El dolor y la muerte

Por Yasser Peña Rodriguez

Donde hay dolor existe terreno sagrado.
Algún día la gente comprenderá lo que eso significa.
Y nada sabrán de la vida hasta llegar a esto.
Oscar Wilde


I. Dolor
El hombre sufre con frecuencia. Unas veces el sufrimiento es sustancialmente corporal y otras anímico. Al primero, que es una sensación, se le suele denominar dolor, mientras que al segundo, que es un sentimiento, es al que se le denomina sufrimiento.

La Asociación Internacional para el Estudio del Dolor ha dado una definición de dolor que abarca sus dos aspectos: el sensorial y el emocional. El dolor es sensación desagradable y experiencia emocional. El componente sensorial es lo primero que percibimos y lo que da lugar al verdadero carácter desagradable del dolor, como todos hemos tenido oportunidad de comprobar, al igual que todos hemos podido comprobar que la situación anímica hace variar la intensidad de un mismo dolor: unas veces nos parece insoportable y otras, soportable o tolerable. De esta experiencia se puede sacar una primera conclusión: que cada uno de nosotros puede influir sobre el dolor cambiando nuestros estados de ánimo.

Uno de los dones más preciados –si no el mayor– que ha recibido el hombre es la libertad. La libertad está en estrecha relación con el término que nos ocupa.

Con mucha frecuencia el dolor humano proviene del mal uso que hacemos de la propia libertad, y así nos hacemos sufrir indeciblemente unos a otros. Baste citar las guerras, que son siempre crisis del hombre; el hambre, el abuso de la sexualidad y otros tantos sufrimientos, colectivos o personales, que provocan una serie de dolores también colectivos y/o individuales.

II. Sentido del dolor
Una forma de llegar a la mejor disposición de ánimo para vivir con el dolor es aceptarlo, y se acepta cuando se le encuentra un sentido. He aquí el gran secreto de los que no solo soportan el dolor, sino que lo llevan con alegría.

Algunos filósofos contemporáneos entienden que no hay comprensión posible del dolor y del sufrimiento humano; que es imposible encontrarle un sentido más allá en la existencia del hombre, que el de recordarle sus limitaciones, su finitud. No debe el hombre buscar en él nada positivo.

Al igual que el obrar, el sufrimiento es inherente a la existencia humana. Este se deriva, por una parte, de nuestra finitud, y por otra, de la gran cantidad de decisiones o elecciones negativas. Conviene hacer todo lo posible para disminuir el dolor y ayudar a superar las dolencias psíquicas. Esto es deber tanto de la justicia como del amor y forman parte de las exigencias fundamentales de toda existencia humana.
Extirpar totalmente el dolor de la existencia humana no está en nuestras manos, porque el hombre no tiene medios para desprenderse de su propia limitación y porque ninguno de nosotros es capaz de eliminar el poder del mal.

El dolor y el sufrimiento aportan al hombre experiencias insustituibles en el crecimiento y desarrollo de la personalidad y una más completa perfección de la existencia, aunque es imposible explicar de manera racional el hecho del dolor en la existencia concreta de cada hombre.
Cuando los hombres, intentando evitar toda dolencia, tratan de alejarse de lo que podría significar aflicción, cuando intentamos ahorrarnos la fatiga y el dolor de la verdad, del amor y del bien, caemos en una vida vacía, en la que quizá ya no exista el dolor, pero en la que la oscura sensación de falta de sentido y de soledad es mucho mayor aún.

Lo que cura al hombre no es esquivar el dolor y el sufrimiento, sino la capacidad de aceptar la tribulación, madurar en ella y encontrar, también en ella, un sentido a la experiencia por la que se atraviesa.

