Mi prójimo

Por Manuela Salgado Delgado

“Ve, y haz tú lo mismo”.
Luc. 10, 37

Toda nuestra vida cambió aquel día del año 1964, cuando del Comité Militar del Municipio Boyeros trajeron una citación a mi hermano, para presentarse en el stadium de Santiago de las Vegas, con vistas a incorporarse a las Unidades Militares de Ayuda a la Producción, conocidas por la UMAP, en la provincia de Camagüey. Nos sorprendió, ya que nunca fue citado para una entrevista previa. Era pelotero del equipo Cafetaleros del citado municipio, fue lanzador destacado. Tenía buenas relaciones humanas con la familia, vecinos, amigos y en especial con sus compañeros del equipo de pelota.

El día que se lo llevaron vi por primera vez llorar a mi papá, hombre de carácter recio, campesino, quien por estas razones se quedó en casa. Fuimos al stadium a despedirlo mi hermano mayor, varios amigos y mi mamá, que estaba muy deprimida. Las gradas estaban llenas de personas paradas sobre los bancos rudimentarios que iban a despedir a sus familiares y amigos, para, de alguna manera, apoyarlos y decirles “estamos con ustedes”. En el terreno de pelota había más de cien jóvenes reclutados, algunos bien conocidos por ser líderes de las Iglesias católica y evangélica, custodiados por militares. Los vimos salir como en veinte ómnibus, aproximadamente; en ese momento comenzó un aguacero torrencial, pero nadie se movió, parecía que el cielo también lloraba, eco de los sentimientos de los allí congregados, así vimos partir el último ómnibus.

¿Cómo tendríamos noticias de mi hermano y de un primo con retraso mental, muy querido por la familia, por ser huérfano desde su nacimiento, que iba también en ese llamado? Después de diez días, para sorpresa nuestra y en respuesta a nuestras oraciones e incertidumbre, el cartero toca a nuestra puerta y nos entrega un sobre con una letra desconocida, el mata-sello era de la provincia de Matanzas, en su interior una nota: “Estén tranquilos vamos en camino, todo bien”, firmada por mi hermano. Con el tiempo, supimos que el ómnibus hizo una parada en Matanzas, al pasar un transeúnte mi hermano rápidamente escribió la nota con nuestra dirección y se la entregó al desconocido. Aquel ángel del Señor buscó sobre, fue al correo, compró sellos y envió la nota tan ansiada, en muestra de misericordia para este joven recluta, se convirtió así en su prójimo, al emplear su tiempo y dinero, para dar consuelo y aliento a esta familia necesitada de noticias de su ser querido rumbo a Camagüey.

Cuando se nos avisó de la primera visita, no recuerdo del tiempo exacto de su partida, pero eran meses, parecía una eternidad, ya había dejado mis estudios para trabajar y ayudar a mis padres a costear los gastos de los viajes que tendríamos que dar a esta provincia lejana. Nos enteramos que el dueño de unos ómnibus iba a dar los viajes por un precio módico, fui y reservé tres asientos para viajar con mi mamá y hermano mayor. A este se le orientó por su trabajo que no debía ir a ver a su hermano, pues lo perjudicaría, ¿no eran aquellos jóvenes reclutas movilizados por el Comité Militar? Siempre nos acompañó. Salimos de noche y llegamos de madrugada a Camagüey, no todos los que viajábamos en el ómnibus íbamos para el mismo campamento o unidad militar, nosotros teníamos que seguir a Ciego de Ávila, para esto nos trasladamos en un camión y al llegar nos esperaba una nueva sorpresa: el campamento se encontraba a siete kilómeeíamos cañas y la línea del ferrocarril, el tiempo transcurría y aumentaba la impaciencia. De la línea provenían chirridos estremecedores producidos por una “chispa”, también llamada “chicharra” que se acercaba y se detuvo, se trataba de un tablón cuadrado bien grande sobre cuatro ruedas de hierro, un hombre y una palanca que movía con destreza. Éramos doce personas que cargábamos jabas y bultos. Con un gesto nos invitó a subir, nos acomodamos como pudimos, yo sobre las piernas de mi mamá y sobre mí una de las jabas de alimentos. De nuevo el chirrido y empezó a rodar por los rieles del ferrocarril, con los pies rozándolos. Durante el viaje el chofer me entrega un documento para que lo leyera en voz alta, donde se decía que este transporte solo era para el uso de médicos, maestros y embarazadas y que otro uso quedaba prohibido. Sin pensarlo le pregunto: “¿Por qué lo haces?”. Al instante respondió: “Siento pena, ya que vienen de lejos a ver a los muchachos del campamento, que son buenos, no importan las referencias que nos dan de ellos”. Al llegar todos le dimos las gracias y agradecí también a Dios por este desconocido que, como el buen samaritano, fue misericordioso con nosotros.

