Laura Vicuña, la niña que ofreció su vida por la salvación de su madre

Por Juan Manuel Galaviz,SSP



“La suave figura de la beata Laura Vicuña,
gloria purísima de Argentina y Chile,
despierte un renovado compromiso espiritual
en estas dos naciones, y a todos enseñe
que el ideal de inocencia y de amor,
aunque denigrado y ofendido,
al fin brillará e iluminará los corazones”.
San Juan Pablo II
 3 de septiembre de 1986


También un niño o una adolescente pueden ser santos y darle a la gente enseñanzas valiosas. Son precisamente ellos –los pequeños, los que parecen despreciables– los más autorizados “voceros de Dios”.

Laura Vicuña Pino, la niña vivaz y observadora nacida en Chile y muerta en Argentina sin haber dejado siquiera un cuaderno de notas personales, les habla hoy a los hombres y mujeres de todo el mundo, para decirles con vehemencia que a cualquier cosa se puede renunciar menos a Dios.
Como un ángel de paso, Laura Vicuña estuvo en la Tierra escasos trece años (del 5 de abril de 1891 al 22 de enero de 1904), y volvió al cielo tras haber ofrecido su vida por la salvación de su madre. Las cosas sucedieron como aquí se narra.

Madre abnegada y padre ausente
José Domingo –el padre de Laurita– era militar de alto rango y miembro de una familia de aristócratas influyentes que apoyaban al presidente José Manuel Balmaseda, en el país chileno a finales del siglo xix. La República se hallaba entonces en abierta guerra civil y el candidato de Balmaseda para que le sucediera en la silla presidencial era Claudio Vicuña, líder del partido conservador. Cuando en Santiago de Chile triunfó la revuelta y derrocó al gobierno, los Vicuña cayeron en desgracia y algunos se dieron a la fuga. Durante un tiempo se creyó que José Domingo fue uno de los que huyeron, que lo hizo junto con su esposa Mercedes del Pino y su hijita Laura, y que se establecieron en la pequeña ciudad de Temuco, a unos 500 kilómetros de la capital.
Hoy se tiene datos más precisos, aunque no completos todavía. Se sabe que en 1884 José Domingo Vicuña se dio de baja en el ejército con el grado de capitán. Acerca de cuándo y cómo se relacionó con Mercedes todo son conjeturas. Es un hecho, en cambio, que en 1891, el año en que nació Laurita y en que cayó Balmaseda, José Domingo y Mercedes se hallaban en Santiago de Chile. El exmilitar ya no tomó parte en la guerra civil, y no hay pruebas de que se haya trasladado a Temuco junto con Mercedes. A ella la encontramos en ese poblado chileno desde 1892, con Laurita aún de brazos y llevando en su vientre a Julia Amanda, la segunda hija.
El silencio de Mercedes sobre el paradero de José Domingo después de 1891, junto con la carencia de documentos que certifiquen un matrimono de ellos dos, nos revelan que nunca estuvieron casados y que la convivencia estuvo llena de tensiones y terminó con un rompimiento. Mercedes misma declaró, a la muerte de Laurita, que la niña era “hija natural”, y dijo no tener noticia alguna de José Domingo, ni saber si vivía o estaba muerto.
En conclusión, las pequeñas Laura y Julia Amanda pasaron sus primeros años en un clima de orfandad respecto al papá, muy apegadas a la madre y en condición de pobreza, pero no en la miseria. Mercedes era emprendedora y tenía mucha habilidad en la costura, con la que pudo sostener a sus hijas y montar un pequeño negocio. Era preciso, sin embargo, pensar en el futuro de las tres y asegurar también la educación escolar de Laura y de Mandita.

