LAS ADORATRICES: MUJERES QUE RESCATAN LA DIGNIDAD

Por Yarelis Rico Hernández


Hace pocos años llegó a Cuba una comunidad de religiosas con importante presencia en países del área latinoamericana como República Dominicana, Brasil, Argentina, Chile, Venezuela, Bolivia, Colombia, entre otros. Aunque su obra resultaba desconocida para los cubanos, en poco tiempo fue admirada, primero por fieles de Pinar del Río, donde al inicio las hermanas abrieron casa, y luego en la arquidiócesis habanera, sitio en el que se establecieron definitivamente. Son las Adoratrices Esclavas del Santísimo Sacramento y de la Caridad (AASC); con familiaridad llamadas “las adoratrices”.

Más de ciento sesenta años han pasado desde que la madre María Micaela del Santísimo Sacramento, hoy santa de la Iglesia católica, recibiera la aprobación eclesiástica para empezar a vivir, con un grupo de seguidoras, un nuevo carisma que encontraría en la adoración contemplativa a Jesús Sacramentado, la esencia de un apostolado comprometido con la mujer víctima de la prostitución y otros problemas de exclusión social.

Vencida la primera década del siglo xxi, unas mil hermanas integran esta familia religiosa, cuya obra, revitalizada y actualizada, se extiende por veinticuatro países de Europa, América, Asia y África.

Como aquellas primeras mujeres que apoyaron a la fundadora en su idea de acoger a jóvenes expuestas a diversas formas de explotación, en especial la sexual, y ayudarlas a rehacer sus vidas, las actuales adora-trices desarrollan numerosas y variadas acciones para liberar y promover a quienes ejercen la prostitución o están expuestas a la violencia, la droga, el abandono, la soledad y la pobreza, tratándolas con benevolencia y caridad. “Siempre con un mismo objetivo y una metodología básica: la pedagogía del Amor”, dice una de las hermanas presente en Cuba.

En muchos lugares, las adoratrices perpetúan la iniciativa de la madre Micaela de abrir casas de acogida para las mujeres que precisen de una intervención educativa mucho más intensa e integral. En varias de las comunidades de Europa (países receptores del tráfico de personas con fines de explotación sexual) atienden y acogen a esas víctimas, no importa la hora; a ellas ofrecen atención inmediata. Pasado este primer tiempo para resolver la urgencia, les dan la posibilidad de continuar recibiendo ayuda integral a través de los diferentes proyectos de la comunidad.

“El más conocido es el Proyecto Esperanza”, explica otra hermana. “Intentamos que estas mujeres superen los traumas sufridos en su esclavitud, se recuperen física y emocionalmente y encuentren alternativas sociales y laborales, además del apoyo jurídico necesario para enfrentar la denuncia y las presiones de los traficantes”.

Otras presencias adoratrices acogen a madres adolescentes y las apoyan en su precoz maternidad para que esta no se convierta en una experiencia destructiva. En América Latina potencian la capacitación profesional de las jóvenes para que puedan encontrar alternativas que les permitan sustentar su familia sin menoscabar su dignidad de mujer. En Colombia han ido más allá aún, pues han creado cooperativas que permiten a las mujeres ser agentes activos en su inserción socio-laboral. Pero estos son solo pequeños ejemplos de una gran diversidad de formas que intentan responder adecuadamente a la realidad concreta de cada cultura y situación.

En estos momentos la congregación replantea su trabajo para no quedarse en las respuestas habituales o la inercia, e ir ajustándose a las nuevas necesidades y problemáticas que va presentando la mujer en contextos de prostitución. Con este propósito, las adoratrices tienen muy en cuenta la llamada del Papa Francisco de salir e ir a las fronteras, pues es ahí donde prolifera este fenómeno.

Cuba, una nueva casa
En los últimos años de su vida, la madre María Micaela se confesaba y acompañaba espiritualmente con el padre Antonio María Claret, hoy santo de la Iglesia y quien había sido, hasta 1857, arzobispo de Santiago de Cuba. Fue él quien le habló de la necesidad de adoratrices en la Isla. Ella, por su parte, llegó a enviarle las constituciones, pero aunque quiso fundar en Cuba, en aquel momento no le fue posible.

