Del amor, el bloqueo y el final feliz

Por Antonio López Sánchez


Para P. y A., con amor y ojalá buen futuro.


Por los imprescindibles tiempos que requieren las rutinas productivas, a veces, un trabajo periodístico se escribe mucho antes de que se publique. Esto provoca que, en determinadas ocasiones, llenar las cuartillas nos obligue a un cierto ejercicio profético, que puede o no cumplirse según el capricho de las circunstancias. A guisa de ejemplo, estas líneas, redactadas mientras diciembre se despide, circularán ya en pleno febrero.

Por supuesto, algunos temas y motivos son inamovibles. Sea cual sea la bola de cristal que se use para predecir el futuro, el segundo mes será de todas formas dedicado al amor, la fecha de festejo para los enamorados.

La referencia amorosa, y el tema profético, van de la mano de una hermosa experiencia que nos tocó vivir hace muy poco. Un amigo querido y cercano, Alejandro, declaró sus pretensiones nupciales a Paola, ya también amiga y querida. La propuesta fue aceptada. Más allá del crearse motivos para la alegría y el festejo entre las amistades y desearle todos los parabienes a la feliz pareja, nada relevante hay en el suceso. Pero, y este pero es muy importante, hay un detalle que derriba las irrelevancias. Alejandro es cubano y Paola es norteamericana.
Y ahí comienzan a hacerse tangibles, presentes, las necesarias predicciones. Porque cuando llegue el mes enamorado varios cambios conmoverán al mundo, a nuestra Isla y quién sabe si también al amor. Para estas fechas, Donald Trump ya habrá jurado su posesión como el cuadragésimo quinto presidente de los Estados Unidos de América. Quizás el nuevo mandatario revele al fin sus verdaderas intenciones para con nuestro país. Quizás se sepa el derrotero de las leyes que conforman el bloqueo. Quizás se conozca ya qué camino, si el racional o si el absurdo, seguirán las relaciones entre Cuba y los Estados Unidos.

Del diferendo entre ambas naciones, del bloqueo, han corrido y correrán todavía ríos de tinta. De su posible duración y caída, puede que todavía falte un poco por vivir y ver, hasta que llegue el final de esta película. Mientras tanto se avanzará, como hasta ahora, si prima la seriedad, el respeto y la sobria firmeza entre las dos partes. Y se harán más acres e histéricas las posiciones de algunos, aquí y allá, en especial la de los opositores a la reconciliación y a la apertura.

En estos años, desde el 17D, mientras las posturas oficiales cubanas y norteamericanas discuten, sopesan, valoran desde las diferencias y las posibilidades mutuas, no pocos hacen su agosto recordando constantemente lo malo que es el “enemigo”. Sobre todo aquellos, aquí y allá, repito, cuyo modo de vida se vería seriamente afectado si desapareciera el bloqueo. Hay dos o tres, allá, que tendrían que buscar algún nuevo sonsonete para recabar votos y cabildear en la política y los negocios derivados de la causa contra el comunismo en Cuba. Hay dos o tres, aquí, que no tendrían temas ni noticias que analizar, ni habitual totí culpable al que endilgar sus propias ineficiencias y resultantes prebendas. Todos esos tendrían que aprender a subsistir haciendo algo nuevo y diferente que hablar mal del “enemigo”.

En este mismo costal, hay perlas dignas de destaque. Algunas voces, no gubernamentales ni oficiales, han pedido hasta la exigencia una disculpa por parte de Estados Unidos por sus políticas contra Cuba. No recuerdo, desde que se inauguró el primero de los hoteles Meliá hasta la fecha, que nadie exigiera disculpas a Felipe González, a José Luis Rodríguez Zapatero, a José María Aznar o a Mariano Rajoy por la quema de Hatuey, por los muchos horribles crímenes cometidos por los colonizadores o por las muertes que dejó la Reconcentración de Valeriano Weyler. Quizás, como sí sucede ahora, no había ganancia alguna en acometer la defensa, que no el cumplimiento, de tal postura.
De hecho, José Martí gastó muchas de sus energías en promover una guerra sin odios contra el colonialismo español. Parece que lo logró, por suerte, porque no solo hubo españoles devenidos mambises, sino que, al terminar la contienda, muchos se quedaron en la ya no más “siempre fiel Isla de Cuba” y echaron hijos y raíces.

