El sacerdote que quería ser pelotero. Entrevista a Mons. Juan de la Caridad García

Por Yarelis Rico Hernández / Fotos Iván Batsita


Desde el pasado mes de mayo, Mons. Juan de la Caridad García gobierna la Arquidiócesis de La Habana, que incluye territorialmente no solo la capital de Cuba, sino también la provincia de Mayabeque, gran parte de la vecina Artemisa y el municipio especial Isla de la Juventud, que visitó tan pronto tomó posesión de la nueva sede.

Los primeros meses en La Habana no han cambiado el estilo de trabajo por el que aún es apreciado en Camagüey, de donde era arzobispo hasta el momento de su nombramiento como pastor de la Iglesia habanera. Monseñor Juan sigue siendo un misionero: el mismo obispo acostumbrado a ir por todas las comunidades católicas, rurales y urbanas, a visitar con frecuencia hogares de ancianos, conversar con religiosas y religiosos, celebrar encuentros pastorales, reír, jugar con los niños de la catequesis y regalarles caramelos. Su tiempo en la acogedora residencia arzobispal lo comparte entre la lectura, su conocida afición a escribir cartas de agradecimiento y atender a quien le inquiera desde la necesidad, el dolor, la amistad o la cercanía.

Con naturalidad accedió a conversar con Palabra Nueva, tomándola como canal para llegar a los católicos habaneros. La publicación, por su parte, había asumido, a priori, ser la voz de muchas voces.

¿Cómo logra ver, a la distancia de los años, el niño y joven que fue? ¿Qué recuerda del ambiente familiar donde fue educado?
“De mi niñez recuerdo muy vivamente la rectitud de mi papá que felicitaba, aconsejaba y daba cinto cuando había malos comportamientos. También tengo muy presente la ternura de mi mamá. Ella tenía una sabiduría natural. Recuerdo que, en ocasiones, veía una vela encendida a la Virgen de la Caridad por circunstancias que desconocía. Viví la riqueza de ser seis hermanos que disfrutábamos estar juntos, jugar juntos y por supuesto, fajarnos e inmediatamente seguir siendo hermanos”.

¿Por qué decidió ser sacerdote en un momento en el que casi nadie quería serlo?
“Mi vocación ciertamente no es de libros. Era monaguillo y ayudaba en la misa de las siete de la mañana en la iglesia de San José. En este camino vocacional, mi mamá fue fundamental. Yo no me levantaba hasta que ella me ponía las medias y después corría para ayudar en misa. Ella, sin saber y sin desear que fuera sacerdote, me empujó hacia el sacerdocio. En el año 1961, durante el verano, fueron expulsados todos los sacerdotes de la antigua diócesis y provincia de Camagüey. Durante un mes no hubo sacerdotes. La sagrada comunión la traían de Sancti Spíritus y muchas personas, entre ellas algunos monaguillos, incluido yo, distribuíamos la comunión. Al regresar siete sacerdotes a Camagüey, llegó a mi parroquia de San José el padre Adolfo Rodríguez, quien después de verme ayudando en misa todos los días, me preguntó: ‘¿No te gustaría ser sacerdote?’. Le respondí: ‘Yo quiero ser pelotero’. Él me contestó: ‘En el seminario hay muy buenos campos de pelota’. ‘Para allá voy yo’, dije. Después comprendí, gracias a la ayuda de los formadores, entre ellos el padre Mariano Ruiz y Luis Peláez, que el sacerdocio es infinitamente superior a la pelota, la que, por cierto, no ha dejado de gustarme”.


La Arquidiócesis de La Habana es la plaza más difícil para gobernar. ¿Pensó usted en la posibilidad de ser el nuevo arzobispo de La Habana? ¿Cómo reaccionó ante la noticia?
“Yo estaba muy feliz en mi Camagüey legendario y nunca pensé en esta posibilidad. Ni lo deseé ni lo busqué. Sin dudas no sería capaz. Cuando el nuncio me dio la noticia, le hablé de mi incapacidad y limitaciones. Él respondió: ‘Mejor así, será el Espíritu Santo quien actúe’. Uno siempre pone escusas, como Jeremías, Isaías y muchos elegidos, al final, el Espíritu te obliga a aceptar la voluntad de Dios. Todavía me pregunto ¿por qué?”.

