspectivas contemporáneas.

Dentro de los estudios lingüísticos siempre le había prestado especial interés a la fonética, y la práctica experimental que el abate Rousselot acababa de establecer en el Colegio de Francia le ofrece una respuesta certera no solo a su preocupación de que los estudios lingüísticos rebasaran el plano teórico, sino también al hecho de que los resultados fonéticos no dependieran de la destreza auditiva del investigador y sí estuvieran avalados mediante un instrumental confiable. Desde 1907 proyectó dotar a la cátedra de un laboratorio y solicitó a las autoridades el crédito necesario, el cual le fue otorgado gracias a sus incansables gestiones; pero, al no ser este suficiente, no dudó en destinar a este fin parte de su peculio personal. Para la compra de los aparatos no solo consultó a Rousselot, sino que él mismo realizó estudios en el laboratorio instalado por este investigador en París, de manera que en 1908 la Universidad de La Habana fue la primera en Latinoamé-rica que dispuso de un laboratorio de fonética experimental. Este no desmerecía del modelo francés, pues gracias a la gestión del propio Rousselot, el de La Habana pudo adquirir uno de los dos únicos ejemplares de la Sirena de Ondas de Koenig, instrumento considerado por entonces como fundamental para la composición de los sonidos.

De los más de trescientos títulos de la vasta obra lingüística del Dr. Dihigo, me limitaré a citar dos investigaciones que resultan imprescindibles por su repercusión. Una de ellas, “Reparos etimológicos al Diccionario de la Real Academia”3 fue al parecer la causa de que el investigador declinara la propuesta de formar parte de la Academia Cubana de la Lengua cuando esta se fundó en 1926, pues no le parecía apropiado ser miembro de una corporación correspondiente a aquella cuya obra principal había objetado. Sin embargo, José María Chacón y Calvo, en una carta dirigida a su maestro, le confiaba que tales criterios suyos habían sido muy bien acogidas y que el Dr. José Alemany, director de la obra en cuestión, había considerado en sesión de la Real Academia de 1928, que “la labor crítica de esos artículos era altamente estimable […] que la Academia los había leído en su oportunidad con la más atenta y respetuosa consideración”.4 Si bien la bonhomía de Dihigo hace probable el que no estimara adecuada la integración de quien podía considerarse un adversario científico, el que no concretara su condición de miembro de la Academia, al no pronunciar su discurso de entrada cuando fuera electo en 1947, hace pensar que también tuviera en cuenta otros motivos. En distintos artículos, ya en los primeros años de la pasada centuria, hace notar el atraso de la Real Academia en relación con las nuevas vertientes de la que él llama “ciencia del lenguaje” y reseña con júbilo los trabajos que observan estas corrientes, tanto de españoles como del latinoamericano Rufino José Cuervo, cuyo Diccionario de construcción y régimen de la lengua castellana suscita su admiración y elogio. Es de suponer que en su ánimo pesara mucho su consideración de la lengua como un instrumento vivo y en desarrollo de acuerdo con las particularidades nacionales, pues, como afirma su discípula y colaboradora por muchos años, la Dra. Mercedes Labourdette, aunque el Dr. Dihigo reconocía la función de las academias como beneficiosa y necesaria, temía que se extralimitaran y trataran de encerrar la lengua en moldes fijos e inalterables, cuando el uso se impone y no se puede desconocer la evolución espontánea que experimenta.5

Estas convicciones se materializan en la tarea científica de carácter lingüístico a la que dedicara largos años, la preparación del Léxico cubano, del cual solo le fue posible editar la letra A, primero de manera periódica entre 1920 y 1925 en los Anales de la Academia de Historia, de la que Dihigo era miembro fundador, y luego en un tomo independiente que apareció en 1928. Sin embargo, por falta de recursos, junto a motivos de salud posiblemente, el volumen de la letra B se editó por la Universidad de La Habana dieciocho años después en 1946, mientras que el resto quedaría fundamentalmente en forma de boletas que su hijo, el también lingüista y diplomático Ernesto Dihigo y López-Trigo, se propuso revisar y preparar adecuadamente para su publicación, comenzando con el tomo editado de la B en el cual advertía errores, aunque tampoco pudo finalmente lograr su propósito. Solo ahora, al encontrarse cuadernos y fichas, generalmente manuscritas, en cajones donde habían permanecido por años en los fondos de la Academia Cubana de la Lengua, se ha podido emprender su rescate y estudio.

