ENTERRAR A LOS MUERTOS Y ORAR POR LOS DIFUNTOS

Por Hno Jesús Bayo, FMS


En la capilla del cementerio Colón, la Iglesia católica ofrece un servicio religioso para los familiares que solicitan una oración por sus difuntos. En este servicio pastoral de orar por los difuntos y de acompañar en el dolor a los familiares que han perdido un ser querido, participan los presbíteros José Félix Baldrich y Pedro Gonzalo Caballero, así como los diáconos permanentes Máximo Jenes y Miguel Pons. También colaboran en esta pastoral algunos seminaristas los sábados y domingos. Los dos diáconos se turnan para garantizar un servicio de exequias permanente y continuado durante la semana. Los sacerdotes celebran la eucaristía los domingos a las ocho y a las once horas, y el resto de los días, a las ocho de la mañana. A continuación ofrecemos el testimonio del diácono Máximo Jenes.

Máximo, ¿cómo inició usted este servicio pastoral en el cementerio para orar por los difuntos y acompañar a los familiares que han perdido un ser querido?
“Llevo diez años en este ministerio, aquí en el cementerio. Mi compañero Miguel Pons lleva en esta misión veintitrés años. En mi caso todo fue muy sencillo. El arzobispo Jaime Ortega me ordenó de diácono en el año 2003 para servir en la parroquia de la Santa Cruz de Jerusalén, mi comunidad de origen. Un buen día, en el 2006, me llamó y me preguntó si podría realizar este servicio en el cementerio. Yo lo consulté con mi familia, porque suponía un cambio de trabajo, y les pareció bien. Desde entonces estoy aquí en esta misión y sigo colaborando en mi parroquia de la Santa Cruz”.
 
¿En qué consiste la pastoral que realiza aquí, en el cementerio Colón?
“Nuestra misión es orar por los difuntos y acompañar a los familiares. Aquí estamos todo el día, desde las 8 de la mañana hasta las 5 de la tarde. Lógicamente, tenemos un momento de receso para almorzar, pero estamos todo el día. Procuramos dar un mensaje de esperanza a los familiares que vienen a orar por sus difuntos. También vienen personas que no están en un funeral ni acuden a un entierro, sino que visitan el cementerio y pasan por aquí para orar o para conversar sobre algún problema que les aflige”.

Aunque este cementerio perteneció a la arquidiócesis, entiendo que ahora es del Estado y depende del Servicio Necrológico Provincial de La Habana. ¿Cómo es la relación entre la administración del cementerio y ustedes que realizan este servicio religioso en la capilla?
“En la actualidad hay buena relación con la administración del cementerio. Algunos directores pasan por aquí para visitarnos. Si hay problemas llamamos al director, y ellos nos respetan mucho. Nuestro servicio es en la capilla. Sin embargo, quienes se relacionan más con nosotros son los choferes que trasladan los difuntos desde las funerarias hasta el cementerio, pero los enterradores, los restauradores y el resto del personal del cementerio no suelen pasar por aquí. En las funerarias preguntan a los familiares si desean pasar por la capilla del cementerio, y los choferes colaboran mucho, porque ellos acompañan a los familiares hasta la capilla. Es la familia la que decide pasar por aquí para rezar por el eterno descanso del difunto ante su cuerpo presente”.

¿Cómo se explica la existencia de esta capilla en medio del cementerio?
“Este cementerio era católico y pertenecía a la arquidiócesis de La Habana. Supongo que cuando se trazó el cementerio y se construyeron las dependencias administrativas, se proyectó la capilla en el centro del mismo. Yo no sé muy bien la historia. Como podemos ver, la capilla tiene forma octogonal y está en el centro del cementerio; sus puertas se orientan hacia las cuatro principales avenidas que forman una cruz trazada según la orientación de los cuatro puntos cardinales, y así se establecen también las zonas del cementerio.

”Es decir, por la capilla pasan todos los difuntos camino hacia la tumba, su última morada. Todos entran por la puerta principal del cementerio y vienen hacia la capilla; algunos cortejos fúnebres entran en la capilla y hacemos una oración, pero los que no entran, igual pasan por fuera para llegar a la tumba, y también oramos por ellos. Es algo simbólico, pero elocuente. Esto nos indica que Dios acoge a todos en su seno de Padre misericordioso, sin importar a qué dirección del cementerio se dirijan. La capilla está en el centro, como lugar de partida y llegada en el último adiós. Desde aquí oramos por todos para que Dios los reciba con misericordia”.

