Tras la visita del Papa Francisco

Por Orlando Márquez

La visita del Papa Francisco a Cuba ya es historia, como la de sus antecesores, sin embargo las claves para su comprensión no están solo en lo que es ya pasado. No diría que esta visita es mejor o superior a las otras, porque me parece una simplificación inapropiada cuando se habla del Sucesor de Pedro. Desde luego, las características personales de san Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco, unidas a los distintos momentos y contextos de sus respectivas presencias en Cuba, dejan trazos únicos en el lienzo y eso, precisamente, enriquece el mensaje que Dios nos revela.
Juan Pablo II vino a Cuba a inicios de 1998 como Mensajero de la Verdad y la Esperanza. Vivíamos el “período especial” –algunos todavía lo viven, pues como me dijo un amigo “ahí entramos todos juntos, pero se sale de uno en fondo” –, era el inicio de la desorientación nacional y desestabilización emocional, crisis económica, social, moral y hasta política tras la debacle soviética, porque la estructura y la movilización continuaron pero la adhesión y la motivación disminuyeron de modo irreversible. Muchos prestaron atención a su mensaje e invitación de apertura al mundo y de no tener miedo a abrir la mente y el corazón a Jesucristo, fuente de verdad y esperanza, otros no. Incluso una parte del mundo escuchó la invitación del Papa y comenzó a acercarse, pero el liderazgo cubano no reciprocó el gesto. Es común concluir que aquella visita fue solo un paréntesis en la vida del país; aunque en realidad fue mucho más que eso.
Por su parte, Benedicto XVI vino a Cuba como Peregrino de la Caridad, y esto fue un gesto pastoral sumamente generoso. Quiso ser un peregrino más cuando vivíamos el Jubileo por los 400 años de la Virgen de la Caridad y, además, manifestar su respaldo a un proceso de diálogo nuevo y largamente esperado entre la Iglesia y el Gobierno cubano, iniciado en 2010. También dejó en claro la voluntad de la Iglesia de acompañar el proceso de reformas que se había iniciado.
Finalmente, llega Francisco en un momento singular de la vida del país. Lo que muchos pensaron que nunca verían –y fueron muchísimos los que murieron sin verlo–, había ocurrido. Después de décadas de confrontación fría y caliente, Cuba y Estados Unidos restablecían relaciones, y el Papa Francisco había intervenido en un momento crucial del proceso y dejado ahí su huella de Pastor. El acontecimiento es muy importante para nosotros, pero sus consecuencias van más allá de las posibilidades bilaterales, porque el proceso de normalización de relaciones entre los dos países también refuerza la normalización de relaciones entre Cuba y el resto del mundo, tanto con gobiernos como con instituciones, bastante limitados hasta entonces por la gran influencia que mantiene Estados Unidos. Por su parte, el Gobierno cubano ya había dado sustanciales pasos para diversificar sus relaciones internacionales y posicionarse en la región de un modo que no se había visto después de 1959.
Es justo añadir, además, que esta visita deja una estela espiritual de amplia aceptación. He tenido la posibilidad de trabajar en la preparación y desarrollo de las tres visitas papales, y confieso que no había visto en las dos anteriores la disponibilidad que ahora vi en aquellas personas con quienes trabajé, salvo dos o tres empeñadas en mantener sus miradas severas y sus rostros inexpresivos. Vi también en esta ocasión algo más que el compromiso con una “tarea”, vi la complacencia y el gusto por ser parte de un equipo encargado de garantizar la múltiple expresión de una visita papal.
El Papa Francisco se entregó en alma y cuerpo hasta el extremo, con una resistencia que solo una voluntad de bien puede sostener. Únicamente los miopes de espíritu no apreciaron su cercanía, sencillez y voluntad de tener una expresión para todos los cubanos. Sus llamados a una “revolución de la ternura” y a la reconciliación, su propuesta de servir a las personas antes que a las ideas, o aquello de que “quien no vive para servir no sirve para vivir” (frase original de la santa madre Teresa de Calcuta), han calado en muchos cubanos. Del mismo modo calaron sus palabras a los jóvenes y su propuesta a no dejar de soñar si de veras desean un mundo distinto, a no “arrugarse” y a “crear amistad social”; y es cierto que este encuentro del Papa con los jóvenes, aunque transmitido en vivo por la Televisión Cubana al igual que los demás eventos, no tuvo el eco posterior en la prensa nacional que tuvieron los otros, como si lo visto esa tarde de domingo frente al Centro Cultural Padre Félix Varela no hubiera ocurrido o no fuera importante, lo que da razón al Papa y al joven que le acompañó cuando ambos se refirieron a los “conventillos” de las ideologías y de las religiones. Curiosa omisión por demás, si se tiene en cuenta la acogida que tuvo, tanto en el estudio de televisión como en los televidentes, la presencia oportuna y la intervención acertada del joven sacerdote Rolando Montes de Oca. ¿No ganamos todos del trabajo en equipo logrado entre los profesionales de la Televisión Cubana y el sacerdote? De eso se trata.
Los acontecimientos ocurren distanciados en el tiempo, pero la Providencia obra sin interrupción. Así, recuerdo la respuesta de san Juan Pablo II al término de su visita a Cuba, cuando un periodista le preguntó sobre las posibles consecuencias de su viaje: “¡Quien viva lo verá!”, dijo, como si él mismo no esperara verlo. Es ahora, diecisiete años después, que comenzamos a ver la semilla que él sembró con el llamado vigoroso de su primer discurso entre nosotros: “Qué Cuba se abra con todas sus magníficas posibilidades al mundo, y que el mundo se abra a Cuba, para que este pueblo, que como todo hombre y nación busca la verdad, que trabaja por salir adelante, que anhela la concordia y la paz, pueda mirar al futuro con esperanza”. Esta realidad ha avivado la todavía débil llama de la esperanza entre nosotros, que puede ser fortalecida con la apertura interna y el acercamiento entre cubanos. Sería un error pretender ignorar  la expresión reveladora y dolorosamente sincera de aquellos jóvenes ante el llamado a soñar que hizo el Papa: “¡Si nos dejan!”