La expedición misionera
que les marcó una ruta
En 1898, pasó por Tamuco una expedición misionera de salesianos y salesianas que habían partido de Santiago de Chile y se encaminaban a Junín de los Andes, en la región argentina de Neuquén. Cabeza del grupo era el sacerdote Domingo Milanesio, por encomienda de Mons. Juan Cagliero, el obispo salesiano que había sido discípulo de Don Bosco.
Se intensificó en Mercedes la idea de abandonar Temuco y dirigirse al país vecino, donde las perspectivas de estabilidad y progreso eran mayores. Puso manos a la obra en 1889. Tras un viaje largo y azaroso y luego de varias estaciones intermedias, Mercedes y sus dos hijas pudieron instalarse en su nuevo destino: las niñas serían matriculadas como internas en el colegio salesiano recién establecido en Junín, y ella se pondría al servicio de un rico terrateniente, Manuel Mora, ya fuese en su finca de Quilquihué o en la de Caleufu, residencia habitual de aquel gaucho acaudalado. Desde que Mercedes y sus niñas se vieron en la primera de esas fincas, les pareció haber pasado de la penuria a la comodidad. Dejó de faltarles el dinero y las dos pequeñas pudieron ser inscritas en el internado salesiano, en la e algo irregular había en el repentino cambio de situación económica, y percibió también que el supuesto bienhechor no era todo mieles y bondades: con frecuencia mostraba su rudeza y una arraigada tendencia a imponer sus ideas. Por otra parte, aunque hubiese pagado la inscripción para que ella y su hermanita estudiaran en el internado salesiano, no daba indicios de interesarse por valores morales o religiosos.
Estas observaciones pueden parecer increíbles en una niña de apenas nueve años. Téngase presente que Laura, por ser la mayor de las hijas de Mercedes, vivió las vicisitudes y angustias de su madre con una atención y sensibilidad que no se desarrolló en igual grado en la despreocupada Mandita.

Un mundo nuevo insospechado
El 14 de febrero de 1900, Laurita y Julia Amanda –de nueve y ocho años respectivamente– pasaron el umbral del colegio de las salesianas en Junín de los Andes. Eran las primeras alumnas internas de ese curso, que terminaría tras las fiestas navideñas. Las dos pequeñas sabían algo de los ambientes escolares ordinarios, muy identificados con lecciones y tareas, pero nada conocían de un internado salesiano, donde el ideal era formar “buenos cristianos y honrados ciudadanos”, donde el estudio era solo una parte de procesos formativos integrales, donde el estímulo hacía grata la disciplina y los alumnos aprendían a descubrir y desarrollar lo mejor de sí mismos.
Laurita, más que su hermana, captó bien la importancia de la religión, entendida no como rezos aprendidos, sino como encuentro con Jesucristo. Comprendió que cada lugar del colegio tenía una razón de ser: en el comedor se nutría el cuerpo, en los salones de clase se adquiría el saber; en los patios de juego se daba rienda suelta a la alegría de la fraternidad, y en la capilla se experimentaba la cercanía de Dios.
El primero de enero de 1901, en la clausura del curso de 1900, Laura obtuvo el primer lugar en Conducta y Aplicación. La hermana Ángela Piai, directora del colegio, había constatado con cuánta verdad Mercedes le había dicho, al presentarle a Laurita: “Jamás me ha dado un disgusto; desde pequeña ha sido obediente y sumisa”.
La maestra responsable de las alumnas internas había sido la hermana Rosa Azócar, una salesiana chilena joven, ingeniosa y de carácter alegre. Le sirvió mucho a Laura contar con su agradable tutela en las principales actividades del día. En cuanto a las compañeras, eran en su mayoría muchachitas sencillas, casi todas procedentes de lugares aislados y lejanos; algunas eran hijas de campesinas o de pastores. En una ocasión, una de las hermanas se sintió conmovida al ver que una de las chicas recién llegadas lloraba profusamente. Se acercó a esa niña para preguntarle si lloraba de nostalgia pensando en su familia. La pequeña le contestó: “No. Lloro porque no están aquí mis ovejas”.
Las niñas del grupo de internas eran bastante disímiles, pero tenían algunas notas en común: una índole bondadosa y sencilla, cierta natural resistencia frente a los libros y tareas y bastante receptividad para las cosas religiosas. Laurita se sintió a gusto en medio de esas chicas, algunas de las cuales llegaron a ser sus grandes amigas, como María y Mercedes Vera; sobre todo Merceditas, la mayor de esas dos hermanas: con ella entabló una amistad que se transformó en un pacto de mutuo apoyo para progresar en la virtud. Así se lo propusieron y se ayudaban diciéndose la una a la otra los defectos que notaban. Otra amiga de Laurita fue Carmen Ruiz, del grupo de las alumnas externas. La admiración de Carmen por las virtudes de su compañera interna, la motivó, ya de grande, a escribir unos apuntes biográficos de Laurita.