La importancia de este Léxico cubano aparece avalada por las opiniones de eminentes lingüistas de la época como Antoine Meillet, Wilhelm Meyer-Lübke, Julio Cejador Frauca, quien asumiera el prólogo del primer volumen publicado, entre otros, así como por la admiración manifestada por cubanos ilustres de la talla de Fernando Ortiz y Enrique José Varona. Como señala la Dra. Labourdette, no se limita Dihigo a acopiar los términos del habla popular de la variedad cubana, “sino que compara siempre el término con los vocabularios de otras regiones para indicar si solo es de Cuba o si se halla empleada con el mismo sentido en otros países americanos”. Ofrece, además, ejemplos tomados de la literatura cubana, de manera que cuando en 1912 presentó en Atenas su ponencia sobre “El habla popular a través de la literatura cubana”,6 ya estaba trabajando desde tan temprana fecha en el proyecto. Si con solo el primer tomo en sus manos tan importantes lingüistas europeos lo consideran como uno de los más destacados en Hispanoamérica, no podemos dejar de pensar en la repercusión que hubiera tenido su Léxico… para la cultura cubana, si se hubiera publicado completo.

En cuanto a la Filología, el otro componente de su cátedra, también la proyección de Dihigo contribuyó a que adquiriera un perfil no menos importante. Si tenemos en cuenta que los estudios humanísticos se definen como una corriente pedagógica sustentada en el conocimiento de los clásicos griegos y latinos en su lengua original, encaminada, como define Luis Gil, a conformar un “sistema para educar la juventud en unos determinados valores y como respuesta a unas determinadas demandas sociales”7 y que constituyen la base para el estudio de las culturas modernas,8 entendemos el interés de Dihigo en no solo dotar a esta disciplina de un programa acorde con la renovación filológica emprendida por Federico Wolf en su cátedra berlinesa –aunque con las limitantes impuestas por nuestras circunstancias–,9 que abarcara conocimientos que permitieran a los estudiantes una comprensión cabal de los textos clásicos como sustentadores de valores necesarios para su formación como entes útiles a la sociedad, sino también en procurar una base material imprescindible en medio de la pobreza de museos legada por el muy cercano pasado colonial, tal como atestigua el profesor y discípulo de Dihigo, el Dr. Luis de Soto, quien más tarde fuera el fundador de la cátedra de Historia del Arte.10

Con el mismo tesón que dedicara a la instalación del Laboratorio de Fonética Experimental, labora arduamente hasta lograr fundar el 20 de octubre de 1919 el Museo de Arqueología Clásica, que todavía se mantiene en el local que especialmente se le dedicara al planear el edificio de la entonces carrera de Filosofía y Letras, en Zapata y G, a pesar de los múltiples avatares sufridos. Como testimonia el Dr. De Soto en 1941: “gracias al Museo Dihigo, el arte grecorromano en su evolución secular, la Numismática, la Paleografía, la Epigrafía clásicas iban a convertirse para el estudiantado no en conceptos abstractos, oídos de boca del maestro o leídos en libros, sino en cosas tangibles, en fragmentos reales de la época en que se formaba nuestra civilización y que merced a ellos, ha sido reconstruida y comprendida en su significación cabal. Cuba, gracias a los esfuerzos del Dr. Dihigo, se eleva en la esfera de su enseñanza universitaria al rango de las naciones de superior cultura”.11

El museo de arqueología clásica que lleva al nombre de su fundador, en estos momentos está en proceso de recuperación material, pero lo más importante ha sido en los últimos años el rescate de su significado y su aporte a nuestra cultura, al emprenderse estudios que han rehabilitado la función de las copias de yeso, han permitido una revaluación de las piezas conservadas, se ha rescatado la colección numismática y se ha profundizado en el estudio y significado con que Dihigo comprendía la enseñanza filológica. Por ello, es de esperar que la conmemoración del centenario de su fundación sea un momento propicio para que la figura de Juan Miguel Dihigo deje de ser una presencia ausente entre los estudiantes universitarios y en el panorama cultural cubano, puesto que no limitó su radio de acción a la colina universitaria.

