Maximiliano Kolbe, el gesto heróico del prisionero 16670

Por Juan Manuel Galaviz,SSP


En la reja de ingreso al campo de concentración de Auschwitz, los nazis hicieron poner estas palabras: “Arbeit macht frei” (“El trabajo hace libre”). Nada más irónico y cruel que ese letrero. Los trabajos forzados y los suplicios que se aplicaban en esa prisión masiva estaban por encima de lo imaginable.

En 1941, en las listas de los recluidos en Auschwitz, estaba el nombre del franciscano Maximiliano Kolbe (1894-1941). Los nazis habían arrestado al sacerdote en el corazón mismo de su gran plataforma apostólica: la renombrada Niepokalanów, que era en verdad una pequeña ciudad: “La ciudad de la Inmaculada”. Vivían allí centenares de frailes que, junto con laicos fervorosos, se prodigaban en el trabajo editorial para hacer irradiar la luz del Evangelio y el amor a la Virgen María en todo el territorio de Polonia y más allá de sus fronteras. No por nada se había comenzado a practicar desde ese lugar el periodismo radiofónico, y dos frailes pilotos se preparaban para valerse también de la avioneta en la repartición de los productos editoriales de la Niepokalanów.

La respuesta de Kolbe a los desafíos de los tiempos

De aquel conjunto editorial salían ocho publicaciones periódicas e incontables folletos, fascículos y libros religiosos. Dominaba, entre las ediciones periódicas, la revista El Caballero de la Inmaculada, con sus 750 000 copias mensuales (un millón en varias ocasiones), que fungía como boletín de enlace de los miembros de la Milicia de la Inmaculada, una asociación ideada por Maximiliano Kolbe desde 1917, el año de las apariciones de la Virgen en Fátima. El fin de la asociación por él ideada era promover, a través de la devoción a María, una conversión radical de las personas y un mejoramiento de la sociedad.

El franciscano polaco era de salud endeble, pero estaba dotado de una energía interior sobresaliente. Había comprendido bien la eficacia y necesidad de los medios de comunicación para divulgar en todas partes el mensaje de Cristo. Uno de los anhelos del padre Kolbe era “forrar el mundo entero con papel impreso, para devolver a las almas la alegría de vivir”.

Se ha dicho alguna vez que solo desde adentro se mira lejos. El padre Kolbe, hombre de intensa vida espiritual, sabía interpretar los signos de los tiempos, también los que llegaban envueltos en circunstancias calamitosas, y buscaba la manera de responder a los desafíos derivados de esos hechos. Su capacidad de previsión era notable. Un día advirtió a los frailes jóvenes: “Hijos míos, sepan que un atroz conflicto se avecina. No sabemos cuáles serán las etapas, pero para nosotros en Polonia hay que espe-rar lo peor”.

En septiembre de 1939, estallada la Segunda Guerra Mundial, los nazis invadieron Polonia. Ante esa situación, el padre Kolbe exhortó así a sus compañeros franciscanos: “Trabajar, sufrir y morir caballerosamente, y no como un burgués en su cama. Recibir una bala en la cabeza, para sellar el propio amor a la Inmaculada. Derramar voluntariamente la sangre, hasta la última gota, para acelerar la conquista de todo el mundo para Ella. Esto les deseo a ustedes y me lo deseo a mí mismo”.

La Niepokalanów es ocupada por los nazis

El 18 de septiembre de 1939, el ejército de ocupación nazi llegó a Niepokalanów. Todos los frailes fueron acorralados en el patio y luego cargados en camiones. De esa manera comenzó para la comunidad franciscana un via crucis doloroso: un recorrido lleno de zozobra, de humillaciones, de acusaciones, de privaciones y padecimientos, todo mitigado por la oración y la esperanza. Hicieron pasar a los frailes por diversos tribunales y cárceles y los distribuyeron en distintos campos de concentración, hasta que, inexplicablemente, el 8 de diciembre –Fiesta de la Inmaculada–, les devolvieron la libertad. La Niepokalanów volvió a tener vida.

El padre Maximiliano logró publicar todavía –en 1940– un número de El Caballero de la Inmaculada. Sería el último.

En febrero de 1941, dos autos negros de la Gestapo se detuvieron frente a la Niepokalanów. Los policías pidieron hablar con el padre Kolbe, cuyo nombre estaba en la lista negra de los nazis. La influencia del franciscano en toda Polonia era bien conocida para ellos. Sabían que se trataba de un líder muy activo, intelectualmente bien preparado y emocionalmente inquebrantable. Le ordenaron que reuniera a todos los integrantes de la comunidad en el patio central, mientras ellos hacían una inspección en todo el convento. Al final, se lo llevaron preso junto con otros cinco sacerdotes.

A esos seis franciscanos los condujeron primero al temido presidio de Pawiak, donde estuvieron juntos hasta el día en que resolvieron separar al padre Kolbe, para recluirlo en otra celda, con un judío y un polaco. El sacerdote llevaba todavía su hábito franciscano, el crucifijo y el rosario pendiente del cíngulo. Un inspector alemán se burló de él y lo sacudió brutalmente.

–¿Tú crees en esto? –le preguntó irritado.
–Sí, creo firmemente –respondió el sacerdote.

El inspector cortó el diálogo dándole una bofetada.

Del purgatorio de Pawiak, remitieron a fray Maximiliano al infierno de Auschwitz, donde la dignidad humana de los prisioneros era triturada hasta la aniquilación y la persona era reducida a una cifra. Al padre lo destinaron al bloque 14 y le asignaron el número 16670.

