Comer es crecer

Por Jorge Fernández Era


–¿Cómo les fue?

–Qué te cuento… No puedo negar que fue mejor que la vez pasada porque, lo que es comer, comimos muchísimo, aunque no sé si fue precisamente por ello –por la cantidad de opciones– que hice más colas y tuve más broncas que nunca con esa gente que sale a la calle con el único propósito de amargarte la existencia y –lo peor– amargarte la comida, que ya bastante la tenía amargada con la maldita costumbre que tienen esos chiquillos míos de no ponerse de acuerdo en qué es mejor para el estómago: si el pollo o la carne de puerco.

Fíjate que acabábamos de desembarcar en aquel lugar y Yanitface me halaba ya el brazo derecho enseñándome lo bien que se veían los contramuslos asándose a la parrilla, mientras Yanotmail me desencajaba el izquierdo clamando por los lomos ahumados, que más que ahumados parecían tiznados de tanta humareda apestosa que subía por entre las pencas de guano. Y yo, que también tengo mis caprichos, pugnaba por obligarlos a pedir el último en lo de las brochetas. Al final me tuve que espantar las tres colas… qué digo tres, fueron cuatro, pues las raciones eran tan magras –las brochetas parecían de tiburón por la cantidad de cartílagos– que terminamos en un carrito con sombrillitas con un derretido de helado al que no le pude adivinar la composición química, pero que, ayudados por sendos paquetes de biscochos, completaron el postre. Después Yanitface o Yanotmail, no recuerdo si ambos inclusive, armaron tremenda perreta por la sed que les dejó la bazofia aquella, y tuve que zapatear medio kilómetro para encontrar otra fila india donde adquirir un pomo de refresco de limón, que es el único que la calma. Se me durmieron los dos encima cuando me senté a coger un diez, y entonces aproveché para echarme una Bucanero fría, tú sabes que eso es lo mío, no tuve ni que pararme para pedirla, pues pululaban camareros muy solícitos, cada cual ponderando las bondades de su nevera. Poco me faltó para emborracharme tras la quinta, pues los hijos de mi marido no querían despertarse. Cuando logré el milagro, y no sé si para vengarse por la ofensa de hacerlos volver a la realidad, me pidieron que los llevara a montar caballos. Ahora los caballeros redujeron en casi un tercio el recorrido, y Yanotmail –porque la otra es más cobarde para las monturas que su propia madre y optó por una vuelta en poni– se enojó porque los dueños del negocio no lo dejaban galopar, y tuve que pagarle seis vueltas seguidas en la misma bestia, que de tan desnutrida trotaba con un desgano digno de un enciclopedista somalí, y yo estuve a punto de pedirle a mi niño que cargara al pobre animal a ver si acabábamos de irnos. Si no lo hice, fue porque a Yanitface se le metió entre trenza y trenza ir a saltar a los colchones inflables y luego gritó al hermano para que se le uniera, y no hubo manera de sacarlos de allí en toda una hora de saltos y más saltos, y de sobresalto mío no solo por la cantidad de dinero que tuve que soltarle al también solícito inflaglobos que dirigía aquello y me rogaba que los dejara, que así eran los infantes. No dijo nunca que así somos los padres de imbéciles, si de botar el dinero se trata. Yo pensé que iban a vomitar el almuerzo y me tendría que disparar de nuevo otras cuatro colas, pero lo cierto es que hube de marcar en una quinta: la de un trencito cuyo bojeo alrededor de un charco de agua era de un diámetro tan reducido que yo pensé que en algún momento la locomotora impactaría a mis dos hijos, que viajaban en el último vagón. Y cada vuelta costaba lo que el tren francés de La Habana a Campo Florido. La monotonía del viaje hizo que se volvieran a dormir, y yo me eché a ambos en los respetivos hombros que me habían malformado y salí a marcar en la cola de la guagua, que medía la suma trigonométrica de las otras cinco que habíamos hecho: no se sabía dónde empezaba aquello, solo sé que terminaba en nosotros, pero no quise enfrentarme al triste espectáculo de viajar de pie con el par de sacos vertebrados que llevaba encima, además de que todo el mundo iba acompañado de sus respectivos chamas y no iba a poder exigir los asientos correspondientes. El caso es que me metí cuarenta y cinco minutos para poder viajar como merecía. Tú dirás que son dos paradas y cinco minutos de camino, pero no iba a hacer el papel de tonta viendo a los machangos viajar sentados mientras Yanitface y Yanotmail dormían su siesta. Los pobrecitos se despertaron en el instante justo en que yo me rendía mirando la telenovela en el sofá. Quería jurarles que nunca más volveríamos allí, pero era tal la contentura con que recordaban todo, que tuve que aceptar que fue un día maravilloso.

–¿Y les compraste algún libro?

–¿Tú crees, con lo que te he contado, que a mí me iban a quedar presupuesto y aspiraciones de desgraciar el único par de sandalias caminando sobre los seborucos de esa fortaleza para zumbarme otras cinco colas e invertir en un puñetero texto literario? Total, para lo que leen: se pasan más de la mitad del día frente a la computadora tratando de conquistar la capital en un juego que les trajo el padre desde Londres sobre la toma de La Habana por los ingleses. En él te enteras de que Pepe Antonio fue un corsario yemenita que secundado por una pandilla de piratas sirios pretendió colonizar Cojímar… ¡No jodas, chica, para que priorice libros en una próxima incursión a las murallas, en la próxima Feria Internacional del Libro tendrán que colocar los quioscos de comida entre La Cabaña y el Cristo de la Bahía!

Dialogar, dialogar

Alfredo Guevara

Durante los últimos años de su vida, Alfredo Guevara (Premio Nacional de Cine) realizó diversos encuentros con jóvenes intelectuales, artistas, profesores y estudiantes de diversas especialidades universitarias. Como resultado de estos intercambios se compiló el texto Dialogar, dialogar (Escuchar, enseñar, afirmar, aprender).

Del amor, el bloqueo y el final feliz

Antonio López Sánchez

Hay dos o tres, allá, que tendrían que buscar algún nuevo sonsonete para recabar votos y cabildear en la política y los negocios derivados de la causa contra el comunismo en Cuba. Hay dos o tres, aquí, que no tendrían temas ni noticias que analizar, ni habitual totí culpable al que endilgar sus propias ineficiencias y resultantes prebendas. Todos esos tendrían que aprender a subsistir haciendo algo nuevo y diferente que hablar mal del “enemigo”.

Desde que Dios hizo el mundo

Mayda Royero

"Desde que Dios hizo el mundo”, respondía sonriendo José el Gallego cada vez que le preguntaban cuándo había llegado a Cuba o desde cuándo afinaba pianos y echaba las barajas. Quién sabe si afinaba los pianos captando el sonido inspirador del universo, de igual modo que las barajas le hacían ver caminos invisibles a través de signos solo descifrables por los intermediarios entre el más allá y el más acá.

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