Humanismo y civilización cristiana

Por Jacques Maritain

Entre las grandes preocupaciones del filósofo católico francés Jacques Maritain (1882-1973), estaba la búsqueda de un humanismo integral que alentara la nueva civilización cristiana. Fuerte crítico del conservadurismo burgués así como de todo tipo de totalitarismo, buscó formas renovadoras para una auténtica democracia. Su pensamiento influyó en hechos trascendentales del siglo xx como la “Declaración Universal de los Derechos Humanos” y la formulación de la “civilización del amor” por el Papa Pablo VI. Ofrecemos algunos fragmentos de sus libros: Humanismo integral, El alcance de la razón y Los derechos del hombre y la ley natural, cuyos planteamientos conservan una ardiente actualidad.

Humanismo

La palabra humanismo es un vocablo ambiguo. Quien la pronuncia compromete de golpe toda una metafísica que, según reconozca o no en el hombre una personalidad cuyas necesidades más profundas superen todo el orden del universo, tendrá resonancias bien diferentes en la idea que se forme del humanismo.

Digamos, para dejar abierta la discusión, que el humanismo tiende esencialmente a hacer al hombre más verdaderamente humano y a manifestar su grandeza original haciéndolo participar en todo cuanto puede enriquecerle en la naturaleza y en la historia. Requiere a un tiempo que el hombre desarrolle las virtualidades en él contenidas, sus fuerzas creadoras y la vida de la razón, y trabaje para convertir las fuerzas del mundo físico en instrumentos de su libertad.

Es una hermosa ocasión, para los cristianos, de reducir las cosas a la verdad, reintegrando a la plenitud de su fuente original las esperanzas de justicia y las nostalgias de comunión alimentadas por el dolor del mundo, suscitando así una fuerza cultural y temporal de inspiración cristiana, capaz de actuar sobre la historia y de ayudar a los hombres. Les serían para ello necesarias una sana filosofía social y una sana filosofía de la historia moderna.

Entonces los cristianos trabajarían en la sustitución del régimen inhumano que agoniza a nuestra vista, por un nuevo régimen de civilización que se caracterizase por un humanismo integral y que para ellos representaría una nueva cristiandad, no ya sacra, sino profana.

Una nueva civilización cristiana

Si la descripción que tracé previamente es exacta, resulta evidente que el único modo de regenerar la comunidad humana es volver a descubrir la verdadera imagen del hombre y realizar un intento definitivo para erigir una nueva civilización cristiana, una nueva cristiandad.

En los tiempos modernos, los hombres buscan muchas cosas buenas siguiendo pistas equivocadas. La cuestión está ahora en buscar esas cosas buenas siguiendo pistas acertadas, salvando los valores y las realizaciones del hombre, anhelados por nuestros antepasados y puestos en peligro por una falsa filosofía de la vida. Debemos asimismo tener el valor y la audacia de proponernos realizar una gigantesca obra de renovación, de transformación interna y externa. Un cobarde se aparta de las cosas nuevas y retrocede; un hombre de coraje avanza y penetra en las cosas nuevas.

Los cristianos se encuentran hoy, en el orden de la civilización temporal, frente a problemas parecidos a los que sus antepasados tuvieron que hacer frente en los siglos xvi y xvii.

En aquella época, la física y astronomía modernas formaban un todo con los sistemas filosóficos en pugna con la tradición cristiana. Los defensores de esta no sabían cómo hacer la necesaria distinción; asumieron una posición tanto contra lo que había llegado a convertirse en ciencia moderna, como contra los errores filosóficos que, como parásitos, se alimentaban a expensas de esa ciencia.

Fueron necesarios tres siglos para salir de este error. Sería desastroso volver a caer hoy nuevamente en parecidos errores, en el campo de la filosofía de la civilización. La verdadera sustancia de las aspiraciones del siglo xix, así como las conquistas humanas alcanzadas, deben salvarse, tanto de sus propios errores como de la agresión de la barbarie totalitaria. Hay que construir un mundo de inspiración genuinamente humanista y cristiana.

