¿Un socialista llamado Dayton Hedges?

Por Miguel Terry Valdespino

Cuenta el imaginario popular que en 1960, apenas un año después de haberse consumado el triunfo contra el dictador Fulgencio Batista, el comandante Ernesto Che Guevara se presentó en la textilera Ariguanabo, en el poblado del Cayo de la Rosa, en Bauta, con el fin de conversar con sus obreros acerca de las transformaciones que traería a espacios como ese, el joven proceso revolucionario.

Al pasar frente al parqueo de la fábrica, el célebre argentino notó que decenas de automóviles saturaban el espacio. Entonces aseguró convencido: “¡Cómo tienen autos los burgueses que dirigen esta fábrica!”, afirmación que tuvo como respuesta inmediata: “No, comandante, esos autos son de los obreros”.

Y es que el comandante Guevara no estaba poniendo los pies en una fábrica cualquiera, sino en la más importante de su tipo en América Latina, dueña ya para entonces de una verdadera leyenda que, a la postre, derivaría en mito. Su creador, el empresario norteamericano Dayton Hedges, había demostrado que era posible concertar, a un tiempo, amor al trabajo, humanismo y prosperidad colectiva y personal.

Hedges, nacido en 1884 en Lond Island, fundó la Compañía Textil Ariguanabo S.A. el 22 de septiembre de 1931, año especialmente difícil para la economía cubana, y murió en el año 1957, luego de convertirla en el mayor centro de desarrollo de Bauta y de los territorios aledaños, incluyendo también la capital del país; resultó ser un hombre, además de emprendedor, especialmente flexible.

De este personaje popular (porque fue también “un personaje popular”) se cuenta que llegó a saludar cálidamente a los obreros de su fábrica metidos en alguna huelga contra él y hasta justificar sus reclamos laborales.

El ya fallecido actor Luis Carlos González recordaba valoraciones de su padre respecto a los logros indiscutibles implantados en esta textilera, con el visto bueno de Míster Hedges, tal como se le conocía popularmente: si un obrero enfermaba, la dirección del centro, con un emisario destinado especialmente para el caso, le enviaba alimentos, medicinas y dinero… y también unas preguntas muy necesarias: “¿Qué otra cosa usted necesita?, ¿en qué más podemos ayudarlo?”.

Resulta llamativo el hecho de que Hedges apostara por enclavar su proyecto en un escenario absolutamente desconocido y hasta entonces muy agreste, el Cayo de la Rosa, donde el dominio de las tareas textiles era completamente desconocido. Pero apostó y salió siempre por la puerta ancha, gracias a una mano de obra absolutamente cubana, rotunda lección para quienes suelen poner en solfa la capacidad laboral del pueblo de la Isla.

En Ariguanabo no primaban los favoritismos: un obrero entraba a la fábrica por el puesto más humilde (quizás el de barrendero) y, en dependencia de su capacidad y entrega al trabajo, comenzaba a escalar en cuanto a calidad del puesto a ocupar y el salario por percibir. Hedges dejó bien claro que su obra no se limitaría exclusivamente al interior de la textilera. Fue mucho más allá de este espacio productivo: fundó bandas de música, entre ellas de jazz, equipos de béisbol y basquetbol, un club de recreación para los obreros, realizó donaciones monetarias muy importantes para la educación y la salud e implantó por primera vez en Cuba el derecho a la licencia de maternidad para las trabajadoras embarazadas.

A los obreros de esta fábrica se debe la hazaña de haber confeccionado, a paso acelerado, los miles de uniformes de campaña que llevarían puestos los soldados norteamericanos a la hora de su desembarco por la célebre Normandía en junio de 1944, durante la Segunda Guerra Mundial.

Aunque Hedges profesaba la religión protestante, su profunda amistad con el sacerdote y poeta católico Ángel Gaztelu estuvo fuera de toda duda, al extremo de ser Hedges el contribuyente número uno en la restauración de la iglesia de Nuestra Señora de la Merced, en Bauta, donde oficiaba Gaztelu, a la postre convertido en figura tutelar del grupo Orígenes, en el cual militaron autores de la talla de José Lezama Lima, Eliseo Diego, Cintio Vitier, Fina García Marruz y los pintores Mariano Rodríguez y René Potocarrero, entre otros nombres imprescindibles de la cultura cubana, y donde hoy se atesora y exhibe una colección de obras creadas por Mariano y Portocarrero verdaderamente impresionante.

