Enrique José Varona, primer director de la Academia Cubana de la Lengua

Por Enrique Saínz

Más allá de tanto vano elogio a más o menos conocidas mediocridades, creo necesario decir algo que todos sabemos, pero que debemos recordar: Varona es una de las grandes figuras de la cultura cubana de todas las épocas. Su quehacer intelectual se extiende desde la década de 1870 hasta los primeros años de la que comienza en 1930.

Había nacido en 1849, tuvo una amplísima y diversa formación intelectual, hecha con el estudio de lenguas importantes, desde las clásicas de occidente hasta algunas de Europa central, un conocimiento que le abrió grandes espacios de la cultura y le permitió llegar a textos importantes sin mediaciones ajenas. Desde su juventud estuvo preocupado por el destino de Cuba, al que dedicó sus mejores reflexiones y la totalidad de su saber. Fue sin duda una sensibilidad especialmente dotada para el pensamiento filosófico y el análisis de las problemáticas sociales, pero sin desentenderse de la creación poética, como se ve en sus anacreónticas, nada desdeñables, y en el volumen que tituló Poemitas en prosa (1921).

Su obra es ciertamente de una singular cuantía y de unas cualidades formales y concep-tuales de primer orden dentro de nuestro panorama académico de la segunda mitad del siglo xix y el primer tercio del xx. Dedicó importan-tes esfuerzos a la creación y difusión de la vida intelectual en el país mediante las publicaciones periódicas en las que colaboró o que dirigió, como es el caso de la Revista Cubana (1885-1895). Su trayectoria, interesante en gran manera, tiene distintas facetas y períodos, todos de una loable fecundidad por su riqueza y su capacidad de adentrar-se en los problemas que veía en la nación, la urgencia de cuya solución siempre estuvo presente en su ideario y en todo lo que se propuso esclarecer.

Experimentó cambios en sus posiciones ideológicas en consonancia con las transformaciones de las circunstancias sociopolíticas del país, una actitud que provocó que una importante intelectual cubana lo calificara, hace unos años, en una conferencia, de “veleta política”. No creo que sea merecedor de semejante juicio, si nos detenemos a analizar los movimientos de su pensar, sustentados en una claridad incuestionable. No es menos cierto que una vez concluida la Guerra de los Diez Años asumió una posición reformista, a la luz del aparente fracaso de las armas cubanas en su proyecto de liberación de la Isla. No pudo ver que se trataba ciertamente de una posposición de la contienda hasta otro momento más propicio para continuar la lucha. Dedicado a estudiar con auténtico fervor la realidad social cubana y en general el pensamiento de su momento histórico, elaboró un cuerpo de tesis de suma significación en la evolución de las ideas que, por entonces, se movían entre los escritores e intelectuales cubanos. Hay que señalar, como un hecho capital de su visión del mundo, que se adhirió plenamente a las ideas del positivismo, por lo que el análisis de las circunstancias fue decisivo para su interpretación de la cultura y de los conflictos de la sociedad. Esa posición filosófica sitúa a Varona como un heredero muy lúcido de los grandes maestros de la filosofía cubana que lo precedió, los mayores pensadores nuestros que descendían del iluminismo, con nombres como los de José Agustín Caballero, su sobrino José de la Luz y Félix Varela, atentos todos ellos a la realidad del país y forjadores de las ideas independentistas, a las que llegaron desde el propio acontecer social y político en las relaciones de la colonia con la metrópoli.

Para Varona, esos años de las décadas de 1870-1890 fueron de predominio de un racionalismo muy fructífero y esclarecedor, sustentado en su filiación a las ideas del positivismo, en especial en su versión spenceriana, como han señalado los estudiosos. Ahí vemos una concepción antimetafísica de la sociedad, una posición antiescolástica y de un agradecible sabor pragmático, ganancia de la revolución industrial inglesa y del positivismo francés, tan cercano a este pensador nuestro.

Sus ideas en lo económico fueron asimismo de una gran coherencia. Abogó siempre por la supremacía del individuo frente a la amenaza de su anulación en un anonimato que acabaría convirtiéndolo en una pieza de una enorme maquinaria. En esos momentos nos habla como nos hablaría un pensador decididamente anticapitalista, como nos habló el propio Marx, salvadas todas las distancias del caso. Ahí se unen su positivismo y su individualismo, en ese afán de salvar a la persona por encima de la fría y ciega industrialización de los grandes países, criterio que se observa con gran claridad en sus artículos acerca de la ciudad de Nueva York, esa megalópolis en cuyo interior el individuo desaparece y es anulado entre muchedumbres que lo desconocen. La soledad como un hecho indeseable y que la modernidad debe evitar aparece una y otra vez en sus artículos de finales del xix, aquellos que recogió en Desde mi belvedere (1907).

