Santa Catalina de Siena, la diplomática de Dios

Por Juan Manuel Galaviz,SSP


Mujer de hierro, sin pelos en la lengua, santa Catalina de Siena (1347-1380) fue una mística extraordinaria y una incansable reconciliadora en un mundo de enfrentamientos y rencillas, de divisiones también dentro de la Iglesia. Con fuerza materna y sabiduría inspirada, exhortó al mismo Papa, reprendió al clero relajado y sacudió la tibieza de muchos católicos. La sublimidad de su doctrina brilla en su Diálogo de la Divina Providencia. De su intensa acción política como mensajera de la paz y promotora de la justicia, hablan las casi cuatrocientas cartas suyas encontradas hasta la fecha. Practicó la caridad con heroísmo.

Su carrera ascendente nos dice mucho de la grandeza y perenne actualidad de su testimonio personal y de su obra: el Papa Pío II la proclamó santa (1461); Pío IX la nombró copatrona de Roma (1866); Pío XII la proclamó patrona de Italia junto con san Francisco (1939); Pablo VI le dio el título de Doctora de la Iglesia (1970); san Juan Pablo II la nombró copatrona de Europa junto con san Benito (1999).

Casi la última en una familia numerosa
La casa natal de Catalina estaba en el barrio Fontebranda de Pisa, exactamente en la calle de los Tintoreros. Su padre, Santiago Benincasa, tenía ese oficio: con lo que ganaba tiñendo telas, mantenía a una familia muy numerosa. Catalina y Juana, su hermana gemela, ocupaban los lugares vigésimo tercero y vigésimo cuarto en ese “ejército doméstico”. La población de Pisa estaba acostumbrada a ver embarazada a doña Lapa di Puccio, pero ella no se ocupaba solamente de traer nuevos ciudadanos al mundo: era enérgica y hacendosa y se esmeraba por trasmitir a sus hijos principios cristianos y costumbres honestas.

Catalina fue vivaz desde niña y de inclinación piadosa. Su madre confiaba en que, con el tiempo, ella abandonaría el exceso de rezos y la tendencia a retirarse en el recogimiento. Como la mayor parte de las matronas sieneses, Lapa soñaba con buenos partidos para sus hijas. Por otra parte, en la Siena del siglo xiv era normal que las mujeres, apenas cumplidos los doce años, cuidaran mucho el atuendo y arreglo de sus personas, con la esperanza de agradar a algún caballero.

Lapa ya había logrado casar a dos de sus hijas y suspiraba porque también Catalina siguiera ese camino. Ignoraba, o no quería hacer caso de lo que afirmaba su hija: que tenía como prometido nada menos que a Jesucristo. A la esposa del tintorero eso le parecía una puerilidad de Catalina y hacía de todo por inducirla al matrimonio con algún pretendiente rico o, ¿por qué no?, con algún noble.

Todo esfuerzo de Lapa resultó inútil. Tampoco funcionaron las tretas de su hermana Buenaventura, que obtuvo únicamente despertar en ella, durante un breve tiempo, la natural vanidad de una joven: hábilmente indujo a Catalina a que experimentara el gusto de exhibirse con vestidos costosos, de usar maquillajes, de teñirse el cabello… Pero aconteció que en 1362 Buenaventura murió de parto; tras ese lamentable suceso, Catalina regresó al fervor espiritual de un tiempo; ella habla incluso de una “conversión” suya, como si el estremecimiento que le produjo la muerte de Buenaventura le hubiese provocado una oración más intensa, penitencias más extremadas, actos de caridad más heroicos. Su familia desaprobaba tal exuberancia religiosa y trató de combatirla a cualquier costo; recurrió incluso a la crueldad y encerró a Catalina por casi tres años, reduciéndola a sirvienta. Ella aprovechó el “castigo” para entrar más en la propia “celda interior” y conocerse mejor. Intensificó su oración, se ejercitó más en la meditación de la Palabra de Dios y practicó la penitencia sin ser perturbada. Ese ritmo intenso y la reclusión a que fue obligada, le ocasionaron una grave enfermedad de la que parecía no iba a levantarse. Un día le habló a su madre en estos términos: “Solo recuperaré la salud, si me consientes dedicarme totalmente a Dios, como es mi deseo”. Lapa estuvo de acuerdo y Catalina sanó.