Obreros vinculados a la intervención de esta fábrica, algunos de ellos a la destrucción en las afueras de la textilera del busto realizado por el prestigioso escultor Fernando Boada en homenaje a Dayton Hedges, recuerdan, con extraña mezcla de nostalgia y pesar, que nunca vivieron mejor que cuando laboraban en los telares de Ariguanabo. Hoy por hoy, un obrero con la posibilidad real de adquirir un automóvil y satisfacer todas sus necesidades materiales y espirituales no parece virtud de predios del Tercer Mundo y puede, en muchas ocasiones, que ni del Primero.

Dayton Hedges nunca se declaró socialista. Se le conoció siempre como un demócrata. Sin embargo, implantó un sistema de trabajo basado en sacar lo mejor del hombre por vías absolutamente humanizadas, una experiencia que viene siendo un listón demasiado alto para cualquier tipo de sistema socioeconómico. El camino tomado por muchos bautenses, vinculados de una manera u otra a la vida y la prosperidad de la fábrica, era de esperarse: muchos no quisieron vivir de la nostalgia próspera de antaño y pusieron noventa millas de agua por medio. La elevada cifra de remesas que Bauta recibe de extramuros se debe, en buena medida, a esta profusa emigración con sello textil.

Aunque la dirección de la fábrica bajo su hijo y sustituto, Bourke Hedges, no gozó de igual reputación, en especial por los vínculos de Bourke con el régimen batistiano, el imponente centro logró mantener en alto su prestigio, gracias a una eficiente mano de obra creada y muy bien estimulada por su progenitor.

Hoy solo quedan ruinas de esta próspera fábrica, y una desmemoria sobre ella que se tiende entre los más jóvenes como un manto de tinieblas sobre la historia de Bauta. Sin embargo, el artista de la plástica y escritor Denys San Jorge, bautense de pura cepa, luego de una ardua investigación entre cientos de sus más longevos coterráneos, se ha lanzado a escribir una novela titulada Avenida Dayton Hedges y a realizar un documental, Cayo de la Rosa: un paraíso textil, tal vez el preámbulo de un rescate que no admite demora ni manipulaciones acerca de un hombre que decidió dejar sus restos, por voluntad propia y para siempre, entre los mármoles del memorable Cementerio de Colón.

No está nada mal este primer paso, pero harían falta muchos más. Es justo que todos sepan que, bajo la ruina total del presente, ayer latió una fábrica pujante y vigorosa, la más excelsa de su tipo en América Latina por espacio de dos décadas, una fábrica pujante y amada con igual fervor, y a veces hasta el delirio, por sus patronos y obreros.

Acta del XXI Concurso de Periodismo Palabra Nueva, revista de la Arquidiócesis de La Habana

Palabra Nueva

 A los quince días del mes de junio del año 2017, se reunió en el Centro Cultural Padre Félix Varela, en La Habana, el jurado del Concurso Palabra Nueva, en su vigesimoprimera edición, integrado en esta ocasión por el Pbro. Elixander Torres Pérez (presidente), el Sr. Daniel Céspedes Góngora, miembro del Consejo de Redacción de la revista, la Sra. Iyaimi Palomares Mederos, licenciada en Comunicación Social, el Sr. Iván Batista Cadalzo, diseñador gráfico, y el Sr. Mario Vizcaíno Serrat, periodista y colaborador de la revista, quienes acordaron por unanimidad otorgar los siguientes premios y menciones:

PREMIO CRÓNICA-Un viajero, una ciudad, un valle y una ermita

Anabel Candelario Carmona

En Cuba hay iglesias que destacan por sus milagros, como El Rincón, en Santiago de las Vegas; o por su belleza arquitectónica, como la catedral de La Habana; o por resguardar entre sus sagrados muros uno de nuestros tesoros nacionales: la Virgen de la Caridad del Cobre, en Santiago de Cuba; pero hay una que, sin carecer de milagros, belleza arquitectónica y tesoros, destaca por su humildad.

Mención CRÓNICA-Una iglesia mambisa y tres niñas a misa los domingos…

María del Carmen Ruisánchez Regalado

Era la tradición: en las mañanas de domingo, no había nada mejor que hacer que ir a misa; así había sido con mi abuela, así con mi madre y yo no debía ser menos, así con mi hija y… por eso, aunque estuviera cansada, aunque remoloneara, la ropa de ir a la iglesia estaba al lado de mi cama desde temprano… y yo sabía que las normas de disciplina para mi mamá eran invariables, aunque con algunas diferencias.

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