¿Cuántas personas solicitan los servicios de oración por los difuntos?
“En la capilla recibimos diariamente un promedio de veinticinco cortejos fúnebres. Es decir, oscilan entre veinte y treinta funerales. Por ejemplo, ayer realizamos veintiuna oraciones de exequias, sobre veintiocho enterramientos que hubo en el cementerio. Como ve (me muestra el formulario), todo queda registrado: nombre del difunto, familiar que solicita la oración, etcétera. Al día siguiente, en la misa, pedimos por el eterno descanso de todos los difuntos. Aproximadamente, el setenta y cinco por ciento de los funerales solicitan la oración de exequias. En invierno pasa más gente, porque se mueren más personas. Además, algunos vienen con las cenizas de los difuntos para orar después de realizar la cremación. Cada vez se hacen más cremaciones”.

¿Recuerda algún momento importante para usted en este servicio pastoral en el cementerio, algún hecho significativo?
“Hay muchos momentos impactantes. Le voy a contar uno. Me resulta difícil hacer la oración fúnebre cuando se trata de la muerte de un niño. Un día me tocó realizar las exequias de un niño pequeño y estaba la mamá presente junto al cadáver de su hijo. Claro, no hay palabras para consolar a una madre ante la muerte del hijo. La mamá me abrazaba y tomaba la estola y me decía: ‘Padre, reviva a mi hijo, devuélvale la vida’. Yo me emocioné y lloré con ella, porque son muy duras estas situaciones. Después seguí orando ante el Santísimo. Hay otros momentos que son gratificantes: cuando te dicen ‘gracias por sus palabras’, cuando vienen el domingo a la misa, cuando se acercan para recibir ánimo…
”En ocasiones, viene gente con mucha fe y esperanza: cantan canciones religiosas, un tenor canta el Stabat Mater, una soprano canta el Ave María, etcétera. Siempre hay mucho respeto cuando la gente entra en la capilla para rezar por sus difuntos”.

¿Participan los obispos y los sacerdotes en esta pastoral o están solo los dos diáconos?
“Hay dos sacerdotes que vienen todos los días para la misa. Además, el actual arzobispo viene de manera muy seguida. Monseñor Juan ha estado varias veces, en distintos días de la semana y también el domingo”.

¿Qué oraciones reza cuando llega un funeral? ¿Participan los familiares?
“Tenemos cierta experiencia y vemos la realidad de cada grupo, pero siempre utilizamos el Ritual de las Exequias, con sus distintos formularios. A veces agrego alguna otra oración, o un salmo, según las circunstancias. Otras veces, si se trata de una persona muy ligada a las comunidades parroquiales, se cantan himnos y salmos. Los familiares, en general, están bien dispuestos y receptivos pero participan poco. Algunos saben el Padrenuestro y lo rezan, pero no todos”.

¿Cómo le afecta psicológicamente la realidad de la muerte y el duelo de los familiares que acompañan a los difuntos?
“Todos nos entristecemos ante la muerte. Para mí, lo primero ante esta situación es orar. Pido al Espíritu Santo ayuda y luz, además de rezar laudes y las otras oraciones litúrgicas. Después hay que buscar la forma de hacer una higiene mental. Me desconecto cuando salgo del cementerio para llegar tranquilo a mi casa. También tengo entretenimientos normales: leer, ir al teatro, escuchar música, lo cual es necesario para no deprimirme. Este trabajo hay que hacerlo con amor. Es un servicio que supone mucho sacrificio y abnegación. Si no lo haces con amor, no llegas a las personas y no puedes consolarlas. Es necesaria la fe y la humildad. Entonces, la oración por los difuntos es consoladora para los familiares”.

¿Por qué dar sepultura a los muertos y orar por los difuntos son obras de misericordia?
“Son obras de misericordia porque suponen el servicio y el amor hacia los difuntos y sus familiares. Es un signo de amor y de esperanza orar por los muertos. Tener compasión y empatía con el que sufre es un signo de misericordia. Cristo también se compadeció cuando murió su amigo Lázaro, y fue a la casa para consolar a Marta y a María; se apiadó de la viuda de Naím, cuando iban a enterrar a su hijo único; resucitó a la hija de Jairo”.

¿Qué actitudes cultiva y recomendaría a quienes realizan este servicio?
“Tienes que cultivar las actitudes de misericordia y de amor para hacer este servicio. Hay que tener paz, tranquilidad y compasión. Esto se lo recomendamos a los seminaristas que vienen aquí. También hay que tener una actitud de gratuidad para orar por los muertos y acompañar a sus familiares”.

¿Qué frase de la Biblia o mensaje de Jesús le ayuda en este servicio pastoral?
“A mí me gusta mucho el salmo 22: ‘El Señor es mi Pastor, nada me faltará’. A veces cantamos este salmo cuando vienen difuntos de una comunidad católica”.

Muchas gracias, Máximo, por su atención y por el servicio que realizan aquí.