Tenía solo dieciséis años cuando, haciendo una excepción a la norma, fue admitida a formar parte de la Tercera Orden de Penitencia de Santo Domingo. Las terciarias eran seglares, no monjas, y se les conocía como las “mantellate” por llevar como distintivo un manto negro sobre un hábito blanco ceñido por una correa.

Las del manto negro
Las del manto negro vivían cada una en la propia casa familiar, pero observando una regla y coordinadas por una superiora. Debían contar también con un director espiritual escogido entre los religiosos dominicos. Eran asiduas en la oración y practicaban la caridad ayudando a los pobres y asistiendo a los enfermos.

El fervor de Catalina y su impulso apostólico fueron siempre en aumento. Cuando se ponía en oración, daba la impresión de entrar en éxtasis, y cuando recibía la comunión, era tal su arrobamiento que no lograba contener las lágrimas. Para una sociedad curiosa y ligera como la de Siena en el siglo xiv, esas expresiones de piedad excepcional y de ardor apostólico no podían pasar inobservadas. Con el permiso de su confesor, la hija del tintorero comenzó a ser visitada por personas deseosas de recibir un consejo o de tener un coloquio espiritual con ella. De esa forma tan natural, se fue perfilando el carácter de guía moral y espiritual de Catalina y vislumbrándose su futura actividad política y diplomática a favor de la paz social y de una reforma de la Iglesia.

Aprobada sin escuela
La rapidez con la cual Catalina pasó a ser reconocida como docta y santa, no dejó indiferentes a los clérigos y entendidos de Siena y de otras ciudades cercanas. Admiración, sorpresa y una punta de envidia circulaban en torno a la “mantellata”. Los mismos religiosos de la Orden de Santo Domingo se preguntaban si las enseñanzas y consejos que daba Catalina eran seguros en la doctrina; si los fenómenos místicos que se le atribuían eran ciertos; si sus virtudes eran auténticas. En 1374, cuando ella tenía veintisiete años, los dominicos celebraron en Florencia un Capítulo de la Orden. En tal asamblea, se ocuparon también de examinar con atención el espíritu y las obras de Catalina Benincasa. La aprobaron en todos los puntos. A partir de entonces, ella tuvo como director espiritual a un religioso eminente de la Orden de Predicadores: Raimundo de Capua (1330-1399). Entre este religioso dominico y la terciaria se estableció una corriente de entendimiento eficacísima: ambos poseían una espiritualidad recia y estaban animados por una ardiente caridad. De esto último dieron una prueba heroica, cuando la peste negra hizo morir a más de la tercera parte de la población de Siena.

La otra peste
Catalina se distinguió aún más en la lucha contra otro género de peste, que era la discordia reinante entre las ciudades y señoríos de la Toscana y de otras regiones de Italia. El poder temporal de los Papas era un factor más de violentos antagonismos entre ciudadanos, unos partidarios del Papa (güelfos) y otros favorables al poder imperial (gibelinos). La sede pontificia, desde 1309, ya no estaba en Roma, sino en la ciudad francesa de Aviñón: esa circunstancia comprometía y debilitaba la unidad de la Iglesia.

En su evolución histórica, la actividad recon-ciliadora de Catalina se fue abriendo como en círculos concéntricos a partir de su propia ciudad. Tanto en la esfera civil, como en la política y en el ámbito de la Iglesia, Catalina mostró ser una emisaria de Dios eficacísima. Se valía, para su labor apostólica, del diálogo directo y de cartas, de comitivas preparadas por ella misma, de propuestas sabias, de advertencias severas y de ruegos maternales. De la versatilidad de tono y lenguaje que constatamos en sus cartas, podemos deducir cuáles eran los variados tonos y matices de su hablar directo.

