Comienza una nueva etapa

Por Mons. Ramón Súarez Polcari


El domingo 22 de mayo de 2016 quedará como la fecha que marca una nueva etapa en nuestra historia como Iglesia que peregrina en esta querida Arquidiócesis de San Cristóbal de La Habana.

Poco antes, se informaba que el Santo Padre Francisco aceptaba la renuncia presentada desde hacía cinco años por el cardenal Jaime Ortega al entonces Papa Benedicto XVI como arzobispo de La Habana, en cumplimiento de lo establecido por san Juan Pablo II en el canon 401 del Derecho Canónico (Cfr. Canon 401, CDCV). Pero como bien explicó el propio cardenal, en la misa de despedida del 7 de mayo pasado, el término renuncia no respondía a ningún problema y, mucho menos, a una especie de sanción decretada por el Santo Padre. Simplemente llegaba para él un merecido retiro después de casi treinta y cinco años de intenso pastoreo en la Arquidiócesis de La Habana.

Muchos nos han preguntado sobre cuál será su estatus a partir de ahora. ¿Sigue siendo cardenal? Creo oportuno dar respuestas a estas preguntas y aclarar conceptos que son parte de nuestra condición de católicos.

Su Eminencia fue creado cardenal de la Iglesia por Su Santidad san Juan Pablo II en 1994 y lo seguirá siendo hasta su muerte, solo que la edad le irá limitando en sus prerrogativas; primero dejará de ser elegible como Papa y, después, no podrá ser elector de un nuevo Pontífice.

En cuanto a su condición de obispo, sucesor de los Apóstoles, seguirá siéndolo para siempre, pero al retirarse o al ser aceptada su renuncia, deja de gobernar la diócesis. Es decir, ya no tiene jurisdicción sobre ella. A partir de ese momento, pasa a ser un obispo dimisionario o emérito. Por haber ocupado como ordinario una sede arzobispal, en adelante su título será el de arzobispo emérito de San Cristóbal de La Habana.

Diócesis, arquidiócesis.

La Santa Iglesia Católica está formada por diócesis. Es este el nombre dado a una porción del pueblo de Dios cuyo cuidado pastoral se encomienda a un obispo con la colaboración del presbiterio. De manera que, unida a su pastor y congregada por él en el Espíritu Santo mediante el evangelio y la eucaristía, cada diócesis constituya una Iglesia particular, en la cual verdaderamente está presente y actúa la Iglesia de Cristo: una, santa, católica y apostólica (Cfr. Canon 369, CDCV). Por lo general, cada diócesis corresponde a un territorio determinado en el que quedan comprendidos todos los fieles que en ella habitan.

La diócesis principal con jurisdicción universal es Roma y su obispo es el Papa.

En Cuba hay, actualmente, once diócesis. Tres de ellas tienen el rango de provincia eclesiástica, sede metropolitana o arquidiócesis. En orden cronológico son: Santiago de Cuba (1803) –la Primada de Cuba–; San Cristóbal de La Habana (1925) y Camagüey (1998). En cada uno de estos territorios, el obispo tiene el rango de arzobispo.

Además de la sede metropolitana, la provincia eclesiástica puede tener dos o más diócesis, a las que se les llama sufragáneas. Esto no significa que el arzobispo gobierna esas diócesis, sino que apoya a los obispos de esas sedes en los asuntos pastorales, doctrinales y canónicos (Cfr. Canon 436, CDCV).

Un poco de nuestra historia diocesana

En el año 1782, la Corona española decidió dar respuesta a la solicitud hecha por distintos obispos de dividir la diócesis de Cuba en dos o tres nuevas. El rey determinó dividirla en dos y creó así la nueva diócesis de San Cristóbal de La Habana, que comprendía desde el Cabo San Antonio, en el extremo occidental de la Isla, hasta una línea divisoria que pasaba por Morón, Ciego de Ávila y Jatibonico. La diócesis de Cuba o Santiago de Cuba quedaba conformada por los territorios de la región Oriental y Camagüey.

Para ejecutar esta orden real que tuvo la aprobación de la Santa Sede, designaron al obispo de San Juan de Puerto Rico, monseñor Felipe José de Trespalacios y Verdeja y a don Miguel Cristóbal Irrisarri. Todos pensaron que para la nueva diócesis nombrarían como obispo al presbítero habanero, doctor don Luis María Peñalver y Cárdenas, pero no fue así.

Para San Cristóbal de La Habana nombraron al obispo Trespalacios, mientras que a Peñalver y Cárdenas lo nombraron obispo de la naciente diócesis de Nueva Orleans, en la Luisiana. Más tarde lo trasladaron para la arquidiócesis de Guatemala. Para Santiago de Cuba designaron al presbítero catalán don Antonio Feliú Centeno.

La diócesis fue declarada arquidiócesis por S.S. Pío XI en 1925 y ha tenido el honor de contar en su historia con dos cardenales: Manuel Arteaga y Jaime Ortega.

Los obispos que más tiempo permanecieron al frente de la diócesis fueron: el cardenal Jaime Ortega (treinta y cuatro años y cinco meses) y el obispo Espada y Landa (treinta años). Los que estuvieron menos tiempo fueron: Apolinar Serrano (solo ocho meses y sus restos descansan en el hermoso mausoleo que se encuentra en la capilla del Sagrario de la catedral de La Habana) y Donato Sbarreti (un año, porque fue trasladado a Filipinas).


NUESTRA SEÑORA DE REGLA, SU CULTO EN CUBA

Roberto Méndez Martínez

El pasado 24 de febrero la parroquia Nuestra Señora de Regla, en el poblado portuario del mismo nombre celebró el aniversario 61 de la coronación canónica de la imagen tutelar. La ceremonia, presidida por Monseñor Juan García, arzobispo de La Habana, rememoró también el trigésimo aniversario de la bendición de ese templo y su altar principal por Monseñor Jaime Ortega y tampoco se olvidó de que hace dos siglos el Venerable Padre Félix Varela viajó hasta el pequeño poblado para predicar el 7 de septiembre en la festividad patronal.

Comunicar esperanza y confianza en nuestros tiempos

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Me gustaría con este mensaje llegar y animar a todos los que, tanto en el ámbito profesional como en el de las relaciones personales, “muelen” cada día mucha información para ofrecer un pan tierno y bueno a los que se alimentan de los frutos de su comunicación.

Santa Catalina de Siena, la diplomática de Dios

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Mujer de hierro, sin pelos en la lengua, santa Catalina de Siena (1347-1380) fue una mística extraordinaria y una incansable reconciliadora en un mundo de enfrentamientos y rencillas, de divisiones también dentro de la Iglesia.

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