Dolorosas vacaciones
Las dos hijas de Mercedes partieron de vacaciones sin mucho entusiasmo, pues en el internado se sentían contentas, amadas y estaban aprendiendo muchas cosas; al mismo tiempo no les simpatizaba la idea de llegar a una finca desconocida donde su madre estaba al servicio de un hombre que no les inspiraba confianza.
Fueron en verdad penosas, sobre todo para Laura, esas primeras vacaciones, pues ella y su hermanita tuvieron que pasarlas en la finca donde solía residir aquel gaucho prepotente que se había metido en la vida de su madre. Allí constató Laurita que, efectivamente, Mercedes y Manuel Mora se comportaban como marido y mujer sin estar casados. Su madre, además, se había retirado casi completamente de la práctica religiosa, a tal extremo que un día le advirtió a su hija que nunca hablara de religión en esa finca, y menos en presencia de Manuel. Era una imposición muy dura para Laurita, que no podía reprimir su sentimiento religioso, ni omitir en sus conversaciones la referencia a los usos y costumbres del colegio salesiano. Era entonces cuando Manuel Mora arremetía con burlas y ofensas, llamándola “santurrona” y hasta amenazándola con los puños cerrados. Manuel no era solamente un hombre amenazador: Laurita lo vio golpear a su madre, a la que pretendía tratar como amante incondicional. Ante esa triste constatación, la virtuosa niña comenzó a preguntarse qué podría hacer ella para obtener la salvación de su madre. Lo consultaría con su maestra o con el guía espiritual…