Igual, cuando tantos “gallegos” de toda España se avecindaron en Cuba en tiempos de la República, no escuché jamás alguna historia de alguien linchando a un dueño de bodega. Por el contrario, el gallego se hizo personaje nuestro, parte del diario paisaje y de la vida, inventor de la alpargata y el chinchal, enamorado de la mulata (otra de sus atribuidas invenciones), compartidor de alegrías y también de muchas pobrezas, porque pocos, en verdad, hicieron la fortuna prometida en Las Indias del Nuevo Mundo. Y que se recuerde también el número de cubanos que luchó, y cayó, en contra del fascismo y en tierras de la Madre Patria, la misma que nos había colonizado apenas unas décadas antes, durante la Guerra Civil, como parte de las Brigadas Internacionales. No puede haber sombra alguna de odio en tales actos.
Más aún. La guerra entre Viet Nam y los Estados Unidos dejó un elevadísimo número de muertos y heridos, en ambos bandos, y una enorme destrucción en el país asiático. Todavía hoy se sufren las consecuencias de los bombardeos invasores, en la salud y en el medio ambiente vietnamita. Cuando cesó el bloqueo estadounidense a Viet Nam, los dos Estados restablecieron normales relaciones diplomáticas y comerciales. Hoy el intercambio económico entre los dos países, según algunas fuentes, ronda los veinte mil millones de dólares en diversos rubros. Y, por si alguien no lo recuerda, Viet Nam es también un país socialista y no ha renunciado a su sistema social ni a su soberanía, ni ha sido avasallado por nadie, a pesar de sus reformas económicas y a pesar de sus relaciones con Estados Unidos.

Ya el propio presidente cubano exhortó a no temer a las inversiones extranjeras, a ese mundo real al que Cuba necesita y puede pertenecer. Un mundo al que, incluso, podemos aportar mucho. La máxima dirigen-cia cubana llama a evolucionar, a pensar acorde con los nuevos tiempos, sin genuflexiones pero sin atrincheramientos inútiles. De hecho, la lista de empresas norteamericanas que ya han expresado sus intenciones de invertir o que están en camino de hacerlo, cuando las circunstancias legales mutuas lo permitan, no es pequeña ni de poca monta. Y sí. Ya sabemos que falta camino; que varios puntos neurálgicos gravitan sobre el logro de la normalización total de las relaciones entre las dos naciones.

Pero más que pulsar irresponsablemente las llagas, sin intentar siquiera poner “blando remedio” como diría Martí, lo inteligente es seguir luchando por resolver, serenamente, con firmeza y buen juicio tales puntos, como hasta ahora (si lo evaluamos por lo logrado y por las perspectivas que se abren), han hecho a nivel gubernamental y oficial ambas partes. Si fuera una utopía lograr ese objetivo, llegar a convivir y a relacionarnos normalmente, ¿qué sentido tiene haber iniciado este camino? ¿Se volvieron utópicos los mandatarios de Cuba y Estados Unidos por intentar vivir en paz, como civilizados vecinos? ¿Es mejor, menos utópico y más realista, seguir peleando otro medio siglo?
Suenan entonces discordantes, absurdas, sospechosas, las voces de aquí y de allá que siguen intentando sostener el viejo y mutuamente inútil estatus de enfrentamiento, subrayando solo las diferencias y recordando a toda hora las ya muy sabidas intenciones de la potencia norteña, que nadie olvida, como si nos hubiéramos vuelto lelos después del reinicio de las relaciones. En especial, molestan aquellas que, desde “un mantel importado y un vino añejado” (como diría Silvio), también aquí y sobre todo allá, siguen, lejos de la libreta de abastecimiento y del humo diario de los almendrones, instando a la confrontación y a esa “resistencia” que les proporciona un desahogado modo de vida que muchos otros ni pueden soñar mientras resisten.

Bueno, y dirá quien haya llegado hasta este punto de la lectura, ¿qué tiene que ver el amor en todo esto? Pues, dada las nacionalidades de los novios citados, no faltaron las reflexiones sobre el futuro inmediato, sobre la postura por venir de los dos países y mil tópicos mutuos más. Asuntos que, de pronto, inevitablemente y sin uno pedirlo, se inmiscuyen, y hasta disponen a veces, la decisión en cuestiones tan íntimas y personales como a quién amar, en qué sitio vivir, dónde trabajar y qué hacer con nuestras vidas. También porque, en estos días de compartida alegría prenupcial con la pareja amiga, entre celebraciones y diálogos, se hacen asombrosos hallazgos, más cercanos a la vida real, a las esencias, más humanos que políticos; porque trituramos juntos los idiomas (destrozando o salvando la gramática según sea el caso), para buscar los significados extraviados y precisos de alguna palabra, entre el castellano y el inglés, pero con afán de contarnos los mundos propios y de aprender del otro; porque los cubanos nos reímos, entre maliciosos y autoburlones, de que Paola apenas coma arroz una vez cada quince días, o ella y la amiga Kenna se asombran ante la revelación del jazz estupendo de José María Vitier o del sonido arrollador de los Irakere y de las velocidades supersónicas que se necesitan para bailar al compás de Bacalao con pan; y porque esas bellas negronas sonrientes y felices desde la foto, que bailan en carnaval, en una calle de Nueva Orleans, con balcones de madera y rejas que hemos visto en algunas provincias cubanas, se parecen mucho a cualquiera de nuestras extrovertidas criollas arrollando en plena conga; y que, mientras vivió allá, Alejandro arriaba el pabellón patrio que tiene Paola en su casa, y lo hacía con ese respeto que aprendimos hace años en nuestros matutinos, con que debe hacerse ante cualquier enseña nacional, tal si fuera la suya; que Paola quiere comprar, preferiblemente aquí, y hacer ondear en su hogar, también una bandera cubana.