Tal inquietud fue asumida por las hermanas de la provincia religiosa de República Dominicana –especialmente en la celebración de los veinte años de fundación en ese país– y consideraron interesante recoger el sueño de Micaela y abrirse a un nuevo contexto. El obispo de Pinar del Río, monseñor Jorge Serpa, en noviembre de 2007, acogió la primera comunidad en su diócesis, apoyó y acompañó incondicionalmente su misión.

A su llegada a Cuba, las religiosas reajustaron su apostolado a la nueva realidad que se les presentaba. En Los Palacios, Pinar del Río, abrieron un pequeño taller para muchachas vulnerables a la prostitución. Sin embargo, pronto se percataron de que este fenómeno, no tan visible en la Isla como en otras partes del mundo, era mucho más fuerte en La Habana y decidieron continuar su obra en esta arquidiócesis. Sabían que muchas jóvenes del interior venían a la capital del país para buscar una vida mejor y la mayoría de ellas provenía de la región oriental.

En La Habana empezaron por identificar bien la realidad y en base a ella trabajar. Fueron a puntos muy específicos de la ciudad y se acercaron a algunas muchachas, establecieron contacto con ellas y las invitaron a participar en las actividades organizadas por la comunidad. De aquellas primeras jóvenes que aceptaron la invitación de las hermanas, algunas se convirtieron en replicadoras de la información y así se fueron sumando otras mujeres.

Poco a poco y con un trabajo de hormigas, las adoratrices lograron iniciar el Programa Sicar Cuba que, teniendo como inspiración la frase de su fundadora, santa María Micaela: “Solo he vivido por Dios y para ellas”, ofrece orientación, atención psico-social y apoyo general a estas mujeres. En agosto de 2016 se consolida un taller de manualidades que, a juicio de una de las asistentes “ha sido un boom, pues hemos conseguido hacer grupo”. Una experiencia que, en opinión de las propias hermanas, marca un cambio cualitativo en la obra que vienen desplegando en Cuba.

Con la consolidación de este primer grupo de muchachas, muchas de las cuales también se han incorporado a otros cursos y talleres dentro de la Iglesia, las adoratrices pudieron iniciar la actividad formativa a nivel humano y desarrollar dinámicas concretas que permiten a la persona expresarse y percatarse de que el mismo grupo es una fuente de ayuda.

Una joven de veinticuatro años, madre de dos hijos –uno de seis y otro de ocho, ambos al cuidado de su abuela en una provincia distante de La Habana–, encuentra en el taller una familia, un colectivo. “Entre todas nos ayudamos. Tenemos en estos momentos algunas ausencias, pues hay una de nosotras que está arreglando su casa, otra que tiene problemas con su marido y una que está presa. Antes nos veíamos en la calle y no nos hablábamos, no nos saludábamos; el negocio nos llevaba a eso. Después que llegamos a este sitio con las hermanas, aprendimos a que ignorarnos entre nosotras mismas no nos conduce a ningún lado, más si nuestras historias tienen en común el dolor y la soledad… Hoy, como familia, invitamos a otras muchachas a participar en nuestro proyecto”.

Las religiosas no exigen que las jóvenes cambien. “Para nosotras, hagan lo que hagan, son personas y merecen ser tratadas como tal”, dice una hermana. “Lo esencial es transmitirles ese amor que Dios siente por cada una de ellas, por cada mujer que vive una situación de exclusión social; esa es la principal evangelización. Nosotras solo somos el instrumento de ese amor de Dios. El cambio vendrá como consecuencia”.

Según refiere la propia hermana, el fenómeno de la prostitución en Cuba es diferente a otros lugares. “No es la falta de formación o el no tener un trabajo lo que las lleva a iniciarse en esta vida. En general se trata de situaciones socio-familiares conflictivas, desestructuradas, de falta de futuro en sus ciudades de origen (muchas dicen que en Oriente no hay ninguna expectativa para sus vidas); impresiona también que los ‘maridos’ favorezcan que ellas se prostituyan para que traigan riqueza a casa… No se reconocen como proxenetas, pero son los mayores explotadores”. Generalmente, detrás de cada una de estas mujeres hay una historia de vida muy dura desde la niñez. Algunas nunca se sintieron queridas o amadas por sus padres y otras fueron abusadas dentro de su propia familia o tuvieron hijos muy pronto y no fueron capaces de cuidarlos; hoy los asumen las abuelas, quienes les exigen dinero para mantenerlos, sin importarles cómo lo obtienen o sabiendo, incluso, que sus hijas se prostituyen. En fin, una serie de situaciones, muy parecidas entre ellas, que las llevaron a salir o escapar de sus casas y buscar refugio en personas que las iniciaron en este camino. Detrás de cada una de estas mujeres hay mucho sufrimiento, mucha inseguridad, muchos miedos.