Al considerar la enseñanza primaria como el sustento imprescindible de toda educación y desempeño cultural, dedicó sus esfuerzos, tanto bajo la primera intervención norteamericana como durante los dos primeros gobiernos republicanos –como vocal, secretario y presidente de la Junta de Educación de La Habana–, a lograr que las escuelas públicas tuvieran programas acordes a los requerimientos del momento, con maestros capacitados y probos, así como con condiciones materiales adecuadas para el funcionamiento escolar. Creó un instituto pedagógico para la superación de los maestros y no escatimó esfuerzos personales para comprobar por sí mismo la buena marcha escolar. Aunque la rectitud de su carácter hizo que renunciara a su puesto al frente de la Junta, al tener noticias de un suceso poco acorde con sus principios ocurrido en su ausencia, nunca se desentendió de los esfuerzos para mejorar la calidad de la enseñanza primaria y media, mediante artículos, conferencias y propuestas, muchas veces recogidas en las publicaciones vinculadas a la enseñanza.

Mas, en su afán por favorecer la educación popular procura trascender el ámbito de las instituciones establecidas y favorece proyectos de extensión universitaria de manera que inicia ciclos de conferencias, primero semanales, luego quincenales, en los que participan profesores de las distintas facultades, ofrecidas a maestros y a cuantas personas desearan asistir; pero también sale de los predios de la casa de altos estudios y acude a cuanta institución lo solicitara, participa en los cursos de verano de la Escuela Normal, ofrece conferencias o clases a los obreros en las escuelas nocturnas e incluso en los barrios. También mantiene secciones de divulgación en distintas publicaciones periódicas y procura así, a partir de los medios a su alcance, servir a su pueblo, en consonancia con las mejores tradiciones de los estudios humanísticos.

Después de cincuenta años de labor universitaria, conserva dos grandes metas que logrará antes de su desaparición física: crear el Instituto de Idiomas y proporcionarle a la Facultad de Filosofía y Letras una sede adecuada. Sin interrumpir sus labores investigativas y aquellas propias de su cargo al frente del archivo de la Universidad, con entusiasmo juvenil asume en 1941 la traducción de Antígona y más tarde de Edipo Rey para contribuir de esta manera a la fundación y mantenimiento del Teatro Universitario que, precisamente, se crea con la puesta en escena de la tragedia sofoclea bajo la dirección de Ludwig Schajowicz. Alejo Carpentier califica en su momento esta representación como “verdadero espectáculo”12 con mayúsculas, lo cual sin duda nos permite sintetizar la resonancia cultural de la creación de este colectivo teatral, al cual el Profesor –como gustaban llamarlo sus antiguos discípulos devenidos, a su vez, colegas– había apoyado y ofrecido sendas versiones de los textos de Sófocles, siendo el primero y único, hasta ahora, en llevar a cabo tal labor en la historia de las traducciones en nuestro país.

Muy difícil resulta encerrar en breve círculo, como pidiera el verso del poeta latino Horacio,13 la vida y la obra, ambas inseparables, del Dr. Dihigo. Cuando pensamos en sus largas horas en biblioteca y contemplamos el volumen de sus fichas para el diccionario redactadas de puño y letra, o revisamos la lista de sus innumerables publicaciones, nos resulta casi inimaginable estimar cómo encontró tiempo real para abarcar tantos campos de labor intelectual y cívica con tan amplio espectro de conocimientos y con una proyección sustentada en criterios tan propios. Lingüista, filólogo, profesor, son los calificativos que usualmente se le aplican, a los cuales podríamos agregar traductor, promotor cultural y otros más; sin embargo, de acuerdo con el concepto de humanidades antes expresado y que igualmente marcó la formación de otros miembros de su familia –explicitado en algunos de sus apuntes por su prima Laura Mestre–, el de humanista sería el más adecuado, sin desdeñar su obra específica en determinadas materias. Si bien a la Universidad, a cuya historia dedicó algunas de sus investigaciones, fuera la constante de sus afanes, tal como reza en la leyenda junto a su efigie en el vestíbulo de edificio que lleva su nombre, es evidente que el alcance de su obra trasciende sus muros y marca nuestra cultura y afanes sociales en la primera mitad del siglo xx.