En la terrible Auschwitz no había proporción entre el trabajo agobiante y la alimentación racionada. A esto se añadían las humillaciones y maltratos sistemáticos y las frecuentes palizas por cualquier motivo: una distracción, un retraso, una queja proferida… El trabajo más ordinario para el padre Kolbe era el de acarrear piedra y arena para la construcción de un muro alrededor de los hornos crematorios.

Un día se les impuso a los del bloque 14 trabajar en una cosecha de trigo. Uno de los presos logró fugarse, lo que provocó una reacción furiosa por parte de la vigilancia nazi. El jefe dictó de inmediato una sentencia: “Si el fugitivo no aparece, ¡diez compañeros escogidos al azar morirán, condenados a terminar sus días por hambre en el búnker de la muerte!”.

Kolbe ofrece su vida para sustituir a uno de los sentenciados

Al día siguiente, los del bloque 14 fueron llevados a una explanada y dejados allí de pie largo tiempo, bajo el sol ardiente. “Diez de ustedes –ratificó al fin el esbirro– serán condenados al búnker de la muerte. La próxima vez serán veinte”. Comenzó la elección, totalmente al azar. Mientras resonaba la voz del verdugo: “Tú… también tú…, y tú…”, se iban escuchando también los lamentos de las víctimas. Algunos estallaban en llanto.

Uno de los escogidos para el búnker de la muerte se llamaba Francisco Gajowniczek; era un sargento polaco que, al verse señalado, se echó a llorar descon-soladamente. “Adiós –decía entre sollozos–, adiós, mi pobre esposa. Adiós, mis hijos, ¡mis hijitos huérfanos!”.

A los diez sentenciados se les dio la orden de quitarse los zapatos. Mientras lo estaban haciendo, el padre Kolbe se adelantó y, con la gorra en la mano, solicitó la atención del comandante. “¿Qué quiere este cerdo polaco?”, exclamó el comandante. Entonces el sacerdote señaló con su mano al sargento polaco y dijo: “Soy sacerdote católico polaco. Yo ya tengo mi edad. Quiero tomar su lugar, pues él tiene esposa e hijos…”.

Increíblemente, el comandante Fritsch, de ordinario implacable y brutal, borró de la lista el nombre del sargento polaco y aceptó el ofrecimiento del padre franciscano.

Los horrores del búnker de la muerte

En ningún otro sitio como en Auschwitz podía confirmarse el dicho según el cual “la realidad supera a la fantasía”. Mucho de lo que se ha imaginado de ese reclusorio infernal es apenas una pálida idea de los hechos que allí acontecían. Por lo que atañe a Maximiliano Kolbe, resulta precioso el testimonio de otro polaco, Bruno Borgowiec, también recluso en el terrible campo de concentración. Como dominaba perfectamente la lengua alemana, se le dio el cargo de “secretario e intérprete” en la relación entre los verdugos y sus víctimas.

Nos revela Borgowiec: “Delante del barracón, se les ordenó desnudarse completamente; las pobres víctimas fueron luego empujadas al lugar en el que ya se encontraban cerca de veinte condenados del último proceso”.

A los recién llegados se les asignó una celda aparte, a la que fueron introducidos por sus guardianes, que les auguraban, con gritos burlescos, una muerte lenta. A los prisioneros del búnker, en efecto, no se les daba ni agua ni alimento, ni disponían de un catre para tenderse o de un sitio específico para desalojar sus residuos corporales.

“Cada día –refiere el citado testigo– los SS, al realizar la visita de control, ordenaban sacar los cadáveres de los reclusos muertos durante la noche. Yo estaba siempre presente en esas visitas, pues tenía que escribir en un registro los números de los fallecidos, o bien traducir del polaco al alemán eventuales informaciones o preguntas de los prisioneros”.

La inyección letal

Pasados quince días desde su reclusión en el búnker, solo quedaban vivos cuatro esqueléticos prisioneros. Uno de ellos era el padre Maximiliano. Aunque el castigo para el cual habían escogido a diez, tenía el deliberado propósito de someterlos a una muerte lenta, a los esbirros les incomodaba que la muerte de algunos tardara más de lo previsto. “Por eso –relata nuestro testigo– ordenaron que acudiera al búnker el jefe de la sala de los enfermos. Era el criminal Boch, un alemán despiadado. Fue él quien puso en el brazo izquierdo de los sobrevivientes una inyección intravenosa de ácido fénico. El padre Kolbe, con una oración en los labios, ofreció su brazo al verdugo”.

Bruno Borgowiec no resistió más y, con el pretexto de una urgencia en la oficina salió del búnker precipitadamente. Cuando volvió a la celda, el padre Maximiliano ya había fallecido. “Lo encontré sentado –escribe Bruno– con la espalda apoyada en el muro; tenía los ojos abiertos y la cabeza ligeramente inclinada hacia el lado izquierdo. Su rostro, sereno y bello, estaba radiante”.

El “secretario e intérprete” anotó en el registro correspondiente la baja del prisionero 16670. Había fallecido a las 12:50 horas del 13 de agosto de 1941. Sus cuarenta y siete años, densos de méritos y de labor apostólica, fueron coronados con ese acto de misericordia heroico.

El 17 de octubre de 1971, el Papa Pablo VI declaró beato al padre Maximiliano Kolbe y le dio el título de “mártir de la caridad”. San Juan Pablo II lo canonizó en 1982.

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