Desde que Dios hizo el mundo

Por Mayda Royero

"Desde que Dios hizo el mundo”, respondía sonriendo José el Gallego cada vez que le preguntaban cuándo había llegado a Cuba o desde cuándo afinaba pianos y echaba las barajas. Quién sabe si afinaba los pianos captando el sonido inspirador del universo, de igual modo que las barajas le hacían ver caminos invisibles a través de signos solo descifrables por los intermediarios entre el más allá y el más acá. El entrenamiento en la escucha de vibraciones cósmicas lo convertía en músico y adivino. A fin de cuentas, ¿qué artista no es un brujo hacedor de encantamientos? Llenan de poesía el mundo, dulce hechizo que enamora y convence aun sin comprendérsele totalmente, o tal vez por ello mismo.

¿Función a beneficio de José el Gallego? Profesionales y aficionados todos a una en As de Oros. Y con más razón tras aquella gripe (oí decir semanas más tarde), que lo tumbó en cama durante varios días. Sin afinaciones ni barajas, bancarrota.

Con María la Gallega, amiga suya, y mi madre, fuimos a verlo para colaborar en la función. Evidentemente, José el Gallego y Miguel –que se ocupaba de los ensayos y montaba los números musicales– habían desplegado una red de comunicación que pronto corrió como pólvora por media Habana. ¿Quién iba a negarle nada al más popular y querido en el barrio Jesús María?

María la Gallega presentándonos y él compartiendo oídos entre el piano y ella. De pronto hizo un leve gesto con la mano, suave orden de silencio. Nos quedamos como estatuas observándolo. Entrecerrando los ojos, afilando la oreja hacia el instrumento, absorto en su oficio, tocó una tecla; después, muy despacio y concentrado, pulsó una cuerda y la atornilló con algo parecido a un destornillador, que no lo era exactamente, y luego tocó como un pianista preparándose para un concierto, no sé, todo era demasiado extraordinario ante mis ojos. “Magia, magia”, me decía estupefacta mientras gozaba la era de los descubrimientos. Cada día uno nuevo; el del afinador de pianos, el más deslumbrante. Aquel salón (probablemente zaguán de la antigua casona), al cual José el Gallego le había insuflado su singular don de virtuoso artesano, me fascinó. Un templo raro y hermoso poblado de ángeles sugeridores de ilusiones, que ni en la más caprichosa fantasía hubiese yo imaginado. El Paraíso en la tierra.

Lo que menos me figuraba, montada en el quizás último tranvía que quedaba en Cuba (su definitiva desaparición empezó a confirmarse en 1950), era que me llevaría hacia la revelación de los secretos del arte en su forma más tangible y originaria; en las sutiles mañas inadvertidas por el profano y, sin embargo, imprescindibles para el ejecutante; en lo diestro y artista que debía ser el domador para meter en cintura aquellos monstruos que él desarmaba y escudriñaba y armaba de nuevo con el cariño y rigor de un padre disciplinando al hijo. Y todo mi embeleso-renacimiento, gracias a una función-beneficio.

Terminado el esotérico fragmento que había detenido la conversación, siguió escuchando a María sin dejar de atender el sagrado objeto de sus amores. De vez en cuando le pasaba un paño a la madera, las teclas, las cuerdas…, aprovechaba el tiempo en acariciarlo. Esa es la impresión –ahora lo pienso– que me causó su esmero en trabajo tan delicado y misterioso. Sorpresivamente, me agarró las manos obligándome a extender hacia arriba mis brazos juntos con los de él, dándome unas vueltas en que unas veces quedábamos de frente y otras de espaldas, pateando el suelo con fuerza según lo pedía el ritmo, mientras cantaba acelerando los movimientos cada vez más:

El baile de la carioca
No se equivoca,
No se equivoca.