El encuentro anhelado
En contraste con el ambiente tenso y desagradable sufrido en la finca de Manuel Mora, el nuevo curso transcurrido en el internado (1901-1902) lo vivió Laura con experiencias felices. Las hermanas responsables del colegio habían aprovechado el paréntesis de las vacaciones para ir a Chile y traer materiales para un mejor servicio. También regresaron acompañadas de nuevo personal, como la hermana Ana María Rodríguez, una colombiana joven con mucha experiencia y acierto en la enseñanza. Tenía esta salesiana el don de ayudar al aprendizaje sin fatiga; era, además, muy creativa y sabía intercalar en sus lecciones juegos ingeniosos que nunca se repetían. La mayor fortuna para Laura Vicuña fue la de habérsele encomendado a sor Ana María prepararla para la Primera Comunión.
En el colegio no podían faltar la música y el canto, actividades muy del gusto de Laurita; esa afición la había heredado de su madre, la cual sabía cantar y tocaba la guitarra con maestría. En el doble colegio salesiano de Junín (sección niños y sección niñas), un gran impulsor de la música y el canto fue Félix Ortiz, un seminarista salesiano muy capacitado en esas artes y con dotes también de poeta y animador de grupos. Laurita sintonizaba bien con Félix, que llegó a ser para ella un sincero amigo y un confidente discreto. Siempre que tenía alguna necesidad de índole práctica, recurría al consejo de Félix y encontraba la solución. Este seminarista salesiano perseveró en su vocación y mantuvo siempre un fundado aprecio hacia Laurita, en quien había visto un ejemplo concreto de santidad. Luego de la muerte de esta “azucena de los Andes”, como se le ha llamado a Laura Vicuña, Félix Ortiz fue el primer promotor de sus virtudes. Lo hizo principalmente con un largo poema de su inspiración, basado en los recuerdos que conservaba de ella.
Otro salesiano cuyo influjo benéfico resultó aún más determinante en la vida de Laurita fue el padre Augusto Crestanello, su director espiritual. Nadie, como el padre Crestanello, conoció tan a fondo el trabajo interior en que se empeñó Laurita hasta el fin de sus días.
Se escogió el 31 de mayo de 1901 para que Laura Vicuña y dos compañeritas suyas hicieran la Primera Comunión. La preparación de Laurita para ese anhelado encuentro con Jesús hecho Pan del cielo, no fue meramente formal, sino comprometiendo toda su persona, consciente de que no se trataba de un hecho aislado, por solemne que fuera, sino de un encuentro vital, definitivo. Esta convicción de estar por establecer una alianza inquebrantable con Cristo, la expresó Laurita de varias maneras:
1. puso por escrito y entregó a su director espiritual sus propósitos para toda la vida; el de seguir amando y sirviendo al Señor sin reserva alguna; el de evitar el pecado a toda costa; y el de hacer todo lo que estuviese a su alcance para dar a conocer a Jesucristo y para reparar las ofensas que recibe por parte de los hombres; “particularmente de las personas de mi familia”, especificó Laurita en su hoja de propósitos, en la que no es difícil notar el impacto que tuvo en ella Domingo Savio;
2. pidió perdón a las hermanas del internado, a algunas compañeras y a la propia madre, por todas las faltas, incumplimientos y disgustos que les hubiese causado;
3. aseguró a esas mismas personas que, en lo sucesivo, su conducta sería intachable; a sor Rosa, la maestra del grupo de internas, le dijo expresamente: “Ya verá qué buena seré ahora. Nadie tendrá queja de mí”. Por su parte, el padre Crestanello, su sapiente guía, escribió acerca de su dirigida espiritual: “A partir del día en que supo que iba a recibir la Comunión, Laura se impuso una vigilancia especial sobre su conducta, sobre el ejercicio de todas las virtudes, y en el conocimiento de cuanto había de disponerla mejor para tal acto”.
La víspera del día anunciado, la señora Mercedes llegó a Junín de los Andes, para estar presente en la Primera Comunión de su hija. Solo de presencia física, pues un caos interno se interponía entre ella y la fuente de júbilo que llenaba el corazón de Laurita.
El día del feliz encuentro con Jesús en la eucaristía, la única nubecilla en el cielo de Laura fue la de esa parálisis espiritual de su madre.