Catalina logró conversiones clamorosas, como la de Andrés de Naddino, un joven famoso por su vida disoluta y su odio a la religión, o la de Nicolás Toldo, un ciudadano de Perugia condenado a ser decapitado: Catalina logró su arrepentimiento y accedió a su petición de estar con él a la hora en que se cumpliera la sentencia; cuando el hacha se abatió sobre el tronco de la ejecución, Catalina recibió en sus manos la cabeza de Nicolás.

Frailes disolutos y prelados negligentes, así como funcionarios incumplidores y gobernantes corruptos, fueron destinatarios de ardientes cartas de reprensión por parte de la terciaria dominica.

Catalina usó todos los medios a su alcance para impedir que la ciudad de Lucca se aliara con Florencia en la lucha contra el Papa. Este había castigado a Florencia con la pena del entredicho (censura eclesiástica ) y la rebeldía florentina se había vuelto más aguda.
Catalina estaba convencida de que el regreso del Sumo Pontífice a su sede romana, contribuiría mucho a la reconciliación entre las ciudades enemistadas y a la reforma de la Iglesia. Ya le había remitido cartas al Papa. Era conveniente acudir en persona a la corte pontificia. En la primavera de 1376, Catalina se decidió a emprender el viaje hasta Aviñón para convencer a Gregorio XI del oportuno retorno a Roma. Dos asuntos más le interesaba tratar con el Papa: la posibilidad de una expedición o cruzada para reconquistar los Santos Lugares, y la aceleración de acuerdos de paz entre el Pontífice y Florencia.

El retorno del Papa a Roma se hizo realidad en septiembre de 1376, con gran contento para Catalina y para muchísimos creyentes. En cambio, la situación política de Florencia se hizo más grave, tanto que el Papa recurrió a Catalina y la mandó a Florencia como mediadora. Hubo sublevaciones y violencia de parte de los florentinos y la vida de la enviada se vio en serio peligro. Mientras tanto, murió Gregorio XI y le sucedió Urbano VI.

Para mejor servir al nuevo Pontífice, que también confiaba en ella, Catalina se trasladó a Roma y desde allí continuó sus gestiones, hasta que se dio, finalmente, un acuerdo de paz entre Florencia y la Santa Sede.

Cuando parecía inaugurada una etapa de armonía y hermandad, se registró uno de los más angustiosos temores de Catalina: el Cisma de Occidente, con la elevación de un antipapa en Aviñón. Intereses políticos y corrupción de eclesiásticos contribuyeron a esta elección.
Catalina regresó a Siena y buscó alivio para su ánimo dolorido, engolfándose en sus reflexiones espirituales más profundas. En 1378, terminó el dictado de su Diálogo de la Divina Providencia, en donde se hace intérprete de la bondad divina, que responde siempre a las vicisitudes de la historia humana y de la Iglesia con un despliegue de su misericordia.

Pero el Papa quiere a Catalina en Roma, y allá va ella de nuevo para realizar una apasionada campaña a favor del auténtico sucesor de san Pedro. Sus fuerzas físicas han disminuido mucho, pero ella no interrumpe su servicio, habla y escribe a las personas con mayores responsabilidades en la sociedad y en la Iglesia. No vacila en tomar la palabra delante de los cardenales en pleno consistorio. No da un paso atrás en su convicción más honda: los males de la Iglesia no tienen remedio si no a partir de una reforma de la jerarquía y del pueblo creyente; solo una Iglesia santa en sus miembros puede ser levadura transformante en la sociedad.

El 29 de abril de 1380, a la edad de Cristo –treinta y tres años–, Catalina Benincasa parte de este mundo para reunirse para siempre con su Divino Esposo. Poco antes de esa fecha había escrito: “Si muero, sepan que muero de pasión por la Iglesia”.

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