Expuso con ejemplar claridad su tesis de la necesidad de diversificar la producción y evitar el monocultivo, e hizo pública igualmente su tesis en contra de los monopolios y, por ende, de las enormes y tritu-radoras transnacionales que aparecerían más tarde. Estamos en presencia de un pensamiento muy preocupado por los destinos de Cuba, y que lo está en una medida que lo acerca cada vez más a las propuestas socialistas, con las que nunca parece haberse identificado plenamente.

En textos suyos a propósito de grandes autores, como por ejemplo el que dedicó en 1883 a Cervantes, vemos también ideas muy claras en torno a la importancia de la sociedad en el esclarecimiento de la individualidad del autor, una muestra más del sendero por el que transitaba su pensamiento en esa década. En esas páginas y en otras igualmente valiosas habló acerca de la importancia del diálogo del autor, del artista, con sus semejantes y con su contexto, reflexiones en las que podemos apreciar su defensa de la individualidad y al mismo tiempo sus criterios a propósito de la importancia del arte para la sociedad, en todas las cuales hallamos más de un elemento común con criterios socialistas en sus especulaciones sobre el fenómeno artístico.

Así, podemos trazar este paralelo partiendo de las ideas centrales que vemos en sus mejores páginas: en lo social, la gran ciudad moderna anula al individuo y este debe ser rescatado en su condición de persona, lo cual equivale, en lo económico, a la necesidad de rescatar al pequeño productor y salvarlo de la acción fría y deshumanizada de la gran empresa monoproductora; se impone, entonces, siguiendo el sendero de su razonamiento, abogar por la diversidad productiva en oposición al monocultivo que defienden los monopolios. La producción ha de ser plural, así como ha de ser diverso el individuo, en antítesis con el cultivo único y la acción anuladora de la persona en la gran ciudad moderna, en la que se generan esas empresas abarcadoras y monstruosas. En esos criterios resuenan ya algunas de las propuestas que desde el comienzo de nuestra vida republicana defendieron aquellos que intentaban romper la dependencia económica del azúcar, impuesta por los capitales norteamericanos.

En sus trabajos Estudios literarios y filosóficos (1883), Conferencias filosóficas, dividido en tres partes: Lógica (1880), Psicología (1883) y Moral (1883) –elocuentes tratados que revelan la riqueza y profundidad de los conocimientos que había adquirido Varona en sus años formativos–, Artículos y discursos. Literatura, política, sociología (1893), Martí y su obra política (1896), Violetas y ortigas (1916), así como “Importancia social del arte” (1883), el ya mencionado acerca de Cervantes, “Cuba contra España” (1895), “El fracaso colonial de España” (1898), “Diez de Octubre” (1899), entre otros no menos relevantes, podemos encontrar la evolución de este pensador nuestro hacia formas más altas, ya cercanas a las ideas más progresistas de entonces, una cercanía que salta a la vista en su famoso texto titulado “El imperialismo a la luz de la sociología”, de 1905, un acercamiento al fenómeno de la expansión económica de Estados Unidos que estaba teniendo lugar por entonces en Cuba y que fuera analizado, en su dimensión global, por las mentes más lúcidas del pensamiento social de avanzada del momento.

Si bien las consideraciones de Varona no llegan a la verdadera raíz del problema, como han analizado algunos estudiosos de su obra, el simple hecho de plantearse la cuestión y de exponerla como objeto de reflexión nos dice que el autor estaba seriamente preocupado, como ya apuntamos, por los destinos del país, algo muy evidente ya desde los títulos de muchos de sus discursos y artículos; pero además, esas consideraciones ponen de manifiesto que el estudioso estaba en el camino correcto frente a esa política de predominio y saqueo de nuestras riquezas.