 
Primera reacción de Mercedes:
“Yo aquí no soy tu esclava”
En la vida de Laura Vicuña se registró un viraje radical luego de su Primera Comunión y su continuado acceso a la mesa eucarística. No es que se haya dado un cambio vistoso y casi mágico en su conducta. Los cambios operados por la acción de Dios en una persona son sutiles y los perciben únicamente otras personas en que también trabaja la gracia divina. Por eso, para un juicio sobre la santidad de Laurita, los testimonios que cuentan no son los de gente fantasiosa o mundana o incrédula, sino los que provienen de personas de fuerte vida interior, como su director espiritual, las religiosas que la apoyaron en su formación y sus más serios confidentes.
A propósito de confidencias espirituales, ya mencionamos a sor Ana María Rodríguez, la hermana que preparó a Laura para su Primera Comunión. Esta hermana despertó en ella tanta admiración por la vida religiosa que empezó a importunar a la directora, sor Angela Piai, para que la admitiesen como aspirante salesiana. Eso no era posible, ante todo porque entonces no lo permitía el hecho de ser “hija ilegítima”. Laurita tuvo que hacer esa renuncia y siguió preguntándose cuál sería, pues, su misión particular en el mundo.
En cuanto a sor Ana María, esta salesiana tuvo una muerte inesperada: a los cinco meses de haber preparado a Laurita para su Primera Comunión, una peritonitis aguda cortó su vida. Este suceso lamentable contribuyó a reforzar en la niña el sentido de la vida: no interesa cuántos años se transcurra en la Tierra, sino llegar a las puertas del Paraíso cargados de méritos.
Terminado el curso escolar de 1901, Laura y Mandita tuvieron que enfrentar de nuevo la tormentosa experiencia de las vacaciones en la finca de Manuel Mora, quien siguió mostrándose despótico y brutal. Para burlarse de la religiosidad de Laurita, ese hombre acostumbrado a tratar con caballos, vacas y ovejas, explotaba en risas sarcásticas y mencionaba a la hija de su amante y criada como “la monjita”. Las palizas a Mercedes se repitieron varias veces en presencia de las niñas. También a ellas se dirigieron en alguna ocasión sus amenazas, tanto que un día Mercedes reaccionó con valentía: “¡Son mías! Y yo aquí no soy tu esclava”. Esa reacción inesperada despertó la brutalidad de Manuel, que le gritó enfurecido: “¡Esclava o muerta! En cuanto a ellas, ya veremos…”.
La primera venganza del gaucho fue anunciarle a Mercedes que ya no pagaría las cuotas de las niñas y que estas no volverían al colegio; tenían que quedarse en la finca y trabajar a su servicio. Mercedes tuvo que buscar una solución de emergencia.
Lo acontecido en la finca, explica por qué, en febrero de 1902, solamente Laura regresó al colegio, inscrita como “alumna gratuita”, y que Julia Amanda se quedara al lado de su madre. Así recuerda sor Ángela las gestiones que había hecho Mercedes: “La señora Pino no estaba en condiciones de pagar la pensión de sus hijas y el hombre que la tiranizaba pretendía que las dos se pusieran a trabajar en la finca. Por una frase que se le escapó, hizo ver que lo que buscaba era arruinarlas para vengarse de la ‘santurrona’, o sea de Laura, cuya virtud no podía soportar”.
El inicio del curso escolar de 1902 se programó para el 1ro. de marzo, pensando en la inminente llegada de Mons. Cagliero, obispo de la Patagonia y primer salesiano llamado al ministerio episcopal. En Junín de los Andes, estaban programados diversos actos oficiales vinculados con esa visita pastoral. El más esperado por Laurita era el de las Confirmaciones, anunciadas para el domingo de Pascua. El 29 de marzo los dones del Espíritu Santo fortalecieron y embellecieron aún más su alma, preparándola para un acto heroico al que se sentía impulsada.

El ofrecimiento heroico
“Nadie ama más que el que da su vida por los que ama” (Jn 15, 13). Estas palabras, Laurita las había comprendido meditando en los hechos que el mismo Jesús cumplió, y se preguntaba cómo podía ella ponerlas en práctica. ¿A quién amaba más después de Cristo? A su madre, ciertamente. La amaba muchísimo y daría cualquier cosa por su salvación eterna. ¿Cualquier cosa? ¿También la vida?
Para dar una respuesta definitiva a esas preguntas, Laura necesitaba un depósito de energía espiritual especialísimo, y contar con el consejo de su director. Ella era generosa por naturaleza; hacía falta que lo hiciera todo por Jesús.
Estas eran las tareas que Laurita tenía a su cargo: el orden y limpieza de la sacristía, el cuidado de las alumnas más pequeñas durante los recreos y en las clases de labores, la enseñanza del catecismo en determinados días y, cuando era necesario, la sustitución de alguna de las maestras que debiera ausentarse brevemente. Todo hacía ver la madurez que estaba adquiriendo Laurita; ella, sin embargo, quería dar más de sí misma.
Recordemos que ella deseaba ser religiosa como la hermana Ana María. Aunque su petición no había sido aceptada, nada impedía que se consagrara a Dios en forma privada. Su confesor y director espiritual se lo permitió y esa concesión preparó el terreno para otra petición más radical: el permiso para ofrecer su vida por la conversión y salvación de su madre.
Ante una petición tan extrema, el padre Augusto se sintió en el deber de aconsejarle a Laurita mucha prudencia; le aconsejó que reflexionara todavía más y que orara mucho para que el Señor mismo la iluminara.
Los argumentos que Laura le exponía eran incontrastables: si Dios aceptaba su ofrecimiento, eso mismo sería la prueba de que tal acto era conforme a la voluntad divina.
Tanta insistencia acabó por disolver las dudas del director espiritual, quien la autorizó para que hiciera ese acto heroico.
El año terminó con una luz mariana en el horizonte de Laurita: el 8 de diciembre de 1902 entró a formar parte de la Asociación Hijas de María.