En el número 38 de la encíclica Spe Salvi, el emérito Papa Benedicto XVI nos dice que “la grandeza de la humanidad está determinada esencialmente por su relación con el sufrimiento y con el que sufre. Esto es válido tanto para el individuo como para la sociedad. Una sociedad que no logra aceptar a los que sufren y no es capaz de contribuir mediante la compasión a que el sufrimiento sea compartido y sobrellevado también interiormente, es una sociedad cruel e inhumana. A su vez la sociedad no puede aceptar a los que sufren y sostenerlos si los individuos mismos no son capaces de hacerlo y, en fin, el individuo no puede aceptar el sufrimiento del otro si no logra encontrar personalmente en el sufrimiento un sentido, un camino de purificación y maduración, un camino de esperanza. En efecto, aceptar al otro que sufre significa asumir de alguna manera su sufrimiento, de modo que este llegue a ser también mío”.

Encontrar ese sentido al dolor no es fácil si no se tiene el convencimiento de que es un medio de purificación y de merecimiento, No solo podemos señalar el ejemplo de los que han sido martirizados con suplicios crueles, sino también el de personas normales, con una gran vida interior, que padecen dolores crónicos, pero en su comportamiento con la familia, con los compañeros de trabajo o estudio pasa inadvertido que sufren porque no pierden el buen humor y la alegría.

III. Sufrimiento
El sufrimiento es un sentimiento de pena producido por motivos diversos que se pueden reunir en dos grupos, según la causa sea personal o no personal. Entre los factores externos, no personales, encontramos las injusticias, las incomprensiones, las desgracias familiares, las contrariedades, etcétera. También podrían sumarse a este grupo las enfermedades, pues la mayor parte de las veces, el que sufre por este motivo no es responsable. Como factores personales podríamos señalar los fracasos por culpa propia y las actuaciones que nuestra conciencia nos reprocha.

Los factores no personales que nos hacen sufrir son de muy diversa índole. Unos son objetivos, reales; otros, quizá los más numerosos, son subjetivos, es decir, aunque no tienen o tienen escasa base real, son los que más hacen sufrir. Casi siempre están relacionados con la seguridad del yo: se piensa uno que los demás no le estiman, que pasan por alto sus cualidades, sus méritos, que procuran hacerle la vida imposible, que murmuran o incluso que calumnian, y tantas otras cosas que la sensibilidad enfermiza se encarga de exagerar.
Como podemos apreciar, aunque la causa sea externa, quien deforma y exagera es el propio sujeto, por lo que tales factores son efectos más de la propia personalidad que de la realidad.

En estos casos hay que procurar ser objetivos, y para ello juzgar los acontecimientos como si le sucedieran a otra persona. Es este un remedio eficaz, pero difícil de poner en práctica, pues exige salir de la posición egocéntrica, lo cual no consigue el ser humano por solo un acto de la voluntad, sino mediante un ejercicio a veces prolongado: ponerse en el lugar de las personas que juzgamos. Desde esa posición se podrá comprobar que el desprecio que sentíamos no era tan grande, si es que ha existido, y que por otra parte, no valemos tanto como pensamos.

Esta manera de proceder, además de eliminar el sufrimiento, evita que obremos injustamente y que se resientan nuestras relaciones con los que nos rodean.

En otras ocasiones, no es el propio sujeto quien interpreta mal las actuaciones del otro, sino que, en realidad, es objeto de injusticia, de maledicencia, incluso  de calumnias. En este caso, la mejor forma de disminuir el sufrimiento es tomar la decisión de no pasar a la revancha, que es una de las reacciones psicológicas más difíciles de evitar ante las agresiones, y dar un paso más: perdonar.
“Sufrir con el otro”, sigue diciendo el Papa Emérito en el número 39 de la antes citada encíclica, “por los otros; sufrir por amor de la verdad y de la justicia; sufrir a causa del amor y con el fin de convertirse en una persona que ama realmente, son elementos fundamentales de humanidad, cuya pérdida destruiría al hombre mismo”.