Notas

1 Cfr. J. M. Dihigo: “Homenaje a la República”, El Fígaro, La Habana, a. XVIII, no. 18-20, p. 215, 20 de mayo de 1902.

2 Se publicó de manera periódica, sin interrupción hasta 1930, cuyo volumen 40, no. 3 y 4 (julio-diciembre) lleva al final, página 433, una nota de su director, Juan Miguel Dihigo, titulada “Aviso sobre el cese de la publicación de la Revista de la Facultad de Letras y Ciencias por clausura de la Universidad”.

3 En la Revista de la Facultad de Letras y Ciencias aparecieron entre 1905 y 1912 los distintos artículos que componen “Reparos etimológicos al Diccionario de la Real Academia. Voces derivadas del griego”, estudio que publicó en 1912 en separata con el título de Reparos etimológicos. Voces derivadas del griego (La Habana, Imprenta Siglo XX) en portada.

4 Citada en nota 1, p. 28 del Libro Jubilar de homenaje al Dr. Juan M. Dihigo y Mestre en sus cincuenta años de profesor de la Universidad de La Habana, La Habana, Revista de la Universidad de La Habana, 1941. Rafael Martínez en su libro Juan Miguel Dihigo: gran lingüista cubano, La Habana, Letras Cubanas, 1983, p. 199, en una nota bibliográfica sobre la edición del Diccionario de 1917, bajo la dirección del Dr. Alemany se tomaron en consideración sus Reparos etimológicos en muchos casos, los cuales copia en una nota y ascienden al número de 168.

5 Cfr. Ibídem, p. 199.

6 Dihigo participó como representante de la Universidad de La Habana en el Congreso Internacional de Orientalistas celebrado en Atenas como homenaje a la institución griega cuyo jubileo se conmemoraba.

7 Luis Gil: “Política educativa y didáctica de las lenguas clásicas en España: del Renacimiento a la Ilustración”, en Estudios de humanismo y tradición clásica, Madrid, Ed. de la Universidad Complutense, 1984, p. 67.

8 Téngase en cuenta, a manera de ejemplo de cómo estas ideas estaban arraigadas en la época, las palabras de Pedro Henríquez Ureña en su artículo “La cultura de las humanidades”: “Cultura fundada en la tradición clásica no puede amar la estrechez. Al amor de Grecia y Roma hubo de sumarse el de las antiguas letras castellanas […] y sin perder el lazo tradicional con la cultura francesa, ha comenzado lentamente a difundirse la afición a otras literaturas”. Obra crítica, México, F.C.E., 1960, p. 598.

9 El vasto plan de Wolf que comprendía veinticuatro disciplinas era imposible de asumir en un solo curso, tal como estaba dispuesto. Algunas de estas materias ya estaban diseminadas en el plan de estudios de la carrera y por tanto Dihigo hubo de seleccionar lo que debería ser más importante ofrecer de acuerdo con el objetivo fijado y el modo de entender los fines de la Filología clásica. Como apunta la Dra. Labourdette, las obras de carácter filológico del Dr. Dihigo apuntan su competencia en las distintas disciplinas, por ejemplo: “El dolor en la escultura griega”, “Cómo se puede conocer la historia a través de las monedas” o sus intervenciones en relación con las inscripciones de monumentos como los dedicados a Eloy Alfaro, a Félix Varela o las enmiendas a la inscripción latina del Templete.

10 Cfr. Luis de Soto: “Juan Miguel Dihigo y Mestre, pionero y fundador”, Libro Jubilar…, ed. cit., pp. 39-46.

11 Ibídem, p. 43.

12 A. Carpentier: “Antígona de Sófocles en la Universidad”, Crónicas del regreso, La Habana, Letras Cubanas, 1996, p. 72. Fue publicada por primera vez en el semanario Tiempo, el 25 de mayo de 1941.

13 En la oda 11 del primer libro dedicado a este tipo de poemas, la voz poética pide a Leucónoe “estrecha en breve círculo las largas esperanzas” (trad. de Miguel Antonio Caro).

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