Y repetía y repetía, tal vez probando hasta dónde yo aguantaba y le seguía el juego sin marearme ni fallar. Acto seguido, riendo los cuatro a más no poder, nos convidó a sopa de vegetales y maripositas fritas en la fonda de los chinos donde habitualmente comía. De postre, un paseo nocturno en tranvía (probablemente el mismo en el que habíamos viajado horas antes María, mi madre y yo), ida y vuelta cantando “Por la calle de Alcalá”, “Pichi es el chulo que castiga”, “Mi aldea / El alma mía se recrea / Por volverte a contemplar”, “¿Dónde vas con mantón de Manila?” y muchas más tonadas de zarzuelas, en lo que no había quien le ganara. Tratábamos de seguirlo al buen tun-tun. Incluso María la Gallega, nada adicta a cantos ni bailes, tarareó algunas. El tranvía, casi vacío, se llenó de españoladas. El motorista sonreía levemente, quizás con ganas de sumarse al jolgorio.

A José el Gallego le caímos como anillo al dedo. Mi madre, recién entrada en los cuarenta, todavía de buen ver, y yo con mis once años (aparentaba más) éramos precisamente lo que le hacía falta para redondear su sketch cómico: la amante del marido picaflor y la damita joven a punto de ser conquistada por el seductor. Sorprendido en el instante del donjuanismo en acción, la cuarentona despechada arremetía a golpes contra el villano, mientras la chica apresuradamente narraba las proposiciones deshonestas del canalla que amenazaba corromper su inocencia. Arreciaban entonces carterazos y reproches sobre la cabeza del traidor, sinvergüenza, descarado y otros improperios que le lanzaba la iracunda sin tregua ni piedad. De súbito irrumpía una mujer (cuyo vestido de corte-sirena mostraba sus hermosuras) reclamando a su hombre. Recíprocos insultos de las rivales, y ataques de ambas al mujeriego, mezclados con el vertiginoso hablar de la chica contando malicias del conquistador, que engurruñado se tapaba la cabeza con las manos tratando de escapar de las bofetadas, armaban un tremendo guirigay muy chispeante. Astracanada guiñolesca que no sé si hoy resultaría graciosa, pero aquella noche de 1951 en el Palacio de los Yesistas, todo el mundo se divirtió muchísimo.

No se quedaron atrás José el Gallego en su papel de chino estafado o estafador, no recuerdo bien, hablando y gesticulando como lo hacían por entonces los asiáticos aplatanados, ni las interpretaciones de cada uno de nosotros luciéndonos en calidad de indiscutidas estrellas de las tablas. Miguel, el de poco hablar, al piano, alternaba su mirada de maestro entre la partitura y el artista en el escenario, dándonos confianza y seguridad con asentimientos de cabeza, gesto de aprobación que agradecíamos. La Compuesta y sin novio de una muchacha que lo cantó muy acorde con el tono chistoso del pasodoble quedó simpatiquísimo; la bailarina de ballet que bailó en puntas de pies, con zapatillas de verdad, asombroso; los cirqueros ostentando habilidades en maromas y ejercicios de fuerza y pulsación, increíbles; el garboso mulato, galán otoñal de atractiva personalidad, cuya voz y entonación en canciones líricas y boleros envidiarían celebridades de alto rango, arrebató con su

Una noche es bastante
Para darte la vida Algo más que la vida
Ofrecerte quisiera…

Mi Señorita del Pomporé, un sueño convertido en triunfante realidad; y los dos jóvenes bailarines-cantantes, desde que aparecieron con “¿Dónde hay un sabio que explique lo que quiere decir ole?”, para qué contar. Del sabio no se sabrá, pero de los aplausos entusiasmados… Hermosísimas memorias. El ole amenizado a base de pandereta y castañuelas, que el público coreaba “ole con ole y olé” dando palmadas, espectacular final muy arriba.

En una de mis andanzas por La Habana Vieja, me tropecé de pronto con Merced 208, la calle por donde antaño pasaba el tranvía, y el número del domicilio donde residió José el Gallego desde que Dios (ya se sabe), en una habitación al final del patio que la separaba del local maravilloso. Minúsculo el dormitorio y recinto de las consultas espirituales, aislado por una cortina de la salita de espera. Aquí, un Jesús Nazareno de madera, al tamaño de un hombre normal, presidía la estancia que nunca supuse me dejaría huella alguna, a no ser porque una vez, tras la cortina, emocionada y apresurada, espantando con el pie algún ratoncito que se me quería colar en el zapato, me vestí con el traje de Señorita del Pomporé dispuesta al ensayo-víspera del fastuoso acontecimiento. Mi lugar preferido era –y lo seguirá siendo– aquel en que había visto a un mago sacando notas musicales del aire, de las nubes…, del infinito.

