Los Versos Libres de Martí

Por Miguel de Unamuno


Todavía siento resonar en mis entrañas el eco de los Versos libres de José Martí que, gracias a Gonzalo de Quesada, pude leer hace unos meses. Pensé escribir sobre ellos a raíz de haberlos leído, cuando mi espíritu vibraba por la recia sacudida de aquellos ritmos selváticos, de selva brava. Mas opté por dejar pasar el tiempo y que la primera impresión se sedimentara y se depurase. Y ¡hoy quiero hablar de ellos!

Los leí dos veces y en voz alta; una de ellas leyéndoselos a un amigo mío ciego y poeta. La oscuridad, la confusión, el desorden mismo de esos Versos libres nos encantaron. Esa poesía greñuda, desmelenada, sin afeite, nos traía viento libre de selva que barría el vaho cargado de perfumes afeminados, de salón de esos versos cantables, de vaivén de hamaca, de sonsonete dulzarrón, con que se recrean las señoritas que saben aporrear el piano.

Dicen, buen Pedro, que de mí murmuras
Porque tras mis orejas el cabello
En crespas ondas su caudal levanta.

Y así, como la melena de Martí, son sus Versos libres, los más suyos, los más íntimos.

Se ve que son versos improvisados, notas íntimas escritas para propio solaz, consuelo o ánimo, al margen de ellos puso Martí, según Quesada nos cuenta, esta nota de lápiz: “a los veinticinco años de mi vida escribí estos versos; hoy tengo cuarenta; se ha de escribir viviendo, con la expresión sincera del pensamiento libre, para renovar la forma poética”. Y por lo que luego dice Quesada se ve que, en efecto, esos bravíos Versos libres eran de poesía íntima hacia dentro, de él para él.

En el ensayo que en sus Familiar studies of men and books dedicó Roberto Luis Stevenson a Walt Whitman, nos dice hablando del estilo de este formidable profeta de la democracia norteamericana: “Ha escogido un verso rudo, no rimado, lírico; a las veces tocado de un bello movimiento procesional, a menudo tan abrupto y descuidado, que solo puede describirse diciendo que no se ha tomado la molestia de escribir prosa”. Y este último concepto fue para mí una revelación.

En efecto, si es como algunos enseñan que ni lo orgánico brotó de lo inorgánico ni esto es una reducción de aquello, sino ambos diferenciaciones de un estado primitivo de la materia, estado inestable y caótico, es muy fácil que ni el verso sea una sistematización de cierta prosa ritmoide, ni la prosa una reducción del verso –pues hay quienes sostienen que el Verso fue anterior a la prosa, porque a falta de escritura se fiaban mejor a la memoria con el ritmo las fábulas, consejos y leyendas– sino que prosa y verso sean diferenciaciones sistematizadas de una forma primitiva de expresión protoplasmática, por decirlo así. Es la forma que representan los salmos hebraicos, la de Walt Whitman, y también la de los Versos libres de Martí. No hay en ellos más freno que el ritmo del endecasílabo, el más suelto, el más libre, el más variado y proteico que hay en nuestra lengua. Y más que un freno es una espuela ese ritmo; una espuela para un pensamiento ya de suyo desbocado.
No quiso Martí ni aún asonantar en romance sus endecasílabos libres. Hizo bien. Hace poco que Miguel S. Oliver hablando de las poesías de Bécquer tan gustadas en un tiempo, decía: “Escogió Bécquer para verter la esencia de su espíritu el vaso deleznable de la rima asonantada. El tiempo ha ido evaporando una gran parte de dicha esencia; la arcilla se ha resquebrajado. La asonancia en tales asuntos no resiste la acción del tiempo: es una cosa híbrida e inconsistente que no alcanza ni el pleno atavío del consonante perfecto ni la plena y atlética desnudez de verso libre. Tiene un no sé qué de abocetado, de improvisado e interino que hace pensar en la maquette, y no en la obra definitiva”.