Reflexión
La séptima obra de misericordia corporal es “enterrar a los muertos” y la última obra de misericordia espiritual es “rogar a Dios por los vivos y por los difuntos”. Dar sepultura a los muertos es un acto de amor y compasión; es una obra de misericordia en cualquier parte del mundo, especialmente, en los lugares donde la gente muere de forma violenta por motivos de persecución, desplazamiento forzado y guerras. A veces, también es complicado recuperar los cadáveres de las víctimas que mueren a causa de accidentes y naufragios para poder enterrarlos, lo que puede significar arriesgar la propia vida.

El libro de Tobías, en el Antiguo Testamento, nos presenta un bello ejemplo de compasión. Tobías fue capaz de arriesgarse, y llegó a perder sus bienes por sepultar a los muertos. A pesar de la prohibición del rey Senaquerib, no dejó de enterrar a los difuntos (cf. Tob 1, 17-19; 2, 2-8). Por enterrar a los compatriotas asesinados en Nínive, Tobías fue perseguido. A pesar de todo, siguió realizando esta obra de misericordia.

Los cuatro evangelistas narran que José de Arima-tea dio sepultura al cuerpo de Jesús. Durante la agonía del Crucificado estaban al pie de la cruz María con Juan y algunas mujeres (cf. Jn 19, 25). Después de morir Jesús, José de Arimatea –hombre rico y miembro del Sanedrín convertido en discípulo del Señor– se hizo cargo de su entierro: fue donde Pilato y pidió el cuerpo de Jesús, lo bajó de la cruz y lo colocó en un sepulcro nuevo excavado en la roca. Nicodemo y las santas mujeres también tuvieron la preocupación de amortajarlo y sepultarlo (cf. Mt 27, 57-60; Mc 15, 42-47; Lc 23, 50-53; Jn 19, 38-42).

Para los cristianos, la sepultura es un acto de piedad y amor, de fe y esperanza. Sepultamos en la tumba el cuerpo de nuestros seres queridos con la esperanza de su resurrección (cf. 1 Cor 15, 1-34). Este rito es valorado por la gente de nuestro pueblo. Enterrar a los muertos y ofrecer oraciones de sufragio por los difuntos es un gesto de amor y de piedad que se realiza con naturalidad en Cuba. Esto significa respeto, amor, reconocimiento de su persona, agradecimiento, amistad.

La Iglesia ruega por los difuntos en la misa, donde entramos en comunión con todos los creyentes. El sacerdote dice en la plegaria eucarística: “Acuérdate también, Señor, de tus hijos, que nos han precedido con el signo de la fe y duermen ya el sueño de la paz. A ellos, Señor, y a cuantos descansan en Cristo, concédeles el lugar del consuelo, de la luz y de la paz” (Canon romano).

Enterrar a los muertos y orar por los difuntos nos obliga también a rezar y ayudar a los familiares vivos que siguen peregrinando en esta vida. Esta ayuda mutua es necesaria porque somos hermanos, hijos de Dios, y profesamos la misma fe cuando decimos: “Creo en la comunión de los santos”. Esta comunión es reflejo de la misericordia del Padre que Jesús nos ha revelado, indica que vivimos inmersos en la vida de Dios gracias a Cristo que nos ha salvado. Por ello, vivos y difuntos estamos unidos: hemos recibido el mismo bautismo, nos hemos nutrido del Cuerpo de Cristo, el Espíritu Santo nos santifica y formamos la misma Iglesia como familia de Dios. No podemos abandonar a los hermanos en la vida ni en la muerte. Por eso, ejercitamos la misericordia cuando enterramos a los muertos y oramos por los difuntos.

NUESTRA SEÑORA DE REGLA, SU CULTO EN CUBA

Roberto Méndez Martínez

El pasado 24 de febrero la parroquia Nuestra Señora de Regla, en el poblado portuario del mismo nombre celebró el aniversario 61 de la coronación canónica de la imagen tutelar. La ceremonia, presidida por Monseñor Juan García, arzobispo de La Habana, rememoró también el trigésimo aniversario de la bendición de ese templo y su altar principal por Monseñor Jaime Ortega y tampoco se olvidó de que hace dos siglos el Venerable Padre Félix Varela viajó hasta el pequeño poblado para predicar el 7 de septiembre en la festividad patronal.

Comunicar esperanza y confianza en nuestros tiempos

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Me gustaría con este mensaje llegar y animar a todos los que, tanto en el ámbito profesional como en el de las relaciones personales, “muelen” cada día mucha información para ofrecer un pan tierno y bueno a los que se alimentan de los frutos de su comunicación.

Santa Catalina de Siena, la diplomática de Dios

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Mujer de hierro, sin pelos en la lengua, santa Catalina de Siena (1347-1380) fue una mística extraordinaria y una incansable reconciliadora en un mundo de enfrentamientos y rencillas, de divisiones también dentro de la Iglesia.

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