Vivian, por ejemplo, conoció a las adoratrices porque fueron a su casa y le hablaron del proyecto, de los cursos que también se ofrecían en algunas iglesias. Gracias a las hermanas, ha pasado algunos cursos, entre ellos el de gestión de pequeñas empresas, otro de psicología positiva y está actualmente en uno de tejido.

“Tengo dos niños que están con mi mamá, soy una de las fundadoras del proyecto. Me casé a los catorce años con el papá de los niños, el varón tiene ocho años y la niña seis. Él me dijo que me traería para La Habana y a mí eso me alegró, pues quería conocer a mi papá, vivir con él. Nos alquilamos por Párraga y recuerdo que un día le dije que deseaba tener lo mío, vestirme como las muchachas de mi edad. Me prometió ayudarme, que me llevaría a la casa de unas amistades suyas. Un día me dejó parada en una esquina, en Reina y Águila, entre Estrella y Monte. Vino un muchacho, se acercó a mí y entonces mi esposo se puso a hablar con él. Me dijo, ‘ve con el muchacho que te va a ayudar’. Yo ni sabía lo que era ni adónde iba. Así empecé y seguí durante mucho tiempo.

”Llegaba a la casa con el dinero, él me lo quitaba y salía. Regresaba borracho y con olor a perfume de mujer. Me daba golpes, me humillaba, me ofendía… Tengo un promedio de once puñaladas que me dio. Hasta que un día decidí dejarlo. Las hermanas, por medio de la amiga que las llevó a mi casa, me aconsejaron. El dolor queda, pero la satisfacción de estar hoy en este taller y de ayudar a otras muchachas que se ven en la misma situación en la que me vi, es lo más grande. Lo que me hace creer que he superado esta situación es la fuerza que me dan mis compañeras para salir a la calle y entregar folletos para que otras muchachas puedan conocer este proyecto”.

Sorteando obstáculos
Ejercer la prostitución genera una serie de gastos que, prácticamente, hacen volar de la cartera todo el dinero que pueda ganarse en una noche de trabajo. “Para quienes vivimos en este mundo –confiesa una muchacha de veintinueve años, también madre de dos hijos–, es importante vestir bien y a la moda, usar zapatos caros y garantizar el buen perfume”. O sea, se crean nuevas y caras necesidades. Llegan a identificar en esta práctica, el modo más rápido para tener dinero y lograr lo que desean.

“Es que la prostitución en sí misma daña a la persona por dentro, porque le hace percibir que lo que tanto quiere, puede conseguirlo –explica una de las  hermanas–; de otra forma, podría posponer ese deseo hasta reunir el dinero necesario y lograr satisfacerlo. Es decir, la prostitución daña a la persona porque le va cambiando percepciones, estilos, maneras, costumbres y ritmos de vida. Cambian horarios, duermen de día, se levantan, comen una merienda o algo así y salen a la calle a buscarse la vida. Y el mundo es solo la calle, la prostitución, todo gira alrededor de eso. Para estas mujeres es difícil, muy difícil salir de esa vida. A eso se suma que muchas de ellas ven en este ejercicio una huida a su realidad. Es muy habitual que una muchacha que ha sufrido abusos, se sienta sucia por dentro y no merecedora de cariño. Entonces, si estoy sucia qué importa que me ensucien más; ningún hombre bueno va a ser digno de estar conmigo, pues ya yo llevo una mancha grande. O pueden encontrar a alguien que se convierte en su pareja y hasta diga que es su marido y la quiere. Pero en el fondo percibe que no es así, porque ese marido muchas veces sabe que ella se prostituye, la invita y hasta la obliga a hacerlo; le dice que la protege para que nadie le haga daño o para que la policía no la aprese. Es ese marido el que le exige que le entregue el dinero. Uno de los principales obstáculos que encontramos en nuestro trabajo es que los maridos no quieren que vengan aquí. Quieren que sigan en la calle”.

