DESDE EL SEMINARIO: Abiertos con confianza al futuro sacerdotal

Por seminarista Junior Delgado Martínez

El IV año de Teología en nuestra casa, el último año de estudios, es un grupo de doce seminaristas. Concluyendo este período de formación académica miran ya con confianza al no tan lejano mañana en el que serán ordenados sacerdotes. Antes tienen que recibir el primer grado del sacramento del orden, el diaconado. El mes pasado compartíamos la alegría de tres diáconos habaneros de este grupo. En las celebraciones navideñas, otros seminaristas de este curso han recibido en sus respectivas diócesis la ordenación diaconal. Damos gracias a Dios por los frutos del camino vocacional de estos hermanos y rogamos al Señor que les haga experimentar cada día el auxilio de su gracia. Aquí nos comparten ellos, al inicio de su ministerio, sus testimonios.

“Con la ordenación resulta natural, me atrevería a decir que sucede de forma espontánea, volver la mirada atrás, hacer memoria agradecida, recordar con gratitud el pasado para poder vivir con profundo gozo y pasión el presente y abrirnos así con plena confianza al futuro que Dios nos tiene reservado. Personalmente lo pude experimentar. Cuando estaba postrado en el suelo, como pide el ritual, y se cantaban las letanías, volvían a la mente rostros, situaciones, temores, esperanzas, alegrías vividas a lo largo de los años de formación y todo esto se convierte en oración y en una súplica agradecida al Señor: ¡Gracias, Padre! Ante todo, experimenté la pequeñez ante el insondable misterio de Dios, pues a pesar de las limitaciones y miserias personales, siento la mirada amorosa del Señor que me invita a seguirlo y a permanecer en su Amor. Pido al Dios Amor, que no abandone la obra de sus manos para que siempre y en todo momento sepamos ser testigos de la misericordia”. Diác. Yoan Ernesto Bonet, Santa Clara.

“‘Maestro, en tu nombre echaré las redes’ (Lc 5, 5). Escogí este lema para mi ordenación diaconal como guía y camino que seguiré en el ministerio, en el servicio a Dios y a los hombres. Estoy totalmente seguro que, confiando en el Señor, en su Palabra que es vida, puedo echar las redes y subir a la barca que es la Iglesia a muchas almas necesitadas de Dios, sedientas de salvación. Es la Palabra de Cristo y su mandato la que todo sacerdote ha de saber escuchar atentamente y aceptar todos los días para ejercer a plenitud el ministerio sacerdotal que se le ha confiado. Vivimos en un mundo en el que no se escucha la Palabra de Dios, nos escuchamos a nosotros mismos. Dios no cuenta en el propósito de este mundo que se ha alejado de él. Yo quiero, con el auxilio divino, escuchar su Palabra, hacerla vida en mí, estar atento a ella para llevar a los hombres un mensaje de salvación que haga sus vidas plenas en Dios, llevar a los hombres la verdadera esperanza, la del Reino, la de la vida en Cristo en la eternidad. Deseo poner toda mi vida, el ministerio que me ha sido confiado, al servicio de Cristo y de su Iglesia, porque solamente por Él, con Él y en Él soy feliz y puedo hacer mucho bien a todos, a mis hermanos, a las almas que Él me confíe”. Diác. Andy Acosta Cabrera, Santa Clara.

“Todo, incluido el mismo hecho maravilloso de existir, lo hemos recibido de Él, todo ha sido gracias a Él, a su ‘plenitud’ manifestada en Cristo. Así también la vocación es, por encima de todo, don, gracia recibida, no por merecimiento propio, sino por el amor sobreabundante de Dios. Por eso creo que lo que mejor resume mi experiencia son las palabras del Evangelio según san Juan que escogí como lema: ‘De su plenitud todos hemos recibido gracia tras gracia’ (Jn 1, 16). Para mí todo se resume en la alabanza y acción de gracias a Dios, a Él que me ha amado en Cristo desde antes de formarme en el seno materno, que me ha creado por puro amor, que se ha humillado hasta tomar mi carne y beber el cáliz de la muerte en cruz para salvarme. ‘De su plenitud todos hemos recibido gracia tras gracia’: la vida eterna, la familia, los amigos, la fe y la vocación. ¡Bendito sea su nombre por siempre!”. Diác. Raúl Alberto López Álvarez, Guantánamo.

“‘Sirvamos al Señor en santidad y justicia, en su presencia, todos nuestros días’ (Lc 1, 75). Este es el lema de mi ordenación diaconal, la que me confirió monseñor Ireneo Ramón, obispo auxiliar de Belém-Pará-Brasil, mi arquidiócesis de origen. Esta frase es tomada del bellísimo cántico de Zacarías. Creo profundamente que cada varón, ordenado para el servicio ministerial en la Iglesia, es fruto de una obra de Dios en medio y en favor de su pueblo. Por lo tanto, las virtudes de santidad y de justicia, deben ser el camino por donde transite cada paso de un servidor de la palabra y del altar del Señor; de aquel que por amor a la Iglesia decidió renunciar a todas las demás posibilidades que el don de la vida presenta para cada ser humano, para ofrecerse a sí mismo a Dios, para servir y ser luz para aquellos que buscan en las sombras de la vida un sentido para sus vidas”. Diác. Odinei Mota da Cruz, Orden de los Padres Capuchinos.

NUESTRA SEÑORA DE REGLA, SU CULTO EN CUBA

Roberto Méndez Martínez

El pasado 24 de febrero la parroquia Nuestra Señora de Regla, en el poblado portuario del mismo nombre celebró el aniversario 61 de la coronación canónica de la imagen tutelar. La ceremonia, presidida por Monseñor Juan García, arzobispo de La Habana, rememoró también el trigésimo aniversario de la bendición de ese templo y su altar principal por Monseñor Jaime Ortega y tampoco se olvidó de que hace dos siglos el Venerable Padre Félix Varela viajó hasta el pequeño poblado para predicar el 7 de septiembre en la festividad patronal.

Comunicar esperanza y confianza en nuestros tiempos

Papa Francisco

Me gustaría con este mensaje llegar y animar a todos los que, tanto en el ámbito profesional como en el de las relaciones personales, “muelen” cada día mucha información para ofrecer un pan tierno y bueno a los que se alimentan de los frutos de su comunicación.

Santa Catalina de Siena, la diplomática de Dios

Juan Manuel Galaviz,SSP

Mujer de hierro, sin pelos en la lengua, santa Catalina de Siena (1347-1380) fue una mística extraordinaria y una incansable reconciliadora en un mundo de enfrentamientos y rencillas, de divisiones también dentro de la Iglesia.

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