Cuando leí esto de Oliver, que es un mallorquín, pensé si lo habría inspirado su espíritu y su oído catalanes, pues sabido es que la asonancia es una peculiaridad de la poética castellana, que no la han usado las otras lenguas románicas y que hasta en catalán y portugués o gallego cuando se le encuentra es muy raro y por influencia catalana. Pero reflexionando en ello vine a pensar que no le falta razón a Oliver.

La asonancia no es, como la consonancia, como la rima perfecta, generadora –“generatrice” que dijo el poeta italiano–, no sugiere imágenes y hasta pensamientos para colocar un consonante, introduciendo un elemento objetivo y a la vez de azar liberador, pero liga y ata lo bastante para embarazar los libres movimientos. Y como es costumbre mantener una misma asonancia en una larga serie de versos, produce un efecto de machacante monotonía. Difícil se nos hace hoy aguantar un largo poema en artificio estrófico, en octavas reales o en décimas, pero más nos costaría aguantarlo en verso asonantado. ¿Quién soporta aquel poema épico El moro expósito, que en romances, por mayor españolismo, escribió el Duque de Rivas? Tengo la convicción estética de que para escribir un largo poema el metro más acomodado hoy en castellano es el endecasílabo libre, y así se lo hacía notar a un amigo después que hubimos leído el precioso poema portugués “Constanza”, de Eugenio de Castro, que en ende-casílabos libres está.

Lo sé por experiencia. Para escribir décimas u octavas o redondillas o quintillas o alejandrinos o sone-tos o siquiera silvas aconsonantadas o romances hay que ponerse a ello, es decir, hay que proponerse de antemano emplear cualquiera de esas formas métricas y rítmicas. Pero el que se pone a escribir, o mejor a improvisar con la pluma versos, porque el alma le pide versos, le demanda expresión rítmica de sentimientos fugaces encarnados en calientes imágenes, ese tal escribe, sin apenas darse de ello cuenta, endecasílabos libres. Y así Martí.

“Ganado tengo el pan: hágase el verso”, escribe Martí. Y es como es. No hacía él sus versos libres, sino que se le hacían ellos y le llevaban la mano sin ser por ella llevados.

Como nacen las palmas en la arena
Y la rosa en la orilla al mar salobre,
Así de mi dolor los versos surgen
Convulsos, encendidos, perfumados.

Hay que creerle, porque estos Versos libres de Martí son, en efecto, convulsos, encendidos y perfumados, y se siente que brotan del dolor. ¿Creéis que podría decirse lo que Martí dice en aquel tremendo poema que se titula “Amor de ciudad grande”, si se intentara decirlo en esos insoportables alejandrinos pareados que han querido algunos trasladar del francés al castellano? No, esas cosas no pueden decirse sino como Martí las dijo:

¿Veis las carrozas, las ropillas blancas
Risueñas y ligeras, el luciente
Corcel de crin trenzada y riendas ricas,
Y la albarda de plata suntuosa
Prendida, y el menudo zapatillo
Cárcel a un tiempo de los pies y el alma?
¡Pues ved que los extraños os desdeñan
como a raza ruin, menguada y floja!

Hay también un verso que va en carroza –y rechinan las ruedas de la consonancia– con ropilla blanca, risueña y ligera, tirado por luciente corcel de crin trenzada y riendas ricas, un verso de albarda de plata que chispea al sol y verso metido en el menudo zapatillo de un metro artificioso y preciosista, cárcel a un tiempo del lenguaje y del pensamiento. Es un verso que gusta a ciertas señoritas; es el que se recita o mejor se canturrea en los salones: es el que se premia en los juegos florales; es el único que suena bien a los oídos de esos mozos que se recrean con las arias y cavatinas donizettiescas. No se hizo para ellos, ¡loado sea Dios!, el verso libre en que buscó libertad de expresión Martí.

Y es un consuelo y una esperanza, permitidme que os lo diga, lectores cubanos, que nos hayan venido esos robustos versos libres, tan repletos de íntima poesía desbordante, de donde nos han venido tantas coplas dulzarronas, de pura guayaba, de un sonsonete adormecedor. Necesitamos versos que nos despierten si cabeceamos, no que nos adormezcan ni nos recen.

Tomado de Archivo José Martí, Dirección de Cultura, La Habana, Tomo IV, 1947, pp. 7-9.

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