Entré en Merced 208. Paredes de tablas dividían el portón principal de la vivienda particular en que había sido transformado el otrora salón de los pianos. A duras penas se sostenía el zaguán. El resto del caserón viejo, cayéndose a pedazos; por el suelo del patio, el Rey de Copas roído en una esquina. Medio atarantada por los cambios, pregunté por José el Gallego a la joven que me recibió cargando un niño.
–Unas cuadras más abajo –me dijo–, en el albergue…

No sé de lo que hablamos después. La palabra albergue me sonaba deprimente, se me estrujaban los sesos en conjeturas tristes, desoladoras. Albergue en mi mente estaba asociado a desamparados, a gente sin casa, desarmonizaba con el optimismo del hombre que se comunicaba con los astros y los ángeles. Hacia esas “cuadras más abajo” me encaminé presurosa, tal vez dando tumbos como un ebrio. ¿Quién podría definir un estado de abrupto desconcierto?

Al llegar, como alegrándose de verme, me invitó a pasar muy amable, el negro más alto del mundo. Cerca de la entrada, en un pasillo entre la puerta de la calle y el patio interior, frente a la espaciosa sala llena de sillones donde se mecían algunos hombres, me lo encontré acostado en un catre, casi en posición fetal, la cabeza apoyada en una almohadita, la cara sobre sus dos manos juntas.

–José –le dije bajito inclinándome hacia él–, ¿te acuerdas de mí?
Me miró sonriendo.
–La Señorita Doña Rosita, la Señorita del Pomporé –me dijo.
Le sonreí ante el recuerdo.
–¿Y Miguel? –le pregunté después de un pequeño silencio.
–En el cielo, como casi todos los de aquella época, adonde yo también me iré dentro de poco.
Me preguntó enseguida por mi madre y le conté que estaba bien, ahí con los cuatro nietos…
–Los hijos de la Señorita del Pomporé.

Le respondí afirmativamente con la mejor cara que pude, intentando alegrar el diálogo que él mantenía en una especie de melancólica lucidez. Miró hacia el patio, seguí la dirección de su vista, como si me estuviese mostrando los ámbitos y la gente que en ellos sobrevivía resignada hasta que llegaran tiempos mejores. Una mujer robustísima llevaba una palangana llena de ropa, dispuesta a colgarla en una tendedera que se extendía de un extremo a otro del patio, donde otras tendederas competían en colgadera de sábanas, toallas y trapos y de cuanta vestimenta usaran niños y adultos.

Caminando lento y silencioso desde la puerta de entrada hasta la del patio, el negro más alto del mundo parecía buscar algo que se le había perdido o a la espera de una noticia, una visita. No paró de andar ni un minuto. José el Gallego, en cambio, permaneció inmóvil. Solo sus ojos se movían observando el entorno, nada alentador. Ningún ruido de persona o cosa molestaba. Al contrario, un extraño sopor inundaba a la vieja casona-refugio y a sus moradores. Serían las cuatro de la tarde o poco menos.

–Esto es una olla de grillos –me dijo con la misma voz apagada (no sé si por abulia o debilidad) que mantuvo todo el tiempo de nuestra breve conversación.

Salí de allí con el alma en los pies, la cabeza un revoltijo de tranvías desaparecidos y zarzuelas trasnochadas…

Mi aldea,
El alma mía se recrea
Por volverte a contemplar…

pensando cuánta falta le hacía en esos momentos (más de treinta y cinco años transcurridos desde aquella noche memorable) una función-beneficio. “Una noche es bastante / Para darte la vida…”, pero ya eso no se usaba ni estaba permitido, y a él no se le veía con fuerzas para inventar y dirigir de principio a fin un espectáculo formidable, ni estaba apto para vivir solo, ni podía seguir comiendo en la fonda de los chinos, porque no había fonda ni chinos y posiblemente ya ni siquiera le apetecía la sopa de vegetales, ni las vibraciones cósmicas le soplaban adivinaciones, ni su oído captaba ya el sonido inspirador del universo que lo había consagrado como el mejor afinador de pianos de La Habana, más atento quizás a la música de los ya cercanos ángeles celestiales que a la que él había hecho brotar de aquellos instrumentos amados como hijos.