Hoy se habla de una Iglesia habanera disminuida en cuanto a feligresía, con un clero desmotivado, catequesis de niños muy reducidas y hasta desaparecidas en algunas comunidades. ¿Usted coincide con esta visión que dan algunos medios y que apoyan, incluso, miembros de nuestras comunidades? ¿Cree usted que la Iglesia habanera atraviesa hoy una etapa de crisis?
“En lo poco que he podido visitar, yo no he visto una Iglesia disminuida, sí he contemplado sacerdotes celosos, entusiasmados, diáconos ocupados y preocupados por el Reino, monjas entregadas, comunidades vivas. Y eso lo viví intensamente en mi reciente visita a la Isla de la Juventud, también lo he experimentado en los pueblos y comunidades visitadas. Es la respuesta que puedo darte hoy, mañana te contaré”.

En la homilía que pronunció en la catedral de La Habana al tomar posesión de su cargo, usted dejó claro varios desafíos pastorales que han sido prioridades en su ministerio, por ejemplo, habló de la condición sagrada del matrimonio cristiano y de la familia en general y la urgencia de la labor evangelizadora en nombre de Dios. ¿Seguirán siendo éstas, prioridades de su ministerio en La Habana? ¿Qué otros desafíos se le presentan en esta diócesis?
“La misión y la familia son prioridades del evangelio, de la Iglesia y del Plan Pastoral Nacional. Tiempo atrás en muchas casas había una placa metálica que decía: ‘Con Dios todo, sin Dios nada’. Hay que anunciarlo a los casi tres millones de personas que habitan esta arquidiócesis. Donde haya familias separadas, no habrá felicidad, sino, pregúntaselo a las familias”.

¿Cómo cree usted que puede responder la Iglesia a la crisis familiar y de valores que vive hoy Cuba y que se expresa también en las comunidades católicas?
“Deberíamos mostrar a los matrimonios de cincuenta años, veinticinco años... Si ellos lo lograron, ¿por qué los demás no? El amor hace la maravilla. También necesitamos acompañar a los novios, ellos se pueden preparar para la belleza matrimonial construyendo los cimientos de la fidelidad”.

Mientras sectores fuera de la Iglesia e, incluso, dentro de ella, piden a nuestros obispos pronunciamientos de tipo político, no reclaman temas que tienen que ver con la doctrina y moral católica y que mucho repercuten en el matrimonio, la familia y la sociedad en su conjunto, como por el ejemplo el aborto, las relaciones prematrimoniales, el adulterio, entre otros, usted ¿insistirá en ellos? ¿Sobre qué otros aspectos cree oportuno continuar hablando?
“Es la Palabra de Dios quien nos habla y pronuncia, y Dios creó al ser humano a su imagen, los creó varón y mujer. Sean fecundos. Lo dice el Génesis 1, 27-28. También Mateo 19, en su versículo 6, insiste en que el hombre no separe lo que Dios ha unido.
”El aborto es la primera violación de los derechos humanos. Si mi mamá se hubiera hecho el aborto de mí, no estaría aquí. Lo puede afirmar cualquier ser humano viviente. Imaginemos que todos los niños tienen a su papá y mamá juntos. Viven juntos, comen juntos, conversan juntos, discuten juntos, juegan juntos, pasean juntos. Imaginemos a toda Cuba así. Un pueblo feliz. Intentémoslo y muchos problemas se solucionarán”.


¿Cómo cree usted que deben ser los sacerdotes, en quienes tiene, como obispo, a sus colaboradores más cercanos?
“En el día de la ordenación, el Espíritu Santo nos dice por medio del obispo, a cada uno de nosotros:
    1. procura creer lo que lees, enseñar lo que crees
     y practicar lo que enseñas;
    2. esfuérzate por hacer morir en ti el mal;
     3. realiza con alegría de verdadera caridad el    minis-terio de Cristo;
    4. ten siempre presente el ejemplo del Buen Pastor que no vino a ser servido sino a servir;
    5. imita lo que conmemoras.
”Todos hemos de ser santos, como dice Dios Padre celestial. Si yo, el obispo, fuera santo, a los sacerdotes les sería más fácil ser santos”.

