La bendecidora

Por Reinaldo Cedeño Pineda

Allá va Marina, ahí viene. Envuelta en su nombre. Con sus pasos bamboleantes, como una ola. Con su mente de espuma. Nadie podrá decir cuántos años tiene, cuántas libras mueve. Ella no lo sabe, o no quiere saberlo. Y allá va, ahí viene:
–Dios te bendiga, mi’jo.
–Dios te bendiga, mi’ja.
Todos son bendecibles. Todos, sus hijos.
Vive al doblar de la cañada, en el recodo. Por las hendijas de su casa entra el sol y ella juega a tapar el haz de luz, a desviarlo con su mano. Es su hazaña.
El destino la mandó diferente. Para ella, lo más importante es su barco de papel. Es la alegría de sus mañanas. Lo lleva al río para verlo avanzar en el hilo de agua. Dicen otros que se va a la cañada para verse mejor, porque en su casa no hay espejos. Y como no se queda quieto, va una y otra vez, hasta que un día se detenga.
Marina es negra como el baobab, negra como la ausencia. Le gustan los colores y así escoge sus paño-letas, sus batas, sus bufandas. No escatima. Parece una bandera cuando avanza por el trillo, cuando sube al asfalto.
Ella se pone siempre al final de la cola y cuando le ceden el lugar, no acepta. Su cabeza se mueve en remolino, para que no haya dudas. Quiere ser igual al resto. Y se va oronda, loma abajo, con su pan minúsculo, moviendo la jaba como un aspa.
El muro de su casa está lleno de tiestos: ollas, cascos, orinales. Marina cultiva cactus. Dicen que le gusta sentir la leve punzada de la espina en la yema del dedo. Tal vez practica para las punzadas de la vida.
Un día se enamoró. Y le llevó al muchacho uno de sus barquitos. El joven se rió, se rió de verdad, lo hizo con ganas. Marina sacó un alarido del más allá. Gritó como si mil alfileres la traspasaran, como si fuera el fin del mundo. Eso dicen.
Llegó del hospital callada, replegada en sí misma, como un ovillo. Y la mirada se le perdió un tiempo en algún lugar que solo ella sabe.
Marina fue alumna de mi madre. Intentó serlo. Cuando la maestra hacía una pregunta, ella movía la mano en alto, con desesperación.
–A ver, Marina… ¿cuál es la respuesta?
–Seño, señorita… me estoy poniendo verde.
Nada tenía que ver, pero Marina estaba orgullosa de haber contestado y eso no se lo iba a quitar nadie, ni la carcajada de sus compañeros, de toda el aula. Ya lo tenía aprendido.
La risa es a veces euforia; a veces, espanto.
Su rumbo fue el de otras escuelas, otras enseñanzas; pero nunca olvidó a su maestra del barrio.
–¿Y dónde está la seño? –me dice un día.
–Ya no está, se ha ido.
–Pero… dónde, dónde… yo quiero verla.
Marina me desafiaba con su inocencia.
–No puedes verla más –le dije.
Entonces, Marina la cantarina, Marina la bendeci-dora, se paró en seco. Me acarició las manos, las apretó con todas sus fuerzas, y… se echó a correr loma abajo. A cada rato se paraba y me decía adiós.
Me pregunta por su maestra cada vez que me encuentra. Y no importa lo que le diga. Ella no entiende, no entiende.
Ahí viene, allá va Marina. Nadie sabe cuántos años tiene, cuántas libras mueve.
–Dios te bendiga, mi’jo.
–Dios te bendiga, mi’ja.

Acta del XXI Concurso de Periodismo Palabra Nueva, revista de la Arquidiócesis de La Habana

Palabra Nueva

 A los quince días del mes de junio del año 2017, se reunió en el Centro Cultural Padre Félix Varela, en La Habana, el jurado del Concurso Palabra Nueva, en su vigesimoprimera edición, integrado en esta ocasión por el Pbro. Elixander Torres Pérez (presidente), el Sr. Daniel Céspedes Góngora, miembro del Consejo de Redacción de la revista, la Sra. Iyaimi Palomares Mederos, licenciada en Comunicación Social, el Sr. Iván Batista Cadalzo, diseñador gráfico, y el Sr. Mario Vizcaíno Serrat, periodista y colaborador de la revista, quienes acordaron por unanimidad otorgar los siguientes premios y menciones:

PREMIO CRÓNICA-Un viajero, una ciudad, un valle y una ermita

Anabel Candelario Carmona

En Cuba hay iglesias que destacan por sus milagros, como El Rincón, en Santiago de las Vegas; o por su belleza arquitectónica, como la catedral de La Habana; o por resguardar entre sus sagrados muros uno de nuestros tesoros nacionales: la Virgen de la Caridad del Cobre, en Santiago de Cuba; pero hay una que, sin carecer de milagros, belleza arquitectónica y tesoros, destaca por su humildad.

Mención CRÓNICA-Una iglesia mambisa y tres niñas a misa los domingos…

María del Carmen Ruisánchez Regalado

Era la tradición: en las mañanas de domingo, no había nada mejor que hacer que ir a misa; así había sido con mi abuela, así con mi madre y yo no debía ser menos, así con mi hija y… por eso, aunque estuviera cansada, aunque remoloneara, la ropa de ir a la iglesia estaba al lado de mi cama desde temprano… y yo sabía que las normas de disciplina para mi mamá eran invariables, aunque con algunas diferencias.

SUSCRIBETE A NUESTRO BOLETIN
TE SUGERIMOS...
LENTE CURIOSO