La conversación que persiste

Por Daniel Céspedes


La entrevista como género periodístico indagador y revelador despierta gran interés. Siempre importará quién interroga y quién revela, quién averigua y quién (se) expone, pero son las preguntas y respuestas las que, en un aparente ningunear de las personas implicadas, enamorarán o disgustarán al tercer participante: el lector. Muerto o vivo el entrevistado, sus palabras quedan, resisten al olvido inmediato y se prolongan en un objeto: el libro, resultado de la lucha contra el tiempo y antes contra la indiferencia de aquellos que no valoran la plática oral entre dos y después transcrita. Una buena entrevista, antigua o cercana a los días presentes, no está de más: se reconfigura y justifica por el momento del encuentro, del placer de haberlo favorecido estando o no en él.

El sabor del instante (Ediciones Holguín, 2016) reúne trece entrevistas realizadas por el periodista, escritor y editor Eugenio Marrón Casanova. El trece se está poniendo de moda en este género y viene a amenizar el sino fatídico que siempre se ha asociado a tan cabalístico número. Con unas diez páginas más y un formato cercano, Secreto de confesión. Trece narradores se cuentan a sí mismos (Editorial Arte y Literatura, 2016), de Ciro Bianchi, viene a complementar, junto a la propuesta de Marrón, una suerte de discurso entrecortado pero harto confesional que alude no solo a una(s) época(s) sino a las declaradas influencias y asuntos relativos a la vida más íntima y tal vez interesante del autor.

Los promotores del libro saben de la enorme salida de los textos de entrevista en ferias y otros eventos culturales, y suelen conocer de antemano la importancia de que los escritores comuniquen sus experiencias sobre su obra y la de otros. El libro de entrevista suele venderse por el autor, cuando no por los interrogados. Mientras Bianchi, por ejemplo, indaga en los mundos creativos de autores latinoamericanos, Marrón se detiene en escritores cubanos, algunos ya fallecidos y los demás en plena facultad creativa: cuatro mujeres y nueve hombres; siete poetas, sobre todo, y seis ensayistas; algunos de estos últimos ya han novelado y otros ejercen el periodismo cultural.

Resalta, en primer lugar, de El sabor del instante el título de cada entrevista, donde Marrón muestra la sutileza de condensar la atmósfera y sobre todo el contenido predominantes. Luego, es de elogiar el particular umbral, suerte de prefacio, donde presenta a cada entrevistado y describe su espacio de creación.

Valdría el comienzo por la entrevista a Graziella Pogolotti, en la cual ella aborda la experiencia primera y más valedera de la lectura como placer y como garantía de escribir mejor sobre algo. Mucho ojo con las consideraciones de la intelectual sobre algunas funciones de los prólogos. A propósito de la lectura se nos motiva a buscar los libros de cabecera de los aquí con vocados, libros recomendados directa e indirectamente que nos ayudan a entender determinados vericuetos temáticos y estilísticos de estos autores, amén de cuanto aportan a nuestros momentos de solaz y de asociación. En “Todo se lo debo al lenguaje”, José Kozer perpetúa en un exponer crecidamente poético: “No hago ascos al Gilgamesh o al Beowulf, no se los hago a Dante ni a Petrarca, no descarto a los románticos ingleses o alemanes, todo me interesa y apasiona, mas dentro de unos límites reales e infranqueables, que tienen que ver, cómo no, con un tiempo que no se puede prolongar más allá de sí mismo, o de unas carencias, en mí, intelectuales, anímicas, que impiden extender demasiado la visión propia, la capacidad de ver con los sentidos y más allá de los sentidos”. Kozer no solo muestra retazos de su método de asimilación de fuentes, sino que sugiere cuánto lo ha formado como lector y escritor. Marrón, a veces más directo y otras con una estimable sagacidad en sus preguntas, se encarga de que cada uno de los entrevistados estimule a toda suerte de lector.