Ya en el campamento hubo que esperar, ni la visita de los familiares los libró del corte de caña. Mientras esperábamos, nos dio la bienvenida un militar con una charla, nos habló de los beneficios para estos jóvenes de esta movilización, aseguró que formarían hombres de bien. Todo el día lo pasamos en familia, compartiendo todo lo que llevábamos entre los reclutas, especialmente con un vecino que no tenía visita por problemas económicos de los familiares, situación en la que se encontraban varios que también se sintieron en familia y apreciaron la misericordia y el amor de Dios. Mi hermano respondía por el número trece, estaba de buen ánimo, con salud, melancólico y a la vez gozoso por nosotros y las manifestaciones de amor que se suscitaban entre familiares, amigos y reclutas. Nos contó que supo de nuestro primo con retraso mental; un oficial lo ayudó, averiguó la unidad en que estaba y su estado de salud, estaba ingresado en un hospital, y lo llevó a visitarlo, estuvo un rato con él. Por gestiones de este militar, mi primo fue dado de baja y no tuvo que regresar de su primer pase. Por tercera vez en este día, dimos gracias a Dios por usar a este hombre para mostrar misericordia con mi hermano y mi primo.

No recuerdo cómo salimos de aquel lugar, sé que era de noche y llegamos a Santiago al día siguiente extenuados. Recuerdos tristes guardo de aquel campamento, a pesar de lo bello del paisaje, que manifestaba la creación de Dios, un pequeño río cristalino que corría, las cotorras en todos los árboles se confundían con el follaje y se dejaban acariciar, les tomé fotos con mi cámara escondida, al igual que a unos niños haitianos que no extrañaban nuestra presencia y nos sonreían llevando a sus potricos amarrados por sogas. El conjunto de casitas humildes de los campesinos formaba el batey, con sus refrigerados de luz brillante donde les hacían durofrío a “los muchachos”, así les llamaban a los reclutas como muestra de cariño.

Mi hermano me contaba que eran muy unidos, se ayudaban unos a otros y que en la oscuridad de la noche un joven cantaba hermosos himnos cristianos y con claridad les leía la Palabra de Dios. La misericordia, el amor y la providencia de Dios no faltó a estos jóvenes reclutas, les ayudó en todo tiempo y en circunstancias muy difíciles.

Quiero terminar con las palabras de los obispos cubanos con motivo de la visita del Papa Francisco a Cuba:

“Todos en este mundo, cubanos incluidos, necesitamos la misericordia, para nosotros y para los otros […] debemos recordar que, en forma no opcional sino imperativa, Jesucristo nos exigió, ‘Sean misericor-diosos como el Padre del Cielo es misericordioso’ (Lucas 6, 36)”.

Acta del XXI Concurso de Periodismo Palabra Nueva, revista de la Arquidiócesis de La Habana

Palabra Nueva

 A los quince días del mes de junio del año 2017, se reunió en el Centro Cultural Padre Félix Varela, en La Habana, el jurado del Concurso Palabra Nueva, en su vigesimoprimera edición, integrado en esta ocasión por el Pbro. Elixander Torres Pérez (presidente), el Sr. Daniel Céspedes Góngora, miembro del Consejo de Redacción de la revista, la Sra. Iyaimi Palomares Mederos, licenciada en Comunicación Social, el Sr. Iván Batista Cadalzo, diseñador gráfico, y el Sr. Mario Vizcaíno Serrat, periodista y colaborador de la revista, quienes acordaron por unanimidad otorgar los siguientes premios y menciones:

PREMIO CRÓNICA-Un viajero, una ciudad, un valle y una ermita

Anabel Candelario Carmona

En Cuba hay iglesias que destacan por sus milagros, como El Rincón, en Santiago de las Vegas; o por su belleza arquitectónica, como la catedral de La Habana; o por resguardar entre sus sagrados muros uno de nuestros tesoros nacionales: la Virgen de la Caridad del Cobre, en Santiago de Cuba; pero hay una que, sin carecer de milagros, belleza arquitectónica y tesoros, destaca por su humildad.

Mención CRÓNICA-Una iglesia mambisa y tres niñas a misa los domingos…

María del Carmen Ruisánchez Regalado

Era la tradición: en las mañanas de domingo, no había nada mejor que hacer que ir a misa; así había sido con mi abuela, así con mi madre y yo no debía ser menos, así con mi hija y… por eso, aunque estuviera cansada, aunque remoloneara, la ropa de ir a la iglesia estaba al lado de mi cama desde temprano… y yo sabía que las normas de disciplina para mi mamá eran invariables, aunque con algunas diferencias.

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