La señal de Dios
La enfermedad de Laurita se fue manifestando como un progresivo languidecer en lo físico, sin que se viera la causa precisa de tal agotamiento. Para ella era el signo de la aceptación, por parte de Dios, del ofrecimiento que le había hecho. Tal ofrecimiento implicaba la petición de un cambio de vida y la salvación de su madre; Laurita tenía plena confianza en que Dios cumpliría su parte. Animada por esa confianza, siguió cumpliendo con serenidad sus deberes cotidianos.
Las vacaciones de enero y febrero (el verano de Argentina), las pasó en el colegio, conviviendo con las salesianas y experimentando la vida religiosa con que un día soñó.
El 1ro. de marzo, al reanudarse las actividades del curso de 1903, todo volvió a fluir como de costumbre. Hasta la salud de Laura parecía tener un mejoramiento. En julio se registró una tremenda inundación en Junín de los Andes y las aguas invadieron el colegio. Las hermanas hicieron subir a las niñas al segundo piso, mientras obtenían auxilio y alojamiento temporal para ellas. En ocasión de esa catástrofe, Laura y su amiga Merceditas prestaron su ayuda generosamente.
El 20 de julio bajó el nivel de las aguas y las alumnas pudieron reinstalarse en el colegio. La humedad y el intenso frío de los días que siguieron (en pleno invierno argentino), dañaron aún más la salud de Laura. Se le veía pálida, tosía constantemente y caminaba con dificultad. En Junín no había médico, únicamente un curandero recién llegado al pueblo. A él acudieron y, según atestigua el padre Augusto, Laurita le agradeció su voluntad de hacer algo por ella y le pidió que no empleara más remedios, pues sabía que no iba a sanar.
El 15 de septiembre llegó su madre al colegio, para llevar consigo a la enferma. Ella se despidió de cada una de las hermanas y de sus compañeras. Todas estaban convencidas de que Laurita regresaría al internado sana.
En la finca de Caleufu, su madre se prodigó por asistirla, pero no veía resultados. Manuel Mora, mientras tanto, se mantenía a cierta distancia; no tan discretamente que no se repitieran delante de Laurita las escenas de arrumacos y de maltratos que se alternaban y que caracterizaban la relación de Manuel con Mercedes.
Transcurrió así más de un mes, hasta que Mercedes tomó una resolución que consoló a Laurita: alquilaría una modesta casita en Junín, muy cerca del colegio, y allá seguiría asistiéndola en su enfermedad y acompañando también a Julia Amanda. La cercanía del internado haría más fácil que las hermanas y las compañeras de Laurita, como también el padre Augusto, le hicieran visitas y le dieran ánimos.
Hacia el 10 de enero se presentó Manuel Mora en la casucha de Junín. No era la primera ocasión en que lo hacía, pero esta vez se había propuesto pasar la noche con Mercedes. Lo entendió bien Laurita, pues desde su cama había escuchado la conversación entre Manuel y Mercedes. Apenas pudo hacerlo, Laurita le advirtió a su madre que eso no debía pasar, que Manuel tenía que retirarse. Mercedes alegó que no podía imponerle semejante cosa a Manuel, pues provocaría su ira y el mal sería mayor. Laurita comenzó entonces a vestirse y, como pudo, se dirigió a la puerta de la casucha para encaminarse al colegio y dormir allá. Su madre corrió también hacia la puerta para impedir la ida de Laurita y que la propia situación moral se hiciera del conocimiento de las hermanas. En su desesperación, perdió la cabeza y le dio una bofetada a Laurita. Las cosas hubieran sido peores si en ese momento no se hubiese presentado una persona conocida.