¡Qué distinto el primer encuentro del último! ¡Qué distinto! Continuaban los descubrimientos: lo que existía “unas cuadras más abajo” del Paraíso, no lo hubiera soñado ni en la más horrible pesadilla. ¿José el Gallego solo, desganado de todo, inactivo? O…, a lo mejor dócilmente preparado a partir en el último tranvía, el de ida sin vuelta, conducido por un motorista (¿sonriente?) hacia ese infinito que su fino oído había conocido y atrapado magníficamente. Del baile de la carioca a la olla de grillos, un largo trayecto de derrumbes, albergues y ratones devorando barajas y un Nazareno que sabrá Dios adónde habría ido a parar.

–Pídele a los ángeles. Los ángeles ayudan –me había dicho en el camerino minutos antes de mi salida a escena, acomodándome los crespos, alisándome el vestido, separándose un poquito para contemplarme en vista panorámica, con su eterno cigarrillo entre los labios.
El ángel era él, que movilizaba las creatividades ocultas, las que cada uno tiene sin saberlo, hasta que aparece el tocado por la gracia y, con su energía contagiosa, es capaz de volver en torrente productivo lo que antes eran fluidos enquistados. Éramos su obra, sus pianos en proceso de afinación y, por supuesto, quería que sonaran divinamente. Cada cual se esforzó al máximo. En cuanto a logros…, la adolescente encandilada con prodigios, solo puede evocar felicidad. “El baile de la carioca / No se equivoca, / No se equivoca”.
“Canta como los ángeles”, “toca como los ángeles”, se dice a menudo al disfrutar de una interpretación perfecta, sensibilizadora. ¿Quién ha visto y oído a los ángeles en plena ejecución musical? ¿Dónde hay un sabio que explique…? Sorprenderían las respuestas. Sentir y conmoverse al conjuro de la emoción estética concertada con sentimientos altruistas, es fiesta en cielo y tierra, es percibir visiones milagrosas no explicables por métodos convencionales, ni por ninguno tal vez.

En los etéreos espacios, al verlo afinando los violines de la paz y las trompetas del Juicio Final, le preguntan los ángeles:
–José, ¿cuánto tiempo llevas afinando el alma de la tierra?
José el Gallego responde sonriendo:
–Desde que Dios hizo el mundo.

Dialogar, dialogar

Alfredo Guevara

Durante los últimos años de su vida, Alfredo Guevara (Premio Nacional de Cine) realizó diversos encuentros con jóvenes intelectuales, artistas, profesores y estudiantes de diversas especialidades universitarias. Como resultado de estos intercambios se compiló el texto Dialogar, dialogar (Escuchar, enseñar, afirmar, aprender).

Del amor, el bloqueo y el final feliz

Antonio López Sánchez

Hay dos o tres, allá, que tendrían que buscar algún nuevo sonsonete para recabar votos y cabildear en la política y los negocios derivados de la causa contra el comunismo en Cuba. Hay dos o tres, aquí, que no tendrían temas ni noticias que analizar, ni habitual totí culpable al que endilgar sus propias ineficiencias y resultantes prebendas. Todos esos tendrían que aprender a subsistir haciendo algo nuevo y diferente que hablar mal del “enemigo”.

Comer es crecer

Jorge Fernández Era

Fíjate que acabábamos de desembarcar en aquel lugar y Yanitface me halaba ya el brazo derecho enseñándome lo bien que se veían los contramuslos asándose a la parrilla, mientras Yanotmail me desencajaba el izquierdo clamando por los lomos ahumados, que más que ahumados parecían tiznados de tanta humareda apestosa que subía por entre las pencas de guano.

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