Incluso, al emerger en los diálogos aquella infaltable remembranza hacia los viejos dibujos animados, donde los rusos (fueran alemanes, checos o rumanos) aquí competían por igual con los norteamericanos, también surgen tesoros escondidos. Porque Paola no leía los créditos, simplemente cambiaba de canal, pero nosotros sí recordamos al increíble Mel Blanc (la voz de Bugs Bunny, Piolín, el Pato Lucas, Porky, Josemite Sam, el Pájaro Loco y un montón de personajes más). Y se revela que nuestro genial Armando Calderón, ese que en broma nos puso lo mejor del viejo cine silente norteamericano, y nos educaba mientras se sacaba de la imaginación y la garganta toda la banda sonora de cada corto, tenía el mismo apodo (el hombre de las mil voces) que incluso exhibe en su lápida el artista norteño.

Es seguro que hay no pocos estereotipos en la visión de ambas orillas acerca del otro. Es, también, muy posible que, como promedio, los cubanos sepamos mucho más de nuestros vecinos que viceversa. En política, ha sido un imperativo de las últimas décadas, en Cuba y en el mundo. En cultura, empezando por el cine (con Mario Rodríguez Alemán y todo, que defendía las películas socialistas y desguazaba sin piedad las capitalistas, pero las exhibía todas y así mucho que vimos y aprendimos), más la música, la literatura, el teatro incluso, la producción norteamericana nunca nos ha sido ajena. Todo eso deja inevitables y sólidos sedimentos. Hecho que no sucedió igual en muchos países de la “Cortina de Hierro” del socialismo en Europa del Este. Puede que sepan menos de nosotros, sí, pero por suerte tenemos para ofrecer, y no es poco ni malo. Ahí estamos todos con nuestra buena cultura, nuestra historia, nuestra humanidad, lista para que nos conozcan, nos respeten y hasta nos quieran más.

En dos palabras, con este contacto humano, uno percibe que quizás no somos tan diferentes como hemos creído en tantos años. Y si lo somos, podemos aprender, compartir, aumentar los buenos parecidos para mejorar a los dos países y sobre todo, más que el abstracto colectivo, a las personas que en ellos vivimos. Aunar virtudes y desechar (o respetar, o hasta combatir juntos si se pudiera) lo irreconciliable de ambos bandos.

El “enemigo” de pronto se vuelve de carne y hueso, sonríe, tiene problemas y familia y gente a la que quiere, y ganas de vivir mejor y sueños, y quiere conocernos y darse a conocer. El “enemigo”, según la orilla del que mire, es Paola, es Alejandro. El “enemigo”, incluso, también ama. Y no siempre a quien el bloqueo o la política consideran correcto.

Puede que, a estas alturas, a alguien le parezcan ingenuas las pretensiones (profecía adivinatoria mediante y todo) de esperar o desear finales felices. A tal punto hemos llegado que los deseos de bien, de prosperidad y paz, lucen como ingenuidades o utopías para algunos, pero sería, no ya ingenuo sino hasta inhumano y perverso dejar de desearlos y, sobre todo, dejar de intentarlos. Ojalá y estos mínimos esbozo de posibles adivinaciones conduzcan a que sí, por qué no, haya feliz mes del amor, y feliz futuro y hasta feliz país (incluso con segunda temporada). Si quienes deciden, si el bloqueo, si la política de allá y de aquí, resultaran también contaminados de amor y humanidad, si se descubren, se entregan como Paola y Alejandro, por encima de pasaportes y orillas, si es el amor por el otro, en igual medida que por uno, el ente que mueve los hilos y aprieta los lazos, entonces, sí: así, sí se puede.

Dialogar, dialogar

Alfredo Guevara

Durante los últimos años de su vida, Alfredo Guevara (Premio Nacional de Cine) realizó diversos encuentros con jóvenes intelectuales, artistas, profesores y estudiantes de diversas especialidades universitarias. Como resultado de estos intercambios se compiló el texto Dialogar, dialogar (Escuchar, enseñar, afirmar, aprender).

Comer es crecer

Jorge Fernández Era

Fíjate que acabábamos de desembarcar en aquel lugar y Yanitface me halaba ya el brazo derecho enseñándome lo bien que se veían los contramuslos asándose a la parrilla, mientras Yanotmail me desencajaba el izquierdo clamando por los lomos ahumados, que más que ahumados parecían tiznados de tanta humareda apestosa que subía por entre las pencas de guano.

Desde que Dios hizo el mundo

Mayda Royero

"Desde que Dios hizo el mundo”, respondía sonriendo José el Gallego cada vez que le preguntaban cuándo había llegado a Cuba o desde cuándo afinaba pianos y echaba las barajas. Quién sabe si afinaba los pianos captando el sonido inspirador del universo, de igual modo que las barajas le hacían ver caminos invisibles a través de signos solo descifrables por los intermediarios entre el más allá y el más acá.

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