Por fin, el milagro
La enfermedad de Laurita siguió su curso. El 16 de enero, la enferma ya no pudo levantarse de la cama y pidió a su madre que llamara al padre Augusto. Así recuerda los hechos este sacerdote: “Se confesó y el día siguiente recibió la Comunión, en la que, con todo el fervor de su alma, renovó sus propósitos y el sacrificio que había hecho de sí misma a Jesús”.
Compañeras y amigas comenzaron a desfilar frente al lecho de Laura, y ella, según se lo consentían sus fuerzas y lo permitían los accesos de vómito, les daba las gracias con una palabra cariñosa o con algún signo de su conformidad con los designios de Dios. Por aquello de los vómitos y la extrema postración de Laurita, se temía que no pudiera recibir los últimos auxilios. Sus amigas dieron comienzo a un triduo de oración para que María Auxiliadora le obtuviera a Laurita esa gracia. El padre Zacarías, uno de los sacerdotes de la misión salesiana le aplicó los Santos Óleos. Se cumplió casi enseguida el milagro tan esperado por Laurita. Cuando el padre Zacarías llamó a Mercedes junto a la cama de la agonizante, ella creyó que ya había expirado su hija y la abrazó exclamando: “¡Hija mía! ¿Me dejas sola?”. Escuchó entonces la voz de Laurita que le decía: “¡Sí, mamá, me muero! Yo misma se lo he pedido a Jesús… Hace casi dos años que le ofrecí mi vida por ti…, para obtener la gracia de tu vuelta… Mamá, antes de morir, ¿no tendré la dicha de verte arrepentida?”.
Mercedes le prometió a su hija: “¡Ah, mi querida Laura! Te juro en este momento que haré cuanto me pidas… Estoy arrepentida, Dios es testigo de mi promesa”. Laurita, muy reconfortada, buscó con su mirada al padre Zacarías para anunciarle: “Padre, mamá promete en este momento abandonar a aquel hombre; sea usted testigo de su promesa”. Mercedes reiteró: “¡Sí, hija mía! Mañana iré a la iglesia y me confesaré”.
Una hora más tarde, ante las lágrimas de su madre y los rezos de todos los presentes, besó el crucifijo que tenía en las manos y luego de mirar la medalla que había recibido como Hija de María, pronunció sus últimas palabras: “¡Gracias, Jesús, gracias María! Ahora muero contenta”. Y cerró sus ojos plácidamente.
Mercedes cumplió su promesa.

NUESTRA SEÑORA DE REGLA, SU CULTO EN CUBA

Roberto Méndez Martínez

El pasado 24 de febrero la parroquia Nuestra Señora de Regla, en el poblado portuario del mismo nombre celebró el aniversario 61 de la coronación canónica de la imagen tutelar. La ceremonia, presidida por Monseñor Juan García, arzobispo de La Habana, rememoró también el trigésimo aniversario de la bendición de ese templo y su altar principal por Monseñor Jaime Ortega y tampoco se olvidó de que hace dos siglos el Venerable Padre Félix Varela viajó hasta el pequeño poblado para predicar el 7 de septiembre en la festividad patronal.

Comunicar esperanza y confianza en nuestros tiempos

Papa Francisco

Me gustaría con este mensaje llegar y animar a todos los que, tanto en el ámbito profesional como en el de las relaciones personales, “muelen” cada día mucha información para ofrecer un pan tierno y bueno a los que se alimentan de los frutos de su comunicación.

Santa Catalina de Siena, la diplomática de Dios

Juan Manuel Galaviz,SSP

Mujer de hierro, sin pelos en la lengua, santa Catalina de Siena (1347-1380) fue una mística extraordinaria y una incansable reconciliadora en un mundo de enfrentamientos y rencillas, de divisiones también dentro de la Iglesia.

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