Durante los años de la Primera Intervención Norteamericana, trabajó en cuestiones relacionadas con la educación, una problemática en la que introdujo importantes reformas para tan significativa rama de la vida nacional, a la que dedicó textos fundamentales, como Plan de estudios para la Universidad de La Habana (1900), Las reformas en la enseñanza superior (1900), La instrucción pública en Cuba. Su pasado. Su presente (1901), Función social de las universidades (1903). Esas reformas también estaban sustentadas por sus ideas en torno a la sociedad, sus criterios en contra de idealizaciones y trascendentalismos escolasticistas y a favor de un saludable pragmatismo, sin duda gratamente visto por las autoridades estadounidenses en la Isla.

Esas transformaciones tenían como objetivo fundamental que los estudiantes alcanzaran una formación de carácter científico y técnico, una solución que tenía consecuencias no deseables en lo que concierne a la formación humanista del individuo, pero que desde una dimensión realista y en un momento de cambios sustantivos en la vida nacional eran de suma importancia para el buen funcionamiento y la edificación del país, necesitado de incorporarse a la vida moderna y de hacerlo con miras a alcanzar los beneficios del progreso material, factor imprescindible para la construcción de una sociedad mejor.

Varona fue un intelectual seriamente preocupado por el idioma español, cuidadoso de su prosa, atento al desarrollo de la literatura del país, conocedor de la mejor tradición hispánica y de otras literaturas en muchos de sus mejores creadores, como son los casos de Poe y Baudelaire, a quienes dedica un interesante artículo, Torcuato Tasso, Heine, Emerson, Víctor Hugo y otros autores franceses. Le eran familiares también pensadores de talla, con el conocimiento de cuyas obras pudo elaborar un cuerpo de ideas propias que fue de mucho valor para la conformación de un pensamiento cubano como el que integró este maestro en sus años fecundos. Su positivismo no le permitió ver con suficiente claridad la importancia de las transformaciones literarias del modernismo, pero sin duda sintió muy de cerca su presencia y las ganancias que traía en la formación del buen gusto. Él mismo recuerda en ocasiones, en sus mejores páginas periodísticas y de acercamiento a figuras de las letras, la prosa de los modernistas. Hay en muchos de sus textos una sagaz crítica a actitudes y conductas de la sociedad de su época, rasgo en el que hay una evidente coincidencia con los mejores ejemplos de ese significativo movimiento literario hispanoamericano.

No fue Varona un esteta propiamente dicho, no fue un seguidor de las ideas del arte por el arte, aunque es muy probable que conociera la obra de Walter Pater como conoció la de Oscar Wilde, de quien hace una curiosa defensa frente a la rigidez de la moral inglesa que condenó al poeta a prisión. Es llamativo el hecho de que en las páginas en las que habla de este autor no se detenga en las calidades literarias de su obra, sin duda admiradas por él, sino en los conflictos del artista con la sociedad de su época, con lo que evidencia que su mayor interés estaba en el diálogo del artista con su circunstancia, una actitud que deja ver claramente la importancia de la impronta positivista en su pensamiento, de más peso que cualquier tesis de carácter formalista.

Hay que señalar asimismo una obra como Observaciones lexicológicas y gramaticales, publicada póstumamente en 1956, en la que se reúnen diversos artículos suyos sobre el idioma.1

Dada su rica trayectoria intelectual, su honestidad y su honda preocupación por los destinos de Cuba, sus posiciones cada vez más cercanas a un pensamiento de izquierda y su rechazo a la dictadura de Machado, evidente en la firma del manifiesto que se lanzó en 1927 contra las proyectadas reformas constitucionales del dictador y en su adhesión a las protestas por la suspensión del homenaje a Rafael Trejo en 1930, los estudiantes de ideas más progresistas en la batalla contra la tiranía lo reconocieron como maestro en esos difíciles momentos de la lucha por la transformación política, social y económica de Cuba. Se trata de un hecho que habla por sí solo acerca del respeto y la admiración que su vida y su obra habían alcanzado entre lo mejor de la juventud cubana de entonces.

Todo lo relacionado en este breve recuento fue razón más que suficiente para que se le invistiera con el cargo de primer director de la Academia Cubana de la Lengua, en el que estuvo trabajando hasta su muerte, ocurrida en La Habana el 13 de noviembre de 1933.


Nota:

1 Fue impreso en los Talleres de P. Fernández y Cía., con el auspicio de la Academia Cubana de la Lengua, para presentarlo en el II Congreso Internacional de Academias de la Lengua que tuvo lugar en Madrid entre el 22 de abril y el 2 de mayo de 1956. 

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