Margarita Mateo revela cómo en lamentables ocasiones, no se sabe de qué forma, las circunstancias se exceden y el creador puede vincular estas experiencias personales al libro menos sospechado. En “Yo estoy entera en mis versos”, Dulce María Loynaz se muestra entrañable y muy modesta tanto como Eliseo Diego, quien llega a precisar más de un concepto en torno a la literatura. El avileño Reynaldo González vuelve sobre esas Habanas que han repercutido en su obra plural de ensayista y narrador, mientras que Antón Arrufat reconoce lo aventurado de escribir literatura y fundamenta su recorrido por las letras al traer una apreciable sentencia: “Hablar de libros es una de mis pasiones, divulgar los que he leído una de sus consecuencias”. Luis Álvarez, por su parte, al centrarse en la labor del lector más atento que especializado manifiesta: “Un investigador, un crítico, es un lector que comparte su propia circunstancia con otros, en un acto de generosidad, ciertamente, y, ¿por qué no?, también de una cierta vanidad infantil que parece decir: ¡Miren lo que he encontrado para ustedes!”. De Álvarez hay que resaltar su lucidez en torno al ensayo como vestigio de una autoridad también pasional y mediada por sus circunstancias. Y no por dejar de mencionarlos, otros nombres incluidos en El sabor del instante pierden importancia. Al contrario, los trece prestigian la labor promocional e intelectual de Eugenio Marrón.

En la entrevista aspiramos a conocer al hombre detrás del creador, al ser humano antes del literato. Y no se nos da: con frecuencia el interrogado nos va dando, en un momentáneo recorrido autobiográfico, las claves de su poética en los géneros literarios donde más se siente cómodo e incluso en los que piensa incursionar una sola vez. Se nos diría que cuanto importa es la obra y hasta que debemos salvarnos del posible desencanto que nos depara el conocer personalmente a los autores. Mas ello representa una generalidad injusta, pues la obra, sea pasajera, un best seller, clásica, incomprendida o sobrevalorada se debe a un alguien que uno merece conocer. He ahí el mayor incentivo a la hora de detenernos en las revelaciones de un recreador de mundos.

Con algunas entrevistas más amplias y otras breves, Eugenio Marrón sabe con El sabor del instante que la extensión no es garantía de calidad. Esta última depende de cuánto se dice en favor del acierto y acercamiento humanos. En la entrevista, entrega y elección, búsqueda y saber, goce y compartir no pueden distanciarse. En el fondo, darse de palabra insinúa, además, la posibilidad de la atención y el intercambio del otro. No cabe mayor constancia y generosidad expresivas.

Juan Miguel Dihigo, ¿un humanista desconocido?

Elina Miranda Cancela

Un bajorrelieve con la imagen de Juan Miguel Dihigo y Mestre, quien un año antes de morir en 1952, luego de una larga y fructífera dedicación académica, pusiera la primera piedra del edificio de la Universidad de La Habana que lleva su nombre, preside el vestíbulo de la actual Facultad de Artes y Letras.

Diálogos sobre danza contemporánea entre franceses y cubanos

Reny Martínez

Después de un intenso mes de trabajo, finalizaron exitosamente en la capital cubana los talleres impartidos por dos coreógrafos franceses, Christian Béranger y Jonathan Pranlas-Descours, directores artísticos de la compañía Sine Qua Non Art, una joven agrupación de danza contemporánea afincada en la región francesa de La Rochelle, desarrollados esta vez con dos conjuntos locales: Danza Contemporánea de Cuba y la Compañía de Rosario Cárdenas.

Mi visita a Dulce María

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Después de restaurada la casa de 19 y E en El Vedado, hoy convertida en centro cultural, he visto el oratorio y los vitrales, las flores y la fuente. Aquella tarde no. Era como la mansión de Jardín, detenida en un tiempo indefinible, poblada por ensueños. El 16 de diciembre de 1996 me pareció que entraba a un castillo encantado, como en los cuentos de Andersen o Grimm, y me vi por única vez frente a la leyenda viviente que fue Dulce María Loynaz Muñoz. La hija del general, la poeta consagrada y con fama de poco accesible, me recibía de igual a igual, como a una amiga.

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