El Evangelio enseña, que el buen samaritano, para ayudar al herido, no le pregunta de dónde viene, si tiene un negocio legal o ilegal; no hace ninguna pregunta, simplemente lo ve herido, lo cura y lo lleva a la pensión. Pero no le dice que debe cambiar nada de su vida, porque el amor es siempre gratuito. Así, cuando Jesús se encuentra con la adúltera, no la condena, solo le da un consejo: no peques más. Según afirman las hermanas, “el actuar de la adoratriz está atravesado por esa misericordia gratuita de Jesús”.

Y agregan: “Si nosotras nos acercamos a ellas desde el cariño, el amor gratuito, desde una palabra cálida, permitiéndoles que se sientan bien, útiles, que se relajen, se cumple nuestro principal objetivo, lo otro vendrá como consecuencia. A lo mejor no lo conseguimos ahora, aparece más tarde, quizás nunca… Cuántas veces hemos pensado que no han cambiado nada y luego, a la larga, vemos que sí han cambiado. ¡Hay experiencias tan bonitas!”.

Una de las hermanas explica que en Brasil conoció a una muchacha cuya historia de vida fue horrible. Ella murió de sida. El bebé que tuvo lo dio en adopción, todo lo perdió. Se dejó morir porque no se vio capaz de superar su problema de droga. Dice esta adoratriz: “La vi por última vez un mes antes de morir y nos dijo que en el único lugar donde había sido feliz había sido en nuestra casa. ‘Ustedes me han tratado como verdaderas madres, me han dado el amor que mi madre nunca me dio’. Y aunque esta mujer murió con la frustración de haber perdido al hijo que más quería, también finalizó su vida con la experiencia de haberse sentido amada y acogida. Eso vale mucho”.

Algunas de las mujeres cubanas asistidas por las adoratrices han dejado la prostitución y han vuelto a sus lugares de origen. Otras, a pesar de la situación de alto riesgo, finalmente optaron por no entrar en esta vida. Hay varias que, aunque siguen ejerciéndola, quieren abandonarla para siempre y hablan de planes futuros: “construir mi casa”; “tener un hogar”; “criar a mis hijos y educarlos para que no pasen por lo mismo que yo”. Hay quien hasta habla de abrir su propio salón de belleza.

La monitora del taller de manualidades, una joven católica, no se arrepiente de haber aceptado la invitación de las hermanas para que las acompañara en su apostolado. “Fue como de Dios la respuesta que le di: asentí, pues de alguna manera vi en esto algo bueno que podía hacer por las mujeres de mi propio país. También como joven que soy, con un día a día tan diferente al de estas muchachas, sentí que podría mostrarles mi realidad, mi vida, mis pensamientos… pero solo mostrarles, no imponerles. Es un trabajo duro, pero muy gratificante. Como mujer es aún más fuerte, porque desde mi condición pienso en todo lo que puede estar pasando a nuestro alrededor y que nos afecta directamente: los maltratos, las discriminaciones, las humillaciones. Las historias de estas jóvenes no dejan de sorprenderme y hasta de chocarme, pero entiendo que hay que abrirse, acercarse a ellas, escucharlas… Por más que nos parezcan increíbles, son historias verdaderas que están, a veces, frente a nuestros propios ojos y no las vemos. Este trabajo me ha permitido alcanzar cierta madurez en la escucha, he aprendido a no juzgar y a acompañar”.

Para una de las muchachas que conoció a las hermanas, mientras se prostituía en un parque habanero, la vida ya no es igual, “ahora tengo esperanzas”, asegura. Hace solo un mes que está en el proyecto de manualidades, ha iniciado cursos de idioma pero pronto los ha dejado porque siente que no es buena para eso. Ella tiene un sueño, siempre lo ha tenido, pero nunca había experimentado la paz y tranquilidad necesarias para, al menos, imaginariamente construirlo. “Mi sueño es tener mi hogar con mis dos hijitos y que nunca me falte un plato de comida y una cama; acomodarme a lo que Dios ponga en mi camino”.

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