Cada visita de los Papas a Cuba, conscientes los tres tanto de los límites de la Iglesia en este país como de su compromiso irrenunciable de servir a la sociedad, así como de la “vocación universal” (Papa Juan Pablo II) o “vocación de grandeza” (Papa Francisco) de esta nación, ha servido para ponernos en primer plano a escala mundial; es cierto, pero mucho más importante es la cercanía del Pastor de la Iglesia y Sucesor de Pedro hacia un país y una nación de espiritualidad cálida y compromiso en ocasiones incoherente y frívolo con la fe, que la mayoría de los nacionales declaramos poseer –no solo religiosa–, nación ansiosa por mostrar sus posibilidades y siempre al acecho de lo novedoso, pero sin deshacerse de la sospecha y la inseguridad. Estos gestos deferentes de los Papas hacia Cuba no son exclusivamente para los católicos. Es toda la Iglesia universal la que se acerca y entra en comunión con el país cuando el Papa nos visita; esto merece consideración y justa reciprocidad.
Un paso coherente sería reconocer, de una vez por todas, el lugar que corresponde a la Iglesia en la sociedad y su triple misión: cultual, caritativa y profética. No me refiero solo a la Iglesia como institución, sino en toda su composición, desde los laicos hasta los obispos, pasando por el clero y toda la vida consagrada, pues todos tenemos un lugar y una misión en la sociedad. El deseo de compromiso es alto, pero no está acompañado por las leyes y estructuras sociales.
Hace poco más de dos años (7 de julio de 2013), el presidente Raúl Castro hablaba sobre el grave deterioro o pérdida de valores urbanos y cívicos en el país, y afirmaba que ya era hora de que en esto ayudaran, junto a las demás organizaciones políticas y sociales, las “entidades religiosas”.  En realidad, es poco lo que pueden hacer las iglesias y otras manifestaciones religiosas que existen hoy en Cuba al respecto, si no se les facilita su capacidad de acción, ni se crean las condiciones que permitan y garanticen de modo permanente y transparente su acción, por más deseos que tengan de demostrar su corresponsabilidad y por muy grave que sea la devaluación ciudadana. Hay una estrecha relación entre la percepción y acción desde el “conventillo ideológico” y la vivencia autorreferencial del “conventillo religioso”, atrofia que se debe superar por el bien de todos. La libertad religiosa es algo más que la libertad de cultos.
La mediación humanitaria de la Iglesia hace cinco años, tras la intervención del cardenal Jaime Ortega durante el acoso en las afueras de la iglesia de Santa Rita al grupo de esposas y madres de presos políticos, generó un diálogo de nuevo tipo entre la Iglesia y las autoridades del país. Esa intervención de la Iglesia no se debió, como piensan algunos, a la búsqueda de privilegios o prebendas, pues para la Iglesia la posibilidad de salir ilesa era bien baja, como se demostró después. Más bien era una prueba de que la misión no se circunscribe a las cuatro paredes del templo, y de que la fe debe hacerse vida acercándose con el corazón y con todo el cuerpo a las necesidades de otros, aunque se corra el riesgo de ser ignorados o lastimados, aceptados por unos y rechazados por otros. No sé si fue esto lo que entendió el presidente cubano, pero su respuesta positiva permitió dar solución humanitaria a un viejo problema, lo cual fue beneficioso para los presos y sus familias, pero también para el país. Hay más ejemplos de este tipo en la historia nacional.
Fue este mismo espíritu el que animó al Papa Francisco a intervenir en el proceso de diálogo que ya adelantaban los Gobiernos de Cuba y de Estados Unidos, intervención que ambos presidentes agradecieron públicamente. Pero lo que agradecieron en realidad fue la fe comprometida, que se manifiesta fuera del ámbito estrictamente eclesial y que existe en todo discípulo de Jesucristo, sea el Papa o un simple misionero en un poblado rural. No está bien pretender que la Iglesia se ocupe solo de las cosas de Dios en el templo y mantenerla aislada del ámbito social, y aceptar su participación social cuando conviene a los políticos. La perspectiva no debe ser qué conviene a la Iglesia o qué conviene a los políticos, sino qué es lo más conveniente, beneficioso y útil para la sociedad y para los ciudadanos.
Así, para que la visita del Papa Francisco a Cuba no sea otro paréntesis en la vida nacional, reconocida la creencia y práctica religiosa de la mayoría de los cubanos, urgido el país de rescatar valores y tradiciones urbanas, cívicas, familiares o culturales; sin razón alguna para desconfiar de las intenciones y propósitos de la Iglesia católica, de otras iglesias cristianas o de cualquier otra manifestación religiosa presente en Cuba que desee trabajar por la paz, la fraternidad y la promoción de los cubanos; y cuando se necesita la colaboración de todos en el proceso de cambios que vive el país para evitar “caer en el abismo”, un paso necesario sería remover definitivamente las restricciones que pesan sobre todas las instituciones religiosas y permitirles desarrollar su trabajo libremente. Ya es hora. Si la religión no es el opio del pueblo, ¿quién tiene interés en mantener encendida una pipa virtual o difundir una droga artificial?

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