IV. Muerte
La muerte puede consistir en ir perdiendo la costumbre de vivir.
 César González Ruano

El hombre no puede vivir sin esperanzas porque es un ser abierto al futuro, a la trascendencia. Conoce la específica finitud temporal de su existencia. Es por ello que la muerte resulta un tema muy recurrido en las más esenciales preocupaciones que asaltan al hombre. ¿Tiene sentido la vida si al final morimos? O, al decir de los existencialistas, ¿por qué el ser y no la nada?

La mortalidad se encuentra en la misma constitución humana. Ante la cercanía de la muerte, el filósofo alemán Martin Heidegger (1889-1976) preparó con antelación su entierro. Al meditar sobre la muerte, dijo en una ocasión, recordando los versos de un poeta también alemán: “Ninguna palabra del lenguaje lo dice, ninguna imagen de la vida lo refleja”.

Lo que ninguna palabra dice y ninguna imagen refleja es el misterio que nos desborda como creaturas: la muerte. Para Heidegger, la muerte, como relicario de la nada, entraña en sí el hacerse presente del ser. Como relicario de la nada, la muerte es la custodia del ser.

Sabemos con absoluta certeza que hemos de morir. Por ello la muerte dramatiza nuestra vida; con ella parece naufragar toda nuestra esperanza. Para otro filósofo alemán, Wilhelm Dilthey (1833-1911), la muerte constituye una limitación de la existencia, por cuanto representa una condición que acompaña todos sus momentos.

Platón (s. v-iv a. C) afirmó que la filosofía es una meditación sobre la muerte. Y hace decir a su maestro Sócrates que filosofar es un aprender a morir. Toda vida filosófica, escribió después Marco Tulio Cicerón (s. i. a. C) es una commentatio mortis. Veinte siglos después, el pensador norteamericano George Santayana dijo que una buena manera de probar el calibre de una filosofía es preguntar lo que piensa acerca de la muerte.

Para el jesuita Pierre Teilhard de Chardin (1881-1955), la muerte como acontecimiento humano es la natural emancipación del universo espiritual del hombre de la unidad material.

Para De Chardin, un Dios que en el clímax de su creación produce el universo espiritual del hombre para luego aniquilarlo sería un absurdo. El espíritu no conoce fronteras, solo lo corpóreo le impone una frontera que, en todo caso, es provisional. De manera que la muerte es entonces el paso hacia lo trascendente. “Yo quiero ver a Dios y para eso es necesario morir. Yo no muero, entro en la vida”, manifestó santa Teresa de Jesús.

En el maravilloso pensamiento griego, encontramos las primeras reflexiones acabadas acerca de la muerte y la suerte de los vivos. Ya en la tradición de la escuela órfica, muy difundida a partir del siglo vi a. C. el thánatos ocupaba un lugar de primera atención. La vida terrenal, reflexionaban, no es más que una preparación para una vida más alta.

 La muerte solo era, en el pensamiento griego, un paso a otro mundo, a otra dimensión, una liberación, nunca un final o término.
La visión cristiana de la muerte es tempranamente expresada en el Nuevo Testamento mediante la Primera Carta de Pablo a la comunidad de Tesalónica, hacia el año 55 d. C.: “Porque nosotros creemos que Jesús murió y resucitó, de la misma manera Dios llevará con Jesús a los que murieron con Él”.(I Tes. 4, 14).

Gracias a Cristo, la muerte tiene un sentido positivo: “Para mí la vida es Cristo y morir una ganancia” (Fil.1, 21). Es cierta esta afirmación: “[…] Si hemos muerto con Él, viviremos con Él” (2Tim 2, 11). La novedad esencial de la muerte para el hombre cristiano está ahí: por el bautismo, el cristiano está ya viviendo una vida nueva, y si morimos en la gracia de Cristo, la muerte física consuma este “morir con Cristo”, y perfecciona nuestra incorporación a Él en su acto redentor. El hijo de Dios hecho hombre sufrió también la muerte propia de la condición humana, pero a pesar de su angustia frente a ella, la asumió en un acto de sometimiento total y libre a la voluntad del Padre. La obediencia de Jesús transformó la maldición de la muerte en bendición. Él venció la muerte.