A los ojos del observador de la evolución histórica, una nueva civilización cristiana será bien diferente de la civilización medieval, aunque el cristianismo esté en la raíz de ambas. En efecto, el clima histórico de la Edad Media y el de los tiempos modernos son absolutamente distintos.

La civilización medieval constituía una civilización cristiana “sacra”, en la que las cosas temporales, la razón filosófica y científica y los poderes reinantes eran órganos subordinados o instrumentos de las cosas espirituales, de la fe religiosa y de la Iglesia.

En el transcurso de los siglos posteriores, las cosas temporales fueron conquistando una posición de autonomía y este fue en sí mismo un proceso normal. La desgracia estriba en que ese proceso tomó mal camino y en lugar de ser un proceso de distinción, con miras a lograr una mejor forma de unión, fue separando progresivamente la civilización terrenal de la inspiración evangélica.

La nueva era del cristianismo, si es que ha de sobrevenir, será una era de ajuste de aquello que fue separado; será la época de una civilización cristiana “secular”, en la que las cosas temporales, la razón filosófica y científica y la sociedad civil gocen de autonomía y al mismo tiempo reconozcan el papel animador e inspirador que desempeñan desde un plano superior las cosas espirituales, la fe religiosa y la Iglesia.

Entonces, una filosofía cristiana de la vida guiaría a una comunidad vitalmente, no decorativamente, cristiana, a una comunidad con derechos humanos y con la dignidad de la persona humana, en la que los hombres pertenecientes a diferentes razas y a diversas formaciones espirituales, trabajarían en una tarea común temporal que fuera realmente humana y progresista.

La concepción de la sociedad que acabamos de dibujar (esto es, una nueva civilización cristiana “secular”) puede ser caracterizada por los rasgos siguientes:

1. Es personalista, porque se refiere a la sociedad como un todo de personas cuya dignidad es anterior a la sociedad y que, por muy indigentes que sean, encierran en su ser una raíz de independencia y aspiran a pasar a grados más elevados de independencia, hasta la perfecta libertad espiritual que ninguna sociedad humana es capaz de dar.

2. Esta concepción es, en segundo lugar, comunitaria, porque reconoce que la persona tiende naturalmente a la sociedad y a la comunión, en particular a la comunidad política y porque se refiere, en el orden propiamente político y en la medida que el hombre es parte de la sociedad política, al bien común como superior al de los individuos.

3. Esta concepción es, en tercer lugar, pluralista, porque entiende que el desarrollo de la persona humana reclama normalmente una pluralidad de comunidades autónomas, que tienen sus derechos, sus libertades y su autonomía propia. Entre esas cualidades, unas son de rango inferior al Estado político y provienen, o bien de exigencias fundamentales de la naturaleza, como la comunidad familiar, o bien de la voluntad de personas que se asocian libremente en grupos variados. Otras son de rango superior al Estado, como lo es, ante todo, la Iglesia para los cristianos y como lo sería también, en el plano temporal, la comunidad internacional organizada a la que aspiramos hoy.

4. Por último, la concepción de la sociedad de la que hablamos es teísta o cristiana, no en el sentido de que exigiría que cada uno de sus miembros creyese en Dios y fuese cristiano, sino en el sentido de que reconocería que, en la realidad de las cosas, Dios, principio y fin último de la persona humana, y primer principio de la ley natural, es también el primer principio de la sociedad política y de la autoridad entre nosotros y, también, en el sentido de que reconocería las corrientes de libertad y de fraternidad abiertas por el Evangelio.

Quienes no creen en Dios o no profesan el cristianismo, si no obstante creen en la dignidad de la persona humana, en la justicia, en la libertad y en el amor al prójimo, también pueden cooperar en esa realización de la sociedad y cooperar en el bien común, incluso aunque no sepan remontarse hasta los primeros principios de sus convicciones prácticas o intenten fundamentarlos sobre principios deficientes.


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