¿Qué implica para usted, como pastor, la condición de laico? ¿Cree usted que nuestra Iglesia posea un laicado realmente comprometido con los desafíos actuales de la Iglesia y de Cuba?
“El laico está en su casa, en su barrio, en su trabajo, en su estudio. Es una luz en medio del pueblo y el pueblo lo tiene muy claro. Cuando un laico no actúa bien, el pueblo dice: ‘Y eso que es católico’. ¡Qué admiración tiene el pueblo por aquellos laicos que nunca negaron su fe ni dejaron de participar en la misa del domingo! ¡Qué admiración tiene el pueblo por el laico católico que practica las obras de misericordia, corporales y espirituales! ¡Qué admiración tiene el pueblo por el laico amigo, presente en las alegrías, pero muy especialmente en las penas y sufrimientos!”.

La Iglesia en La Habana cuenta con pocos sacerdotes, hay escasez de agentes de pastoral e ínfima minoría de personas en las misas dominicales. Con esta infraestructura, se acometen y hasta se priorizan obras constructivas y se asumen e inician nuevos proyectos que exigen dinero, tiempo y dedicación. En medio de esta realidad, ¿qué espacio tiene la misión?
“Recuerdo mucho el lema de fray José de la Cruz Espí, MG, conocido por el padre Valencia:
    1. construir un monumento a la Fe, un templo;
     2. construir un monumento a la Esperanza, una escuela;
     3. construir un monumento a la Caridad, un hos-        pital.
”La Iglesia es más que el templo, pero necesitamos templos; la educación es más que la escuela o los lugares de enseñanza, pero necesitamos estos lugares. La misión es el eje central de toda la labor de la Iglesia, es el anuncio, la enseñanza, la liturgia, la caridad”.

Gracias al diálogo que se ha propiciado en los últimos años y que fue prioridad de nuestro anterior arzobispo, el diferendo Iglesia-Estado se ha atenuado, aunque sigue siendo un diferendo. De sostener este diálogo, ¿cuáles serían sus intereses como representante máximo de la Iglesia en La Habana?
“La Iglesia quiere tener escuelas o espacios en las escuelas, lo que también desea una parte considerable del pueblo. Desea tener acceso a los medios de comunicación social de manera continua. Desea tener mayor presencia en las cárceles. Desea tener parte activa y pública en la educación para las virtudes que quiten vicios y en el fomento de la concordia entre todos los cubanos, y quiere dialogar sobre todo esto o al menos paulatinamente”.

Cuando habló por primera vez a los habaneros, reconoció estar asustado. ¿Lo sigue estando? ¿Qué le pide a esta nueva comunidad que le acompaña?
“Estoy más asustado al ver la inmensidad de la misión. La oración de todos podrá quitar el susto o hacer que el susto no me detenga en el camino trazado por Cristo, ya que quienes me antecedieron en este arzobispado lo anduvieron sembrando y dejando frutos”.

Maximiliano Kolbe, el gesto heróico del prisionero 16670

Juan Manuel Galaviz,SSP

En la reja de ingreso al campo de concentración de Auschwitz, los nazis hicieron poner estas palabras: “Arbeit macht frei” (“El trabajo hace libre”). Nada más irónico y cruel que ese letrero. Los trabajos forzados y los suplicios que se aplicaban en esa prisión masiva estaban por encima de lo imaginable.

Comienza una nueva etapa

Mons. Ramón Súarez Polcari

En Cuba hay, actualmente, once diócesis. Tres de ellas tienen el rango de provincia eclesiástica, sede metropolitana o arquidiócesis. En orden cronológico son: Santiago de Cuba (1803) –la Primada de Cuba–; San Cristóbal de La Habana (1925) y Camagüey (1998).

SUSCRIBETE A NUESTRO BOLETIN
TE SUGERIMOS...
LENTE CURIOSO