En cambio, en un desborde de pesimismo, el nihilismo adopta un punto de vista totalmente aniquilador, reflejado en estos versos que el escritor español Pedro Calderón de la Barca pone en boca de uno de los personajes de su obra La vida es sueño: “Pues el delito mayor del hombre es haber nacido […]”. Sin embargo, otro peninsular, Juan Ramón Jiménez, en “El viaje definitivo” opina de esta manera:

Y yo me iré. Y se quedarán los pájaros cantando.
Y se quedará mi huerto con su verde árbol,
Y con su pozo blanco…
Y el pueblo se hará nuevo cada año…
Y yo me iré, y seré otro, sin
hogar, sin árbol verde, sin pozo blanco […]

La muerte ha de ser vista y entendida como nuestra singular manera de trascender, el más humano de lo actos, el precio de haber gozado del misterio de la existencia, lo más natural y, quizá por ello, lo más temido e incomprendido. Lo cierto y trágico es que los hombres no queremos morir.

Tendríamos que entender que no morimos en un instante último, sino que la muerte es un elemento continuamente formador de nuestra existencia; no tanto porque de esta existencia nada tenga importancia, excepto su muerte, como porque solo la posibilidad, a la vez inmanente e inminente de cesación permite la separación y vertebración de sus contenidos.

Por fin, digamos que la muerte nos muestra con elocuencia irrefutable, la igualdad de todos los hombres. Nos despoja de todo, a todos, y nos pone de cara a la trascendencia, a solas con nuestra responsabilidad personal…, a todos por igual. Por todos estos motivos se ha dicho que la muerte es maestra de vida.

Como colofón me permito insertar el epitafio que el francés Molière sentenció para sí mismo: “Aquí yace Molière, el rey de los actores. En estos momentos hace de muerto y de verdad que lo hace bien”.




Bibliografía consultada

Anzenbacher, Arno: Introducción a la Filosofía, Barcelona, Ed. Herder, 1993.
Ferrater Mora, José: El sentido de la muerte, Buenos Aires, Ed. Sudamericana, 1947.
Gafo Fernández, Javier: Diez palabras claves en Bioética, Navarra, Ed. Verbo Divino, 1997.
Gonzalo, Luis María: Para pensar: evolucionismo, mente, cerebro, género, estrés…, Ed. Eunsa, 2010.
Landsberg, Paul-Luis: Ensayo sobre la experiencia de la muerte, Madrid, Ed. Caparrós, 1995.
Papa Benedicto xvi: Carta encíclica Spe Salvi, 2007.
Valverde, Carlos: Antropología filosófica, Valencia, Ed. Edicep, 2000.

Dialogar, dialogar

Alfredo Guevara

Durante los últimos años de su vida, Alfredo Guevara (Premio Nacional de Cine) realizó diversos encuentros con jóvenes intelectuales, artistas, profesores y estudiantes de diversas especialidades universitarias. Como resultado de estos intercambios se compiló el texto Dialogar, dialogar (Escuchar, enseñar, afirmar, aprender).

Del amor, el bloqueo y el final feliz

Antonio López Sánchez

Hay dos o tres, allá, que tendrían que buscar algún nuevo sonsonete para recabar votos y cabildear en la política y los negocios derivados de la causa contra el comunismo en Cuba. Hay dos o tres, aquí, que no tendrían temas ni noticias que analizar, ni habitual totí culpable al que endilgar sus propias ineficiencias y resultantes prebendas. Todos esos tendrían que aprender a subsistir haciendo algo nuevo y diferente que hablar mal del “enemigo”.

Comer es crecer

Jorge Fernández Era

Fíjate que acabábamos de desembarcar en aquel lugar y Yanitface me halaba ya el brazo derecho enseñándome lo bien que se veían los contramuslos asándose a la parrilla, mientras Yanotmail me desencajaba el izquierdo clamando por los lomos ahumados, que más que ahumados parecían tiznados de tanta humareda apestosa que subía por entre las pencas de guano.

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