“La luz con el tiempo dentro”: Cuba y el respeto a lo sagrado

Por Teresa Díaz Canals


Y aquí estoy ahora, en mi hermosa prisión de Carrara. Debería sentirme tranquila, cuando se supone que ya no queden sorpresas, y sin embargo siento algo raro, o quizás presiento, es una pre-esencia difusa pero ominosa que viene del mundo exterior, algo que va a interferir seriamente entre Juan y yo, a pesar de que llevamos tres cuartos de siglo en que solo nos separa una cuarta […] Aquí no hay modo de recuperar su espíritu, la casa está perdida, solo queda el mausoleo, mientras los buitres humanos no consigan entrar, y ya han tratado, es solo una cuestión de tiempo.
Mario Coyula
Catalina (2013)


Como es conocido, Catalina Lasa del Río (1875-1930) es una figura que trascendió su tiempo, su nombre estuvo vinculado a uno de los más grandes escándalos de la sociedad cubana de la época en que vivió y, al mismo tiempo, fue la protagonista de una gran historia de amor en el siglo xx. Su primer esposo, Pedro Luis Estévez Abreu, era el hijo de Marta Abreu Arencibia, mujer que supo hacer de la riqueza una utilidad social por todo lo que aportó a su país: escuelas, asilos de ancianos, el teatro todavía existente nombrado La Caridad, dinero para la guerra de independencia, lavaderos para facilitar la vida a las mujeres de su pueblo obligadas a lavar la ropa en el río, financiamiento para instalar la electricidad en esta localidad, entre otras muchas y destacadas obras sociales.

Era tanto el amor que sentía por su ciudad que anheló trasladar la capital hacia el centro de la Isla. Por todo ello y por muchas cosas más, pienso que debería haber sido distinguida como una de las “madres fundadoras” de la nación. Su esposo, el abogado Luis Estévez y Romero llegó a ser el primer vicepresidente de la República.

El matrimonio Estévez-Lasa sufrió una brecha irreparable cuando Catalina conoció a Juan Pedro Baró (1861-1939) –un rico hacendado de Cienfuegos– en una fiesta en París. Allí se enamoraron a “primera vista”. Cuando regresaron a Cuba, una de las hermanas de Marta, Rosalía, pagó a un detective para que vigilara a la esposa de su sobrino. Los amantes fueron sorprendidos en una suite del Hotel Inglaterra, hecho que provocó la separación definitiva de la pareja y el alejamiento de sus tres hijos.

La unión Pedro-Lasa logró la aceptación de la élite habanera tras muchas vicisitudes, pues para ese entonces se aprobó precisamente la Ley del Divorcio en Cuba en 1918. Años después, Baró mandó a construir una de las casas emblemáticas del Vedado de estilo Art Déco o simplemente estilo moderno. Catalina solo disfrutó la mansión unos pocos años, se enfermó y fue llevada a París para intentar salvarla. Esta vivienda es conocida en la actualidad como La Casa de la Amistad y se encuentra en la calle Paseo esquina a 19, en el Vedado, la misma ha sido convertida en cafetería, restaurant y sus jardines alquilados para fiestas. Pero a lo que deseo remitirme no es a las peculiaridades de la casa del Vedado habanero, descrita de manera minuciosa por el destacado arquitecto Mario Coyula en su novela histórica Catalina, además de las referencias hechas por otros investigadores estudiosos de esa época, sino a la morada definitiva de esta segunda pareja, que Juan Pedro ordenó edificar especialmente para ella como un símbolo del amor eterno, como si con esa construcción Baró intentara reverenciar siempre a su querida esposa.

Los terribles días de una casa

Ya fallecida Catalina y de regreso en barco a su patria, cuentan que un helicóptero arrojaba flores sobre su cuerpo inerte. El panteón destinado para la pareja en el Cementerio de Colón constituye uno de los más emblemáticos de este camposanto. Sus cristales y su puerta fueron creados por el famoso vidriero y joyero francés René Jules Lalique, sus paredes son de mármol de Carrara, por detrás, una media cúpula agujereada por tragaluces reflejaban la rosa Catalina Lasa, creada especialmente para ella.

Lamentablemente, todos los lucernarios fueron rotos o robados, así como el famoso paravent con planchas de cristal de Murano. El último despojo –otra muestra de ferocidad e ignorancia increíbles– resultó ser el levantamiento de los mármoles que cubrían a sus moradores con el objetivo evidente de robar las joyas contenidas en los restos.

Juan Ramón Jiménez, el autor de Platero y yo, escribió lo siguiente: “El mayor atractivo, para mí, de América, es el encanto de sus cementerios sentidos, sin vallas, cercanos, verdadera ciudad poética de cada ciudad, que atan con su paz amena y cantada de pájaros, en medio de la vida, más que los jardines públicos, que los puertos, que los museos […]”1

Esta historia e incluso la trágica noticia de la profanación y la captura de un supuesto malhechor se pueden encontrar difundidas en Internet. Sobre esta específica barbarie, los medios nacionales no comentaron nada, aunque hay una serie de informaciones anteriores que aparecen en el periódico Tribuna de La Habana y una amplia reflexión y sistematización sobre los hechos vandálicos que han sido perpetrados en el lugar, los cuales fueron difundidos por la revista Palabra Nueva hace ya algunos años. Miguel Sabater escribió en ese entonces lo siguiente:

“Lo curioso de estos hechos consiste en que, según las evidencias, no puede ser posible que se cometan sin gran esfuerzo y violencia. Pero nadie ve ni oye nada, suceda de día o de noche, ya sea en el rincón más apartado o en las avenidas principales [como es el caso], como si los profanadores atomizaran desde un avión invisible e inaudible toda el área de la necrópolis con una sustancia soporífera para evitar ser sorprendidos”.2

Tengo la costumbre de escoger un día del curso que imparto de Pensamiento Sociológico Cubano para llevar a mis estudiantes al Cementerio, allí los conduzco a los lugares donde se encuentran destacadas figuras como José de la Luz y Caballero, José Antonio Saco, Fernando Ortíz, Enrique José Varona, Elías Entralgo y otros. De manera paralela a los objetivos fundamentales de la actividad, los paseo con toda intención por determinados panteones para comentarles acerca de las vidas de José Lezama Lima con su epitafio: “nacer aquí es una fiesta innombrable”, de Julián del Casal, ese poeta triste que murió de risa, de la puertorriqueña Lola Rodríguez de Tió, autora de los versos: “Cuba y Puerto Rico son / de un pájaro las dos alas”; les comento de Dulce María Loynaz y su respuesta ante la pregunta de por qué no se fue de Cuba: “porque la hija de un general no abandona su país”; los conduzco, además, al lugar donde reposan Marta Abreu (la gran precursora del trabajo social) y su esposo Luis Estévez en el primer panteón de la avenida principal y en esa misma calle, al final, siempre explico las intríngulis de la historia de amor Baró-Lasa.


Hace unos días pasé por allí y observé a un guía de turismo explicando con mucha alegría una versión de esa devenida leyenda, como si nada hubiera sucedido. Me estremecí, me pregunté qué hacer ahora con mis próximos estudiantes o será que ya llegó el momento de que en vez de conocer deben aprender a perder, a soltar. Uno de los más preciados derechos de los seres humanos es el de tener memoria.

No se trata solo del robo para siempre de unas joyas, de una crueldad puntual no divulgada, de saber el verdadero destino del contenido del inaudito y misterioso atraco, se trata de constatar una vez más cómo los ciudadanos(as) de esta Isla muchas veces son excluidos de estar al corriente de lo que pasa a su alrededor. Esto lo traduzco como un saqueo violento y terrible a la misma nación; con actos como este me da la sensación de que ya nada tiene sentido, de que no podemos afirmar valor alguno porque en los momentos que vivimos a muy pocas cosas se les otorga importancia. Con respecto al destino de las cenizas de Catalina y de Juan Pedro no tenemos idea, lo que constituye un ultraje a lo sagrado, ¿no está dentro de nuestros valores que ahora tanto se predican, respetar la paz de los muertos? Como destaca en El hombre y lo divino, nuestra “cubana secreta” María Zambrano, no tener idea es quedar simplemente “al margen de la idea”,3 es eludir el horror.

 Aunque el absurdo y la indolencia ocupan cada vez más un lugar común y es difícil creer en la desaparición inmediata de semejantes fenómenos antisociales, pues lo sagrado es igualado peligrosamente a una lógica indigente, decidí insistir en otra invitación a los próximos estudiantes a saludar nuestra historia y comentarles en un terreno propicio, a la manera de Sócrates mediante su enseñanza callejera, la significación de “lo sagrado”. Llevarlos hasta allí será mi grito y tengo que creer por lo menos en mi protesta; recordé entonces que también me pertenece la herencia del cimarronaje, sería la misma sensación –al estilo de los esclavos escapados– de beber el agua en el hueco de mi mano. “Y al descubrir un manantial cercano, el cimarrón, cayendo de rodillas, bebe el agua en el hueco de su mano”.4

Ahora más que nunca Cuba puede y debe convertirse en esa “luz con el tiempo dentro” de la que escribiera Juan Ramón Jiménez sobre su propio pueblo de Moguer, para que nunca más vuelva la nostalgia de familia, los éxodos masivos, los insultos y agravios entre cubanos. Más que una moral de principios el país requiere de una moral de costumbres, donde, entre otras muchas cosas, la arquitectura monumental debiera ser otra vez sagrada, donde se retorne al respeto del silencio nocturno y se destierre para siempre esa igualdad en el reparto de los temas que hagan que contemplar una pintura de Juana Borrero como Los pilluelos sea igual a pasarse cuatro horas en una reunión inútil donde no se dice nada.






Notas
1 Juan Ramón Jiménez: Diario de poeta y mar, Buenos Aires, Editorial Losada S.A., 1948, p. 108. También se pueden encontrar estas palabras en Francisco Garfias: Juan Ramón Jiménez, Madrid, Ediciones Taurus S.A., 1958, p. 105.
2 Miguel Sabater: “En el Cementerio de Colón está triunfando el ultraje”, Palabra Nueva, no. 146, La Habana, noviembre de 2005.
3 María Zambrano: El hombre y lo divino. México D.F., Fondo de Cultura Económica, p. 175.
4 Ana Cairo: Bembé para cimarrones, La Habana, Publicaciones Acuario, 2005, p. 189.

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Fíjate que acabábamos de desembarcar en aquel lugar y Yanitface me halaba ya el brazo derecho enseñándome lo bien que se veían los contramuslos asándose a la parrilla, mientras Yanotmail me desencajaba el izquierdo clamando por los lomos ahumados, que más que ahumados parecían tiznados de tanta humareda apestosa que subía por entre las pencas de guano.

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